Cerebro y dopamina (y Marian Rojas): el contexto en salud mental
Una reflexión sobre las recientes exposiciones de la popular psiquiatra Marian Rojas Estapé sobre salud mental

El paso de la psiquiatra Marian Rojas Estapé por el programa de entretenimiento El Hormiguero https://www.antena3.com/programas/el-hormiguero/entrevista/entrevista-completa-marian-rojas-estape_2025021167abce700b2ad20001bad013.html este pasado 11 de febrero de 2025 ha causado un gran impacto en el público. Su análisis de la relación entre cerebro y dopamina se saldó con 4,4 millones de espectadores únicos y decenas de miles de comentarios en redes sociales.
Vi atentamente esta entrevista y al comienzo, me gustaron bastantes puntos que se comentaron. Sin embargo, me dejó una sensación agridulce cuando terminó. Me chirriaron cosas y en otras, estoy en desacuerdo. Voy a intentar desarrollar mi argumentación en las siguientes líneas.
Pero, antes, me gustaría puntualizar que ésta es una crítica hecha desde el total respeto a las exposiciones y al trabajo de Estapé. Es una crítica constructiva elaborada sin ánimo de menospreciar pues, insisto, hay muchos puntos que me parecen muy loables y válidos en su discurso.

Las hormonas de la felicidad
El primer tanto a favor de Estapé hay que concedérselo a su oratoria. Marian Rojas es una fantástica comunicadora, con el gran mérito de hablar de términos y conocimientos científicos adaptados a un lenguaje sencillo y accesible para el gran público. Esto es crucial y mucho más valioso de lo que podría parecer, ya que hablar de salud mental siempre es positivo.
En esta línea, presentó a la dopamina como la gran protagonista de su nuevo libro. La dopamina y las endorfinas son las hormonas vinculadas al placer y al bienestar. Consumir determinados alimentos estimula su segregación, como los plátanos, el chocolate negro, el queso y las fresas.
Pero también pueden contribuir a que se aumenten sus niveles determinadas actividades, como la meditación, el ejercicio físico o la realización de hobbies del gusto de la persona, como la lectura o escuchar música. Y sí, jugar videojuegos también, aunque Estapé los haya sutilmente ninguneado en la entrevista…

¿En qué se diferencia la dopamina y las endorfinas?
Estas hormonas pueden parecer sinónimas, pero no lo son. La dopamina guarda relación con la anticipación del bienestar y del placer. Por ello, está fuertemente vinculada a la motivación.
La dopamina se segrega cuando el cerebro percibe que obtendremos una recompensa. Por ejemplo, si te gusta pintar o componer música, compartir su resultado o ver cómo te ha quedado te incentiva a realizar esa actividad. Tienes motivación para ejecutarla.
De igual modo, esta hormona está estrechamente unida a procesos patológicos de dependencia. ¿Por qué? Porque la dopamina genera excitación entre los jugadores de apuestas, por ejemplo. La expectativa de que su combinación de números sea la ganadora conlleva altos niveles de dopamina.
Y ese estado de agitación y excitación o subidón estimula muchísimo al jugador, de manera que buscará repetir el subidón tanto como pueda… Lo que, sin límites, provoca una dependencia patológica. De esto ya hablamos largo y tendido en nuestro reportaje sobre juegos de azar (https://videojuerguistas.net/los-videojuegos-y-los-limites-de-la-adiccion-un-repaso-a-los-ultimos-estudios-cientificos/), de manera que no quiero caer en la redundancia.
Uno de los mensajes más encomiables de Estapé guarda relación directa con esto. Y nos invita a desconectar para reconectar con nosotros mismos. La generación de dopamina también está presente en la estimulación procedente de los móviles, pues a través de ellos recibimos mensajes, emoticonos, vídeos… Cada mensaje de Telegram, de Instagram, etc., conlleva una estimulación. También hablé de ello en este otro reportaje dedicado al síndrome FOMO (https://videojuerguistas.net/que-es-el-sindrome-fomo-consejos-para-ninos-y-adultos/).
A más tiempo conectados, más hormonas vinculadas a la atención segregaremos (en ello también impacta la luz artificial y la instantaneidad de los servicios de mensajería). Que en los teléfonos inteligentes se concentren tanto las cargas laborales como vínculos emocionales (contactos con familiares, amistades, etc.) nos hace muy dependientes de ellos.
Como en cualquier momento podemos recibir un mensaje de un perfil u otro, esa dopamina estará presente como anticipación del bienestar de recibir un chascarrillo o un mensaje de alguien a quien tenemos afecto. De ahí la importancia de regular y controlar su tiempo de uso.

El efecto de las endorfinas
Las endorfinas son analgésicos naturales. No solo mejoran el sistema inmunológico, también amortiguan el estrés y se segregan en procesos de euforia. Su presencia tiene lugar cuando la meta ya se ha logrado. Es decir, es el subidón de haber ganado un partido, haber acabado un concierto, superado un examen, terminar algo con éxito…
Por tanto, dopamina y endorfinas actúan sobre nuestros procesos emocionales en diferentes momentos y ambas son fundamentales para el equilibrio anímico.
Nuevamente, las observaciones de Estapé, como dedicar tiempo a actividades que nos gusten, que nos reporten placer y estén focalizadas en nosotros son más que loables y no puedo estar más de acuerdo. Hacer fotos, salir al campo, escuchar música, pasear, pasar tiempo con tus seres queridos… Cosas tan básicas nos benefician mucho más de lo que pensamos.
Distanciarnos del mundo perfecto de fotos perfectas y vidas perfectas de Instagram es la mejor manera de convivir con nuestros defectos, pero también con nuestras virtudes. Y esto es algo sano, necesario e imprescindible para la salud mental.
Precisamente por ello me chirriaron las carencias del resto de la entrevista y de la exposición de Marian Rojas.

La realidad como parte inevitable
Si esta psiquiatra nos recomienda, muy acertadamente (insisto) pasar más tiempo con nosotros mismos, conocernos mejor, hacer actividades que nos dispersen, potenciar la vida sana haciendo ejercicio… ¿Cómo es posible que eluda el contexto de cada uno?
Me explico. Pasar más tiempo con nosotros mismos, en vez de en redes sociales y los mundos tan a menudo fantasiosos de Instagram y sus filtros rejuvenecedores, es una buenísima recomendación a la que me sumo. Pero en ese proceso de aceptarnos a nosotros mismos está aceptar nuestra realidad. Y en la entrevista de Marian Rojas en El Hormiguero eché en falta profundizar en esto.
¿Cómo le planteas a alguien que suba la dopamina y las endorfinas si está atrapado en un trabajo que no le gusta, si sufre una enfermedad que le distorsiona el concepto de sí mismo (anorexia, por ejemplo), tiene unos compañeros de institutos terribles que le hacen bullying o si está al cargo de un familiar enfermo? En otras palabras, ¿dónde está el enorme e inevitable peso del contexto y el entorno del individuo?
No me convence el argumento de que Estapé no es socióloga sino psiquiatra y que, por tanto, no tiene que entrar en ese terreno. Si hablamos de salud mental, y te metes en ese charco, hay que abordar todos los ángulos, prismas y realidades. Y una de esas perspectivas es la realidad económica, cultural y social de la persona.

¿Por qué es importante el contexto?
Asumir que el entorno y los condicionantes que rodean a una persona impactan en su persona no es fatalismo. Es lo natural, lo lógico y lo consecuente. Aislar lo biológico de los factores externos como los sociales no es posible, más allá de un laboratorio al menos.
Que genética y contexto son un todo es una realidad que, sorprendentemente, se ha obviado en esta entrevista. No me corresponde a mí hacer juicios de valor de por qué, ni conjeturas de si esta omisión obedece a tal o cual interés. Me ceñiré simplemente a lo que se ha mostrado en dicho programa y a hacer una crítica que considero humildemente constructiva. Porque, insisto, no está en mi ánimo desprestigiar ni menospreciar a una profesional de la psiquiatría.
Pero, sorpresa. Yo también me dedico profesionalmente a la salud mental desde hace muchos años. He participado en conferencias, charlas y exposiciones de la Universidad de Málaga, para la que he escrito artículos y reseñas en mi calidad de psicólogo. Y también he escrito libros para dicha institución. Libros de los que no voy a pasar enlace ni a hacer publicidad porque no es mi prioridad ni lucrarme con ello, ni generar malentendidos que pudieran enviciar mi argumentación.
Mi intención es realmente hacer hincapié en que un mensaje tan reduccionista como el mostrado en televisión puede distorsionar una realidad tan profunda y compleja como la salud mental. Los libros de autoayudan me generan muchísima incertidumbre, fundamentalmente porque generalizan y olvidan un precepto sustancial de la Psicología y la Psiquiatría: que cada individuo es único. Que lo que a uno le motiva, a otro le desmotiva, y lo que a uno le afecta, a otro le trae sin cuidado.
Es por ello que es importante no generalizar. Tampoco fomentar el autodiagnóstico, porque banaliza. Porque generalizar es hablar de nadie. Y abordar la salud mental de un individuo implica profundizar en su realidad, la cual viene marcada sí o sí por su entorno. Así, paradójicamente, la salud mental individual también viene marcada por circunstancias y paradigmas colectivos, por lo que he echado en falta una crítica sistémica.

No a la tangencialidad
Cualquier neurocientífico va a decirte que una persona sin ambiente no existe. Tal cual. Hay que valorar el entorno para sacar conclusiones, pues la biología nunca va a ser una ciencia exacta, como las matemáticas.
Y es que en salud, como una unidad formada por la física y la mental, el contexto es crucial puesto que muchísimos estresores proceden de él. Si circunscribimos los transtornos mentales a lo estrictamente químico o de procedencia biológica, estamos responsabilizando única y exclusivamente al sujeto de su dolencia. Y esto no solo es irreal, es injusto.
Por ejemplo, un bajo nivel anímico se corresponde con la escasez de serotonina. Pero ¿por qué se produce la falta de ese neurotransmisor? ¿Estamos negando evidencias como que muchísimas personas tienen un trabajo con el que no se sienten realizados ni felices, y que sólo trabajan para pagar facturas?
¿Qué hay de las personas mayores que necesitan una dentadura nueva pero no tienen los recursos económicos para costearla, y tienen peor calidad de vida porque no pueden comer ni masticar ciertos alimentos? O, ¿qué ocurre con quienes sufren discriminación o un trato vejatorio en su entorno más cercano por cuestiones étnicas o de orientación sexual? ¿Cómo puede negarse el impacto de un contexto en el desarrollo y el equilibrio emocional de un individuo?
Porque puedo seguir poniendo más ejemplos que dejan manifiesta la importancia de los factores socioeconómicos, y seguro que tú que estás leyendo estas líneas tienes multitud de ejemplos en tu cabeza. En contextos marginales, hay más posibilidades de abusos laborales, de exclusión y desamparo, de casos de maltrato infantil y machista… Y, todo ello, aumentado por la propia angustia de la falta de recursos.
Por tanto, no podemos ceñirnos únicamente a la biología como responsable de los niveles de dopamina, endorfinas y demás neurotransmisores que dibujan la salud mental de un sujeto.

Los ricos también lloran
Pero esta crítica es válida en todas las direcciones. Porque, entonces, una persona con una economía desahogada parece ser que no tendría derecho a atravesar problemas en su salud mental. Y esto, evidentemente, es rotundamente falso y una falacia tremendamente dañina.
Sería caer en ese peligrosísimo juego de estereotipos que dictaminan que una señora con posibilidades económicas está exenta de recibir malos tratos físicos y verbales. O que niegan el altísimo porcentaje de intentos autolíticos que se producen, año tras año, en jóvenes con vidas aparentemente perfectas. Con dinero, grandes casas y toda clase de lujos. Vamos a ser serios, y honestos, con este tema tan delicado.
La realidad es que la salud mental viene marcada por lo que atraviesa, en general, un sujeto en particular. Sus condicionantes biológicos están ahí, pero también lo están los que proceden de su entorno más inmediato. Por ejemplo, y centrándonos en una esfera más íntima, en sus recursos emocionales.

El impacto de la esfera social
Existe una definición formidable para las emociones. La dio el psicólogo neoyorkino Richard Lazarus en 1991: “Son los mecanismos con los que nos relacionamos con el mundo”. Si las reprimimos, las distorsionamos o las malinterpretamos, nuestra relación con el entorno vendrá determinada por esa interacción deformada. Y ¿cómo aprendemos a expresarnos y a interpretarlas adecuadamente? La respuesta está en elegir modelos de referencia adecuados y en practicar la empatía.
Los estudios del célebre Bandura allá por 1982 ya indagaron en que las cogniciones de los individuos influyen en sus propias acciones. Se corrigen y modifican en torno a ellas y lo que, también, observan de su entorno. De este modo, la socialización del sujeto está dada, sí o sí, por los agentes sociales que componen su contexto. Esto es, familia, amigos, escuela, tutores, conocidos, medios, etc., y así progresivamente hasta tejer todo el entorno de más a menos íntimo.
El impacto de estas figuras puede ser negativo o positivo, pues le transmitirán al individuo qué patrones son los correctos para estar integrado y mantenerse dentro del grupo al que pertenece. Si estos modelos de referencia hacen creer al sujeto que su modo de ser, desenvolverse o de intentar pertenecer al grupo no es el adecuado, sufrirá una angustiosa desadaptación. Y si no posee los mecanismos para regular las emociones óptimamente, destrozará su salud mental.
¿Qué quiere decir todo esto? Que cualquier persona se expone a recibir estímulos que le hagan replantearse sus cualidades, su físico, su potencial… Y, también, que cualquier persona, independientemente de su estatus económico, es susceptible de trances como el acoso laboral, un divorcio o la enfermedad de un familiar que van a poner en jaque su salud mental. En consecuencia, si no ha desarrollado las herramientas psicológicas adecuadas, se puede generar un malestar emocional. Esta coyuntura es especialmente complicada en los más jóvenes, cuando su transformación física abre también un mundo tanto de posibilidades como de inseguridades.

La suma de factores que hace un todo
Por tanto, y al hilo de todo lo expuesto en este epígrafe, existen muchísimos elementos que forman parte de ese conjunto tan valioso denominado salud mental. Si alguien ha malinterpretado toda esta argumentación anterior como una crítica al capitalismo/un panfleto a favor del comunismo, me gustaría sacarle de ese (ridículo) error. Porque darle su peso a las necesidades materiales básicas en el impacto de la salud mental no es una crítica al capitalismo. Es un ejercicio de realismo, pese a quien pese.
Pero, aún obviando y pasando por alto adrede un elemento tan crucial como ése, hay otros muchos factores como el emocional que inciden, de lleno, en la salud mental. Y es lo que quería abordar en este epígrafe concreto para reconectarlo con el eje del presente artículo: que el contexto forma parte del sujeto de un modo tan vital y determinante como el aspecto biológico.
En resumen, ignorar el factor económico como parte intrínseca de la salud mental no borra la importancia del contexto pues, como vemos, dicho contexto se compone de elementos y factores que van más allá de los recursos materiales.

¿Fatalismo, derrotismo o realismo?
Llegados a este punto, es muy posible que también te plantees si inclinar tanto peso de la balanza del lado del contexto socioeconómico no es una perspectiva catastrofista. Porque, entonces ¿qué margen de maniobra se le concede al individuo frente a estructuras contra las que poco o nada puede hacer a título particular? ¿La salud mental de una persona en una condición económica precaria está condenada?
La respuesta es muy compleja, porque el problema en sí es muy, muy complejo. Ciertamente, mejorar la salud mental en estos casos requieren de una implicación tanto de las instituciones sociales como del locus de control interno del propio individuo. Y, como bien sabemos, las instituciones públicas no funcionan siempre ni como deberían, ni en los plazos que las necesidades personales requieren.
Lo que desde luego no va a ser de ayuda es poner el foco en la persona, y crear un complejo de culpa y de responsabilidad. Hay que ser extremadamente cauteloso y empático. Lanzar el mensaje de que “la culpa de que sufras es solo tuya” solo echa tierra encima sobre alguien que necesita apoyo, no reproches. Culpabilizarle de que no estudiase más para haber intentando lograr un trabajo mejor, por ejemplo, no es la solución.
Y esto es lo que más eché en falta en la entrevista a Estapé. No quiero caer en el error ni la crítica fácil de que hizo una masterclass de Psicología para ricos, pero sí que me sorprendió que no abordase cómo rebajar el cortisol (la llamada “hormona del estrés”) cuando tienes sobrecarga de trabajo, un trabajo que te desagrada, tienes una situación económica asfixiante, falta de apoyo institucional o graves problemas de vivienda. Me faltó y me falló la conciencia social.
Porque, insisto una vez más, cuando suprimes el contexto socioeconómico de una persona puedes ver con mucha más nitidez qué problemas de salud mental arrastra y su origen.
Igualmente, dicho contexto es determinante para saber qué herramientas cuenta para combatirlos. Si recomiendas masajes, viajes, actividades nuevas como aprender un idioma… Tienes que tener dinero para costearlo. Es que es básico. Mucha gente no acude a terapia porque no puede pagarla, que es el comienzo más elemental para cualquier proceso de recuperación y/o reparación.
Por tanto, si vamos a hablar de salud mental, no podemos delimitarnos a la neuroquímica. La salud mental es también una cuestión sistémica, estructural y colectiva.

Los malos de la película
Todo este reduccionismo de la entrevista también contiene otros mensajes subyacentes, como mínimo, cuestionables. Además de la banalización del autodiagnóstico que antes comentaba, también puede inducir a creer que el funcionamiento del cerebro y la corrección de conductas son procesos simples y de soluciones sencillas. Básicamente, que un psiquiatra o un psicólogo te va a arreglar en un periquete cualquier sufrimiento emocional. Esto no es para nada así.
Muchas, muchísimas veces, a los psicólogos y a los profesionales de la salud mental nos toca el papel de los villanos de la película. Los que portamos las malas noticias. Los que nos toca decir que con una actitud positiva no se soluciona todo.
Que hay cosas que no dependen de ti, que están fuera de tu alcance. Y que, por mucho que te esfuerces a veces, fracasarás.
Esta es una crudísima realidad que cuesta mucho asumir. Perder a un hijo, pasar por un divorcio, sentir rechazo de ti mismo o sentirte inútil por sacar notas bajas aunque te esfuerces al máximo son procesos terriblemente angustiosos que requieren de mucha, mucha terapia. Y en muchas ocasiones, la solución será únicamente convivir con ese duelo hasta reducirlo a la mínima expresión posible, para que la persona pueda llevar su vida con relativa normalidad.
Si los problemas que destruyen la salud mental de un individuo se complican con un trabajo mal pagado, con deudas y una situación en riesgo de exclusión social, no puedes hablarle de dopamina y de salir a bailar para suavizar las cosas. Ese brutal baño de realidad exige que el paciente sepa que tendrá que asumir situaciones frustrantes porque así son las cosas. Y pelear con todas sus fuerzas para darle la vuelta a la adversidad hasta donde se pueda, no hasta donde le gustaría.
Por ello, entrevistas como la de Marian Rojas me dejan un regusto agridulce. Es fantástico hablar de salud mental en pleno prime time ante millones de personas, para que se hagan preguntas, se replanteen cosas, reflexionen… Es genial y no se me ocurriría criticarlo.
Pero hablarlo con tanta distancia de la realidad, de la dificilísima realidad de tantas personas, me parece que es simplificar en exceso.

Lo que sí me gustó de la entrevista
Además de este último punto de hablar de salud mental en un programa de máxima audiencia, creo que Estapé estuvo magnífica en lo relativo a su oratoria. Sabe venderse.
Implicada, entusiasta, con muchos ejemplos para hacer de la Psicología y la Psiquiatría dos materias más accesibles para el gran público. Esto no es nada fácil, sobre todo cuando cuentas con interrupciones de pausas publicitarias y una limitación de tiempo.
Sabe desenvolverse muy bien fabricando mensajes simples y directos con los que la audiencia masiva pueda conectar. En parte, entiendo que sea un fenómeno editorial, aunque no comparta el gusto por los manuales de autoayuda.

Unas últimas observaciones
Con los ejemplos con los que Marian Rojas expresaba que había personas “vitamina” (las que suman y nos reportan beneficios positivos) y las personas “tóxicas” (término que mencionó que no le gustaba), Estapé señalaba que hay que intentar reducir al máximo la presencia de las figuras que nos pongan trabas o nos dificulten las cosas.
Entiendo el mensaje, pero de nuevo esa simplificación le juega una mala pasada. ¿Qué ocurre cuando nos equivocamos y no queremos oírlo? ¿Nos alejamos de nuestro círculo más inmediato para que no nos digan que nos hemos equivocado? ¿Tenemos que distanciarnos de personas que no piensen como nosotros? ¿Debemos aspirar a relaciones sentimentales sin obstáculos o cortar todas aquellas que presenten dificultades? ¿Las únicas amistades válidas son aquellas que nos van a consentir nuestras meteduras de pata sin rechistar?
¿Y qué pasa con la figura del terapeuta? Es quien va a decirle al paciente lo que no quiere oír, exponerle sobre la mesa sus propios defectos y limitaciones y desde ahí, ayudarle a remontarlos.
Es evidente que si nos rodeamos de “personas vitamina” y gente con toda la afinidad posible a nosotros, nos va a ir más fácil. También es evidente que Marian Rojas propone cortar vínculos tóxicos centrados en relaciones viciadas donde se sufre. Pero esto, tomado al pie de la letra por alguien que busca cómo mejorar su autoestima y cómo salir de un bache emocional, puede ser malinterpretado.
Este reduccionismo se deja por el camino aportes como la ley de Yerkes-Dodson, que sostiene que un estrés dosificado o moderado nos ayuda a rendir mejor. Por tanto, tiene que haber una figura que genere respeto o autoridad y que nos saque de nuestra zona de confort, la cual podría ser catalogada como una figura “incómoda” siguiendo el binarismo de personas vitamina vs personas tóxicas.
Todo ello teniendo en cuenta, también, que ese binarismo da de lado a puntos de vista contrarios al propio o, simplemente relativamente diferentes, lo que supone una notable pérdida del enriquecimiento del criterio propio. Pues, sin duda, el pensamiento crítico y la introspección se estimulan cuando diferentes razonamientos se contraponen y el individuo saca, por sí mismo/a, sus propias conclusiones. Por tanto, rodearnos de un pensamiento unificado o totalitario no parece la mejor de las pautas psicológicas.

Conclusiones: Yo soy yo… y mis circunstancias
Creo que ir más allá del funcionamiento del cerebro es lo mínimo exigible para un tema tan delicado y serio como lo es la salud mental. Este artículo que estás a punto de terminar de leer, y que te agradezco profundamente que lo hayas hecho, no tenía como fin hacer de menos la exposición de Marian Rojas. Simplemente buscaba darle luz y darle su espacio a un apartado, deliberadamente o no, omitido.
En un diagnóstico de salud mental confluyen más variables que las estrictamente biológicas. Por tanto, no se puede trasladar el foco hasta la esfera únicamente individual. Cada terapia sí ha de ser única y personal, centrada en todo el bagaje y circunstancias del sujeto, pero no podemos ignorar condicionantes que a dicha persona le han venido impuestos en forma de contexto.
Y sí, voy a caer en el error de criticar el populismo practicando justamente el populismo. Pero hay que matizar y corregir mensajes subliminales tan potencialmente peligrosos como que la culpa de que sufra una persona con un problema de salud mental es solo suya. Desde una vida desahogada económicamente, no se pueden hacer juicios de valor de tal (desafortunado) calibre.
El enorme y brillante filósofo Ortega y Gasset ya lo dijo: “yo soy yo y mis circunstancias”. No sé si este extraordinario ensayista escuchó hablar de la dopamina, las endorfinas y toda esta parafernalia hormonal alguna vez en su vida. Pero no lo necesitó para resumir el estado del alma.

A cada cual le afectan las cosas según su modo de ser, el mundo que conoce, los valores que le han inculcado y la acumulación de experiencias vitales. Mientras que a una persona que viaja mucho tomar un avión no le supone estrés alguno, a otra le afectará mucho porque jamás ha salido de su pueblo. Y así podríamos poner millones y millones de ejemplos.
Afortunadamente no hay dos personas iguales. Parecidas, sí. Pero no iguales. Y eso forma parte de nuestra propia magia y nuestro propio misterio como seres humanos. Ignorar que parte de nuestro yo se alimenta de lo que nos rodea, de lo que conocemos, de lo que nos gusta y de lo que nos desagrada, es ignorar la realidad.

Y en esa realidad participan factores como las estructuras sociales, culturales y económicas. Con toda certeza, el verdadero debate que tenemos pendiente como sociedad es que la salud mental nos atañe a todos. Que es un tema colectivo del que urge que se tomen medidas a la vista de las dramáticas cifras que arrastra y que no paran de ofrecer datos escandalosamente crecientes. Y eso supone la implicación y el compromiso real de las instituciones públicas, lo que nos lleva, nuevamente, al terreno económico…
Ojalá se produzca, porque me encantaría ver cómo se toman medidas efectivas. Mientras tanto, y mientras llega ese momento, por una cuestión de ética algunos seguiremos reivindicando una Psicología y una salud mental para todos, que nunca olvide la conciencia de clase.