DENTRO DE LA OSCURIDAD: CAPÍTULO II

Alejandro Masadelo

El televisor iluminaba la estancia, en completa oscuridad. Los ronquidos del hombre tumbado en el sofá intentaban solapar la maraña de voces que brotaban de los personajes de una película canadiense sobre desastres naturales. Los efectos especiales no eran lo más puntero, ni los actores, ni la historia. De hecho, solo ejercía una única función: inducir el sueño a quien lo demandaba; oh, ahí sí que era realmente buena la cinta.

Eran las dos de la madrugada y las calles de Ormond guardaban un silencio sepulcral. Una fina niebla se volvía ambarina cuando le impactaban las ráfagas de luz de las farolas de sodio; los colores de los semáforos, engullidos por la nevada, continuaban guiñando los ojos tras la cortina.

Halloween se acercaba y, como dictaba la festividad pagana Samhain, los muertos caminarían entre los vivos. Ormond era un pueblo deplorable lleno de desapariciones, asesinatos, infidelidades, concesiones políticas… En definitiva: el estercolero de Alberta. Al contrario que los pueblos idílicos de las películas de terror «donde nunca pasa nada», allí lo extraño sería que no ocurriera algo.

Sus ojos escudriñaban el bungaló donde el borracho Clive vivía, donde durante un tiempo vivió Frank Morrison. Las bocanadas de aire que expulsaban eran tan cálidas como un viento estival. Tras una máscara la muerte puede manifestarse con el rostro que quiera; tras la identidad que se crea los asesinos parecen infundirse de una fuerza sobrehumana y se saben inmortales. Una cara distinta a la verdadera te mantiene anónimo y crea temor en quienes la ven. Estaba erguido en el otro lado de la calzada, semioculto por la niebla. Repasaba mentalmente cómo iba a entrar en casa y qué haría. Acariciaba la hoja cóncava de su cuchillo de caza. Aún estaba manchado con la sangre, ya seca, de su última víctima.

Comenzó a acercarse con pasos lentos. Quería degustar ese momento. Sentía la fuerza de Morrison invadiéndole, controlando sus acciones. Solo se dejaba guiar por un irremediable impulso de venganza que, en parte, no comprendía por qué le afectaba. Ese hombre no le había hecho nada, al menos que él recordase. Pero una vez se puso la máscara del asesino, supo todo. Conoció el pasado de Frank Morrison, los conflictos a los que se enfrentó durante su corta y turbulenta vida. Conoció a Clive Andrews y experimentó el tiempo vacío en casa… y el rellenado fuera de ella. Vio el atraco fallido que terminó en asesinato. Como un espectador más descubrió dónde estaban enterrando el cadáver, y oyó también algo removiéndose en el frondoso bosque. Luego la espesa niebla se enredó en su cuerpo. Los árboles se agolpaban alrededor de él como si se acercaran o no pararan de crecer. Intentó regresar sobre sus pasos, pero siguió un misterioso sendero abierto… que no conducía a ninguna parte.

Y ahora estaba allí. Pegando el rostro en la ventana de la casa donde vivía el hombre que había colocado los últimos cartuchos de dinamita para destruirle la vida. Observando cómo dormía, concediéndole sin merecerlo una valiosa prórroga de su cutre existencia. Era momento de despertarle.

En la ventana del salón un fuerte golpe, que sonó como una ráfaga de viento más fuerte que las demás, sesgó el sueño del bulto, que solo podía saberse si vivía o no por las bruscas respiraciones, casi estertóreas, que expulsaban su boca. El hombre gruñó mientras pestañeaba incrédulo. Bloqueó la radiante luz del televisor colocando una mano frente a sus ojos. Las extremidades fueron despertándole, aunque mientras se desperezaban parecían las patas de una cucaracha boca arriba. Se había propuesto perder peso, incluso el médico se lo había aconsejado, ¿pero para qué?

Llevo sesenta y cinco años viviendo así; solo me quedan veinte como máximo de vida —se excusó en aquella ocasión—. ¿Voy a cambiar ahora?

No, no había cambiado. Seguía fatigándose igual, acumulando las botellas de cerveza o whisky, sus bebidas favoritas, fumándose dos paquetes de tabaco al día, sin hacer más deporte que ver la televisión o ir hasta el coche para dirigirse a su bar preferido y, con gran esfuerzo, acercarse para sentarse a la barra. Podía sentirse satisfecho por un hito mayúsculo: no tenía sobrepeso. Quizás su mayor contribución a la sociedad sería donar su cuerpo a la ciencia. Desde luego, sería un objeto de estudio muy valioso.

Buscó el teléfono móvil en la mesa baja que tenía frente a él. Derramó una colina de cenizas y colillas de un cenicero. Soltó una maldición cuando vio la pantalla del dispositivo enterrada bajo aquella capa oscura. Sujetó el móvil y sacudió la suciedad, primero quitándola con la mano y después soplando. Comprobó con los ojos todavía adormecidos los dígitos que bailaban en la neblina de su visión. ¿Eran más de las dos?

Clive, no tienes que hacer nada mañana —murmuró con voz pastosa, rompiendo después en una risa seca que fue alargándose hasta arrancarle una sonora carcajada.

La alegría cesó con la misma prontitud que había aparecido. Se levantó del sofá y no pudo evitar tambalearse, bien por el sopor que aún arrastraba, bien por la cogorza contraída tras una nueva oleada alcohólica. Ingería el líquido como si de agua se tratara. Los compañeros de bebida lo apodaban «Bob Esponja»: absorbía sin parar alcohol y no tenía efecto alguno en su cuerpo, al menos antes de que cayera desfallecido en la propia barra o, en este caso, en el sofá de su casa. Ahí sí que perdía el título que lucía enorgullecido.

Clive Andrews siempre había sido un hombre que lo daba todo por su único amor: la bebida. Por darlo, dio incluso los cheques de Servicios Familiares. Total, ¿qué necesidades tenía un adolescente, que además era una vergüenza, un despojo como ser humano? El bueno de Clive, la verdad sea dicha, no prestaba atención a su aspecto físico en el espejo. Como reza el dicho: «la cara es el espejo del alma». Pero Clive tenía suficiente con poder coordinar sus pasos y buscar el apoyo de las paredes para no caerse. La única meta que se proponía cada día era la de poder acostarse en su cama y no parecer un gorrino —pobres, eso sería un insulto para ellos— revolcándose en el suelo con su propia mierda líquida y pegajosa. Sí, para unos la vida era solamente lineal, una repetición infinita de los hábitos que le daban un significado a su existencia.

A sus espaldas no intuyó la sombra deslizándose entre la oscuridad del salón. Desde la altura de sus ojos solo veía la degradación convertida en hombre trastabillando, agarrándose a las estrechas paredes del pasillo para no caerse.

Avanzó con pasos largos y lentos, coordinándolos con los suyos para fundirse el sonido en uno. Enredó los dedos en la empuñadura encordada.

Veía al hombre metiéndose en la habitación, perdiendo cierto tiempo en hundir la manija y abrir la puerta. Él seguía sus pasos como el desglose de su alma, aunque más bien la escena semejaba los planos subjetivos empleados en la primera, y gran parte de la segunda, entregas de la saga Viernes 13.

Alzó el brazo para asestarle una puñalada, pero Clive perdió el equilibrio y terminó de bruces besando el suelo con la devoción de unos creyentes. El cuchillo silbó en el aire, pero el sonido del golpe lo silenció. Esperaría. Quería que viera su rostro antes de morir, que comprobara que todo acto trae consigo una terrible consecuencia.

No contó con que el maldito borracho volviera a roncar. Se desesperó. Ya le había regalado suficiente tiempo a su miserable vida. Le agarró por el jersey sudoroso y lo levantó, sorprendiéndose de la inesperada fuerza que manó de sus músculos.

El viejo se sobrecogió aturdido y lo siguiente que vio fue de cerca la pared desconchada de su dormitorio. Una y otra vez su cara impactó contra la superficie, que hacía saltar pedazos de pintura. Fue el método más brutal pero efectivo para sacudirle la desorientación a alguien. Su voz rompió en un grito pastoso cuando un hueso crujió en su nariz. Un gusto a acero le hidrató los labios.

Controlaban los hilos de su cuerpo como si fuera un títere, aunque al menos ahora pudo descansar sobre el colchón, que gimió como la angustiosa pieza musical que sonaba mientras acuchillaban a Marion Crane. La sangre le cegó la visión, pero entre los visillos rojos vislumbró el rostro que nunca olvidaría.

F-Frank —logró pronunciar turbado.

El corazón le martillaba el pecho y un fórceps invisible le estrujaba las sienes. Los recuerdos giraron infinitos en su conciencia. El miedo paralizó cada músculo de su cuerpo, como si eso fuera a salvarle.

No es posible… —masculló—. ¡No es posible! —bramó aterrado.

Clive pensaba que se encontraba en una terrible pesadilla tan verosímil que podía confundirla con la realidad. El dolor, desde luego, lo era, y la resaca también.

Estás muerto… ¡Todos lo estáis! —gritó como si pretendiera despertarse.

Se llevó la mano a la mejilla, retorciéndose flácida. Después se la estiró, llevándose consigo varios pelos de su áspera barba. Repitió la acción varias veces ante la impasibilidad irritada de Frank Morrison.

Frank Morrison, porque Nathan se sentía nuevamente asistente dentro de la conciencia de un muerto, se hartó de tanta aburrida espera. Se subió de un salto a la cama, arrodillándose a un lado de su efímero padre. Clive Andrews se arrastró por el colchón e intentó rodar, pero mientras estaba realizando el ejercicio, la hoja del cuchillo desapareció en su muslo izquierdo. El hombre se desgañitó y hundió los dedos de las manos en el colchón. Arrojó hilos líquidos que eran más cerveza que saliva. El enmascarado giró la empuñadura, oyendo la carne romperse como burbujas e imaginando los tendones separándose y los huesos quebrarse.

Extrajo el cuchillo y lo blandió en la oscuridad, brillante con la sangre fresca. Su respiración se convirtió en el anhelo de un predador babeando por una presa rendida.

¡Hijo de puta! —rugió Clive con desesperación.

La grasa de su brazo quiso alcanzar a su hijo… si alguna vez lo consideró como tal. En su imaginación se vio asestándole un contundente puñetazo que dejase inconsciente a Frank, pero la realidad, como suele ocurrir, fue muy distinta. El enmascarado vio que realizaba el movimiento en cámara lenta, y cuando tuvo la mano a la altura de su cara solo tuvo que atravesársela con el cuchillo. Le agarró el brazo con la mano libre y se lo bajó hasta la entrepierna. Dio varios golpes secos en el talón del cuchillo hasta que continuó atravesando huesos. A juzgar por el tono atiplado de sus gritos, la hoja había penetrado la fortaleza tras la cual los supuestos abanderados de la virilidad se protegían y alardeaban de sus muros. La espalda de Clive se levantó impulsada como un resorte —incluso él, en su febril dolor, se sorprendió de tanta energía— y llevó la mano instintivamente hasta sus testículos, pero solo tocó su mano; resultaba gracioso que, después de tanto tiempo inspeccionándoselos en sentido figurativo, ahora no podía dejar de hacerlo de forma literal.

Frank le propinó un puñetazo en el ojo, haciendo que la cabeza se cayera hacia atrás. Enroscó la mano en su garganta y empezó a ejercer presión. Clive le clavó las uñas, los dedos en el vendaje mugriento y ensangrentado que le cubría parcialmente las manos, pero no sentía dolor, no sentía nada. La voz comenzó a quebrársele, los gemidos se entrecortaron. Frank respiraba con mayor intensidad y frenetismo. La cara y el resto del cuerpo le temblaba de una extrema excitación: era como la primera vez que tuvo sexo con Julie mientras Susie y Joey hacían lo propio. Qué buen día en la cabaña.

No. No debía morir así. Esa muerte sería demasiado suave para él. Llevó la mano a su cintura y desenfundó otro cuchillo Bowie. El filo apareció entre los ojos de Clive, que se quedaron bizcos cuando la hoja se clavó en su frente. Los huesos chasquearon uno tras otro. Un río oscuro fluyó de la abertura fusiforme, y la sangre continuó manando conforme el cuchillo descendía, a trompicones, por la nariz. El asesino hurgaba con el arma, la apretaba, mientras los ojos inmóviles de Clive continuaban fijos en la grieta de su cara. Las raíces rojas se derramaban por sus párpados, manchaban la blancura del globo ocular.

Desincrustó la hoja de la frente y miró, jadeando de placer, la línea de sangre que embarraba todo el rostro de su padre. No estaba del todo recta, presentaba vacilaciones, pero estaba satisfecho con el trabajo. Pero no del todo. Envainó el cuchillo y agarró el cadáver por las axilas. Lo arrastró por la cama hasta dejarle la espalda apoyada contra el cabecero. Le extendió el brazo al lado de una pierna y le levantó un poco la barbilla, de forma que la cabeza quedase ligeramente apuntada hacia el techo.

Se bajó de la cama y se detuvo, durante unos minutos, para contemplar emocionado el crimen que había perpetrado. Lo único que lamentaba era perder el otro cuchillo. Bueno, todavía tenía la pareja. Merecía la pena solo por ver cómo le había clavado la mano a ese cabrón en las pelotas, como una nota adhesiva clavada con una chincheta en un tablón de corcho.

Nathan recuperó el control de su cuerpo, de sus emociones. La súbita fuerza desapareció y la venganza perdió todo significado. El corazón bombeó con parsimonia y los bufidos que expelía su nariz se convirtieron en respiraciones pausadas, largas. El cadáver que tenía frente a él no tenía mayor emoción que la adrenalina de despojarle a alguien la vida.

DENTRO DE LA OSCURIDAD

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*NOTA: DEAD BY DAYLIGHT©  El presente fanfic se ha creado bajo las “Reglas de uso de contenido de juego”  y la solicitud expresa y manifiesta de utilizar dicha marca

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