DENTRO DE LA OSCURIDAD: CAPÍTULO VIII

Alejandro Masadelo

Julie, Susie y Frank corrían entre la multitud, alejándose de la gran avenida. El desfile de vehículos, tanto los que iban como los que venían, tenían que serpentear entre las calles; desalojar la fiesta hubiera llevado demasiado tiempo, y era algo que no tenían. Muchos adolescentes son estúpidos, pero esa condición se incrementa cuando hay música y alcohol por medio. Cuando llegaron al límite se encontraron con un pequeño dispositivo policial, controlado por dos policías con pintas de novato que se apoyaban en la parte delantera del coche.

Lo sentimos, chicos, pero no podéis salir —dijo uno de ellos.

No necesitaban saber los motivos. Frank echó un vistazo a la hora que marcaba su teléfono. Quedaban diez minutos.

Vamos, chicas —les ordenó Frank.

Hicieron el amago de darse la vuelta y uno de los policías se sintió aliviado por esa reacción. El otro había estado atento, lo suficiente para ver la torpeza de una chica con el pelo rosado, que a mitad del giro la había descubierto llevando una mano a una funda, de la que sacó un cuchillo que para nada tenía aspecto de plástico. Con dos movimientos rápidos se plantaron ante ellos. El policía avispado había sacado a tiempo su arma y a bocajarro descargar una salva de disparos contra la joven que se había abalanzado sobre él. Aunque eso no evitó que varios cortes les segaran la garganta. Intentaron en vano tapar la incontrolable hemorragia con la mano libre mientras sus cuerpos se derrumbaban en el asfalto.

Frank y Julie se quedaron inmóviles viendo a Susie golpeándose la cabeza contra el capó y luego cayendo al suelo.

¡Susie! —gritó Julie horrorizada, corriendo hacia ella.

Le dio la vuelta y le apoyó la cabeza entre sus piernas. Cuatro agujeros se repartían por su torso, y todos ellos arrojaban la misma cantidad desbocada de sangre.

¡Las llaves, joder, las llaves! —gritó Frank rebuscando en la ropa de los agentes.

Por favor, Su, aguanta —lloraba descompuesta Julie, intentando detener la hemorragia más cercana a su corazón, aunque las demás continuaban quitándole con ritmo ininterrumpido más y más sangre.

Susie se retorcía entre tosidos roncos. Le agarró la mano a Julie con fuerza.

Frank se acercó al coche y desbloqueó los pestillos de las puertas.

¡Vamos, vamos, vamos! —pidió desesperado, ocupando el asiento de conductor y encendiendo el motor.

Julie sostuvo entre sus brazos a Susie y la introdujo en la parte posterior del vehículo; ella la precedió. Antes de poder cerrar la puerta, el coche se sacudió con violencia, soltando un rugido cavernoso. Las ruedas chillaron sobre el asfalto. Pronto solo eran una silueta comiéndose la carretera, enfrentándose a un tiempo que avanzaba con burlona rapidez y a una muerte que tenía jurisdicción para intervenir y que no estaría dispuesta a conceder más prerrogativas.

Joey se tambaleaba entre los árboles. Las balas le silbaban, arrancaban la corteza de los troncos que se interponían entre ellas y él para protegerlo. La niebla era cada vez más densa y dificultaba la visibilidad a los agentes, obligados a rasgar la espesura formada con tentáculos oscuros.

El chico había sufrido varias heridas de bala, aunque todas le habían rozado… excepto una, incrustada en su estómago. Su cuerpo se deslizaba como un fantasma. Las dimensiones de los objetos se alargaban o alejaban con aleatoriedad. El suelo de pronto estaba arriba y luego volvía a su posición. Un hormigueo estremecedor le recorría los dedos de las manos y ascendía por cada brazo hasta los hombros. El mango del cuchillo se le escurría, pero dedicaba todas sus fuerzas a sostenerlo.

¿Cuántos minutos faltarían? Los contornos de los árboles comenzaban a ser engullidos por la niebla. No debía faltar mucho. Tampoco sabía si lograría sobrevivir. Esa duda pronto empezó a resolverse. Una bala le atravesó el muslo, y Joey cayó soltando un grito apretado entre los dientes. La sangre que escupía apenas le dejaba respirar. Se arrastró por el suelo hasta que pudo recomponerse. Corría arrastrando la pierna, teniéndose que apoyar en los árboles para no volver al suelo. Los conos luminosos casi le tocaban la espalda. Intuía la satisfacción que los policías estarían experimentando: iban a cazar a un asesino. Joey sonrió pensando en que sería lo último que harían. Y cuando estuvieran con él, los sometería a todos a torturas interminables.

Creyó oír un rugido atronador cerca de él. ¿Acaso estaría más cerca de lo que creía de la civilización? Otro coche policial, estaba seguro. Querían atraparlo desde otros flancos. No lo permitiría.

Continuó escapándose, esquivando sin quererlo disparos…, pero atrapando uno en el hombro. Cayó al suelo y se retorció rodando. Reptó hundiendo los dedos en la niebla, que era tan gélida como témpanos. La hoja de su cuchillo se había congelado, y hubiera sentido el fuego ardiéndole en cada parte del cuerpo si no lo hubiera tenido adormecido.

Se escondió tras un árbol. Apretó la espalda contra su superficie y logró mantenerse en pie. Esperaría que pasara uno tras otro. Dejó de oír el motor del coche. Las puertas se abrieron. Joey, tembloroso, sostenía el mango con ambas manos. La oscuridad quería cernirse en sus ojos, pero él la denegaba. No moriría sin llevarse a otro más con él, o al menos dejando a la muerte dudando sobre si tenía que reclamar su alma o no.

Nuevos pasos vinieron desde su lado izquierdo. Otros venían a su espalda. Quien llegara primero, premio.

Ya no sentía el alcance de la luz. Joey mantenía la vista fija a su lado. Distinguió unas sombras volviéndose más grandes y adquiriendo consistencia. Una estática bloqueaba a intervalos sus oídos. Al menos no interrumpió cuando el tropel de pasos llegó hasta él.

Joey salió de su escondite y se arrojó sobre los cuerpos que aparecieron.

Frank se detuvo de pronto. La cara de Joey surgió ante ellos de la niebla. Julie vio qué había sucedido: el cuchillo de Joey había desaparecido en el pecho de Frank.

¿F-Frank?… —fue lo único que logró decir Joey.

Frank trastabilló unos pasos alejándose de todos. Joey se tambaleaba como si fuera víctima de una agresiva ebriedad. Julie corrió intentando internarse en la espesura del bosque, cargando aún a una Susie que había dejado de quejarse hacía unos segundos. Unas ráfagas que no eran de viento aunque lo parecían se encargaron de golpear a los jóvenes.

Joey fue el primero en caer, fulminado con varios disparos, uno de ellos destrozándole el cerebro al segundo. Hubo cierta justicia irónica en su muerte: se había desplomado de la misma forma que el joven esbirro de Satanás.

Frank se movió como si fuera El Elegido, pero esa realidad era la única y no una construida por una inteligencia artificial.

Fue el amor que sentía por su mejor amiga el que provocó que sus piernas continuaran funcionando aun cuando una de las balas le había abierto un boquete en la garganta. Aun sabiendo que Susie llevaba muerta desde segundos después de internarse en el bosque, ella se negaba a creerlo. Pero debía hacerlo; estaban lejos del centro de poder, y esa muerte le arrancó la esperanza. Porque allí podrían morir, pero al menos ella lo haría encima de su casi hermana, y quien viera la escena pensaría que ella había absorbido la mayoría de los disparos.

Los policías llegaron a ellos. Uno de ellos iba a comunicar la noticia por el walkie, pero no recibió ninguna señal. Solo una eterna estética que subió el volumen hasta hacerle sangrar los oídos. No había cielo en el bosque, tan solo un fondo rojo como la sangre. Los árboles se pudrieron y sudaron líquido negro espeso como la melaza. Brazos negros brotaron de la niebla y se enrollaron alrededor de los agentes. Descargaron todo el cargador contra ellos, pero nada sirvió; gritaron, pero nadie los escuchó, excepto la propia naturaleza del bosque. El Ente disfrutaba alimentándose de los ecos de su sufrimiento.

DENTRO DE LA OSCURIDAD8c669d5c9abb6d108901c359340d6078

*NOTA: DEAD BY DAYLIGHT©  El presente fanfic se ha creado bajo las “Reglas de uso de contenido de juego”  y la solicitud expresa y manifiesta de utilizar dicha marca

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