OPEN WATER Y OTRAS PELÍCULAS DE TIBURONES RECOMENDABLES

[Crítica] Open Water, una de las películas con tiburones más terroríficas cumple 20 años

El largometraje causó furor en taquilla, obtuvo diversos premios y revitalizó el subgénero de películas con tiburones originando una franquicia de varias entregas

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La atracción que provocan los tiburones únicamente es comparable al terror que provocan. En ellos se unifican la fuerza y el poder de la naturaleza, el sentimiento de admiración por toda su grandiosidad y también el de nuestra propia vulnerabilidad. Cualquier situación donde la naturaleza, con mayúsculas, se desate siempre va a causarnos inquietud por una cuestión de inferioridad. Pero quedarse varado en la inmensidad del mar, a merced de criaturas que proceden de un fondo que no podemos ver, dispara el terror.

Este pavor fue brillantemente explotado por la legendaria cinta Tiburón de Steven Spielberg en 1975. Su impacto fue tal que se llevó por delante negocios locales turísticos de la costa donde se rodó, se dispararon los tratamientos psicológicos sobre la selacofobia (fobia a los tiburones) y los avistamientos de escualos, y se instauró el canon hollywoodiense de estrenar un blockbuster cada verano para atraer a las masas al cine.

Décadas después, Tiburón sigue siendo la película de terror ambientada en verano por excelencia y la mayor referencia en el subgénero de películas con tiburones como protagonistas del show. Aunque ha contado con algunos discípulos aventajados como Open Water.

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Open Water y una desgracia real como argumento

Open Water llegaba a las salas norteamericanas el 6 de agosto de 2004, después de pasar por diferentes festivales de cine independiente en los que había impactado a la audiencia, como el de Sundance en enero. A Europa llegaría apenas una semana después en medio de una notable expectación alimentada por las revistas y portales de cine especializados.

La premisa de Open Water no podía ser más terrorífica. Un matrimonio se va de vacaciones a las Bahamas a realizar unas inmersiones para desestresarse. Al volver a la superficie, la embarcación de la agencia turística ha zarpado sin ellos por un mal recuento en los pasajeros, dejándolos a la deriva. Y a merced de los tiburones.

El planteamiento no puede ser más espantoso. Especialmente cuando sabes que está basado en un hecho real, porque piensas que, efectivamente, puede pasarle a cualquiera. Un mínimo despiste de fatales consecuencias en las que tú mismo podrías ser el daño colateral.

Los eventos de Open Water ocurrieron realmente, pero en la Gran Barrera de Coral australiana. El matrimonio de Eileen y Tom Lonergan fue dejado en el mar por un despiste del bote de turistas. Se les echó en falta dos días después del trágico error, el 27 de enero de 1998. El despliegue de búsqueda obtuvo una pizarra de buceo, con un mensaje de auxilio, y parte del equipo de buceo, a millas de donde fueron abandonados accidentalmente. Sus cuerpos jamás se encontraron.

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Terror en mitad del océano

Open Water especula con lo que le sucedió al matrimonio las últimas horas para fraguar, así, un espeluznante relato con los tiburones como absolutos protagonistas. La historia es lo suficientemente terrible y dramática como para, como mínimo, no ver la película con respeto y muchísima inquietud.

La cinta deja de lado la parte más introspectiva a la que se enfrentan los personajes y se entrega por completo al horror de la situación. La progresiva cercanía de los tiburones y los tanteos que realizan a sus presas son de una tensión extrema, agudizada por unos planos realizados con escualos reales y prescindiendo de efectos digitales.

Una decisión más que inteligente dadas, por un lado, las limitaciones presupuestarias. Y, por otro, por saber sacar provecho de la propia naturaleza terrorífica de estas criaturas marinas, cuyo origen es 250 millones de años más remoto que el de los mismísimos dinosaurios.

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Cine dogma en alta mar

Open Water supo jugar todas sus cartas y reformuló las bases del primer fenómeno viral de la historia del cine, El proyecto de la Bruja de Blair. Además de recurrir también a actores completamente desconocidos para el gran público (para facilitar la identificación del espectador), utilizó una cámara torpe a propósito que transmitía todos los vaivenes y el realismo de las olas.

Así, colocaba al espectador en el centro de los eventos, como si fuéramos un testigo directo más del terror que atravesaba la pareja protagonista. Nuestro plano estaba en paralelo a la superficie también casi todo el tiempo, viendo lo mismo que ellos. Es decir, la inmensidad del océano a ras de cuello. O, mejor dicho, la vasta, inquietante e inabarcable inmensidad del océano.

El incesante mareo, los reflejos del sol en el agua, la borrosidad de la profundidad… No ver más allá de lo que ellos ven (y no ir con ventaja respecto a ellos en lo que a encuadres se refiere) facilita angustiarse con los sucesos que transcurren en pantalla. Es una de las ideas más acertadas del largometraje por el brutal efectismo.

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Lugares de rodaje

La película trasladó la producción a las Bahamas por la relativa cercanía del director y su productora (Chris Kentis y Laura Lau, matrimonio en la vida real) a las islas donde querían rodar. Por una decisión personal, tampoco querían hacerlo en el lugar exacto donde sucedieron los hechos reales.

El rodaje se alargó 30 meses por diferentes factores. Por un lado, sólo grababan los fines de semana unas pocas horas, y algún festivo como el 4 de julio. Querían luz natural a toda costa y eso restringía las horas para las tomas drásticamente. El efecto de continuidad en el montaje definitivo debía evitar cambios en la iluminación de los planos y que el espectador no percibiese “saltos” horarios en una secuencia.

Por otro lado, el director y su equipo no querían alterar la rutina de los negocios locales ni generar una hipotética mala publicidad en forma de: “en este punto se está efectuando un rodaje de película con tiburones” que afectase a dichos comercios, o asustase a los turistas. Con ese propósito, buscaron un punto de rodaje específico más apartado dentro del archipiélago de Las Granadinas. Esto, a su vez, ampliaba el tiempo invertido en el desplazamiento (y por ende, el dedicado al rodaje como tal).

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Más datos y curiosidades de Open Water

Como decíamos antes, Open Water prescindió de efectos especiales. Los tiburones mostrados son reales y sus movimientos y autenticidad resultan espectaculares porque son eso, tiburones en alta mar. Las especies grabadas, tiburones grises y tiburones toro, estaban familiarizadas con los turistas y no resultaron una amenaza para el cuerpo técnico ni los actores, pues contaron con la ayuda y la dirección de expertos submarinistas y guías locales de la zona.

Aun así, no me digáis que no hay que tenerlos bien puestos para rodar con escualos, por muy mansos que sean… Sobre todo en las escenas donde más agresivos debían mostrarse. Para agitarlos y estimularlos, el equipo de expertos utilizó atún con tomate (literal), su comida favorita. Así, lograban de rebote el efecto en pantalla de emular la sangre de las primera embestidas.

La mayor parte de esos 30 meses de rodaje en fines de semana y festivos se dedicó a los planos con los tiburones y los ensayos con los expertos de la zona. El tiempo de rodaje donde participaron los actores se concretó a 8 fines de semana y las escenas de interior se tomaron en un hotel y en el puerto de St. John y St. Thomas.

Open Water y su balance en taquilla

El estreno de Open Water en el festival de cine independiente de Sundance causó sensación y anticipó el gran éxito que, posteriormente, obtendría el largometraje. Así sería, logrando una recaudación de casi 60 millones de euros en la taquilla mundial, 30 de los cuales procedían del público estadounidense. La cinta costó apenas 100 mil dólares.

El taquillazo en que se convirtió Open Water originó varias secuelas y puso el foco, de nuevo, en el subgénero de las películas con tiburones. Sin embargo, ni director ni actores lograron una carrera posterior de éxito, estableciendo otro curioso paralelismo con La bruja de Blair. Blanchard Ryan, su actriz protagonista, pese a ganar premios del género fantaterror de prestigio como el Saturn, no se hizo hueco en la primera línea. Tampoco el actor coprotagonista ni el director, que lo intentó con otras incursiones en el terror con la actriz Elizabeth Olsen.

La fórmula de cámara mareante/realista en las películas de tiburones que propuso Open Water sería descartada por sus secuelas directas, curiosamente. Sin embargo, la adoptaría otro largometraje también basado en un terrible hecho real. La película en cuestión, El arrecife, fue todo un taquillazo en su país de origen, Australia, y también es una de las películas con tiburones más estimables del subgénero. De ella y otras recomendaciones te hablamos en este reportaje.

Pasa un buen verano y, por si acaso… No te alejes mucho de la orilla.


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Sergio Díaz
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