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[Análisis psicológico] La sociedad de la nieve: Crítica y reflexiones

La película de J. A. Bayona deja huella trasladando al espectador el impactante libro de Pablo Vierci

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Hay una escena al final de La sociedad de la nieve que resume perfectamente las sensaciones que me ha dejado la película de J. A. Bayona. El reencuentro entre uno de los supervivientes con su madre. Una reunión que ninguno de los dos pensaba que iba a tener lugar jamás. Ella lo abraza llorando mientras le dice: “Es un milagro”. A lo que él contesta: “¿Qué milagro?”.

Esta misma dualidad, la contradicción de infierno y paraíso, de sufrimiento y de gesta, lo envuelve todo en la película. De manera implícita y explícita. Hay otros diálogos que aluden a esta terrible paradoja en que se vieron envueltos los pasajeros del 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya. Mientras planifican atravesar las montañas, después de casi dos meses atrapados, dos de los supervivientes discuten sobre si valdrá la pena intentarlo después de todo: “Estamos vivos”. “Míranos… ¿A esto le llamas estar vivo?”.

Más adelante, en otra escena, durante la travesía por la cordillera, Roberto Canessa y Nando Parrado miran el horizonte y localizan «dos picos marrones», sin nieve, marcándose el objetivo de seguir por allí. Para Nando, continuar es la solución. Para Canessa es la condena definitiva. Para el primero, estar vivo en medio de ese paisaje es una especie de privilegio, de oportunidad. Para el segundo, sólo es una prórroga de la tragedia.

La sociedad de la nieve invita a muchas reflexiones. El primer pensamiento cuando termina el film, el más obvio y más previsible, es preguntarnos cómo lograron sobrevivir algunos pasajeros en estas durísimas condiciones.

Hablamos de 72 días en total, a unas temperaturas extraordinariamente gélidas, soportando avalanchas, el suplicio del hielo sobre la piel, la oscuridad de noche y el doloroso resplandor del sol durante el día. Un castigo físico al que se unía la angustia psicológica en forma de desesperación, incredulidad por lo que estaba sucediendo, la pérdida progresiva de compañeros y las decisiones que tuvieron que tomar para sobrevivir, opuestas a sus creencias y valores. Es una reunión de factores extremos imposibles de imaginar, que generan malestar sólo con pensarlos y un profundo sentimiento de respeto por quienes tuvieron que abordarlo, transformándose en héroes por imposición.

En el fondo, La sociedad de la nieve es otro exponente del terror, un género que J. A. Bayona domina con precisión. Suyas son El orfanato, la mejor Jurassic Park desde la original y El mundo perdido, Un monstruo viene a verme y Lo imposible, otro acontecimiento real con una catástrofe como telón de fondo. Terrores cotidianos, terrores infantiles, terrores imaginarios, terrores mundanos… Terrores a fin de cuentas. Un nexo común que se mantiene en La sociedad de la nieve. Sirva como ejemplo el plano general en torno al minuto 24, cuando se ofrece al espectador, por primera vez, la ubicación de los restos del avión en mitad de la cordillera. El terror ante la nada, el terror ante el vacío más absoluto.

12 premios Goya, galardones iberoamericanos y europeos, nominaciones a premios Oscar… A estas alturas, no voy yo a descubrir las bondades de la película de Netflix. Ya es historia del cine de España por muchísimos méritos, aunque me gustaría recordar algunos de ellos.

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El impresionante despliegue técnico de la película es uno de los aspectos que más abruman como espectador. La fotografía o el portentoso trabajo de maquillaje, que realza el monumental esfuerzo físico de sus actores -que se alimentaron a base de una pieza de fruta y una lata de atún al día durante semanas para manifestar corporalmente el desgaste de los supervivientes reales-, son solo algunos de los recursos con que J.A. Bayona firma una obra tan artesanal como genuinamente cinematográfica.

Lo cual es una agradable sorpresa que se carga (mis) prejuicios en torno a producciones procedentes de plataformas/tv de pago. En este sentido, no puede pasarse por alto las partituras de Michael Giacchino, músico con el que Bayona ya colaboró en Jurassic World: El reino caído, cuya capacidad de darle cohesión a todo el conjunto y hacerlo solemne e intimista a la vez se mueve entre producciones de otro nivel.

Si tuviese que objetar algo de La sociedad de la nieve como largometraje, serían los planos donde el director ya adelanta el fatal desenlace de algunos de los supervivientes. Como espectador que no está familiarizado con el drama real del accidente, no sé quiénes son los que sobrepasaron los 72 días. Sin embargo, el director ejecuta primeros planos muy poco sutiles en determinadas secuencias (como el del corte con el cristal y el metal) que ya te anticipan lo peor para ese personaje.

Por todo lo demás, solo queda quitarse el sombrero. Uno de los grandes aciertos de la dirección de La sociedad de la nieve es enfocarla como una película coral. Ahí se distancia de Viven (1993) de Frank Marshall, centrada en el choque de roles y en las confrontaciones procedentes de las diferentes maneras de abordar la situación. La sociedad de la nieve, por contra, hace un relato más de la experiencia que de las individualidades. No renuncia a primeros planos, a despedidas ni a reflexiones particulares, pero mantiene la estructura narrativa de ser un drama compartido.

Hay secuencias brillantes en este sentido, por ejemplo cuando se cuentan chistes para mantenerse unidos, o las sesiones de posados fotográficos. No piensan igual, no están abordando la supervivencia con las mismas herramientas psicológicas internas, pero son un grupo frente a la adversidad.

Este punto es el que me resulta especialmente interesante por dos motivos. Por un lado por dedicarme a la salud mental profesionalmente y por otro, por la humanidad que destila la película. En el accidente de los Andes confluyen temas universales y atemporales de la propia condición humana. Por tanto, todos sin excepción nos vemos reflejados, en mayor o menor grado pero igualmente presentes, en los protagonistas del suceso. En las siguientes líneas, voy a desarrollar las reflexiones y las lecciones de vida que transmite La sociedad de la nieve.

La autoestima como motor psicológico

Soltar lastre es una de las mejores y más valiosas maneras de querernos a nosotros mismos y de querer, por extensión, a los demás.

En esta era de Instagram, de filtros rejuvenecedores y postureo máximo donde lo exterior se valora más que lo interior, desnudarse emocionalmente y aceptarnos tal como somos nos proporciona seguridad frente a la inseguridad.

Asumir como somos es abrazar nuestra propia esencia más íntima. Es estar en armonía con lo que nos gusta y lo que no nos gusta. Este punto es crucial para estar en coherencia no solo con nosotros mismos, sino con nuestro entorno.

En otras palabras, significa apartarse de relaciones superficiales donde el vínculo son las apariencias. Los demás pueden relacionarse con nosotros por la fachada y lo que proyectamos, no por lo que somos. Y viceversa, la persona puede engañarse a sí misma y buscar interacciones con las que contentar “el personaje” que se ha creado porque es lo que esperan que haga.

En La sociedad de la nieve vemos a individuos puros, sin máscaras. Exteriorizan sus miedos y preocupaciones sin tapujos, lo que les permite actuar y desenvolverse con fuerza, con naturalidad. Cuando alguien está contento consigo mismo y no se avergüenza de su modo de ser, de su apariencia, de sus gustos… surge la determinación necesaria para abordar conflictos.

El valor de la comunicación

En ese proceso de mostrarse natural y desprenderse de capas que cubren la esencia, va implícito expresar con qué está conforme el individuo y con qué no. Esa comunicación requiere, también, del tacto necesario para transmitir lo que se piensa a un tercero.

A veces, una persona puede estar sometida a unas expectativas y, por tanto, sufrir un miedo a decepcionar. Este malestar acaba provocando un efecto dominó: se instalan la autoexigencia para cumplir esas expectativas, la renuncia a otros intereses, reproches internos y sentimiento de culpa por haber accedido a esas pretensiones…

Es importantísimo para la salud mental explicar y verbalizar aquello con lo que no estamos de acuerdo y aquello con lo que sí lo estamos. Los demás no pueden leer la mente y no sospecharán tu desacuerdo, de manera que esa situación la alargarán indefinidamente mientras el resentimiento crece dentro de la persona. Por el contrario, comunicar que no queremos seguir adelante aclarará las cosas. En La sociedad de la nieve, los personajes exponen sus discrepancias respecto a cuándo partir por la cordillera o ante cuestiones como la moral religiosa, aprendiendo a no traspasar ciertos límites privados.

Aplicando la comunicación a la vida cotidiana, no continuar con unos estudios, expresar a la pareja qué nos gustaría cambiar o mejorar, decirle a un familiar si algo nos ha incomodado… Y al revés, transmitir aquello que agradecemos y que nos ha sido de utilidad son pautas psicológicas beneficiosas porque las relaciones ganan autenticidad. A más verdaderas que sean las interacciones, más confianza tendremos para mostrarnos tal y como somos, lo que retroalimenta en positivo el punto anterior.

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No juzgar para no ser juzgado

Una persona actúa y se desenvuelve conforme a un contexto del que, a veces, sólo puede tener conocimiento la propia persona interesada. Es por ello que hablar sin saber sólo tiene un doble efecto negativo. Por un lado, quien habla sin saber se comporta de manera frívola, jugando a ser adivino y a tratar de dar con una explicación a determinadas formas de hacer las cosas por parte de un tercero. Es la ignorancia en estado puro.

Por otro lado, la persona sobre la que se hacen conjeturas se siente juzgada y menospreciada. Compartir detalles íntimos sobre su manera de hacer las cosas y aclarar determinadas acciones no es obligación, y puede sentirse coaccionada para revelar esas intimidades a expensas de ser comprendida. Si decide guardar silencio y mantener la discreción, la especulación puede seguir aumentando y crearle un daño innecesario, especialmente en casos de individuos en momentos de mayor vulnerabilidad emocional.

En La sociedad de la nieve, el contexto de la falta de alimento fue la causa de que se tomasen decisiones tan crudas como el canibalismo. El miedo a que fuesen condenados por los demás, fuera del endogrupo, estaba subyacente a la hora de tomar la decisión. Hay un momento muy significativo sobre esto en la película, mientras posan fotografiados. Llevaban dos meses ya allí, las posibilidades de salir menguaban más cada día y prácticamente lo daban todo por perdido, pero uno de ellos tapa los restos humanos con una maleta cuando se deja fotografiar. Queda ese pudor por si les descubren, esa compostura en forma de lazos todavía presentes de humanidad. Y también la angustia a ser juzgado pese al horror, porque sabían que la primera reacción de quien escuchase su relato, si se daba la ocasión, iba a ser de rechazo.

La importancia de no hablar sin saber (y aún sabiendo, es cuestionable dar opiniones que no se han pedido) y de no juzgar para no ser juzgado es algo de máxima actualidad en esta era de redes sociales, en las que el anonimato facilita sentenciar, juzgar a la ligera y condenar al resto con tanta frivolidad como ignorancia, pues los demás actúan bajo un contexto del que, con más frecuencia de lo que pensamos, no somos conocedores.

Los beneficios de la flexibilidad mental

Ser flexible y amoldarte a las circunstancias es una de las estrategias de éxito de la inteligencia emocional por antonomasia. Solo los que se quedan rígidos en su papel son quienes más difícil lo tienen para conocerse mejor a sí mismos y descubrir nuevas cualidades. Pongamos un ejemplo práctico: si una persona tiene un bajo concepto de sí misma y no prueba diferentes actividades para estimularlo, va a pensar erróneamente que todo lo que hace, lo hace mal y se va a fortalecer su pensamiento de que es mediocre en todo. Atreverse a probar nuevas facetas de sí misma le va a ayudar manifiestamente a ganar seguridad, porque cambiará su percepción sobre sus propias limitaciones.

La sociedad de la nieve, no hace falta decirlo a estas alturas, es un ejemplo superlativo de adaptación a los cambios.

El aprendizaje y la madurez son individuales y subjetivos

En relación al punto anterior, hay que destacar que los procesos psicológicos derivados de la toma de decisiones y su ejecución están a su vez unidos al propio bagaje de la persona y el contexto emocional en que se encuentran.

En La sociedad de la nieve se reunían pasajeros de diferentes estratos sociales. Algunos los había con niñera en casa y asistente particular, procedentes de vidas acomodadas. El impacto del avión lo fue a todos los niveles, incluyendo el psicoemocional, porque tuvieron que afrontar un desafío extremo sin esos puntos de apoyo que les hacían la vida más fácil.

Esto, dicho de otro modo, significa que no podemos exigirle lo mismo a todo el mundo y al mismo ritmo que nosotros. No puedes ridiculizar el examen de matemáticas de tu primo de 11 años porque ése es el contexto en el que está él, ni puedes hacer de menos la ruptura sentimental de un amigo solo porque tú ya dejaste muy atrás la tuya. Cada persona está atada a su conocimiento y al momento vital que está atravesando, y tenemos que ser flexibles también con sus condicionantes para no perder la empatía.

El humor como mitigante

Una de las herramientas más eficaces a la hora de abordar un problema es, cuando sea factible, ironizar y tirar de humor. En el largometraje lo vemos en varias secuencias, por ejemplo cuando hacen rimas y tratan de pasar el tiempo entretenidos, con la cabeza ocupada en algo que no sea la tragedia que están pasando.

El propio Roberto Canessa confirmaba en entrevistas posteriores al rescate que jamás perdieron “el sentido del humor, porque te salva de una manera increíble”. El humor, entre otras cosas además de suavizar fisiológicamente un estado de tensión, ayuda a tomar distancia con la situación.

Aunque sea breve, es una bocanada con la que se deja que se enfríen los pensamientos intrusivos o fatalistas (“esto no se va a arreglar”, “me estoy esforzando para nada”) y así poder analizar, con algo más de perspectiva, un contexto. A veces basta ese mínimo de reenfoque para dar con un arreglo con el que no contábamos. De igual modo, cachondearnos de nuestros propios miedos e inseguridades les resta impacto a la hora de hacernos sufrir. El humor, muchísimas veces, es lo que necesitamos para aligerar una situación y/o para darnos cuenta de que hemos dramatizado más de la cuenta.

Darle a cada cosa su valor exacto

Posiblemente, la reflexión más populista pero no menos certera de La sociedad de la nieve es que caemos a menudo en el error de preocuparnos por cosas que no merecen la pena. Todos, en mayor o menor medida, alguna vez lo hemos cometido y hemos creado verdaderas tormentas en vasos de agua.

Si bien, llegados a este punto, es importante matizar que relativizar es sano para que las preocupaciones no nos devoren. Pero hay una línea muy frágil y muy vulnerable entre relativizar y frivolizar con los problemas propios y ajenos, y aquí entra directamente en juego en qué estado se encuentra la salud mental de las personas implicadas.

Cuando la salud mental está en un proceso de reajuste, una situación insignificante tiende a magnificarse en el individuo. Un día en el que están bien puede cambiar su ánimo de un momento a otro por circunstancias incontrolables como que empiece a llover, o despistes como que su móvil se haya quedado sin batería, tener que dar un rodeo para echar gasolina al coche… Son cosas sin más trascendencia pero el estado de susceptibilidad en que se hayan inmersos les impide ser flexibles y adaptativos. En un estado positivo de salud mental, la persona es resolutiva. Si llueve, te pones una sesión de series en el sofá; si te quedas sin batería, ya la cargarás al llegar a casa; si vas a echar gasolina, de camino te compras unas chuches. Son detalles menores con solución y a veces puedes llegar a salir hasta ganando, porque como dice el refrán, “no hay mal que por bien no venga”.

Como decía un poco más atrás, es populista comparar que se estrelle tu avión en mitad de una cordillera con los problemas normales de la gente normal en condiciones normales. Por la sencilla razón de que entonces todo tendría que parecernos bien por narices y pasaríamos al conformismo más absurdo. No se trata de eso, sino de equilibrar, de tomar perspectiva. Siempre y cuando no haya una salud mental perjudicada que deforme la realidad y agrave contextos y situaciones, lo recomendable es darle a cada cosa el valor que le corresponde. Priorizar, gastar energía y tiempo en lo que nos merece la pena. Este punto guarda una estrecha relación con los anteriores, pues no son pocas las veces en que un individuo con problemas de autoestima o falta de seguridad se involucra en relaciones y actividades donde no le valoran como merece, y sin embargo lo hace buscando una aprobación externa.

La importancia de lo cotidiano

La sociedad de la nieve invita a valorar las pequeñas cosas del día a día, como disfrutar de una tarde de sofá, tomar un chocolate o simplemente salir a pasear. La grandeza de las cosas pequeñas y la esperanza de volver a disfrutar de ellas mantenía también con vida a los supervivientes.

Estamos envueltos en una vorágine de estímulos, de flujos constantes de información, de responsabilidades de las que cuesta desconectar por la omnipresencia de redes de contacto y comunicación (emails, telegram, whatsapp, instagram, etc.), que es fácil caer en el error de priorizar todo antes que a nosotros mismos. Suena contradictorio, pero es más que recomendable practicar el egoísmo saludable de desconectar a veces de lo externo para conectarnos con nuestro yo interno. Prestar menos atención a terceros y más a nosotros mismos, a nuestros intereses y motivaciones. Si damos de lado los pequeños detalles que nos agradan el día a día, llegará un momento en que no diferenciaremos tiempo de obligaciones del tiempo propio, con el riesgo que se supone para la salud mental.

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La fuerza de la cooperación

La sociedad de la nieve es, como indicaba al principio de este artículo, la historia de un grupo en un entorno hostil. No es un relato de individualidades, sino de un conjunto donde las diferencias se difuminan para sobrevivir. El individuo es el colectivo. Esto supone compartir las cargas, las angustia y la esperanza. Por tanto, es tarea del grupo trabajar los bajones emocionales, inevitables en una coyuntura extremadamente adversa e imprescindibles de superar, pues el hundimiento psicológico de uno de los miembros puede fácilmente desestabilizar al resto.

Hay diversos diálogos en este sentido, por ejemplo cuando hablan de sus comidas preferidas para animarse unos a otros, o ya en la recta final, cuando la enfermedad les acecha a todos (“si has llegado hasta aquí, no vayas a rendirte ahora”). La sinceridad de los vínculos que habían establecido les llevaba preocuparse no sólo por sobrevivir a título individual, sino a nivel colectivo.

Y lo hacían aportando cada uno en función de sus puntos fuertes. En algunos era la resistencia física, en otros la capacidad de mantener sereno al grupo, y en otros el valor de preparar y proporcionar las raciones. Es, en definitiva, el verdadero significado de lo que es, o debería ser, una sociedad: un conjunto de individualidades que se articula desde su sentido de comunidad. Hay una escena en la recta final, cuando Nando tiene roto el zapato y Canessa lo venda con un trapo suyo, que cierra todo el alegato a la solidaridad que es también el largometraje.

Esta necesidad de tomar conciencia de que, en un grupo, todos sus miembros aportan y son imprescindibles para superar con éxito un obstáculo, es uno de los mayores hándicaps de la sociedad moderna, absolutamente asentada en la competitividad y la vanidad de los egos individuales.

El autor del libro de La sociedad de la nieve que la película toma de base, Pablo Vierci, lo concluye reivindicando que aquella sociedad “tenía 45 integrantes. Los 29 que se quedaron en las montañas y los 16 que volvieron, porque aquellos que murieron lo dieron todo por los demás”.

Para Canessa, “las cosas se intentan hasta donde puedes. A veces llegas a la meta y a veces no. Lo importante es ir en la dirección correcta”. La sociedad de la nieve nos recuerda que todos los conflictos en la vida, por muy grandes que sean, tienen muchas maneras y caminos para abordarlos, y está en nosotros intentarlo al menos. Algunos serán tan crueles e inimaginables como el accidente del 571. Y serán una tragedia para unos y un milagro para otros. Lo importante es que para nosotros siempre sean una lección de la que aprender.

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Sergio Díaz
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