[Análisis psicológico] La sustancia: final explicado y mensajes ocultos
Reflexiones sobre las metáforas de la película dirigida por Coralie Fargeat y protagonizada por Demi Moore y Margaret Qualley

La sustancia
Retrato de una sociedad insustancial
He visto incontables veces Réquiem por un sueño de Darren Aronofsky. La mitad de la mitad de visionados serían bastantes para reconocer su esencia en la turbia, grotesca e implacable La sustancia, la cinta de Coralie Fargeat que cerró el año pasado como uno de los grandes éxitos entre crítica y público.
Su presupuesto de 17,5 millones se ha sobrepasado holgadamente en recaudación (114 millones). Ha sido una de las películas más sangrientas que haya pasado por la competición oficial del festival de Cannes. Y su dupla de protagonistas ha recibido sendos premios y galardones. Entre ellos, el Globo de Oro que alzó Demi Moore el 5 de enero de 2025.
¿Qué tiene de especial La sustancia para gozar ya, prácticamente, del estatus de película de culto? Son muchos los elementos que reúne y vamos a profundizar en ellos en las siguientes líneas.

Premisa
La sustancia mete en la coctelera un montón de referencias, guiños y alusiones más o menos explícitas no solo a numerosas películas de autor. También a fábulas y mitos populares que retuerce como sólo lo sabe hacer el body horror.
Elizabeth Sparkle (Demi Moore, a quien en España da voz su actriz habitual, la espléndida Rosa María Hernández) es una presentadora de televisión de éxito al frente de un programa de gimnasia. Tras años y años siendo uno de los valores de la cadena donde se emite, los productores deciden jubilarla. Buscan un rostro (y un cuerpo) mucho más joven. Concretamente, de entre 18 y 30 años de edad.
Un accidente de tráfico pondrá en contacto a Elizabeth con el intermediario de un elitista tratamiento clínico de estética, The substance. Esta sustancia promete “una mejor versión de sí misma, más joven, más bella y más perfecta”. Es justo lo que Elizabeth necesita, así que acepta convertirse en la paciente 503.
Esa versión de sí misma no sería en el sentido figurado. Sería alguien real que nace de su propio interior físico, de su matriz. Ello las obligaría a coexistir a ambas, pero lo harían alternativamente. Mientras una se nutre de sueros, la otra podrá hacer su vida normal. Siete días cada una, ni uno más ni uno menos. Una letra pequeña que podría parecer insignificante cuando se promete la eterna juventud.
El tratamiento cumple lo prometido, y Elizabeth desarrolla un alter ego exactamente como deseaba: Sue es una versión de sí misma físicamente mucho más joven, pero con consciencia (y ambiciones) propias. La creciente avidez de Sue por triunfar romperá las reglas del juego, y Sue y Elizabeth se enzarzarán en una guerra por tratar de imponerse la una a la otra…

Un poquito de Cenicienta y un poquito de Fausto
Las reglas para el tratamiento de la sustancia son muy básicas. Lo que una haga, perjudica a la otra. No hay dos entes independientes, sino que Sue y Elizabeth son las dos caras de una misma moneda. Esta metáfora de mens sana in corpore sano es la más evidente de toda la cinta, pues Sue es el cuerpo que Elizabeth deseaba, mientras que Elizabeth es la experiencia y el talento al que Sue aspira (doblada en España por la actriz Michelle Jenner, fantástica como siempre). La concepción distorsionada de la realidad que sufre cada una de las protagonistas terminará alterando el equilibrio que ambas debían sostener, con consecuencias nefastas para las dos.
La sustancia mezcla muchos temas y lo hace con absoluta genialidad. Presenta un montaje más propio del terreno de los videoclips con su vorágine de escenas rápidas donde sobresalen los intensos colores y los planos casi biológicos, corposculares, que tanto evocan a Requiem for a dream. Esas pupilas dilatándose y aterrorizadas son puro Aronofsky. Pero no es la única concesión que hace La sustancia a otras cintas de reconocido prestigio.
Influencias cinematográficas
Los largos pasillos de la cadena de televisión de intenso color rojo, presididos por cuadros de Elizabeth cuando era una celebridad en la cúspide, podrían pasar perfectamente por los del Hotel Overlook de El Resplandor de Stanley Kubrick. Es el primer símil que es fácil establecer de La sustancia, que arranca y termina con la estrella del paseo de la fama de la protagonista. Una forma clásica, y elegante, de abrir y cerrar su propio círculo de excesos.
La sustancia también evoca, ineludiblemente, a La Mosca de D. Cronenberg. Las deformidades en que se transforman paulatinamente Sue y Elizabeth expresan toda la putrefacción y obliteración mental que las ha arrastrado a las dos.
Arrastrado literalmente, pues la compuerta a medio abrir para recoger el tratamiento de la casilla 503, en el sucio callejón a las afueras de la ciudad, es una metáfora de que quien acepta el tratamiento de la sustancia ha tocado fondo y haría lo que fuese, incluido arrastrarse y desprenderse de cualquier vestigio de dignidad.
Una fábula adaptada a los tiempos del streaming
En La sustancia también reconocemos influencias culturales de cuentos y mitos clásicos como Fausto. Esa promesa de recuperar la juventud a cambio de pactar con la oscuridad se tuerce y se retuerce en La sustancia. La diferencia es que Elizabeth no quiere obtener el amor de nadie, porque ya está enamorada de ella misma. Su piso de lujo es como un templo en el que se adora a sí misma, elevada a la categoría de diosa a la que rendir culto. Así lo deja claro la impresionante foto que regenta toda la estancia, una estampa con la que se aferra a tiempos mejores de belleza y popularidad.
Por supuesto, ese límite de siete días con los que se han de alternar una con la otra también tiene un claro paralelismo con La Cenicienta. Cuando Sue decide extender ese límite por primera vez con el motero con el que tiene una cita, traspasa las reglas porque el hechizo se iba a romper. Como a Cenicienta cuando llegaron las doce de la noche. Pero en vez de con zapatos de cristal, con unos buenos stilettos.
Y. cómo no, también se encuentran rasgos de El hombre elefante de D. Lynch y de la mítica Carrie de Stephen King en ese clímax tan burlesco y desmedido.

El edadismo en la era de la estética
Entre todos los mensajes que subyacen en La sustancia, sobresale la feroz crítica que se hace del culto al cuerpo y la enorme presión que se ejerce sobre la mujer en términos de belleza.
Efectivamente, la sociedad pluscuamperfecta en la que nos movemos castiga todos los cuerpos no normativos y todo lo que se aleje de los cánones impuestos de belleza, tanto para hombre como para mujer. Pero La sustancia hace una durísima crítica desde el establishment de Hollywood, un sistema particularmente inmisericorde con la mujer.
Para ello coloca como contrapunto de Elizabeth al personaje de Dennis Quaid (doblado en España por un Ramón Langa, como siempre, soberbio e impecable). Este Harvey es la cabeza visible de la cúpula de ejecutivos que gobierna la cadena, a la postre todos hombres. A ellos sí se les permite trabajar hasta cualquier edad y no tienen que someterse a ningún criterio estético. Incluso se le permite cualquier conducta fuera de lugar. Pero a ellas, no.
La trituradora de Hollywood
Esto se simboliza en el almuerzo entre Harvey y Elizabeth. La velocidad a la que engulle las gambas, con unos primeros planos tan explícitos como soeces (por cierto, Dennis Quaid tuvo que ingerir más de dos kilos de gambas para la secuencia), también son una metáfora de cómo Hollywood y la sociedad fagocitan, trituran y machacan a sus figuras a una velocidad desbocada.
Frente a él comparece una Elizabeth exactamente así: fagocitada, triturada y machacada. Pelada y devorada como una gamba de la que solo interesa el cuerpo, la cabeza se escupe y se descarta. Porque su cuerpo era lo único de valor para la sociedad, no su inteligencia o su personalidad. Ahora que ha dejado de ser joven y bella, ya no existe y es tratada como mercancía inútil. Un estorbo que molesta y al que, después de tantos años explotando su imagen en la cadena, se despacha con un libro de cocina barato como regalo de despedida.
Ciertamente, la crueldad de La sustancia para con sus personajes femeninos es tristemente real. Pues, inmediatamente antes de esa escena, Harvey comenta en los baños que una mujer empieza a perder su capacidad de ser fértil ya con 25 años. Por si fuera poco, la cadena busca una nueva cara con un máximo de 30 años. Un límite que no se aleja tanto del que fija Hollywood para dar carpetazo a sus actrices cuando empieza a considerarlas “mayores”.

Crítica social
Desde luego, si alguien puede hablar con conocimiento de causa del edadismo y del machismo que imperan en Hollywood, ésa es su actriz protagonista. Demi Moore fue todo un icono de los años 90, con taquillazos como Ghost, La teniente O’Neal, Algunos hombres buenos, Acoso o Una proposición indecente.
Fue la primera celebrity en posar semidesnuda estando embarazada, una estrategia publicitaria copiada hasta la saciedad a día de hoy. Sus peinados y estilos de vestir también se imitaban sistemáticamente. Y rompió los techos de cristal de Hollywood cuando se embolsó doce millones de dólares por Striptease, un fiasco en taquilla pero todo un fenómeno mediático en la puritana sociedad yanqui.
Y, pese a sus altísimos índices de popularidad, también dejó de brillar en La Meca del Cine. Según pasaban los años, menos sitio había para ella, igual que para muchas otras actrices del momento. Bo Derek, Melanie Griffith, Sharon Stone, Meg Ryan, Raquel Welch, Michelle Pfeiffer… Hollywood lleva dando de lado a las actrices que superan una determinada edad desde su mismo origen, condenándolas a roles (muy) secundarios. O a caer directamente en el olvido. Esta es, de hecho, una de las primerísimas frases de La sustancia: “¿Qué fue de aquella actriz?”. No es algo ni mucho menos reciente. Sin embargo, ahora es más notorio y, con toda certeza, más dañino que nunca.
Impacto mediático
El motivo lo encontramos en las redes sociales y todo su impacto mediático derivado. Que el número de followers de una celebrity sea, en no pocas ocasiones, determinante para que obtenga un papel dice mucho del momento en que nos encontramos. Se premia más el populismo y la popularidad que el verdadero talento. Saber venderse antes que ser auténtico. Y en este sentido, La sustancia es una reflexión terriblemente nihilista y catastrofista.
Su escepticismo respecto a que cambien las cosas está justificado con creces, eso no cabe duda. Y, aunque los premios que se haya llevado Demi Moore son con toda certeza una suerte de justicia poética y una representación de tantas actrices tratadas como simples trozos de carne, lo cierto es que la sociedad en que nos desenvolvemos no tiene indicios de cambiar. Al menos, a gran escala y/o del modo en que realmente es necesario.
La obsesión por el culto al cuerpo, la frivolidad mal entendida, aparentar más que ser y ser aquello que los demás quieren que seas… son auténticas lacras que ponen en jaque, día a día, la salud mental de millones de personas en todo el mundo.
Comprender que la edad o el aspecto físico no van más allá de ser factores circunstanciales y no pueden ni deben servir como baremos sociales es, desgraciadamente, la realidad que nunca tendremos. Y esa no es la terrible distopía perversa que adelanta La sustancia. Es la que ya tenemos.

Explicación del final de La sustancia
El disparatado final de la cinta es coherente con su propio planteamiento. A fin de cuentas, La sustancia es una fábula del siglo XXI, pero una fábula a fin de cuentas. Y, como tal, ha de tener moraleja: la vanidad se paga. Ningún personaje que sacrifique su alma por la arrogancia de ser eternamente joven puede obtener un final feliz. Y ninguno lo tiene, a expensas de su presuntuosidad.
Hay muchas maneras de interpretar el clímax de La sustancia. Mi valoración es posiblemente la más evidente y la más simplista a la vez. Creo que en los minutos finales descarrila como una locomotora en marcha en aras de reivindicarse por última vez como una sátira gore y salvaje, pero es que no le quedaba más remedio que despedir así a sus protagonistas.
El tono tragicómico de los planos finales de Sue, subida encima del escenario convertida en una deformidad, realza todo el tono furioso y encolerizado de la película. La monstruosidad en que se ha convertido es la metáfora final y definitiva de La sustancia.
La adicción al aplauso
No pocas actrices de Hollywood que han llegado a cierta edad, y han sido dadas de lado, se han lanzado a los brazos del bótox, de los implantes y de las cirugías estéticas que las han deformado hasta dejarlas irreconocibles. Esas actrices han vendido su alma a Hollywood, a la gloria y a la fama, porque la gloria y la fama les han hecho creer que solo son válidas la belleza y la juventud.
Esa búsqueda infructuosa de la eterna juventud ha devorado incontables nombres por el camino, dejando como testimonios a los rostros que han borrado tanto las arrugas como la expresividad. Convertidas en marionetas supurantes de ácido hialurónico con labios desproporcionados, estas actrices caen en el saco roto de un Hollywood que, para rematar, las humilla y ridiculiza considerándolas unos engendros.
Ninguno de los sacrificios hechos ha servido para nada. Las escenas de las costuras cosidas en la columna vertebral representan el dolor físico de los retoques estéticos, mientras que el plano de Demi Moore desmaquillándose frente al espejo (probablemente la escena con la que recordarán el Oscar que va a llevarse, guardad mensaje) simboliza el dolor psicológico de no ser lo que los demás quieren que seamos. Una meta inalcanzable para nuestras posibilidades, unas expectativas no cumplidas. La mirada que devuelve el espejo es la fractura entre lo que hay y lo que nos han hecho creer que debería haber. Es la línea que se cruzó cuando la persona decidió inmolarse para asumir los estereotipos.
La escena de Sue convertida en abominación ante el público que la adoraba cuando era físicamente perfecta es la sublimación de la propia sátira de La sustancia. Buscar la juventud la convirtió en un monstruo entre monstruos. Los que exigían eso de ella.

Egolatría
No obstante, la decisión de seguir el tratamiento estético es voluntaria y Elizabeth decide someterse a él por decisión propia. Aunque paga un precio demasiado alto, su propia vanidad es la que manda por ella.
Y esto es lo que hace tan interesante a su personaje. Si os fijáis, está rodeada de señales que le indican que no puede hacer nada contra el inflexible paso del tiempo. Las palmeras que rodean su ático de lujo se van llenando de ramas marchitas, por ejemplo, conforme avanza el metraje. Sin embargo, ella se resiste a sucumbir a él y busca como sea el modo de darle esquinazo.
Es víctima del edadismo y, a la vez, alguien alejado de su propia edad/realidad. Existe un personaje secundario enfocado a realzar esta paradoja, el compañero de instituto que le da su teléfono en, literal y metafóricamente, papel mojado. Elizabeth no busca tampoco relaciones de igual a igual porque es una ególatra.
Ella quiere ser venerada y elige (intentar) recuperar la humanidad que va perdiendo a costa de perfiles débiles o con los que sepa que puede ejercer una superioridad. Sin embargo, no es capaz de asumir que ya no es la chica del instituto, la presentadora de moda ni la mujer que acaparaba todas las miradas por su belleza.
Las inseguridades la destruyen en el espejo y empieza a desmaquillarse furiosamente, hasta perderse la cita con el compañero de clase. Así, decide seguir con el tratamiento de la sustancia. Elizabeth no desarrolla la capacidad de apoyarse en sus puntos fuertes, en todo lo que ha logrado en lo personal y lo profesional, y se reduce a valorarse como la sociedad la ha valorado. Así, su narcisismo fue más fuerte que ella cuando se niega a admitir su edad, hasta verse desbordada por sus propias inseguridades.

El juego de Hollywood
Pese a lo caricaturesco que pueda resultar la recta final, La sustancia es una película de terror psicológico pura y dura. Y es que hay pocos temas más duros y complejos de abordar que el del envejecimiento. Si queréis ver otra película de terror sobre este tema, tenéis Amor de Michael Haneke. Absteneos estómagos sensibles porque mete un puñetazo tras otro en el estómago.
Pero no a base de vísceras ni gore. La diferencia con La sustancia es que esta última funciona como una sátira y se aleja de la realidad en las formas de su narrativa. Pero, en el fondo, no deja de componer otro relato acerca de la madurez y el duro golpe que es asumir no solo el deterioro físico y mental que conlleva envejecer, sino el del rechazo de una sociedad afincada en lo superficial, lo bonito y lo perfecto. Y la arruga y las canas están lejos de lo que se considera perfecto, máxime si eres mujer.
Por ello sorprende que La sustancia se haya presentado en competiciones en la categoría de musical o comedia, como los Globos de Oro. Aunque es una decisión que se entiende mejor si, en un análisis de los contrincantes, se sopesa que La sustancia tenía más posibilidades de sobresalir en esas categorías. Una estrategia comercial que adopta las reglas del juego de Hollywood, de una forma totalmente descarada y consciente. Exactamente igual que los personajes de la cinta, lo que no deja de ser curioso.

Las lecciones psicológicas de La sustancia
La película de Coraline Fargeat no es perfecta como sí lo son los cuerpos que se lucen casi con naturalidad pornográfica, para que al espectador le quede claro la cosificación a la que son sometidas las mujeres. Pero ciertamente es una cinta sobresaliente, inteligente y que no deja indiferente. Lo cual ya es mucho en una industria cada vez más falta de ideas.
Arriesgarse a mezclar Blade Runner con Réquiem por un sueño para hacernos reflexionar sobre cómo la sociedad promueve el rechazo a uno mismo es, ya de entrada, más que loable. En esta obra de ciencia ficción hay muchas reflexiones tan mundanas como atemporales, pues la fugacidad del éxito no entiende de épocas ni generaciones: siempre ha sido así, un espejismo completamente vacío.
Apostar por el yo-real
Los últimos segundos de la película, encuadrados en un plano cenital de la estrella del paseo de la fama, recuerdan que la fama es tan fugaz y tan perecedera como la propia juventud. Precisamente los dos pilares de Hollywood, y dos de las aspiraciones más arraigadas en nuestra sociedad.
Porque La sustancia es, no olvidemos, también una crítica a los filtros de instagram. A ese juego de apariencias donde la gente se quita años by the face. O hace desaparecer sus barrigas con una app, o se inventa casas y vacaciones de lujo con un mijita de Photoshop porque quieren proyectar una vida de éxito. Al menos, del éxito según considera la sociedad.
Y este es, precisamente, el trasfondo de la película: la angustia que desarrollamos cuando no encajamos en los estereotipos físicos y materiales que nos vienen impuestos.
Si no somos capaces de sobreponernos a esas presiones sociales, estaremos renunciando a nuestros propios intereses y a nuestra propia y legítima individualidad. Dejarse condicionar por el yo-ideal y rechazar nuestro yo-real conlleva graves problemas de autoestima, de satisfacción personal y de, en definitiva, salud mental.
No tiene nada de malo ser una mejor versión de uno mismo. Eso por descontado. Pero hay que esforzarse siendo consciente de las propias limitaciones y sin desarrollar sentimientos de culpa o frustración cuando hay metas que, sencillamente, son inalcanzables a nuestras posibilidades.

La valía no es cuestión de género, edad ni apariencia física
Otra de las reflexiones que ofrece el largometraje es el modo en que la sociedad modula ciertos comportamientos. Tenemos el ejemplo del vecino, que cambia el tono drásticamente cuando va a quejarse de los ruidos a Elizabeth, pero le abre Sue. Su tono es otro desde ese momento. Esta exageración en tono de humor la vemos, sin embargo, todos los días.
Las personas mayores están hartas de quejarse de la poca visibilidad que tienen, de sentirse ninguneados y de sentirse estorbos. La sociedad no les reconoce méritos como la experiencia vital acumulada o todo lo que aportaron en forma de trabajo. Al revés, solo les complican las cosas.
Una persona mayor, hoy por hoy, está obligada a utilizar tecnología para actividades de lo más cotidianas, abriendo una brecha entre quienes se han sabido modernizar y adaptar, y quienes no han podido por una cuestión de aprendizaje y/o recursos. Esto agrava aún más la angustia de estas personas, que poco a poco interiorizan el terrible error de creer que son prescindibles e inútiles.
Sin duda, es uno de los grandes fracasos que todos arrastramos como sociedad. No solo por el sufrimiento que estamos ocasionando, sino porque estamos abocados a padecerlo al no plantear soluciones, pues el paso del tiempo es irreversible e inevitable para todos y cada uno de nosotros.

Fuera expectativas
La sustancia pivota en torno a la idea de que el éxito es encajar en los deseos de los demás. Y este es uno de los puntos cruciales de la salud mental de cualquiera. Desarrollar unos valores y cualidades solo porque cumplirán expectativas ajenas es uno de los peores daños que podemos hacernos a nosotros mismos.
El éxito es estar conforme consigo mismo. Es el equilibrio entre las metas logradas y las que buscamos lograr. Pero es un proceso en el que se han interiorizado limitaciones, y se convive con ellas. Siempre habrá alguien más joven, que haga ciertas cosas mejor, que tenga mejor cuerpo, que se le dé bien esto o aquello… Y eso es y será inevitable. Lo que es evitable es sufrir por ello. Recordarnos a nosotros mismos que el éxito y la satisfacción personal no es estar a la altura de lo que esperan los demás es vital para nuestro propio desarrollo personal y nuestra propia armonía.
De lo contrario, iremos en nuestra propia contra. Encajar en los ideales de otros solo nos desencajará de nuestra identidad. En otras palabras, buscar a toda costa la aceptación de los demás supone perder la aceptación con uno mismo, pues se renuncia a la identidad personal para fabricar otra a medida de los demás.

Aceptar defectos y valorar virtudes
Hay que insistir en que no tiene nada de malo ser una mejor versión de uno mismo, por lo que esto tampoco no es un alegato contra la estética. Se trata de recordar lo importante que es no desarrollar un rechazo contra el propio cuerpo, hasta el punto de hacerse daño a uno mismo.
Muchas personas van a sentirse identificadas con los sentimientos de Elizabeth porque su sufrimiento es extrapolable más allá del edadismo. Tras esa repulsión del personaje por su cuerpo subyacen los mismos sentimientos de animadversión de personas que desarrollan bulimia, vigorexia o anorexia, por ejemplo. Es muy importante cuidar la relación con nuestra autoimagen. O podemos ser nuestro peor enemigo y caer en conductas patológicas derivadas de ese rechazo.
Aceptar nuestra manera de ser, nuestros defectos y virtudes, supone también ser tolerantes con nuestra estatura, color de ojos, aspecto… Es decir, con nuestro propio cuerpo. Si nos centramos únicamente en valorar nuestro cuerpo según dictamine la sociedad, el entorno cercano, etc., y no lo tenemos ajustado a sus estándares de belleza, estaremos dando de lado al resto de nuestras cualidades, y reduciéndonos a ser uno más de tantos otros consumos de usar y tirar.

La sustancia, retrato de una sociedad insustancial
En conclusión, La sustancia (2024) es una formidable crítica a la dictadura estética a la que están sometidas las mujeres y a la obsesiva fijación con el culto al cuerpo. Lo hace de una manera grotesca y bizarra. Casi en forma de hermana bastarda y cabrona de Barbie (Greta Gerwig, 2023). Pero es una reivindicación poderosa y visualmente intachable.
La fugacidad de la juventud, la cultura de lo pasajero y la tiranía de los cánones de belleza son algunos de los temas que aborda una película fantástica y muy recomendable. Porque, al final, La sustancia nos hace pensar cuántas veces el deseo de encajar a toda costa con los demás ha sido nuestra propia sustancia.
