DENTRO DE LA OSCURIDAD: CAPÍTULO VI

Alejandro Masadelo

La noche bullía con su característica algarabía. Las calles de Ormond rezumaban alegría desmesurada. Era la fiesta por excelencia. La noche de Halloween siempre tenía algo que decir. Los escaparates lucían con tupidos elementos decorativos, aunque a la par casuales y sin mucha imaginación: Jack-o’-lanterns, telarañas, brujas planeando frente a medias lunas, gatos negros, aunque su aspecto amoroso distaba de ser aterrador, de cuyas bocas salía un bocadillo que decía «¡Feliz Halloween a todos!» y una sarta más de complementos. Luego también estaban los disfraces típicos, incluidos aquellos para que, por demonio o monstruo que fuera, parecían salidos de un slasher de los años setenta u ochenta… o de una película porno. Había dos variedades, tanto para hombre como para mujer.

La avenida del pueblo, que era casi lo único reseñable, estaba ocupada por una masa informe de adolescentes, principalmente, disfrazados. Ahí se había montado un pequeño escenario donde un disc-jockey reproducía canciones electrónicas o en español, de esas que no hacía falta siquiera saberse la letra —incluso muchos hispanohablantes no consiguen descifrar el curtido dialecto de los compositores— para poder sentirla. Ese es el poder que parecía ejercer sobre el público, que cuando sonaban estos temas se unían unos contra otros más de lo que ya estaban.

La Legión caminaba formando dos filas de dos miembros. Escudriñaban el entorno buscando lo único por lo que allí estaban: presas que cumplieran con su criterio. A la entrada del recinto les asaltó un chico disfrazado como el asesino enmascarado de Seis mujeres para el asesino.

¡Eh, feliz Halloween! —gritó, intentando sobreponerse a la retumbante vibración de la música.

Frank lo examinó. El grupo guardó silencio esperando una reacción suya que les indicase cómo debían proceder. Si era o no el indicado. Tras unos segundos que al desconocido le parecieron incómodos, Frank contestó.

¡Feliz Halloween, tío! Eh, mola tu disfraz, ¿verdad, chicos? —preguntó girándose para mirar a Julie, que estaba a su lado, y después para hacer lo mismo con Joey y Susie, situados detrás de ellos.

¡Sí, la verdad que sí! —apoyó Susie.

Joey le palmeó el hombro empuñando el cuchillo. El joven, inmóvil, miró de soslayo la hoja ensangrentada. Claro que el vendaje que le cubría el rostro no les permitía descubrir sus emociones. Primero fue el recelo el que se dibujó en él, pero dio paso al desasosiego cuando Joey dijo:

¡Te has salvado de morir, colega!

El grupo rompió en una sonora carcajada. Los jóvenes se despidieron de él y continuaron su marcha. El vendado no respondió nada, tan solo giró sobre sí mismo y vio desaparecer a los cuatro entre la multitud. Todavía estaba masticando aquellas palabras que, a pesar del tono de humor, le parecieron inquietantes… y serias. Tan serias que ni siquiera les intentó vender, como estaba haciendo a lo largo de la noche, las bebidas que preparaba en su puesto.

El diablo emergió del cautiverio al que su ego le hacía creer que era su reino. Lo hizo con cuerpo femenino. No iba desnudo, pero casi. Llevaba un tridente que no había sido forjado por el mejor herrero, desde luego. Si ese era Satanás, desde luego se había desorientado tras alcanzar el mundo terrenal, o quizás tenía una cita con Dios y creía conveniente acudir acicalado —conocía cómo de severo era en sus castigos—: había recuperado la cabellera dorada, y camuflar la amargura y deformidad que causa estar lleno de ira vindicativa en un lugar asqueroso a través de tantas capas de maquillaje que nada horrendo se advertía bajo ellas. Aunque Satanás parecía recelar de un nuevo encuentro con el jefe, porque lo acompañaban tres de sus esbirros, dos que adquirieron también la forma de mujer y uno la de hombre. No había mucha comunicación entre ellos, a decir verdad, ni tampoco parecían ejercer función alguna salvo la de mantenerse abstraídos, excepto cuando querían dejar constancia de su paso por la Tierra y enseñárselo a los demás, casi como una prueba de su primacía sobre el resto de los mortales. Entonces los cuatro sonreían como lo hacían los humanos y posaban en las posiciones imposibles que ellos adoptaban para relucir su vanidad. Cuando se hicieron la foto, Satanás descubrió un rostro fantasmal asomando entre la barahúnda y observándoles desde una cuadrícula superior de la imagen. La joven se giró, pero ya no estaba. Buscó alarmada con la mirada entre los cientos de cabezas ahí amontonadas, entre la confusión de disfraces. Pero no lo detectó.

Jess, ¿estás bien? —preguntó el único chico entre los amigos.

La aludida reaccionó con dubitación, sin alejar de su memoria visual la cara que había detectado apareciendo en el encuadre de la fotografía.

Sí…, sí —afirmó con más rotundidad—. Solo me había molado un disfraz y quería verlo mejor.

¿Te había puesto cachonda y querías llevártelo a un rincón para tirártelo o qué? —comentó una amiga, que tenía el cabello negro y ondulado.

Jessica no encajó muy bien ese comentario. Esbozando una sonrisa sarcástica respondió:

Quizás sea más difícil de follármelo que al putero de tu novio.

El grupo estalló en vítores, mientras la humillada agachó la mirada y no dijo nada.

¿Vamos ya a la atracción? —propuso la otra chica, una de pelo rojo con tonos negros.

Venga, va. ¡Una carrera, diablillas! —dijo el chico, que bien su pelo podía servir de mapa para salir de un laberinto, y se echó a correr.

Las demás lo precedieron entre gritos y risas. Jessica trotaba mientras miraba por encima de su hombro intentando localizar esa máscara.

En un claro a las afueras del pueblo habían levantado un pequeño recinto ferial con motivo de Halloween. No importaba si el resto del año el lugar solo tuviera como entretenimiento dos parques, uno de ellos en remodelación, pero ambos igual de pequeños y destartalados, y un par de discotecas. La diferencia era que esa festividad sí reportaba interesantes ingresos a las arcas del ayuntamiento. Aunque en un lugar de sesenta mil habitantes bien podrían molestarse en mantener entretenida a la población.

Los jóvenes serpenteaban entre los árboles. Las luces y música de las atracciones cada vez eran más audibles. El grupo abandonó aquel ejercicio físico y continuaron por una vereda marcada con carteles luminosos. «Parque de las pesadillas», rezaba en grandes letras ensangrentadas sobre un fondo negro. No debían llegar a ellas.

Jessica, que cerraba la marcha, distinguió unos pasos presurosos crujiendo la fronda acercándose a ella. Alargó las piernas todo cuanto pudo, dio zancadas largas. Resollaba mientras se debatía entre alertar a sus amigos o unirse a ellos, adelantarse y condenarles a quien sea que les estaba persiguiendo. La diadema con cuernos estaba a punto de caérsele de la cabeza; las puntas rojas del tridente de plástico se sacudían como si estuvieran experimentando el headbanging de un metalero. Sus amigos parecieron no percatarse de lo que ocurría. Sus sentidos estaban volcados en la feria, en disfrutar. Quizás fuera el alcohol el causante de su exaltado entusiasmo: al fin y al cabo, el recinto no era nada del otro mundo, más bien montado para los críos que iban acompañados de sus padres.

Jessica también miraba hacia delante, aunque su motivación para llegar era completamente distinta. No estaba en tan buena forma como sus amigos. La saliva le ardía en su garganta seca. Los pulmones no podían introducir aire con tanta rapidez como ella deseaba. Sus piernas comenzaron a pesarle como si estuviera arrastrando dos cadáveres. Vio alejarse a su grupo. Intentó hablarles, pero los jadeos largos bloqueaban todas las palabras. El sudor bajándole por los ojos le emborronaba la visión. Oyó el hambre en el aliento denso que le respiraba en la nuca. Cuando notó una mano grande en su espalda, se giró por instinto para asestarle una bofetada y resquebrajarse la garganta con un grito que ahora sí sus amigos oyeron.

Sorprendida, Jessica descubrió que se trataba del enmascarado que vio cuando se hicieron la fotografía. Había conseguido alcanzarles.

¡¿Estás loco o qué?! —gritó Jessica entre jadeos.

Cuando vio a los amigos acercarse con actitud decidida, a Joey le cruzaron dos ideas por la cabeza. Una era terminar con todo ahí mismo. Esperaría que estuvieran cerca y los iría acuchillando uno a uno. Quizás alertaría a alguien, quizás no. Intuyó que entre la música nadie oiría nada, y parecía no haber nadie recorriendo el camino que dirigía a la feria. La otra era la original, a la que debía cernirse si quería que todo fuera bien. Pero ¿y si fracasaba? Entonces debía actuar.

Perdón, perdón —se disculpó Joey, fingiendo que él también estaba agotado y con cierto sobresalto—. Solo quería proponeros…

¿Proponer? A ver si propongo darte un par de guantazos, tarado —se adelantó el chico a los demás.

Qué adorable, pensó Joey. El «macho alfa, pecho peludo y lomo plateado» quiere defender a las hembras, que considera débiles. Se encaró incluso a Joey. Era más alto que él, pero delgado. Cuando el enmascarado miró sus ojos, advirtió en ellos un profundo miedo. Si con una mirada se caga…

A ver… no quiero problemas. Solo quería correr la voz con la fiesta que se va a montar a medianoche en la antigua estación de esquí —continuó Joey, repeliendo unos impulsos que cada vez le costaba más contener.

Este tío estaba mirándonos en la foto —comentó Jessica.

¿No se callará de una puta vez?

Jessica buscó con nerviosismo el teléfono en un pequeño bolsillo del vestido. Lo sacó y buscó la foto que se habían hecho minutos antes. Se la enseñó a cada uno de sus amigos.

Vete de aquí cagando hostias si no quieres problemas —le amenazó el chico, intentando ocultar con su cuerpo al resto de sus amigas.

Este tío es imbécil, resolvió Joey. Parte de razón tenía. Intentaba demostrar la valentía de las películas que veía, donde el «salvador» comenzaba a demostrar sus habilidades en las artes marciales sin ningún contexto; como si las hubiera adquirido de manera inherente a él. Pero Joey nada temía a aquel larguirucho que copiaba los mismos rasgos faciales que muchos cantantes estreñidos y siempre furiosos en los videoclips.

Joey no se achantó —¿por qué iba a hacerlo? Si aún vivían era por su decisión, no por el intento fallido de matón que tenía frente a él— y le respondió:

Me llamasteis la atención por vuestros disfraces —dijo con voz calmada. No mentía: sus trajes le habían interesado porque destacaban, pero no precisamente por su originalidad—, y estoy ofreciéndoles que vengan a todos los que me encuentro como vosotros. Cuantos más haya, mejor. Y vosotros sois cuatro.

Pues te puedes meter la invitación por el culo, fantasmita —le dijo el chico ante la atenta mirada de las jóvenes, escuchando en silencio.

Joey se impacientó. Las imágenes en su imaginación cobraron sentido, se plasmaron sobre el lienzo que era la realidad. Apretó la mano y la llevó al cuchillo Bowie escondido tras su espalda. Lo desenfundó y, con un movimiento disimulado, lo dirigió al estómago del joven. Giró la muñeca dos veces. El chico abrió los ojos como una caricatura antigua. Temblaba. Palideció de forma repentina. Joey extrajo el arma y, apoyándole un dedo índice en el pecho, empujó su cuerpo. Cayó con la sequedad recta de un tronco. Antes de que las jóvenes procesaran el horror y este torciera las líneas de sus caras para reflejarlo, Joey avanzó hacia ellas.

La primera en caer fue Jessica, que se tropezó en un inútil esfuerzo por huir. La hoja le atravesó la boca. Joey fue rápido en deslizarla hacia atrás. Las otras huyeron entre gritos y palabras de auxilio, pero nadie las oiría. Intentaron confundirlo haciendo eses entre los árboles; el enmascarado se reía y observaba sus movimientos como si estuvieran haciendo una coreografía.

El halo de las radiantes luces cada vez era más intenso, y los sonidos se volvieron tan cercanos que a Joey le martillaban los oídos; los gritos enmudecieron, o si todavía se escuchaban apenas podían sobreponerse al resto de ruidos. La del pelo negro ondulado miró de soslayo, desviando la vista un segundo del camino. El universo le dio una bofetada, aunque más bien fue el tronco de un árbol quien cumplió su orden. El estallido de dolor en la sien pronto desapareció. Joey se abalanzó sobre ella, empuñando el cuchillo con ambas manos, y hundiéndolo en su tráquea. Le costó sacarlo, viéndose obligado a estirar de la empuñadura como si intentara desunir Excálibur de la hendidura donde estaba incrustada.

La luz ya le cegaba la visión a la del pelo multicolor. Veía siluetas de varias personas caminando a lo largo del recinto, dirigiéndose a distintas atracciones. Sonreía entre lágrimas. Suplicaba por que sus piernas continuaran batallando y para alejar de su cerebro el desasosiego provocado por la persecución ininterrumpida. Alargó los dedos, fundiéndose con la rutilancia celestial de la luz. Sentía su calor, podía acariciar sus cabellos luminosos. Una respiración jadeante en su nuca la sumió en la oscuridad. Sintió su pantorrilla desgarrándose. Un latigazo dobló su cuerpo, que terminó chocándose con un tronco. Apretó las uñas en la corteza pegajosa y se ordenó continuar. La sangre se deslizaba por su piel desnuda, le escocía como si le hubieran volcado una cubeta de ácido. Corría entre saltos, no podía perder el tiempo: la hemorragia terminaría matándola… si antes no lo hacía el asesino.

Casi había alcanzado la linde del bosque: la verja que rodeaba el recinto apenas estaba a quince metros. Observó un poco más allá de la entrada, junto a una maquina de algodón de azúcar, a un niño junto a su padre. Estaba medio girado. La chica tomó el camino recto, acercándose todo lo posible a la vista del niño… si acaso le daba por mirar en dirección al bosque. Los carteles casi formaban el jurado de una pasarela de modelo. Se imaginaba los flases de las cámaras pestañeando, los cuchicheos; oía la música que acompañaba sus erráticos pasos. Y, detrás, no había otras compañeras —habían terminado el desfile hacía rato—, sino el diseñador, descontento porque su modelo no estaba luciendo el traje que había hecho. Si la alcanzaba, no volvería a caminar por ninguna pasarela.

Por favor, date la vuelta. Por favor, date la vuelta… —suplicaba murmurando.

Se le congeló la respiración en el momento en que el cuchillo le atravesó el costado. Sus ojos encontraron una tardía esperanza cuando su vida comenzaba a escapársele del cuerpo.

Los caprichos del destino son crueles. Así lo demostró cuando algo, como una instrucción dada por un videojuego virtual a sus personajes, hizo que el niño, de ocho años, girase la cabeza y fijase los ojos en el camino que atravesaba el bosque. Vio un cuerpo desplomándose y, a continuación, los ojos insondables de un fantasma mirándolo. Ambos se hablaron con la mirada. El crío, que parecía sentir la curiosidad que nace del miedo, no apartaba los ojos. Tampoco reaccionaba. El enmascarado extraía con lentitud el cuchillo del cuerpo de su víctima mientras el niño alargaba con la misma velocidad la mano hasta la manga de la camisa de su padre.

Joey esperaba una reacción para atacar. Si el mocoso disfrazado de Freddy Krueger avisaba a su padre o hacía el menor movimiento, estarían muertos. Parecía haberse detenido. Joey se levantó con lentitud y se preparó para correr, ya fuera hacia delante o hacia atrás. Los segundos transcurrían y la incertidumbre seguía flotando en el espacio existente entre ambos. Era un duelo de vaqueros en el lejano oeste, el encuentro de la víctima con el imperturbable Michael Myers, detenido en medio de la calzada.

El desenlace llegó pronto, no por el niño, sino por el padre de la criatura. Curioso por descubrir hacia dónde dirigía su atención su hijo, decidió seguirla con sus propios ojos. El grito del progenitor alarmó a las otras personas que estaban haciendo fila. Tiró el algodón de azúcar, elevó al pequeño y lo estrechó entre sus brazos, internándose en una marcha apremiante por la feria. El crío continuaba mirándole con aparente tranquilidad mientras corría hacia la feria, empuñando el cuchillo.

DENTRO DE LA OSCURIDAD8c669d5c9abb6d108901c359340d6078

*NOTA: DEAD BY DAYLIGHT©  El presente fanfic se ha creado bajo las “Reglas de uso de contenido de juego”  y la solicitud expresa y manifiesta de utilizar dicha marca

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