¿Por qué se piden caramelos en Halloween? Orígenes del truco o trato
El actual «truco o trato» con caramelos de Halloween era muy diferente a principios del siglo XX

Es época de pedir caramelos en Halloween, pero ¿cuál es el motivo real de esta tradición? Acompañadme de nuevo a un pequeño viaje por el tiempo, como si estuviéramos en El árbol de las brujas.
¡Dentro caramelos!

Slamming gates, la primera trastada
Llegamos a principios del siglo XX. Estamos en la Primera Guerra Mundial. Los inmigrantes irlandeses aún no se han recuperado de las calamidades de las que huyeron.
Sus hijos se ocupaban de limosnear por las tiendas de los barrios donde vivían. Como eran clientes habituales, los dependientes tenían a bien ofrecerles un aguinaldo a cambio de que siguieran pasando por sus locales.
Los que se negaban, obtenían una andanada de golpes en la puerta de sus establecimientos. Esto se acuñó con el término slamming gates (golpear puertas), que también se asociaba con la mendicidad.

El origen de los disfraces
Seguimos avanzando un poco más. La fiebre por películas como Tutankamón, Drácula, La cosa del pantano o Frankenstein propiciaron la venta de disfraces de estas temáticas. A ello se unió Disney comercializando sus propios atuendos. Debo decir que resultaban bastante perturbadores y que no querrías encontrarte con ninguno de ellos por la noche.
La mascarada de la fiesta empezaba a establecerse, si bien no con el significado original. Aunque el consumismo relacionado con la festividad no era tan feroz como hoy en día, las empresas empezaron a idear formas nuevas con que lucrarse. Así que vamos a conocer cómo se granjeó el tradicional «truco o trato» en Estados Unidos (y que se exportó a todo el mundo).

Los monstruos salen a pedir: «¿Truco o trato?»
El vandalismo y las estrecheces crecieron con la gran depresión de los años 20 del siglo XX. Y esto fue algo que se reflejó en Halloween. Los niños salían a las calles y rompían escaparates o farolas. También arrojaban huevos a las ventanas, porque todo estaba permitido.
Según recortes de prensa, en Mount Vernon arrojaron a las vías del tren un muñeco muy realista justo en el momento en que pasaba un ferrocarril. El escándalo fue mayúsculo. Por lo tanto, Halloween sería criminalizado y defenestrado. Sobre todo, por los grupos más conservadores.
Con relación a estos hechos, los que estaban hartos de las gamberradas de los críos pensaron en ofrecerles un trato. Esta analogía podemos encontrarla en las negociaciones del mito de Jack O’Lantern con Satanás para que no se llevara su alma. Los vecinos abrirían las puertas de sus domicilios a todos los niños y los esperarían con cuencos llenos de golosinas. Se las darían todas, pero si a cambio no estropeaban la fachada de su casa, su negocio o si no se llevaban la matrícula de su coche.

Stop Halloween pranksters
La iniciativa resultó tan exitosa que los niveles de vandalismo se redujeron de forma radical y domaron a las pequeñas bestias. Aquí también se abrió una gran vía de negocio para las empresas. Una de ellas, llamada Candy Products Co., establecida en Portland, Oregón, creó la gama Ze Jumbo Jelly Beans. ¿Su intención? Lucrarse con los acuerdos entre vecinos y trasteadores.
La mejor prueba de ello es el eslogan escrito en la tapa de la caja: «Stop Halloween pranksters» («Frene a los bromistas en Halloween»). Sin embargo, no en todos los lugares se disfrutaba del truco o trato. Esto se debía a la pobreza dispar, por lo que en lugares como Cleveland los niños se tiznaban la cara y desfilaban por las calles mientras volcaban cubos de basura.

De forma progresiva, el temor por el vandalismo se convirtió en algo banal. En una tradición que germinó en muchas personas. Los productos con el rostro de las Jack O’Lantern se disparaban, igual que las fiestas temáticas o las casas encantadas. Los disfraces se tornaron más siniestros, con motivos antiguos. Hasta llegar a los asesinos en serie y a los diablitos y diablitas salidos de una versión porno amateur. En definitiva, Halloween nació tal y como hoy lo conocemos.
Y hasta aquí he llegado, Videojuerguistas. Voy a recoger El saco de Sam para volver a pedir «truco o trato».
¡Felices calabazas!
