DENTRO DE LA OSCURIDAD: CAPÍTULO IV

Alejandro Masadelo

Ya no se encontraba allí, sino en una tienda pequeña. Estaba acompañado de Nathan y Avery, lo sabía por el estilo de las máscaras, pero sus labios no pronunciaron el nombre del chico.

Frank, tío, vamos a ser rápidos.

Joe, no seas cagón. Este cabrón te ha despedido y no te ha pagado nada. —Dio un salto para colarse tras el mostrador. Manipuló la caja registradora hasta que consiguió abrirla—. Pues vamos a conseguir nosotros el finiquito —le enseñó varios dólares—. Esto es solo tuyo, amigo —le dijo.

Venga, Joe —le animó una voz tímida.

Se acercó a él una chica con la melena rosa cayendo por sus hombros. La máscara era igual que la de… Igual que la de alguien a quien conocía.

Nos iremos a la otra punta del país después de esto, Susie —le prometió Joey.

¿Susie? Era Catherine, su amiga. Pero… era ella. Así recordaba su personalidad… o eso creía. ¿Siempre había sido inestable? No. Era tal y como estaba viéndola ahora. Aún conservaba la niñez incorrupta, el punto justo de irreverencia. No era igual que los demás. Por eso le gustaba.

Eh, parejita, luego podéis enrollaros si queréis —les reprendió Avery—. Tenemos que seguir, venga.

A tus órdenes, Jules —se mofó Susie de ella, imitando el saludo militar. Joey se rio de su gesto.

Continuaron desvalijando el local. Tiraron los artículos, volcaron estanterías. Rompieron las neveras frigoríficas. Frank agarró dos botellines de refresco, los agitó y desenroscó los tapones. Movió el cuerpo de izquierda a derecha mientras las botellas escupían ráfagas espumosas. Era una especie de John Rambo, o al menos así se veía. El resto se rio de su comportamiento. Excepto Susie, que había desaparecido de la mirada de sus amigos.

Segundos después atravesó la cortina que dirigía a la parte trasera de la tienda. Frank se agazapó corriendo tras una estantería en un lateral del local. Los otros dos no comprendieron su actitud. Cuando comprobaron que Susie no se encontraba sola, entendieron el comportamiento de su amigo. Un hombre de mediana edad tenía retenida a la joven. Un brazo le enrollaba el cuello. Por su vestimenta parecía un limpiador. Era corpulento, pero el miedo era palpable en su rostro.

No vais a matarme, pequeños hijos de puta —les dijo. Caminaba con pasos cortos, mirando a uno y otro lado.

Susie intentaba zafarse, sacudiéndose, pero no podía. Le clavó incluso las uñas en el antebrazo, pero el hombre no mostraba dolor alguno, o al menos lo disimulaba.

Nos iremos, pero suéltala, por favor —desistió Joey.

No nos vamos a ir —rechazó Julie la propuesta—. Vamos a matar a este cabrón, sí, ya lo creo —afirmó sin dudar.

El limpiador sonrió y se antepuso a su amenaza. Presionó la garganta de la chica, arrancándole un gemido ahogado acompañado de un llanto contenido.

¡Antes me la cargaré, imbéciles! Os habéis equivocado de tienda, sí.

Voy a matarte, bastardo —le amenazó Julie.

Susie le golpeaba los brazos, intentaba agarrarle la cara. Se retorcía intentando escaparse de la prisión que con mortal lentitud reducía el paso del aire a sus pulmones.

¡Por favor, suéltala, tío! Nos iremos, joder, ¡pero déjala!

Lloraba. Susie estaba llorando. Tosía con ronquedad. Las lágrimas se amontonaron en las paredes de una garganta más estrecha. El hombre se encaminaba hacia la salida, dando la espalda al fondo de la tienda.

Frank no dijo nada. Observaba la escena asomando la cabeza por la estantería. El secuestrador de Susie le daba la espalda.

P-por fav… —intentó suplicar Susie, pero no podía.

¡Déjala! ¡Por favor, por favor! —le rogó Joey. No le importaba deshacerse de la coraza de chico duro que tenía. El temor por perder a Susie era mayor que todo el ego con el que pudiera alimentarse.

Julie desvió la mirada. Si no hubiera llevado la máscara, el limpiador habría descubierto que la joven miraba tras él.

Frank llevó la mano a la empuñadura de su cuchillo Bowie. Apretó los dedos, pero los soltó.

Susie dejó de golpearle, de resistir. El llanto desconsolado que la invadía comenzó a apagarse a medida que el resto de su cuerpo lo hacía. Ese fue el detonador que hizo explotar la oscuridad en Frank.

El chico se levantó, desenfundando el cuchillo, y se acercó al hombre con pasos rápidos. Antes de que el otro se girara para seguir el sonido, Frank se abalanzó sobre él. Los tres cayeron al suelo, Susie ligeramente al lado de ellos dos. Joey se apresuró a socorrer a Susie, arrastrándola por el suelo hasta apartarla del secuestrador.

Susie, eh, ya está, ¿vale? —la consoló, apoyándole la cabeza entre sus brazos. No podía disimular la alegría que sentía

La chica inspiró con intensidad y expulsó el aire, tosiendo sin dejar de llorar. Su indefensión recordaba a la de un bebé recién nacido. Buscó con desesperación el tacto de Joey, y terminó enredando los brazos tras su cuello. Le apoyó la barbilla en el hombro y dejó que el llanto continuara debilitándola.

Frank se levantó, extrayendo la hoja que le había clavado en la espalda al hombre. La sangre goteaba de la punta. El impacto en el centro de la columna pareció dejar al limpiador inválido. Sabía, sin embargo, que sería temporal. Lograría levantarse.

Hermanita, ya ha pasado —se acercó Julie y le acarició el cabello, descubierto sin la capucha que lo cubría—. Vámonos, venga —le dijo sin apartar la mirada del limpiador. El plan se había ido al traste.

Conocía el nombre de Susie. Tampoco sería difícil identificar a una adolescente con el pelo rosa en un pueblo pequeño. El limpiador pondría una denuncia y les diría todo lo que sabe. Cuando la policía descubriera su identidad, los demás estarían expuestos. Entonces todo se terminaría.

Cuando ayudaron a levantar a Susie y ya se dirigían hacia la salida, la voz imperiosa de Frank les detuvo.

No nos vamos —ordenó categórico.

Frank, ya está, colega —dijo Joey—. No podemos…

Sabrán quienes somos —argumentó Frank.

Sin motivo alguno, Frank volvió a clavarle el cuchillo en la espalda, haciéndola crujir mientras descendía la hoja en una pequeña línea. El hombre se rompió la voz gritando. Clavó las uñas en las baldosas. El grupo miraba a Frank petrificados, confundidos. Incluso asustados. Frank se levantó.

¡Hay que terminar el trabajo! —ordenó furioso Frank, caminando hacia ellos.

Joey se encaró a Frank, interponiéndose entre las chicas y él.

Susie está a salvo y la tienda patas arriba —le dijo manteniendo la calma, sin bajar la mirada. Desde el rabillo del ojo veía la hoja apuntándole el pecho. Frank mantenía firme el cuchillo—. No somos unos asesinos, tío.

No eran unos asesinos, pero sí vándalos que disfrutaban rompiendo coches o escaparates, o robando, ya fuera dándoles una paliza a las personas o entrando en tiendas, o que gustaban de caer desfallecidos tras consumir alcohol y drogas o mantener frenéticas relaciones sexuales con desconocidos. Tampoco le importaba que Susie lo hiciera con dos hombres o con mujeres, igual que no se arrepentía tampoco de acostarse con la propia Julie en presencia de ella, o de colaborar con las fantasías sexuales de Susie. Oh, Susie, la tímida e ingenua Susie que se liberaba cuando el alcohol conseguía alcanzarle el cerebro. Cuando los fines de semana llegaban, ella se transformaba como un hombre lobo. De hecho, también aullaba y sacaba las garras. ¿O acaso era la presencia de los demás quienes la desinhibieron?

Frank se rio pensando en la estupidez justiciera que había pronunciado el arrogante e impulsivo Joey. ¡Él, que nunca pensaba!

Os he salvado. Me he arriesgado por vosotros porque me importáis —dijo con voz más calmada, aunque seguía respirando con velocidad. Miró por encima del hombro de Joey—. Me importas, Susie. —Después apuntó con la mirada a Julie—. Tú has hecho que me importara alguien que no fuera yo mismo. —Se acercó a Joey, esta vez alejando la punta del cuchillo, y le palmeó el hombro—. Tío, siempre hemos hecho todo juntos. Nos hemos cubierto, hemos escapado, nos hemos colocado… ¡Joder, hemos follado juntos incluso! —soltó con una risa—. Nunca os he abandonado —se lo decía a Joey, pero estaba dirigido también a los demás—, y ahora os pido que no me abandonéis a mí.

Hubo silencio durante unos segundos, solo quebrado por las súplicas y los lamentos del limpiador, que se arrastraba por el suelo. Cruzó una fatídica mirada con Joey. El chico apretó la mandíbula y le arrebató el cuchillo a Frank. Apartó a su amigo de un empujón y, casi tirándose encima del hombre, le hundió la hoja en las costillas.

Esto es por Susie, hijo de puta —le susurró mientras mantenía el arma hundida. Disfrutó con sus ahogados gemidos de dolor.

Joey se levantó, arrastrando con firmeza el cuchillo, que salió pegajoso de sangre. Le dio una patada en el cuerpo hasta colocarlo boca arriba. Señaló a Julie, extendiendo el brazo con el cuchillo en la mano.

En el pecho, Jules. Húndeselo en el pecho —le indicó.

La chica se acercó a él. Tomó el cuchillo con una mano. Se colocó a horcajadas sobre el hombre y pasó a sostener el arma con las dos. Cerró los ojos y procuró ralentizar su exaltada respiración.

No… Por favor… Para… —le suplicó con apenas un hilo de voz entrecortado.

Levantó los brazos temblorosos, aprovechando los instantes de reflexión de Julie. Cuando tocó sus manos cerradas, buscando arrebatarle el cuchillo, la joven bajó los puños con la sequedad de una guillotina y le perforó el pecho. El limpiador quiso gritar, pero la sangre ya le inundaba la boca y bajaba de ella como una catarata.

¡Wo-ho! —celebró Joey—. Encima ha entrado entera, ¡toma ya!

Julie abrió los ojos. Extrajo la hoja, se bajó del cuerpo y se dirigió a Susie.

No… no, por favor, no quiero hacerlo —se negó Susie, apartándose de su amiga cuando fue a ella mostrándole el arma.

Susie, tienes que hacerlo —le pidió Julie con voz suave.

Jules… no. No puedo matar a nadie… —respondió ella. Hundió la cabeza sobre sus hombros y se apretó las manos, cruzándolas. Se apartaba de ellos cada vez más.

Frank dio largas zancadas y le quitó con brusquedad el cuchillo a Julie, provocando un pequeño corte en la palma.

¡Susie, hazlo de una puta vez! —le gritó, colocándose frente a ella.

Susie estaba aguantando el llanto. Los gritos y súplicas del moribundo le reverberaban en los oídos como el molesto zumbido de un mosquito en una noche estival.

No… —continuó negándose la joven.

Frank casi la amenazó con el cuchillo, colocándolo a la altura de su garganta. Pegó su cara a la suya hasta que ambas máscaras de tocaron; Susie retrocedió por instinto.

Susie, estamos todos en esto. Somos uno, ¿lo entiendes? —intentó persuadirla.

El hombre apenas sí podía moverse. Intentó girarse, pero solo se quedaron en intentos vanos. Alargó un brazo para alcanzar el mostrador, pero los dedos se le escurrían de su superficie. Solo podía pedir clemencia con una voz que no terminaría en quedar ahogada por su propia sangre.

Por favor… no… —le pedía dirigiéndole una mirada estremecedora.

Somos La Legión, Susie, ¿o no te acuerdas? —le dijo Frank.

Te lo pido… —dijo el hombre llorando.

Susie, acaba con él. Acaba lo que hemos empezado —insistió él.

La chica no podía calmar su respiración. La cabeza no paraba de girar. Se sentía incluso mareada. El olor de la sangre se filtraba incluso a través de su máscara. Todo el cuerpo sufría bruscas tiritonas. Sus ojos rebotaban del cuchillo ensangrentado al rostro de Frank, también manchado. Luego miraba al hombre, y a continuación buscaba la ayuda de sus amigos… que nada dijeron. También estaban esperando.

Se acabó —dictaminó Frank.

Agarrándole las manos, arrastró su cuerpo. Ella intentaba oponerse, clavar los zapatos en el suelo.

Vosotros, levantadlo. ¡Ya! —ordenó.

Joey y Julie obedecieron raudos. Agarraron al hombre por los brazos y lo elevaron, al menos lo que su fuerza les permitía. El limpiador era un simple muñeco en el tronco inferior. Su cabeza se balanceaba, y por más que intentaba mantener los ojos fijos en Susie, buscando una ínfima compasión, no podía. Quería cerrarlos, desaparecer en la negrura dolorosa. Susie gritaba, le pedía a Frank que no lo hiciera, pero no atendía a razones. Sus amigos tampoco iban a interceder por ella.

Frank le colocó el cuchillo entre las manos y se las presionó con ambas.

¡Somos Legión! —exclamó con autoridad en su cara, resaltando cada palabra.

Entre negaciones continuas Frank le acercó las manos al hombre. Con un movimiento firme apuntó la hoja hacia la garganta. El cuchillo entró en ella haciendo crujir huesos y carne. La sangre explotó de su cuello como una tubería rota, salpicándole el rostro a Susie, haciéndole unas leves mechas rojizas en el cabello. Mientras Susie lloraba invadida por un fuerte aturdimiento, Frank reía. Miraba los ojos enormes del limpiador, las pupilas encogiéndose como un punto en el espacio. Tenía aún la boca abierta tras expulsar un último alarido. La fuga sanguinolenta de su garganta no se cerraba, que seguía manchando a la joven. Pero Frank disfrutaba con los restos rojos en su máscara, en su ropa. Era el premio a un trabajo bien realizado.

Le desincrustó el cuchillo de la garganta, dejando que las manos de Susie cayeran. Ordenó a los otros que soltaran el cuerpo, que se tambaleó como si se negara a morir —¿acaso podía alguien morir más?— hasta que se desplomó hacia atrás. Un charco oscuro de su propia sangre le cubrió la cabeza como una aureola.

El silencio se apoderó de todos. Joey y Julie intercambiaban miradas, que terminaron por dirigir a Susie; la joven enmudeció. Entre sus manos aún sostenía el cuchillo, goteando incesantes chorros de sangre. Tenía la vista perdida, impactada por el festival rojo que cubría a todos, casi como si fuera un símbolo ritual para cerrar la unión del grupo. Frank miraba orgulloso el cadáver, y después se detuvo para contemplar cada rostro, intuir sus pensamientos. Lo habían hecho, y ahora debían encargarse de ello.

DENTRO DE LA OSCURIDAD

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*NOTA: DEAD BY DAYLIGHT©  El presente fanfic se ha creado bajo las “Reglas de uso de contenido de juego”  y la solicitud expresa y manifiesta de utilizar dicha marca

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