Aniversario TIBURÓN (1975) – Anécdotas y curiosidades del primer blockbuster de Spielberg

Sergio Díaz

@Sergio_SSDDCC

Curiosa la fecha elegida por Universal para estrenar en nuestro país la legendaria y terrorífica Jaws: el 19/12/1975, en las antípodas de la temporada de playa y chiringuito. ¿Buscaban minimizar el impacto entre la audiencia por no ser época estival, o al revés, ir caldeando el ambiente para volver a reventar las taquillas en verano?

Porque, en EEUU, Tiburón venía de causar una verdadera conmoción entre los espectadores, hasta tal punto de cambiar la historia del cine para siempre… y también el modo de mirar el mar.

Ni treinta años tenía Steven Spielberg cuando, después de dirigir algunos cortometrajes, episodios esporádicos de Colombo y la inquietante El diablo sobre ruedas –con la que captaría la atención de los críticos-, se puso al frente del primer taquillazo veraniego del séptimo arte, instaurando el decálogo de estos blockbusters.

Hasta ese momento, las grandes distribuidoras aprovechaban los meses estivales para comercializar producciones menores, pero Tiburón daría el pistoletazo de salida a la práctica de estrenar costosos largometrajes en verano con una premisa tan sencilla como fácil de resumir mediante el boca-oreja.

Una forma primitiva de viralizar en los medios de comunicación, ya que, en paralelo, se despertaba la curiosidad del público con mastodónticas campañas de publicidad, lo que incluía constantes anuncios en prime time, fachadas inundadas con el icónico póster dibujado a mano de Roger Kastel (Universal gastó sólo en tareas de promoción 1,8 millones de dólares) y la proyección masiva en los cines.

Así, el temible escualo debutaría en 464 salas el 20 de junio de 1975 (409 en EEUU y el resto, en Canadá), una cifra vertiginosa para la época con la que logró recaudar en su primer fin de semana la estratosférica cantidad de 6,8 millones de dólares.

Un rodaje que da para película aparte

El 2 de mayo de 1974 arrancaría en Menemsha Harbor (Massachusetts) la caótica grabación del film. El lugar se escogió por las características del terreno costero, que presentaba una escasa profundidad incluso varias millas dentro del océano: esto facilitaba el trabajo de las escenas donde participaban los tiburones mecánicos, de los que llegó a haber tres.

Estas moles de hierro, bautizadas como Bruce por llamarse así el abogado de Spielberg (Bruce Reimer) costaron la friolera de un cuarto de millón de dólares cada uno; los tres presentaban funciones propias que los diferenciaban a uno de otro, y requerían de la participación de entre 10 y 14 técnicos.

El deseo expreso de Spielberg de grabar en el mar, y no en tanques de agua dulce para acentuar el realismo, no sólo forzó al equipo a lidiar con toda clase de inclemencias meteorológicas que alargaron el rodaje meses -de los 54 días previstos de grabación pasaron a 159, concluyendo el 6 de octubre-: también provocó la rotura de numerosas cámaras y equipos de sonido cuando se mojaban las jornadas de más marejada, y desgastó prematuramente a los tres Bruce por el salitre, obligando al director a tirar de ingenio.

Y no hay mal que por bien no venga: Tiburón es una de las mayores muestras cinematográficas de que hacer de la necesidad una virtud siempre funciona. No se pudieron incorporar todos los efectos especiales que a Spielberg le habría gustado pero, a cambio, ese contratiempo dotaría a la película de un aire de misterio que la convirtió en la obra maestra del género de terror que es.

Porque Tiburón es eso, una película de terror pura y dura: su crítica social, y los tramos de thriller en la embarcación del cazador Sam Quint, sólo son parte de un cóctel concebido por y para atemorizar al espectador desde el mismo arranque, cuando una bañista es devorada por un monstruo del que no vemos nada más allá de su sangriento apetito.

Como tampoco lo vemos buena parte del tiempo: hasta el minuto 80 de largometraje (de los 124 minutos totales), no aparece explícitamente el gran blanco. Curiosamente, 80 fueron también los días que necesitó Tiburón para recaudar sus primeros 100 millones de dólares de los casi 500 que obtuvo, alzándose como la película más taquillera de todos los tiempos hasta esa fecha.

Escondiendo al escualo de planos largos y detallados, e insinuando más que mostrando, Spielberg solucionaba de una tacada las complicaciones con las réplicas mecánicas y la detección por parte del público de las costuras de los efectos especiales.

Y acertó de pleno: su “menos es más” inyectaba cantidades ingentes de suspense, haciendo del tiburón una amenaza constante y acechante para todos los personajes, incluyendo los niños: la secuencia donde la marea devuelve la colchoneta destrozada de un crío, mientras la madre repite su nombre en medio del silencio más absoluto de los vecinos, es historia del cine de terror.

Como también lo es su portentosa banda sonora, uno de los tres premios Oscar (junto a sonido y montaje) que cosecharía Tiburón. La pieza, compuesta por un John Williams muy afligido por temas personales, como comentamos en nuestro reportaje biográfico sobre el músico, fue interpretada para Spielberg por primera vez con un simple piano, sin más acompañamientos: al director no le convenció nada y quedó muy descontento, de primeras, con el resultado.

El motivo es que tenía en mente unas partituras de tono más opulento: Williams y él estaban de acuerdo en que las intervenciones del escualo debían ir acompañadas de música y no de efectos de sonido porque en lo profundo del mar no hay ruidos, pero discrepaban en cómo plantearla.

Para el director de Jurassic Park, la composición tenía que representar una indefensión total y transmitir un tono trágico, dramático; según sus palabras, recogidas en los extras de la edición conmemorativa del dvd de Tiburón, “debía ser algo así como hacer frente a una amenaza del espacio exterior que devastara la superficie, donde (…) no tuviéramos ninguna posibilidad; una fuerza ante la que únicamente cabe resignarse y rendirse”.

Sin embargo, Williams lo enfocó desde el punto de vista del escualo: una marcha rígida, tan mecánica como ese gesto de abrir y cerrar unas gigantescas mandíbulas, que son las que dan nombre originalmente (Jaws) a la película. En palabras del compositor, buscó un carácter creciente, avasallador e intimidante, “que recogiese ese instinto natural de atacar, innato en una máquina perfecta de cazar”.

Y, efectivamente, lo logró: la banda sonora de Tiburón forma parte del imaginario colectivo, que asocia (asociamos) esos simples compases de música, tan genuinos y reconocibles, con un ente imparable, un peligro invisible que está a punto de capturar a una presa que nada puede hacer por zafarse de él.

Spielberg, que pidió repetirle a Williams hasta nueve veces aquel estribillo al piano, pasó de considerar la partitura “desagradable, caótica y desordenada” a definirla como “la sinfonía que mejor ha reflejado el miedo y el instinto en la historia del cine”.

Sin duda, el toque de John Williams ayudó a que Tiburón trascendiera de su origen blockbuster para reconvertirse en una película referencial, totémica, de toda la industria en general y del género de terror en particular; tal es así que en 2001, la Biblioteca del Congreso de EEUU la seleccionó para su conservación en el Registro Nacional de Cine “por su significado histórico y cultural”.

Un mérito al alcance de muy pocas cintas y que el complicadísimo rodaje no presagiaba: además de los citados problemas climatológicos y presupuestarios (el coste total rozó los 10 millones de dolares, más del doble de los 3,5 millones iniciales concedidos por la Universal), Tiburón tuvo que lidiar con los conflictos de su elenco de actores, enzarzados en una guerra de egos.

Robert Shaw y Richard Dreyfuss no se soportaban y reñían por todo, hasta por acaparar la atención del perrito del personaje de Roy Scheider, que no era otro que Elmer, en realidad la mascota de Spielberg.

Curiosamente, todos ellos obtuvieron sus papeles apenas diez días antes de arrancar a rodar, después de que múltiples intérpretes rechazasen los personajes o se descartasen, como fue el caso de Charlton Helston; algo que el protagonista de El planeta de los simios no encajó demasiado bien, dando órdenes a su representante de que, desde ese momento, desechara automáticamente cualquier guion donde estuviese implicado Spielberg.

A todo ello sumamos la complejidad de las escenas con decenas de extras (los cuales eran en su mayoría los propios habitantes de la isla donde filmaban, que cobraban 45 $ por día de rodaje) y la difícil captura de ángulos de tiburones reales, que tuvo lugar en Australia y para la cual emplearon jaulas reducidas y especialistas de menos de 1,30 m. de estatura, buscando la ilusión óptica de un tiburón desproporcionadamente gigantesco.

Durante estas tomas, uno de los armazones sufrió un ataque tan violento por parte de un escualo que quedó destrozado y casi hunde la embarcación del equipo técnico, recogiéndose unas imágenes tan sobrecogedoras que Spielberg decidió incorporarlas mediante cambios sustanciales en el argumento, de manera que el personaje de Dreyfuss ahora escaparía con vida de su inmersión.

No fue el único reajuste que padecería el guion; por citar alguno, el “explosivo final” también fue una imposición de Spielberg, buscando hacer vibrar al público. Igualmente, se descartaron escenas procedentes de la novela original como la de un adulterio entre la mujer del protagonista y el personaje de Dreyfuss, así como otras ya rodadas en su totalidad, entre ellas el rescate del hijo de Brody del tiburón; para el director, los planos del hombre ya moribundo que lo lleva a salvo a la orilla, destrozado por las fauces, podrían haber sido demasiado chocantes para los espectadores.

De igual modo, las maratonianas jornadas de entre 10 y 14 horas de grabación, de las que apenas se aprovechaban cuatro, pasaron factura también a los actores, que a menudo olvidaban algunas líneas de diálogo e improvisaban otras sobre la marcha; así, la célebre “necesitará un barco más grande” surgió de manera totalmente espontánea. Por desgracia, en el redoblaje realizado a nuestro idioma a comienzos de 2000, muchas de estas frases se modificaron y alteraron radicalmente respecto a la primera versión doblada, más fiel al original.

Por si fuera poco todo este volumen de cambios, problemas e imprevistos en el rodaje -que provocaron la coña de que el equipo empezase a llamar a la película Flaws (“desperfectos”) en vez de Jaws, no faltaron gravísimos accidentes como el que sufrió uno de los guionistas del largometraje, Carl Gottlieb, durante una de sus intervenciones como actor de reparto y casi muere decapitado por una de las hélices de un bote.

Y para remate, tampoco escasearon los inconvenientes de última hora, como la progresiva selacofobia (miedo irracional a los tiburones) que desarrollaría Spielberg especialmente desde el accidente rodaje en Australia que comentábamos unas líneas atrás, hasta tal extremo que se ausentó del último día de rodaje, porque estaba convencido de que el equipo técnico lo celebraría gastándole la broma de tirarlo al mar.

Esta curiosa anécdota se transformaría en una especie de superstición o de rito de buena suerte para el cineasta, que después del boom comercial de la película, decidió no volver nunca más a pisar el set de rodaje el último día de grabación de cualquiera de sus producciones.

Eso sí, dejó hecha una pequeña intervención antes de salir por patas: su voz es la que escucha la mujer del protagonista cuando pierde el contacto con su marido, embarcado en la “Orca”.

Como curiosidad, no es el único miembro del equipo en aparecer en pantalla; además de Spielberg y Carl Gottlieb, el otro coguionista de Tiburón Peter Bradford Benchley también interviene como reportero en la playa, cubriendo las noticias locales.

Cabe destacar que Benchley adaptó a cine su propia novela, que se publicó con notable éxito en enero de 1974 cuando los derechos para su versión cinematográfica ya estaban adjudicados.

El texto, que recoge sendas influencias de clásicos como El viejo y el mar y, sobre todo, Moby Dick, reproducía en la ficticia Amity Island un hecho real ocurrido en 1916 en Nueva Jersey, cuando un tiburón descomunal devoró a cuatro personas en menos de diez días y los vecinos emprendieron una multitudinaria búsqueda; para el personaje de Quint, el autor se inspiró abiertamente en las hazañas del cazatiburones Frank Mundus, a quien Benchley conoció personalmente en 1974 durante un evento de pesca deportiva.

Impacto en los espectadores

El montaje de la película y sus posteriores revisiones sacaron el lado más puntilloso a Spielberg (y eso que ya lo había sido y mucho en el rodaje, con ocurrencias como traer un gigantesco escualo en descomposición desde Florida sólo por su inusual tamaño), ya que quiso retocar algunas escenas para las que el estudio se negó a desembolsar un centavo más, de modo que el director las costeó pagando de su bolsillo casi 3000 dólares.

La primera proyección a puerta cerrada tuvo lugar el 22 de marzo de 1975 en Dallas; a esta le siguieron más pases privados, entre abril y comienzos de mayo. Como anécdota, algunos de los asistentes lo primero que comentaron al concluir la película fue que cancelaban sus próximas vacaciones en la costa, aunque suene a broma.

Pero real que no fueron los únicos: 1975 y 1976 sufrieron un notable descenso de afluencia a las zonas de playa de EEUU, tanto que algunos puntos turísticos como la Isla Santa Catalina en California -donde se rodaron algunos planos del film- se hicieron eco del impresionante vacío turístico que estaban experimentando y del que tardaron años en reponerse.

Otros datos curiosos: la American Psychological Association publicó en un estudio a comienzos de los 80 que la selacofobia y la talasofobia (el pánico incontrolable al mar abierto y a estar rodeado de agua) se habían incluido por primera vez entre los diez motivos más habituales de consulta desde finales de los años 70, coincidiendo con el impacto posterior a Tiburón; y otra curiosidad más: los 75 y 76 también batieron los récords de avistamientos de escualos en EEUU.

El público estaría aterrorizado, pero también fascinado y llenaba las salas: el éxito del film propició hasta tres secuelas, donde no participaron ninguno de los creativos de peso de la original, ni Spielberg ni los guionistas; aunque la mayoría (salvo la mamarrachada de la cuarta entrega) gozaron de bastante repercusión en taquilla, especialmente la tercera por la tecnología 3D de los años 80 -con aquellas prehistóricas gafas azul y rojo-, ninguna estuvo ni remotamente cerca de la calidad de la primera.

Tiburón abrió la veda de este subgénero de terror con monstruos de la naturaleza asumiendo el rol de asesinos en serie, de manera que numerosas producciones se sumaron al carro tirando de toda clase de fauna, desde los pescados con mala baba de Piraña (1978) y Orca la ballena asesina (1977), el oso de Grizzly (1976) y hasta xenomorfos espaciales, como los de la obra maestra de Ridley Scott Alien El Octavo Pasajero (1979), donde ese “menos es más” a la hora de enseñar a la criatura también funciona a las mil maravillas.

Igualmente, no son pocas las películas que, décadas después, siguen intentando reproducir la fórmula y el éxito de la icónica Jaws, algunas con resultados tan notables como El Desafío (1997), El Arrecife (2010) y la muy lograda Open Water (2003).

No cabe duda de que el calado de esta película, considerada una de las mejores de todos los tiempos, fue amplio y profundo: además de suponer un antes y un después en la carrera de Spielberg y en el modo de elaborar y publicitar los blockbusters de Hollywood, también lo fue para el público en general que, desde entonces, miramos con cierta aprensión al mar antes de sumergirnos en sus aguas.

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