DENTRO DE LA OSCURIDAD: CAPÍTULO VII

Alejandro Masadelo

Ahí se encontraba, cruzado de piernas y apoyando la espalda en la pared lateral de una caseta de tiro. Se sentía en armonía con el ambiente: el olor denso de la sangre ascendiendo en el aire; cuerpos desparramados mancillando la tierra; ojos suplicantes que no volverían a moverse; el suave chorreo de la sangre escapándose de las arterias como el riego de una manguera, manando todavía de las bocas como si fuera una fuente inagotable; el silencio tras la devastación. El rastro de cada cadáver le teñía el rostro, la ropa. En la otra mano acariciaba el sombrero manchado del joven Freddy. Recordaba aún la expresión en los rostros de padre e hijo. El adulto intentaba proteger de todas formas al chiquillo, aun a sabiendas que eso solo prolongaría sin utilidad lo inevitable. Una reacción instintiva, al fin y al cabo. Ese año no sería el último que celebrarían Halloween.

Me gustan mucho vuestros disfraces —les había dicho a padre e hijo, arrinconados en una caseta de tiro donde había peluches de personajes de terror. Ambos tenían el mismo disfraz que, además, estaba muy bien logrado.

»¿Cómo os llamáis? —continuó. Se alejó al otro extremo y guardó el cuchillo, acuclillándose después. Oyó la estampida de gritos, quejidos y sollozos alejarse de la feria, algunos con mayor suerte que otros. Sería su propia biología quien determinaría si sobrevivían a la hemorragia.

El padre lo miró con los dientes castañeteándoles. Apretaba la cabeza de su hijo contra su pecho.

No voy a matarlo yo, pero si sigues agarrándole así vas a hacerlo tú —le señaló.

El hombre le liberó de la presión, y el crío expulsó un largo gemido, seguido de varios tosidos roncos. Joey detectó que el mayor dedicaba fugaces miradas al exterior de la caseta, quizás planificando alguna huida suicida.

Venga, que no voy a mataros, joder —les tranquilizó—. Solo quiero saber cómo os llamáis.

El niño fue el primero en responder.

Norman.

Joey aún seguía extrañado por la plausible entereza pétrea con que estaba actuando el mocoso. Ni una lágrima o súplica. Tampoco se había quejado, y en todo momento había buscado mantener contacto visual con él.

Veo que tienes unos padres que disfrutan del buen terror, ¿eh? —comentó Joey soltando una pequeña risa.

Se… se lo puse yo —reconoció el padre.

Claro, tienes a un maldito tarado que se ha cargado a muchas personas y que sin motivo quiere perdonarte la vida. El tío hace un comentario aludiendo a una buena cinta de terror… ¿y no vas a reconocer que ha sido idea tuya ponerle ese nombre? —dijo Joey, estallando en una sonora carcajada—. Tranquilo, estoy de coña. Bueno, en parte —movió con lentitud una mano como si estuviera dedicando un aplauso sordo.

Mi nombre es… Joel —se presentó.

Joey se levantó y con dos largas zancadas se presentó ante él. El padre se encogió y se deslizó en el suelo hasta quedar delante de su hijo.

¡Yo me llamo Joey, tío! —dijo él. Lo levantó del suelo y lo estrechó entre sus brazos dándole un abrazo afectuoso—. ¡Si es que yo sabía que debíais vivir! —celebró riéndose—. Para mis amigos, Joe. Así que podéis llamarme así.

Joel estaba desconcertado. Nada de eso tenía sentido. Era posible que todo fuera una actuación, una mera ilusión para hacerles creer que saldrían vivos, pero cuando estuvieran festejando su libertad fortuita morirían acuchillados por la espalda. Joey volvió a agacharse y le tendió una mano a Norman. El chiquillo no consultó la decisión con su padre. Más bien sonrió cuando las cuchillas de su guante tocaron la sangre pegajosa y fresca de su mano. Lo ayudó a levantarse.

En serio, me gustan mucho vuestros disfraces —volvió a decir analizando cada nimiedad de sus atuendos.

Gr-gracias… —dijo el padre, expresando los resquicios de lo que parecía una sonrisa temblorosa—. Los hizo su madre. Es… es realmente buena.

¿Cómo se llama? Decidme cómo es y eso: no quiero matarla. Alguien que hace esto no merece morir.

Hayden —respondió Joel con rapidez—. Es pequeña, cuerpo normal, como yo de alta, pelo muy rizado y negro, ojos oscuros y piel blanca. Tiene pulseras en ambas manos y un cisne negro en la muñeca derecha.

Joey asintió con la cabeza varias veces, memorizando todos aquellos detalles.

Bien, bien… De acuerdo.

Hijo y padre se quedaron inmóviles. Él tampoco decía nada, tan solo se ceñía a estar inmóvil frente a ellos, quizás observándoles o quizás no.

¿Po-podemos irnos? —se atrevió a preguntar Joel.

Oh, sí, sí. Claro.

El padre aún no podía apartar los espasmos que parecían sacudirle todo el cuerpo, incluso el rostro. Seguían temblándole los labios, los brazos y las piernas. Mientras iba a ayudar a Norman a trepar la barrera, la mano de Joey le agarró el hombro, deteniéndolo, ya con el niño en lo alto de la lámina de madera. Joel se quedó petrificado y buscó la mirada de su hijo para indicarle que corriera. Intentaría retener al asesino.

Solo quiero algo a cambio de que os vayáis —le dijo Joey.

Huye, le pedía con la mirada. Pero Norman aún observaba al asesino casi con entusiasmo… con una admiración que aterró más al padre que el hecho de estar a punto de morir.

¿El qué?… —respondió el padre tragando saliva.

¿Puedo quedarme con su sombrero? —le pidió apuntando con la cabeza—. O con el tuyo, claro, que es de mi tamaño. Me da igual.

Joel desinfló sus pulmones y soltó una risa aguda nerviosa.

Si… por supuesto. Quédate con…

Quédate el mío —se adelantó Norman.

Se quitó el sombrero y se lo entregó a Joey, que se lo agradeció asintiendo con la cabeza. Se lo caló, haciendo presión.

Muchas gracias, Norman. Joel, espero que cuides bien a tu hijo, es bastante especial. Si no lo haces… bueno, me cabrearé —le amenazó en tono afable.

Lo haré, lo haré, Joey… Joe —corrigió—. Lo protegeré con mi propia vida —respondió el padre.

Genial. Esta es la primera y última vez que nos vemos. Quiero que tengáis un recuerdo mío —miró todos los peluches y les preguntó—: ¿cuáles queréis?

Joel iba a rechazarlo, pero mejor sería no hacerlo.

Danos… a Jigsaw y… —dudó unos segundos—. ¿Cuál… quieres, Normi?

Ese —señaló decidido.

¡Leatherface! —dijo sorprendido—. Buena elección. La tuya no está nada mal tampoco, Joel —dijo Joey, arrancándole una pequeña risa a Norman. Joey quitó de sus soportes los peluches escogidos y se los entregó a cada uno.

Gracias —dijo Norman, a lo que su padre asintió con la cabeza.

Seguramente alguien haya avisado a la policía —dijo sin sorpresa en su voz—; quizás quienes aguantasen la hemorragia, quizás los que perdoné la vida, como vosotros, porque llevaban buenos disfraces. Podéis hacerlo también vosotros, adelante. Tarde o temprano sabrán que he sido yo. En fin, cuidaos, ¿vale? Ya tendréis una anécdota de por vida para contar en familia o presumir con amigos.

Joel asintió con la cabeza mientras le agradecía constantemente, casi como si él fuera el mismísimo Papa. Escaló el mostrador y padre e hijo tocaron tierra. Comenzaron a caminar a paso rápido, sin correr. El chico se despidió del asesino agitando la mano, dedicándole una sonrisa; Joey respondió de la misma forma, apoyándose con los antebrazos en la barra.

Aunque muramos, recordad que La Legión nunca lo hará —les dijo alzando la voz.

Joey continuaba acariciando el borde del sombrero cuando unas luces estroboscópicas rojas y azules le deslumbraron, a las que también se unieron unas ambarinas. La estridencia de las sirenas le reventaban los tímpanos. Notó una vibración en el bolsillo delantero de su pantalón, casi como un martillo hidráulico. Volvió a colocarse el sombrero en la cabeza, estrujándosela casi perforándole hasta el cerebro. Metió la mano libre y sacó el teléfono. Salpicó la pantalla del Nokia 3310 que tantas otras veces le había acompañado. Aunque hacía ya demasiado tiempo de eso. Podía recibir tanto daño que, como él, no se rompía. El visor indicó que era Frank quien estaba llamándole. Descolgó y se llevó el auricular a la oreja.

¿¡Qué coño has hecho, me cago en la puta?! —bramó Frank.

Tío, la he cagado —se limitó a responder.

¿Que si la has cagado? ¡NO TIENES NI PUTA IDEA DE LO QUE HAS HECHO! —continuó vociferando.

Otra vez será, colega.

Oyó gente corriendo hacia donde él estaba. Desde su posición —la caseta estaba en un lateral del tramo central— solo tuvo que asomarse ligeramente para distinguir cuatro policías como mínimo, aunque parecían acercarse más. También vio varios sanitarios deteniéndose entre los árboles mientras que otros acompañaban por detrás a los agentes.

¿Dónde coño estás? —pregunto Frank.

En la feria —respondió Joey volviéndose a ocultar, apoyando la cabeza—. Ya ves, me apetecía darme una vuelta.

¡Joder, joder, joder! —se quejó Frank.

Escuchaba las palabras de los policías y los sanitarios. Lamentaban las pérdidas y celebraban las escasas vidas que podrían salvar. Uno de los agentes le indicó a otro que estuviera atento «por si el loco hijo de puta sigue por aquí».

Íbamos a conseguirlo, tío. Íbamos a volver —lamentó Frank al borde de un llanto impotente.

Moriré matando, Frankie —le dijo bajando la voz.

¡No, no, no! Te matarán, Joe. Huye, tío, ¡huye! —le obligó casi en un ruego.

Joey miró la hora en la pantalla. Faltaban quince minutos para que fuera medianoche. Agradeció que la policía no atendiera las llamadas por considerarlas falsas, bromas que no tenían gracia. Al menos algo le había salido bien. Volvió a la conversación con Frank.

El bosque será nuestro de nuevo en nada. El Ente tiene aquí buena carnada —dijo Joey.

Inútil, no servirá —objetó Frank.

A mí sí. Mataré unos cuantos y me largaré. Si muero antes de tiempo… bueno, mala suerte. Cuídate, amigo.

Frank continuaba hablando, pero Joey ya había finalizado la llamada. Escondió rápidamente el móvil y se llevó la mano al cuchillo, desenfundándolo y escondiéndolo tras su espalda. Estiró las piernas, se acomodó y permaneció en silencio. Uno de los policías apareció delante de él. Se movía con precaución, receloso. El chasquido le indicó que le había quitado el seguro a su arma. Comenzó a acercarse. Sus pasos chapoteaban en la sangre, que actuaba como pegamento en las suelas de sus zapatos. Joey apretó el mango de su cuchillo. El agente aproximó su rostro al suyo. Bajó la pistola, apuntándola al suelo. Extendió el brazo y colocó los dedos índice y corazón juntos en la arteria que pasaba por su cuello, metiéndolos dentro de la capucha. No tenía pulso… al menos durante un segundo.

Joey hizo un movimiento rápido con el brazo, sacándolo de detrás, y le atravesó la garganta desde un lateral. Sus dedos presionaron el gatillo. El cañón tosió un fogonazo y soltó una bala que se clavó en el demacrado césped. Los otros compañeros corrieron enseguida. Joey se levantó, le arrebató el arma al policía y le sacó el cuchillo de la herida, que comenzó a escupir sangre a borbotones. Se colocó tras el cuerpo, que todavía se zarandeaba espasmódico, y apuntó con la pistola a quienes estaban viniendo.

Una sinfonía entremezclada de petardos reverberó entre los árboles y se perdió en la lejanía de un bosque por el que empezaban a aparecer largos y flacos dedos neblinosos arrastrándose por el suelo.

DENTRO DE LA OSCURIDAD8c669d5c9abb6d108901c359340d6078

*NOTA: DEAD BY DAYLIGHT©  El presente fanfic se ha creado bajo las “Reglas de uso de contenido de juego”  y la solicitud expresa y manifiesta de utilizar dicha marca

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