Biografía de John Williams, el compositor de música más galardonado de la historia del cine
Repasamos la vida de John Williams, el compositor de bandas sonoras más famoso y premiado de Hollywood

Su música está detrás de incontables películas que forman parte de la cultura popular. Sus sinfonías llevan décadas dando majestuosidad a guerras galácticas y marchas imperiales. Suspense a las amenazas que esconde el mar. Nostalgia a los imperios del sol. Fuerza al superhéroe entre los súperhéroes, Superman. Colorido a los trucos de magia de jóvenes magos. Suntuosidad y elegancia a las memorias de una geisha. Y esplendor al milagro de dinosaurios que cobran vida. El maestro John Williams es, con toda certeza, el autor de las bandas sonoras para cine más carismáticas y reconocibles de todos los tiempos.
Su inagotable imaginación y capacidad para construir auténticas fantasías que resuenan, generación tras generación, como escenas en movimiento en nuestros recuerdos es algo al alcance de unos pocos elegidos. De un genio. Y él, sin duda, lo es. Así se le ha reconocido públicamente a través de incontables premios, hasta el punto de ser el compositor más galardonado de la historia del cine.
Aunque, desde luego, el mayor reconocimiento ya lo obtuvo hace muchos años: el del público, que guarda sus piezas y melodías en la memoria colectiva.
Hoy queremos rendirle homenaje a John Williams repasando su vida, anécdotas y curiosidades. Una biografía nada fácil, como vais a comprobar con obstáculos y dificultades muy complicadas. Y, sin embargo, ha sabido reponerse dando una extraordinaria lección de vida más allá de su profesión.
Esperamos que os guste nuestro reportaje sobre esta figura a la que tenemos especial admiración y cariño. Gracias por tanto, maestro.

La música, su eterna compañera
La biografía de John Williams arranca en el seno de una familia sencilla. John Towner Williams nació el 8 de febrero de 1932 en Floral Park (Nueva York, EEUU). Fue el primero de los cuatro hijos del matrimonio de John Williams Sr. y Esther. Desde muy pequeño mostró un gusto y unas dotes para la música extraordinarios.
Su padre, percusionista en una banda de jazz, decidió matricularlo con apenas cinco años en uno de los conservatorios más prestigiosos de la ciudad, el Juilliard School.
Enseguida empezó a tocar el piano y, en muy poco tiempo, se atrevió también con la trompeta y el clarinete. No serían los únicos. Terminaría dominando instrumentos de percusión, fagot y trombón. El centro educativo y el entorno de Williams lo tenían más que claro. Estaban ante un joven con un don para la música completamente excepcional.
Pensando en lo mejor para él y seguir desarrollando sus habilidades, la familia aceptaría la oferta laboral realizada al padre de John. Así, se trasladarían en 1949 a Los Ángeles. Esto sería un punto de inflexión en todos los sentidos en la biografía de John Williams.
Allí visitaría por primera vez un estudio de grabación de cine de la mano de su padre, que empezó a grabar composiciones para largometrajes. Finalmente se matricularía en la North Hollywood Highschool.

La fascinación por el cine
La visita al estudio dejó en el chico una profunda huella. Aquí encontramos uno de los mayores puntos de inflexión en la biografía de John Williams. El futuro maestro de la partitura empezó a compaginar la creación de piezas con los ensayos de la banda de su instituto. Una vez graduado, se inscribió en la Universidad de California. Allí se centró en estudios de piano y composición musical.
El talento de Williams no dejaba inadvertido a nadie y algunos de los miembros del claustro de profesores le propusieron clases particulares. Entre ellos, el pianista Bobby Van Eps, quien trabajó durante años en Broadway (también como coreógrafo) y Mario Castelnuovo-Tedesco. Esta no fue una figura más en su biografía. Era un compositor nacido en Florencia, atraído por el cine (elaboró la banda sonora de más de doscientas películas, como Los amores de Carmen con Rita Hayworth) y la música española (destacando las incontables piezas de guitarra como Los caprichos de Goya).
Ambos empezarían a perfilar el estilo de Williams. Le inculcaron que la música debía ser más que música: movimiento y forma. Un flujo de imágenes que se comunicasen a través de la partitura. Una idiosincrasia que sería uno de sus sellos más reconocibles, como demostraría años después en las películas donde se involucró (Parque Jurásico, Memorias de una Geisha).
Con apenas 19 años, mientras hacía el servicio militar en la Fuerza Aérea de EEUU, tuvo su primera experiencia dirigiendo un grupo musical. En aquel entonces, compuso numerosas piezas de corte militar inspiradas en Wagner. Unas marchas que serían, posteriormente, el acompañamiento musical de uno de los villanos más famosos de la historia del cine. El mismísimo Darth Vader.
Llegada a Hollywood
La biografía de John Williams sigue incorporando figuras de relieve en el panorama musical. En 1955, regresó a la Juilliard School para recibir clases expresamente de Rosina Lhévinee, pianista de prestigio internacional. Este tiempo lo dedicó a ampliar su formación y la vida familiar. Se casó en 1956 con Barbara Ruick, actriz que venía de trabajar con uno de los mejores coreógrafos de todos los tiempos, Bob Fosse.
La pareja tuvo tres hijos. Jennifer (1956) es la única ajena al mundo de la música laboralmente. Joseph (1960) y Mark (1958) son el cantante del grupo de rock Toto y su percusionista, respectivamente.
En estos años contactó con él otro alumno de Castelnuovo-Tedesco. Era Henry Mancini, considerado uno de los mejores compositores de Hollywood. Ganó varios Oscar, uno por Desayuno con diamantes y su famosísima Moon River. Aceptó la propuesta de tocar para él en algunas de las bandas sonoras de sus películas. Por ejemplo, Días de vino y rosas y Charada, otra cinta icónica de Audrey Hepburn.
Mientras alternaba las grabaciones con Mancini y sus tareas al frente de dos bandas de música, aceptó una oferta de la discográfica Columbia para trabajar como pianista y compositor en sus películas.
Este contrato supondría un antes y un después en la biografía de John Williams. Le colocó en la primera fila de Hollywood con producciones de peso como las películas El valle de las muñecas, la cinta con la que obtendría su primera nominación al Oscar, o El violinista en el tejado. Con esta última lo obtendría, por fin. Fue el 27 de marzo de 1973.
Allí coincidiría con otro genio de la música, Michael Jackson, en la que fue su única participación en una ceremonia de la Academia de Hollywood. Un detalle curioso dentro de la biografía de John Williams.

Retiro temporal
En 1972, Williams compuso la banda sonora de la que sería una de las películas más populares del género de catástrofes. Se trataba de La aventura del Poseidón.
Steven Spielberg ya seguía la pista del músico. Después de quedar fascinado con sus partituras para la producción de la Fox, se animó a llamarle para Loca Evasión, su primer largometraje para cine. Este sería el inicio de una relación fraternal de cariño y respeto mutuo. Asimismo, fue el origen de uno de los pilares de la biografía de John Williams.
La incipiente amistad entre Spielberg y Williams y todos los proyectos que planeaban afrontar juntos se detuvieron en seco en 1974. En aquella fecha tuvo lugar uno de los hechos más graves en la biografía de John Williams. En aquellas fechas falleció la mujer del músico de forma repentina a causa de un derrame cerebral, preparando una escena en una película de Robert Altman, California Split. El título se tradujo en algunos países Racha de suerte, una ironía de lo más triste y desafortunada.
Después de unos meses de luto apartado del mundo profesional, decidió aceptar la propuesta de un Spielberg de lo más insistente. Su nuevo reto era una cinta de terror donde cabían escenas intimistas, y necesitaba una atmósfera que combinase la soledad del océano y las amenazas que esconde.
Spielberg y los taquillazos
El compositor aceptó el reto y salió de su retiro creando una de las partituras más reconocibles de la historia del cine. Tiburón (al que dedicamos una retrospectiva específica en este enlace por el 50 aniversario de la película de Spielberg) se convirtió en un fenómeno de masas. Con ella, el “sello” Spielberg estaba empezando a encaramarse a la cima de Hollywood.
En paralelo al ascenso de Spielberg, la admiración como músico hacia John Williams no paraba de crecer. Por sus partituras para Tiburón ganó su segundo Oscar y los primeros Grammy, Bafta y Globo de Oro de su enorme carrera.
El gigantesco éxito de la producción hizo más llevadero a John Williams el trago personal por el que estaba pasando, y pasó a refugiarse en su música como forma de superarlo. Así, aceptó el encargo de George Lucas (por recomendación de Spielberg), de elaborar las piezas de la space opera que estaba rodando. Para ello, acabó poniendo a su disposición la Orquesta Sinfónica de Londres y los mejores estudios de grabación de la época.
El resto es historia. La guerra de las galaxias arrasó en taquillas, se convirtió en una de las películas más famosas de todos los tiempos con un impacto que llega hasta nuestros días en forma de series, merchandising y numerosas secuelas. Y, para rematar, John Williams obtendría su tercer Oscar.
Además, lograría ser la banda sonora sinfónica más vendida de la historia hasta la fecha, con cerca de cinco millones de discos vendidos.

Partituras atemporales
Los siguientes proyectos de John Williams también gozaron de una enorme repercusión. En 1977 participó en la archiconocida Encuentros en la Tercera Fase (también de Speilberg), dotando al largometraje de una atmósfera completamente magistral.
Ya en 1978 compuso la música para Superman, probablemente la mejor banda sonora que se haya creado para una película de superhéroes. Y, a la vez una de las mejores cintas de la temática, con unas melodías tan enérgicas y tan vibrantes que parecían estar contagiadas de los poderes sobrehumanos del personaje.
En ese mismo año también repitió en la secuela de Tiburón (sin Spielberg como director) y en 1980, en la de Star Wars, confeccionando la famosa marcha militar de El imperio contraataca.
Sería en este período cuando el músico recuperó el equilibrio personal y se animó a rehacer su vida privada. En el verano de 1980 contrajo matrimonio con la fotógrafa Samantha Winslow, su actual mujer, mientras asumía nuevos desafíos profesionales. Entre ellos, dirigir la Boston Pops Orchestra, una de las referencias musicales de EEUU. Un cargo que ejerció hasta 1996.
Clímax de creatividad
La relación entre Lucas, Spielberg y Williams se estrechó y, además de convertirse en muy buenos amigos, formaron una especie de “bloque creativo”, involucrándose a la vez en los mismos proyectos. Este cóctel de genios de la industria del cine marcaría la biografía de John Williams profesionalmente, sin género de dudas.
De este modo, Williams puso música a las aventuras del arqueólogo más famoso de la historia, Indiana Jones (1981), al cierre de la trilogía original de Star Wars (El retorno del Jedi, 1983) y El imperio del sol (1987), donde decidía refrescar su trayectoria con partituras más íntimas y dramáticas después de piezas tan fastuosas como la de E. T. el extraterrestre (1982), con la que ganó su cuarto Oscar.
Estar involucrado en los proyectos de Lucas y Spielberg conllevaba implícitamente asumir los mismos riesgos de los directores. De esta manera, Williams entraría, en la década de los 90, en una de sus etapas más prolíficas e innovadoras, confeccionando piezas totalmente opuestas entre sí.

No hemos reparado en clarines
Así, el dramatismo y el sufrimiento de La lista de Schindler (1993), por la que ganó su quinto premio Oscar, no tenían nada que ver con el brío de las melodías de Parque Jurásico (1993). La vuelta a la vida de los dinosaurios en pantalla grande, de la que hablamos en este reportaje especial, se caracterizaba por facilitarle al espectador la asociación de elementos con notas musicales.
Las portentosas partituras de Jurassic Park, que ni siquiera obtuvo nominación -probablemente debido al complejo que siempre ha tenido Hollywood con los reconocimientos a los blockbusters– recogían todo un espectro musical adaptado a la naturaleza de aquellos dinosaurios resucitados gracias a la magia del cine.

El viaje en helicóptero, un preludio totalmente ostentoso, tenía que cuadrar con la personalidad de Hammond, el multimillonario que no había reparado en gastos; la presentación de las bestias más lentas y pesadas iban acompañadas de ritmos muy corpulentos y solemnes, casi ceremoniosos.
Con la aparición de los velocirraptores, especialmente en la escena de la cocina, se presentaban tonos y melodías cambiantes, más ligeros e impredecibles, como las propias criaturas. La escena del circo de pulgas, a su vez, debía transmitir la decadencia de las falsas ilusiones, la decepción. Y el tema principal, con los pelícanos despidiendo al espectador, justo lo contrario: la fuerza y la esperanza de que la vida se abre camino.
Más allá de Spieberg
Además de continuar su alianza profesional con Spielberg, participó en producciones donde el control creativo no recaía en el director, como por ejemplo El patriota, Nacido el 4 de julio o JFK, aunque según terminaba la década de los 90, los años y el compromiso con otras actividades profesionales prácticamente lo dejaron colaborando en exclusiva con él.
Una de las excepciones la encontramos en la banda sonora de Harry Potter, cuyo tema principal, Hedwig’s Theme -presente en toda la saga- lo realizó en 2001. Fue precisamente el agotador ritmo de Spielberg lo que le impediría continuar componiendo para el popular mago después de las tres primeras películas.
Un tándem de talentos
Y es que el rey Midas de Hollywood estaba en uno de sus momentos profesionales más productivos: a la secuela de Parque Jurásico en 1997 le siguieron numerosas producciones de todo tipo, incluyendo las de carácter reivindicativo (Amistad, 1997), antibelicista (Salvar al soldado Ryan, 1998), fantástico (Minority Report, 2002; La guerra de los mundos, 2005), y biográfico (La terminal, 2004).
Los cambios de registro de Spielberg como director y productor, tal y como apuntábamos antes, forzaron la maquinaria de Williams, que estuvo más que a la altura con una profesionalidad e imaginación totalmente impresionantes.
Por ejemplo, las notas pícaras y socarronas de Atrápame si puedes (2002) y la sobriedad de Munich (2005) contrastaban con la suntuosidad de Memorias de una geisha (2005), uno de sus álbumes más desconocidos pese a la enorme calidad de unas bellísimas piezas llenas de elegancia, sensualidad y misterio.
Por ambos trabajos recibió una doble nominación al Oscar. Probablemente, y sin desmerecer al ganador del premio (Gustavo Santaolalla, posteriormente compositor del videojuego de The Last of Us de PlayStation), la división del voto jugó en su contra y no obtuvo galardón para ninguna de sus magníficas bandas sonoras.
El regreso de la saga Star Wars volvió a ponerle al frente de producciones de George Lucas, firmando para él nuevas fanfarrias con el tono épico e inconfundible que caracterizaba al universo de Luke Skywalker. Aunque el resultado de las precuelas generó críticas de todo tipo, el apartado musical fue elogiado por unanimidad, destacando especialmente las piezas relativas al cierre de La Amenaza Fantasma.
Méritos dentro y fuera del cine
Además de realizar la música de más de 150 películas, la biografía profesional de John Williams abarca series de televisión e incluso cuatro olimpiadas: Los Angeles (1984), Seúl (1988), Atlanta (1996) y Salt Lake City (2002).
Igualmente, ha recibido encargos tan selectos como himnos para el centenario de la Estatua de la Libertad, el 350 aniversario de la ciudad de Boston y casi un centenar de composiciones sinfónicas alejadas del cine; un medio que Williams reconoce que no consume en exceso, al menos presencialmente (“no he desarrollado la costumbre de comprar una entrada y meterme en una sala”, afirmaba en una entrevista a comienzos de siglo).
Para este genio de la música, el séptimo arte puede ser muy limitante: “Cuando escribo [música] fuera del cine, siento que puedo ser más experimental, más creativo y ponerme a prueba sin cargar con el pasado”.
Para él, los premios tienen una importancia menor y siempre ha afrontado cada encargo con la mayor modestia. Los más cinéfilos conocerán de sobra la anécdota de La lista de Schindler, cuando Williams le dijo a Spielberg que había mejores compositores que él para aquella película, y el director le respondió con un: “los hay, pero ya están muertos”.
Que su alianza con pesos pesados como Spielberg le haya reportado una popularidad mundial es un hecho, pero sus melodías y bandas sonoras habrían brillado igualmente sin él. Su obra tiene un carácter tan enérgico, poderoso y sinfónico, con un sentido del espectáculo tan formidable, que es absolutamente único y genuino.
Premios y reconocimientos
Gracias a ese sentido del espectáculo, su nombre está escrito con letras de oro en la historia del cine. Más allá de ser la persona con más nominaciones a los Oscar (52) después del legendario Walt Disney, de sus 4 Globos de Oro, 22 Grammy, de reconocimientos internacionales… John Williams es el maestro de las bandas sonoras que nos hace identificar al arqueólogo más famoso del mundo con apenas unos compases, a tiburones enormes, gigantescos dinosaurios, tropas imperiales de una galaxia muy muy lejana, superhéroes que no son ni un pájaro ni un avión…
Y consigue que reconstruyamos en nuestra imaginación no solo aquellas aventuras y aquellos personajes de la gran pantalla: también nuestro propio yo del pasado, permitiéndonos viajar a través del tiempo… a otros tiempos.
La biografía de John Williams siempre dirá que fue músico, compositor, y yo añadiría genio. Uno capaz de hacer magia con la música, de hacer aún más grande el cine con sus bandas sonoras y llenarnos de maravillosos recuerdos que siempre formarán parte de nosotros.
