niños hiperregalados

Niños hiperregalados, el exceso de juguetes y regalos y sus consecuencias psicológicas

Los adultos hiperregaladores estarían inconscientemente fomentando la baja tolerancia a la frustración y patrones egoístas en el desarrollo emocional de los menores, entre otras repercusiones psicológicas

Celebrar un acontecimiento especial suele implicar la presencia de detalles, obsequios conmemorativos y regalos. Este hábito, prototípico de grupos sociales con perfil consumista y materialista, se acentúa cuando hay niños de por medio. Sus cumpleaños, la Primera Comunión, el fin de curso (premiando el simple cumplimiento de sus obligaciones académicas) o ahora las Navidades, son fechas y momentos señalados donde la entrega de regalos es obligatoria, y no son pocos los que, por un cúmulo de factores, se exponen/desarrollan el denominado “síndrome de los niños hiperregalados” por la abundancia de obsequios.

Convergen dos circunstancias. Los niños están acostumbrados a que estas fechas se festejen con regalos la mayoría de las veces elegidos por ellos mismos. Por otro, en padres, madres y abuelos se acentúa el deseo, por otra parte, natural y comprensible de que no les falte de nada y verles disfrutar tanto como puedan.

El consumismo, particularmente exacerbado de las fiestas navideñas, y dirigido intencionadamente a los más pequeños (para que den la tabarra tantísimo en casa con un regalo que, por desgaste, los padres acaban comprando) provoca que se generen necesidades impostadas.

Dichas necesidades creadas artificialmente (“con ese balón o con esa muñeca voy a ser más guay todavía”) inducen a la frustración cuando esos regalos no se presentan, son menos de los esperados o, en el caso que nos ocupa hoy, desbordan las previsiones de los propios niños, convirtiéndolos en niños hiperregalados.

Niños hiperregalados sobre todo en Navidad

En estas fechas navideñas el poder del consumismo se dispara y se enfatiza notablemente. Los niños, asimilando e imitando las pautas de los adultos, participan de esa vorágine casi interminable de festejos marcados por la presencia de regalos de corte materialista. El tradicional intercambio de regalos del día de los Reyes Magos ha evolucionado a: el amigo invisible, el olentzero, Santa Claus, la sorpresa del roscón de Reyes, etc. La cuestión es regalar, ya sea en casa de los tíos, los abuelos, algún amigo cercano o los propios padres varias veces a lo largo de las fiestas…

Esta cantidad desorbitada de regalos suelen justificarse con diferentes categorías: los que sí necesita (cuadernos nuevos, ropa…), los que se le dan porque básicamente “se ha portado bien”, dinero para que compren lo que escojan ellos mismos, los que directamente ha pedido, los que no se esperaba buscando un factor sorpresa, los que sustituyen algún otro juguete o dispositivo antiguo por otro más moderno (consolas, tabletas…) etc.

El volumen de obsequios ocasiona que sean tantos, tan variados y tan dispares (libros, videojuegos, muñecas, ropa) que quedan sobrepasados. Sencillamente, no tienen tiempo para exprimir, aprovechar y disfrutar cada uno de los regalos.

Sí que es verdad que a los padres/madres, abuelos y tíos, el momento de verlos desenvolver regalos y la sonrisa que dibujan en sus seres queridos más pequeños les procura un momento de felicidad inolvidable. Pero, ese exceso, al final tiene más inconvenientes que ventajas.

En las próximas líneas vamos a explicar la importancia del menos es más, de poner límites y de aprender a valorar el esfuerzo que conlleva obtener cada detalle.


No ser consciente ni de todo lo que se tiene ni del esfuerzo que los demás realizan para satisfacer sus peticiones transformará al niño en un consumidor irresponsable, e insaciable


La sobrecarga de estímulos en los niños hiperregalados

Los expertos hablan del síndrome del niño hiperregalado, la consecuencia directa de esa avasalladora cantidad de estímulos. Estos niños y niñas los reciben por cumpleaños, santos, buenas notas, buen comportamiento en casa, ganar competiciones (fútbol, ajedrez, baloncesto…).

El inconveniente de sostener estos hábitos consumistas en el tiempo es que el niño hiperregalado, al no apreciar individualmente lo que tiene, seguirá pidiendo más y más. No ser consciente ni de todo lo que se tiene ni del esfuerzo que los demás realizan para satisfacer sus peticiones le transformará en un consumidor irresponsable, e insaciable.

Esta carencia de límites impuestos se interioriza y procrean un estado de descontrol. No valorar lo que se tiene, por no ser ni conocedor de todo cuanto se posee, conllevará el desarrollo de patrones frívolos. O lo que es lo mismo, no valorará aquello de origen no material porque al recibir mucho más de lo que ha pedido, considerará que es fácil lograrlo, que no hay sacrificios ni económicos ni personales.

Niños hiperregalados y la voracidad por lo material

Lo más grave de los niños hiperregalados ya no es que no saquen provecho de sus juguetes, o que desarrollen cierto temple de ingratitud/indiferencia por la sobreestimulación a la que han sido expuestos. Lo peor es que acaban desarrollando –y en un futuro no muy lejano, por aprehensión de valores y conductas– un sentimiento de insatisfacción constante.

No sentirse nunca saciados en términos materialistas conlleva dificultades en el desarrollo de su propio intelecto, concretamente sobre su parcela creativa.

La cantidad por encima de la calidad impedirá que las propias virtudes del regalo puedan aprovecharse (estimular la lectura, desarrollar la imaginación, actividades manuales o artísticas fundamentales para su salud mental), justamente por la incapacidad del menor a la hora de centrarse, concentrarse y prestar la atención necesaria al juguete o regalo en cuestión.

La sobreexcitación de querer probarlo todo, la falta de tiempo o el exceso de estímulos son algunos de los hándicaps a los que se enfrenta el niño en un contexto de exceso de regalos.


En los niños hiperregalados, los adultos que dan todo lo que se les pide estarían haciendo una simbiosis equivocada con la que ponen a la misma altura el “ser” con el “poseer” (tanto tienes, tanto vales)


Errores de padres y madres

Hay que insistir en la importancia de combatir el mal consumismo, pues el consumismo apropiado es tarea de los adultos y no de los pequeños.

Estos no necesitan juguetes caros ni estrambóticos, sino simplemente vehículos con los que fomentar la imaginación, el juego simbólico, la creatividad, el autoconocimiento y el desarrollo de la personalidad. En definitiva, artículos y medios con los que establecer un tiempo de ocio de calidad y estimulante.

Por tanto, serían los progenitores, padres y madres quienes han de trasladar el sentido de consumo responsable a los niños y niñas. Dejando a un lado ese deseo natural de querer darles todo lo que les hace ilusión a sus hijos (lo cual puede solventarse haciendo unas síntesis de prioridades), existen factores a tener en cuenta y a erradicar en los patrones de regalar.

Estos patrones suelen ser pensamientos intrusivos erróneos. Por ejemplo, darles a los niños lo que ellos no tuvieron a su edad. Otro ejemplo lo encontramos cuando se instauran certezas equivocadas, propias de la sociedad competitiva en la que nos movemos, como no querer que ellos (sus hijos) sean menos que los niños de su entorno por recibir menos regalos.

Así, se estaría haciendo una simbiosis equivocada con la que ponen a la misma altura el “ser” con el “poseer” (tanto tienes, tanto vales) que, tal y como adelantábamos antes, se interioriza en los niños desarrollando con posterioridad perfiles frívolos y materialistas.

Lo material como prioridad

En otras palabras, se cosifican las relaciones humanas y se equipara a los seres humanos con objetos, reduciéndolos a cosas consumibles de usar y tirar. Habría una progresiva despersonalización del entorno, quitándole importancia/ninguneando los sentimientos y expresiones afectivas de los demás.

En esa línea, también encontramos el ímpetu de los padres por demostrar, en el sentido literal, públicamente cuánto quieren a sus hijos, recurriendo a la exhibición de productos caros (volvemos al punto de “tanto tienes, tanto vales”; “tanto me he gastado, tanto me importa mi hijo”).

También existen sentimientos de culpabilidad dentro de esos pensamientos equivocados donde lo material se equipara a las muestras de afecto, pues muchos padres y madres aspiran a compensar la falta de atenciones y tiempo con los menores a través de estos obsequios (“cuantos más regalos o más caros sean estos, más sabrá lo que me importa y menos importancia le dará a mi falta de atención”). El gravísimo error de reemplazar con un objeto material, y cuanto más caro mejor, la presencia de una figura de apego es mucho más habitual de lo que se cree.

Resistir a estas presiones sociales, procedentes de comparaciones con miembros de la familia (“mi hijo no va a tener menos regalos que su primo”), con los hijos de otros conocidos y con los modelos inculcados por el marketing masivo y la irrealidad que vende la publicidad, es fundamental para una buena salud mental.

Nuestra realidad es la que es, no la que vemos en televisión y no la que hay en otros hogares. Por consiguiente, hay que buscar los valores que queremos transmitir a los niños. No por estar en una situación económica privilegiada, o humilde, se debe primar el materialismo.

Inculcar lo material, sobrevalorarlo y hacer válido que todo se puede comprar con dinero es uno de los peores patrones que podemos transmitir.

Características psicológicas del niño hiperregalado

El niño que se ha desarrollado en entornos donde obtienen todo lo que piden y también lo que no piden, llegan a la adolescencia con una certeza: van a tener siempre lo que se les antoje.

Están envueltos en bucles de insaciabilidad, lo que degenera en perfiles egoístas (“yo quiero esto, lo obtengo”; “yo no quería esto, y también lo obtengo”; “yo quería esto y recibí algo mejor”). Esta pauta dificulta gravemente el desarrollo de la empatía, pues considerarán erróneamente que otra persona, si no ha obtenido lo que quería es que no se ha esforzado lo suficiente o no se lo merecía.

Dicho de otro modo, pensará que el esfuerzo ajeno es o insuficiente, o poco válido, o de ningún valor. Su propia ausencia de esfuerzo ha tergiversado la realidad, haciéndoles creer que todo es fácil de conseguir. Y, cuando no lo consiga por sí mismo (lo cual será frecuente por no estar habituado a sacrificarse y a esforzarse por un objetivo), desencadenará inmediatas reacciones de rabia, de ira, y de mala autorregulación de emociones.

Del mismo modo, que no le importe nada ni nadie cuando se trata de conseguir lo que quiere le convertirá en una persona con escasa empatía y amplios patrones egoístas, incluyendo la ingratitud, el egoísmo y el nulo interés por los sentimientos ajenos o las consecuencias de sus propios actos (físicos y/o emocionales) sobre los demás.

ninos regalados portada

La importancia de la automotivación

Probablemente, de todas las consecuencias psicológicas de perpetuar en el tiempo los patrones sobreconsumistas en los niños, la más grave sea no aprender a esforzarse para conseguir las metas, pues eso les privará de cualquier tipo de motivación. Y esto es preocupante en tanto en cuanto no tener ilusión por nada les incapacitará para disfrutar de todo el proceso que conlleva luchar por un objetivo.

En esos caminos de sacrificio, preparación personal, trabajo en equipo/interacción social… existe un completísimo viaje de autodescubrimiento personal, durante el cual el ya adolescente revelará facetas internas y consolidará aspectos de su propia personalidad.

Esto es: distinguir lo que quiere de lo que no quiere, desarrollar el pensamiento crítico y habilidades emocionales con las que impedir ser manipulado, descubrir su propia vocación profesional, descubrir nuevos gustos personales con los que enriquecer su tiempo de ocio y un largo etcétera de beneficios psicológicos aparejados a la madurez. Madurez de la que participa la realidad de que para conseguir las cosas, hay que trabajar muy duro y esforzarse.

Consejos para padres y madres: la importancia de poner límites a los niños autorregalados

Me gustaría insistir en que el sentimiento de generar felicidad en los niños no tiene nada de malo, no se trata de hacer sentir mal a los padres y madres por un deseo tan natural y tan lógico como este. De lo que se trata es de comprender que dicha felicidad se puede obtener por otros caminos diferentes de los estrictamente materiales. El primer recurso, que es además el más valioso y el finito, es el tiempo de calidad.

Hay que recordar esto e interiorizarlo para practicarlo con ellos, ya que los niños que más tienen no siempre son los más satisfechos; es decir, los que valoran lo que tienen sí están en equilibrio y sí se sienten plenos.

Está muy bien pedir obsequios por el cumpleaños, por Navidad, etc, regalos que sean meramente caprichos. Porque sí, desconectar de las obligaciones y apostar por la propia ilusión también es un modo de despegarse de las responsabilidades, del peso de la cotidianidad y una manera enriquecedora de cultivar la salud mental a través de invertir tiempo en uno mismo y en lo que le gusta.

La frivolidad bien entendida, en el sentido de válvula de escape, es sinónimo de higiene mental, y por supuesto que no tiene nada de malo pedir algo acorde a los gustos, hobbies, afinidades personales, etc. Pero en esa lista de regalos hay que hacer hueco a los de carácter educativo porque, en los niños, jugar con el aprendizaje como telón de fondo es una herramienta pedagógica extraordinaria.

Por otra parte, dicha lista de regalos debe tener un límite claro y expresarles abiertamente que no van a tener todo lo que pidan. Dentro del lenguaje infantil, hay que explicarles con argumentos que los regalos han de ser equilibrados, deben tener un componente útil y han de ser razonables. No se trata de desvirtuar y chafar las fiestas a los niños, podemos decirles que, si ellos piden mucho, los Reyes Magos van a dejar sin regalos a otros niños.

Es muy importante inculcarles desde pequeños la importancia de lo no material y el valor de lo emocional. Además de facilitarles herramientas psicológicas para el desarrollo de la empatía, les estaremos poniendo en bandeja la regulación de emociones. Así, es buena idea incluir en esa lista de regalos (o bien, darlos nosotros por nuestra cuenta) regalos que no sean estrictamente materiales.

Por ejemplo, una excursión al campo o a la playa con la comida favorita del niño-a, una noche con la cena favorita del peque y una película que le guste o que elija, una excursión planificada por todos los miembros de la familia, una visita a un parque de atracciones, un fin de semana con sus amiguitos o primos en casa… Son actividades con concesiones a los gustos particulares del niño, pero tienen el trasfondo de ser interacciones sociales que trabajan a favor de la regulación emocional de los pequeños y, como veis, no recurren a nada material ni a lujos desorbitados.

La gestión de la frustración en positivo

Llegado el momento del intercambio de regalos en Navidad, y comprobado por parte del niño que no está todo lo que pidió, o que los regalos son distintos a lo que esperaba, la rabieta puede estar más que asegurada.

Esta situación hay que enfocarla no como un trance negativo, sino como una ocasión con la que enseñarle a tratar con la sensación de frustración. No se trata de reprimir ni esta ni ninguna otra emoción, se trata de canalizarla adecuadamente. Y para ello, hay que experimentarla, distinguirla, identificarla per sé y encajarla.

Los noes son parte de la vida y conviene afrontarlos y tratarlos con naturalidad desde la infancia. De lo contrario, posteriormente, en la adolescencia, los jóvenes que no han recibido negativas y simplemente han obtenido lo que pedían, normalizarán fuera de los círculos donde han sido malcriados que sus exigencias (en el sentido literal) han de satisfacerse de inmediato.

Y si no, la negativa será respondida con amenazas, enfados, conductas agresivas, condicionantes basados en su ley del “no esfuerzo” y los siempre puntuales chantajes emocionales (“si no compráis esto, me voy de casa”; “o me compráis un ordenador nuevo o rompo el tuyo”; “no me compráis esto porque no os importo”).

En conclusión, poner límites es una tarea que puede ser dolorosa y complicada para padres y madres, pues va contra sus deseos innatos de hacer y dar todo lo posible por los hijos.

Sin embargo, ser selectivos y no darles cuanto desean es una de las mejores enseñanzas vitales y de las mejores herramientas pro salud mental que, como modelos a seguir por sus hijos, pueden ofrecer a favor de su creatividad, de su desarrollo psicoemocional, de su manejo de la frustración y de su capacidad para esforzarse en los proyectos en los que se involucran.


Sergio Díaz es psicólogo, ha participado en diversas investigaciones, publicaciones y retrospectivas de la Universidad de Málaga y ha publicado con ella más de treinta artículos y un libro sobre salud mental.


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