DENTRO DE LA OSCURIDAD: CAPÍTULO I

Alejandro Masadelo

Se deslizaron entre una abertura de la valla. La estampa nival iluminaba con tal rutilancia la oscuridad nocturna que casi parecía de día. No había focos ni ningún otro tipo de iluminación que arrojara sus rayos sobre la estación de esquí abandonada del monte Ormond, y sin embargo era tan brillante como si estuviera rodeada de luz.

La pareja de adolescentes brincaba despreocupada por el terreno. Más de una vez se tropezaron con los cables semienterrados en la nieve de fuentes de luz que llevaban décadas sin encenderse, generadores o que un día conectaron con cajas de explosivos. Reían, se revolcaban en el suelo y batallaban haciendo bolas blancas. Sus risotadas resonaban en el silencio solo cortado por el tímido silbido del viento. Descubrieron entonces, apoyadas contra una tienda de souvenir de madera derruida, unas tablas que un día descendieron vertiginosas por las empinadas laderas. El chico cogió una de ellas, la plantó en el suelo y se subió en ella.

¡Vamos! Estás alucinando conmigo, ¿eh? —presumió imitando los movimientos de un esquiador.

La chica se rio sin encontrar sustancia en aquella broma. Aun así, no pudo resistirse.

Eres idiota —comentó.

El joven dio un salto ridículo, aunque en su imaginación se veía bajándose de la tabla para salvarse de un impacto inminente, salvándose así la vida e impresionando a quien estuviera viéndole.

Se acercó a la chica y alargó con lentitud los brazos para alcanzar su cintura.

¿Vamos a seguir pasando frío o prefieres investigar la cabaña? —le propuso con toda la sutileza que él tenía a su alcance. La suficiente, al menos, para conseguir su objetivo.

La joven arqueó las cejas y le colocó las manos tras la cabeza, una en su nuca y la otra enredada entre sus cabellos.

No sabía que te ponía hacerlo en sitios así —le susurró sonriendo sobre sus labios antes de agarrar y estirarle con delicadeza el pliegue inferior.

El labio se deslizó entre sus dientes y él la miró esbozando una media sonrisa.

Me pone la persona, no el lugar. Aunque —sus dedos se aferraron a su abrigo y atrajo su cuerpo al suyo con un empujón, permaneciendo así ambos juntos— tiene algo de morbo montárselo en un lugar así, ¿no?

Ella soltó una risa mezcla de vergüenza y deseo y le comentó:

Vamos, anda, no quiero que termines corriéndote antes de empezar —le guiñó un ojo y se soltó de la presión que ejercían sus manos.

El chico sonrió y le agarró la mano a su compañera de exploración. Caminaron con pasos apresurados hacia la casa, que no era más que un esqueleto de agujeros en las paredes y escaleras rotas alzándose entre brazos neblinosos que cada vez eran más gruesos. Casi parecía que su estructura estuviera torcida. Los carámbanos colgaban amenazantes del tejado. Solo necesitaban un cartel luminoso que les rogara dar media vuelta y abandonar aquel recinto. Pero nada conseguiría refrenar la efervescente excitación que tenían. Si ella hubiese conseguido apaciguar el cosquilleo pulsátil de su entrepierna que embargaba sus sentidos y él no pensara guiado por la voluntad de su erección, habrían descubierto el sendero de huellas recientes que ahora ellos estaban ocultando con sus propios pasos.

Unos bultos se deslizaron entre las sombras de la cabaña, veloces como unas lagartijas escondiéndose de la presencia humana.

La nieve se filtraba por las aberturas de la fachada, acumulándose en pequeñas pasarelas que pretendían enterrar el suelo de madera.

Joder, esto debió ser una pasada —opinó ella, rebotando los ojos en cada parte del lugar.

La estructura aún aguantaba en pie. En una de las paredes colgaba un gran cuadro enmarcado en madera. En el dibujo salía la cabaña como centro neurálgico de la estación de esquí. Sobre el tejado a dos aguas se alzaba una veleta con forma de lobo. Los teleféricos se deslizaban por los cables a unos laterales de la pista. Las tiendas de regalos bullían de personas ansiosas por conseguir un recordatorio. En el fondo de la imagen se apreciaban a los esquiadores, destacados por sus vestimentas fosforescentes, descendiendo por las laderas nevadas.

La joven inspeccionó también unos cuadros de retratos que parecían pertenecer a personas ilustres del país; solo reconoció a Keanu Reeves, sin contar al que hacía de Morfeo en Matrix, cuyo nombre no lograba recordar. En la foto del actor de Neo salía acompañado por varios trabajadores del hotel. La viveza de la madera y las luces cálidas del techo daban la sensación de majestuosidad acogedora. Todo tenía tanto color, tanta vida.

Y ahora se ha convertido en el picadero oficial de los adolescentes —comentó el chico.

¿Tienes experiencia aquí o qué? —quiso saber.

El joven se encogió de hombros.

No te esperé virgen —respondió riéndose.

Ella le dio un pequeño puñetazo en el hombro y le indicó que caminase junto a ella. Llegaron al centro de la sala y descendieron unos pequeños escalones. Una estufa de leña, donde en el interior los troncos flotaban de la nieve como mástiles asomando a la derive en el mar, presidía el círculo donde se amontonaban los sillones. Ella hundió la mano en uno de los asientos de escay rojo desvaído.

Aparta la mano de ahí —le indicó el chico, retirándosela con delicadeza y decisión—. A saber cuántas enfermedades han nacido en tanta mierda.

La chica le miró incrédula.

Entonces te obligaré a no meter la polla en tantos agujeros —respondió.

El chico se quedó pensativo. Pareció no encontrarle fisuras a su argumento, así que le soltó la mano y se colocó tras ella. La joven asintió con la cabeza y, en señal de reto, presionó todos los dedos sobre la superficie polvorienta y manchada.

No estaría mal encender un fuego, ¿eh? —propuso el chico mirando en el interior de la estufa, frotándose las manos y arrojando una bocanada de aire congelado. Por la forma que tenía la boca y la cortina de vaho que arrojó parecía un dragón.

Caliente ya estás —advirtió ella riéndose, dejándose caer tras él en uno de los sillones.

El joven se giró y la miró dedicándole una sonrisa de asentimiento.

Y no soy el único —dijo el chico bajando la voz.

Ah, ¿no? —hizo el típico papel de chica distraída, aunque más bien parecía corresponder a una película para adultos. Se levantó del sillón y recorrió la escasa distancia que los separaba con pasos suaves, exagerando el movimiento de su vertiginosa cintura—. ¿Qué más hay que no haya… —se acercó a su oído mientras caminaba por su nuca con los dedos— visto? —le preguntó con voz débil, soltándole tras la pregunta un leve mordisco en el lóbulo de la oreja.

Un cuerpo de anchas dimensiones caminó como un gorila por las tablas del techo perforado como el queso gruyere.

El chico sintió un escalofrío placentero erizando el vello de su cuerpo y dejándose entregar a una debilidad suculenta. El adolescente iba a responder a aquella pregunta tan poco sutil, cuando oyó un crujido por encima de su cabeza.

¿Qué…? —comenzó a decir, alzando la cabeza y dirigiendo la mirada hacia la procedencia del sonido.

Antes de poder completar la oración, una capa de nieve y astillas se abalanzó sobre ellos.

El adolescente quiso tirarse al suelo con el cuerpo de su compañera, pero cuando dio un paso hacia delante tropezó con uno de los escalones del círculo, y luego su otro pie se enredó tras él. El chico cayó de bruces, protegiéndose el rostro de la caída, y ella se golpeó el hombro al caer de lado. Por fortuna, los escombros y la nieve no les enterraron. Los trozos de madera podridos se pegaron en sus ropas.

El joven, entre quejidos, preguntó:

¿Estás bien?

La chica, lamentándose del dolor quemándole el hombro, respondió:

Sí, y creo que la madera me hubiera hecho menos daño que tú —dijo con rencor.

Ambos se reincorporaron y se sacudieron las esquirlas de madera.

Idiota —se quejó el chico—. ¿De verdad estás bien? —formuló de nuevo la pregunta genérica.

Sigo viva —se limitó a responder.

Si supiera que asegurar esa condición tenía más valor del que le dio, la hubiera saboreado mejor. Unos ojos les observaban furtivos desde un teleférico incrustado en una pared lateral, junto a una escalera que dirigía al piso superior, a unos veinte metros de distancia. Su respiración brusca tras la máscara era inaudible. Buscó con la mirada otro rastro pálido en las alturas, y lo localizó sumergido entre las sombras del piso superior. Un destello bailando en la oscuridad le indicó que debía acometer el siguiente paso.

Propinó una patada suave a la superficie herrumbrosa, lo suficiente para generar que el sonido reverberase y llamase la atención de los adolescentes, de espaldas al enorme agujero. Cuando se giraron petrificados desde su posición, la enmascarada se agachó.

Apenas fue un pestañeo lo que duró la visión, pero el adolescente juró haber detectado algo en un boquete de la pared. Justo en la dirección donde había percibido el ruido.

¿Estoy loco o…? —le susurró a la joven, entrelazando con urgencia los dedos en los suyos, apretándolos.

Unos pasos apresurados sonaron tras sus espaldas. A ambos se les escaparon gemidos ahogados de los labios, y de manera instintivamente se giraron. Buscaron con desesperación, presas de un sobrecogimiento que hizo que sus corazones palpitaran desbocados, el motivo de aquellos sonidos; no les importaba de dónde, sino qué.

Se me ha ido el calentón —reconoció él—. Vámonos, ¿vale? Vámonos —apremió.

Estiró de ella, pero la joven seguía curioseando el lugar, alimentando su curiosidad. El chico se impacientó y notó brotar de su interior una ira inmensa provocada por el miedo que había germinado en su cuerpo. Se sentía minúsculo ante lo desconocido, y el sudor se deslizó por su nuca y perló su frente.

¡Vamos, joder! —gritó casi implorándolo.

El joven se clavó los dedos en la palma de la mano y tiró de ella como si intentara alejarla de cualquier forma del miedo que sentía. Habían llegado al umbral de la puerta principal, cuando el chico ahogó una palabra que sonó como un violento hipo y dejó de caminar, deteniéndose de golpe. La joven chocó con su espalda, notando una punzada en su vientre.

¿Y ahora qué? —se quejó chasqueando la lengua con irritación.

No recibió respuesta. Él continuaba inmóvil. Sus ojos captaron desde un ángulo inferior un detalle que le hizo palidecer: una hendidura a través de la cual vio una mancha oscura goteando de su espalda. Siguió aterrada con la mirada en línea recta y comprobó que ella también tenía una pequeña rasgadura en el anorak y una mancha, aunque era menor. Hundió los dedos en el tajo de él. Cuando los extrajo, se miró el líquido que pringaba sus dedos. Sangre. La mano le tembló y comenzó a jadear.

El cuerpo del chico se tambaleó hasta caer a un lateral como un pilar. Tras él surgió la figura agachada de un desconocido vestido de negro y con una máscara cubriéndole el rostro. Parecía mirarla a través de aquellos ojos divertidos. Esbozaba una sonrisa burlona que le cruzaba como una media luna la cara. Empuñaba un cuchillo de filo oscuro. De la punta se escurrían tímidas gotas de sangre que teñían una pequeña capa de nieve. Con la mano libre la saludó, encogiendo y estirando los dedos varias veces.

El cuerpo de la chica se sacudió como si se hubiera metido en un charco donde un cable eléctrico acaricie su superficie. Con las manos a la altura del rostro parecía querer salir volando. Sus cuerdas vocales se tensaron hasta romperse y brotar de su garganta un estridente grito, como si por un instante se convirtiera en una víctima más de un slasher de serie B en los años ochenta. Pensándolo bien, la cadena de decisiones que la condujeron allí era digna de la escena que abría una cinta de ese subgénero. Solo que ella no era Drew Barrymore y no estaba dentro de una película.

Giró sobre sus talones y volvió al centro de la sala, eludiendo la salida más obvia donde se encontraba el asesino. Se lamentó de los segundos perdidos pensando por dónde podría huir. Sus ojos le temblaron y solo vieron una posibilidad. Se dirigió hacia donde estaba el teleférico estrellado. Confiaba en su resistencia física, pero no en su voluntad. Si por ella fuera, se hubiera tirado al suelo y abierto de brazos y piernas como una estrella de mar. El corazón casi escapaba de la celda donde lo tenía cautivo. Imágenes inconexas de su pasado e inminente presente y futuro se agolpaban en su cerebro, amenazando con colapsarlo. Quizás si eso sucediera le garantizaría una mejor muerte que la que le esperaba. Lamentaba llevar tanta ropa encima, se sentía demasiado lenta. Soy la bañista y él el tiburón, soy la bañista y él el tiburón, dedujo mentalmente con la agonía que le atenazaba los sentidos. Apenas podía mantener la coordinación en sus piernas, y sentía, a causa de esa torpeza inoportuna, que no hacía más que alejarse de la puerta improvisada en la pared. La distancia ahora no era de veinte metros, sino de por lo menos un kilómetro. Era como si la pared abierta se deslizara sobre unos rieles hacia atrás.

No quiso darse la vuelta para comprobar a qué distancia se encontraba su perseguidor. Tras ella no había pasos ni nadie que intentara alcanzarla, aunque sus oídos percibieron el sonsonete característico de zapatos golpeando el suelo con urgencia. Sintió en su nuca un aliento respirándole con pesadez. Iba a alcanzarla, lo sabía por la escasa distancia que la separaba de él.

Solo que la percepción no venía tras ella, sino que surgió del lateral del teleférico. Sus piernas se le doblaron y ella trastabilló, doblándose el tobillo y cayendo al suelo. Creyó en su ingenuidad haberse tropezado con alguna barra metálica o de madera, pero enseguida descartó esa absurda teoría: entre gritos, y maldiciones tan ininteligibles que parecían mezclar varios idiomas, miró de soslayo y comprobó que lo que la había derribado y abierto una fea herida horizontal en la tibia no era sino un cuchillo asomando por una esquina. Un rostro pálido, que no reflejaba expresión alguna porque no había cara que pudiera describir ninguna emoción, apareció con lentitud tras una pared lateral del teleférico, que hacía las veces de parapeto, como si fuera la cabeza de un topo en un juego de feria. Sus rasgos se descubrieron al unísono: dos enormes grietas se unían en su cara, formando una Y; una especie de constelación se sobreponía a la letra, donde las cabezas que formaban las líneas eran botones de colores. Apretados y airados cortes le llenaban la piel. La joven advirtió unos revueltos mechones azules asomando por la capucha que le cubría la cabeza.

Apretó los dientes y hundió los antebrazos en la nieve. Se recompuso a trompicones, y tan solo haciendo el gesto de echar a correr notó un atenazador tirón reptándole por toda la pierna. Por un momento le ardió el tobillo, pero agradeció el contraste que hizo con el frío y la desaparición del dolor; no le gustó tanto que el corte comenzara a vomitar espesa sangre y a mancharle los pantalones. Comenzó a correr entre saltos y cortas aceleraciones. No sabía dónde ir. Aquel espacio era inmenso… No, no lo era en realidad. ¿Tanto habían caminado para ir a la cabaña? Buscó la silueta de la enorme valla que bloqueaba la entrada, pero no la localizó. Tampoco encontró la tienda de objetos donde su acompañante había hecho el idiota. Asustada intentó escrutar la niebla y distinguir la puerta principal, pero no vio nada más que una extensión infinita del edificio. La cortina gris se espesó como si todo se tratara de un macabro videojuego que solo quería verla morir. No se le ocurrió ninguna idea excepto gritar.

¡Socorro! ¡Por favor! ¡Ayuda! —sostuvo la última vocal mientras la voz se le tornaba acuosa y el llanto brotó de su garganta.

Su amigo había muerto. Mínimo dos asesinos querían atraparla. Estaba malherida y la grieta en la pierna no paraba de escocerle, como si le estuvieran tirando litros y litros de alcohol. Estaba a punto de orinarse encima. La cabeza le dolía. Los ojos rebotaban nerviosos, confusos, por un espacio que ahora no era más que una blancura espesa, impenetrable. No distinguía vallas ni tiendas, ni siquiera los serpenteantes cables separados de las cargas explosivas reptaban por la nieve. Maldecía al chico por haberle propuesto la idea de tener sexo, de divertirse, en un sitio como aquel.

Está abandonado…, está abandonado… —susurró soltando leves risas, que se diluyeron hasta formar un llanto—. ¡Está abandonado! —vociferó entre jadeos acuosos.

Apretó los dientes, el ceño se le frunció, y la ira se aplacó con la desolación que trae el miedo, el desconcierto, la soledad, la indefensión y la impotencia por saber que no hay salvación. Su situación era como la de los pasajeros de un avión cayendo que, petrificados de miedo, afrontan su muerte. No había escapatoria, no había remedio. La vida había tirado los dados y movido su ficha hacia la casilla de muerte, que la haría regresar a la nada de la que nació. Fin del juego.

En condiciones normales brillaba por su inteligencia, pero en esa situación esa capacidad se diluyó con el pánico. Por primera vez miró tras ella, sin detenerse: en la espesura no se veía nada. Ya no asomaban las líneas imponentes de la cabaña que vio al principio abriéndose entre la niebla. Volvió la cabeza y el impacto contra una superficie dura, inamovible, le arrancó un sobrecogedor grito. El tobillo también reaccionó al sobresalto y manifestó todo el dolor que había contenido para lanzarlo más fuerte, inaguantable. Para su alivio, solo se trataba de un puesto de venta de tiques. Una tienda que la había hecho trastabillar hacia atrás hasta caerse.

No había descanso que valiera. Silbidos y crujidos en la nieve la impulsaron a actuar. La chica rodó y se puso en pie, agarrándose al mostrador de la tienda. Vio un pequeño hueco entre los escombros que podía aprovechar. No le garantizaría permanecer invisible, pero ¿qué otra opción tenía? Dio un salto y por unos segundos permaneció atascada en la barra de madera. Los pasos cada vez eran más intensos, cercanos. De entre la niebla surgiría una figura que andaba buscándola. La joven se impulsó con pies y manos y cayó de espaldas en el suelo. Ahogó un grito lastimero mordiéndose los labios, explotando de ellos una pompa de sangre.

Los pasos se detuvieron cerca de ella. Un paso. Otro. Varios que parecían moverse con indecisión. El sonido que producían no era urgencia, más bien como si estuviera dando pequeños saltos felices por un prado verde. Taponó su boca con ambas manos. La nariz arrojaba frenéticas cortinas de aire. El pecho se le hundía y los pulmones se inflaban como si presionasen un fuelle con afán. Se deslizó con cautela en el suelo, primero una pierna, luego la otra. Buscó guarecerse en las escasas sombras que podrían ocultarla. Se rasgó la chaqueta con la madera, líneas rojas trazaron el dorso de sus manos. Debía escurrirse entre los escombros, pero los chasquidos que su cuerpo producía eran demasiado altos, al menos era lo que creía.

Se paró en seco cuando la nieve chasqueó con mayor gravedad. Al instante una sombra alargada cubrió la franja de luz que bañaba una porción de su hombro. Un gemido amortiguado se le escapó de los labios, atravesándole los dedos. Aguzó el oído. La respiración frenética del asesino. Imaginaba sus ojos inspeccionando los escombros, intuyendo que allí estaría su presa. Quizás sabía desde un principio dónde estaba y solo quería jugar con ella, esperar que se rindiera y se entregara. Su voz interna suplicó porque se fuera, pero aquella figura seguía erguida e inmóvil fuera de la tienda. Un salto felino y sus posibilidades de sobrevivir se reducirían a un milagro; en cuanto apareciera la horrible máscara sonriente frente a sus ojos todo habría terminado. Las sienes le latían con la cadencia del corazón.

El teléfono móvil. Lo tenía guardado en un bolsillo delantero de su pantalón. Podía usarlo para avisar a la policía. Se retorció sobre su cuerpo, bajando con lentitud una mano. Esquivó el tacto de la chaqueta y alcanzó el bulto marcado en el pantalón. Metió los dedos y, agarrándolo como pinzas, deslizó el dispositivo. Sonriendo con nerviosismo tras la mano ocultó el resplandor de la pantalla de bloqueo, alejándolo de toda luz posible y ocultándolo con su otro brazo. Giró la cara para poder mirar por dónde se movían sus dedos. Redujo el brillo a cero y puso el marcador numérico. Estaba tecleando con nerviosismo los dígitos cuando un golpe seco y pesado provocó que se le escurriera el móvil de la mano y cayera al suelo, emitiendo un sonido a cristales rotos. Contuvo la respiración y se recriminó a sí misma la acción. Cerró los ojos, apretándolos durante los últimos instantes de su existencia. Iba a descubrirla. La oscuridad ahora era completa. Si el asesino no la sacaba de allí, terminaría muriendo asfixiada. Quizás el ruido no le hubiese alarmado. Terminaría yéndose, concluyendo que allí no había nadie.

Sin embargo, el tiempo transcurría sin novedad. La sombra seguía sin moverse. Ella se negaba a contemplar el rostro que estaría observándola. También insistía en no respirar. Solo el viento impedía que el silencio se alzara vencedor de aquella agonizante incógnita que se obcecaba en alargar la tortura. Empezó a marearse. Su cuerpo se agitaba, sus pulmones imploraban que abriese la barrera para permitir la entrada de oxígeno. Ella no podía apreciarlo, pero la lividez se adueñó de su rostro seguida de una coloración púrpura. La falta de aire pasó factura a su cerebro, que empezó a bombardearla con una nueva pero más rápida sucesión de diapositivas sobre su vida. Incluso veía a los enmascarados bailando con su difunto… ¿novio? No, simplemente era otro amigo de la lista que podía consultar cuando las hormonas exaltadas le diesen una colleja en su entrepierna. Bailaban, sí, y reían. ¡Estallaban en sonoras risotadas! Hicieron el baile del caballo incluso. La estaban invitando a ir. ¡Únete a la fiesta!, le gritaban animándola. Muchas personas aparecieron de todos los rincones. Descendieron sonrientes las escaleras, atravesaron los umbrales de las tres puertas: la principal, una trasera que comunicaba directamente con recepción, y una en el otro extremo de la sala. El rítmico y animado jazz Work Song manó por un grupo que bailaba mientras tocaba. Las luces se encendieron, iluminando el lugar con la vivacidad de la fotografía de Keanu Reeves —que, por cierto, también había acudido a la fiesta—. El recelo desapareció. Todo se esfumó. Sin dudarlo se unió a la fiesta. El asesino del chico la agarró del brazo y la estiró para que bailara junto a ellos.

La visión se desvaneció cuando la madera comenzó a lacerarle el cuerpo como cuchillas. Las sombras danzaron hasta posarse una en forma de óvalo sobre ella. Abrió los ojos y se encontró con la cara de un fantasma derretido, como si los rasgos se perdieran en infinitas líneas sobre la oscuridad que los rodeaba. Los ojos eran dos grandes globos ónices. Sintió su cálido y jadeante aliento. Ella simplemente gritaba entre gemidos y bruscas respiraciones. Tiras de sangre se abrían en varios tramos de su piel. Ella pataleaba con la pierna buena mientras el raptor obligaba a su cuerpo a recomponerse. Cuando estuvo de pie, siguió un instinto que pensaba la liberaría. Empujando la pierna la estrelló con la uve abierta entre sus muslos. La fuerza del golpe levantó levemente su cuerpo, y el dolor que le provocó hizo que le soltara el pelo. La chica sintió un inmenso júbilo y sonrió esperanzada. Alargó los brazos hasta alcanzar con las manos el mostrador. Apretó los dedos y los empujó hacia abajo. Su cuerpo había iniciado el vuelo, iba a poderse escapar. ¡Era más rápido que él!

Aterrizó conforme había despegado en el salto. Los músculos le objetaron que no merecía la pena hacer ese esfuerzo en vano, así que la sentenciaron con una descarga eléctrica que la hizo doblarse hacia delante, de forma que parecía una rana pegada en el parabrisas. Se golpeó las rodillas y sintió un vibrátil dolor petrificándolas. Intentó terminar de trepar el mostrador, hundiendo las uñas en la madera. Sus ojos estaban fijos en el paisaje, pero rodó de manera involuntaria la mirada hasta mantenerla en las vetas y la nieve que recorrían la madera.

Después solo hubo una vacilante realidad que estalló con un crujido seco, como ramas quebrándose tras pisarlas. La cabeza le ardía como si estuvieran presionándola con brasas. Las imágenes bailaron alrededor de ella, y lo que vio después fue el rostro del asesino. Sintió náuseas cuando su cuerpo, ahora sí, tomó altura suficiente para sortear el mostrador. Se agitaba como si estuviera atravesando un camino bacheado. Los copos de nieve dejaron de enfriarle la tez, de quemarle en las heridas abiertas, cuando entraron en la cabaña por la puerta principal. Confió en que la oscuridad momentánea rasgara esa ilusión provocada por la falta de oxígeno. Estaba desmayada, eso era todo. Pero al menos había conseguido sobrevivir, burlar a su perseguidor. Cuando comprobó que no había cambio alguno, deseó con todas sus fuerzas haberse muerto en la tienda.

Aun en su aturdimiento sabía que debajo de ella estaba el cadáver de su compañero. Sus ojos descubrieron que otro par la estaban observando desde el piso superior. Seguía su movimiento con la mirada. Tenía los brazos apoyados en la barandilla y daba golpecitos con su cuchillo en ella. Su cara era la misma que la del asesino. Imposible no reconocer esa mueca sonriente. Se fijó también en la protuberancia notable que destacaba en su pecho. Juraba que el asesino no la tenía.

La imagen del asesino rodó, la estancia giró con su cara. Los ojos volvieron a encontrarse en el suelo cuando su cuerpo golpeó la madera. No tenía fuerzas siquiera para gritar. Solo se permitía el lujo de saborear la sangre que se escurría por su cara y mojaba sus labios.

Había alargado de manera artificiosa su irremediable final. Se negaba, en el egoísmo que caracteriza al ser humano, a abandonar su propia vida. No había podido siquiera decidir cuándo deshacerse de ella, sino que se lo habían impuesto. Lloró en silencio. Dejó que las lágrimas empapasen como rocío de lluvia su pálida tez. Los labios, amoratados, le temblaban. Agradeció a su madre haberle concedido la vida, y a su padre por haber contribuido a que así sucediera. Ya no se permitió soñar con el futuro, ni planear cómo sería su vida una vez terminase los estudios y se pusiera a buscar trabajo. Los viajes hacia el sur y norte de Europa no se realizarían. No disfrutaría más de los placeres de la vida, entre los que se encontraban el que ocasionó su muerte. No volvería a montarse en el coche de alguna de sus amigas e ir, todas juntas, a Alberta para disfrutar del ocio nocturno. Se alimentó de un onírico pasado que no supo valorar hasta que la muerte surgió para cancelar el contrato que habían firmado con sangre. No podía sentir rabia, tristeza, terror: esas emociones eran insignificantes y nada le aportarían. Tampoco dirigiría rezos inútiles a alguien que no había velado por ella, tal y como siempre le habían inculcado desde pequeña. ¿Acaso les servía a los judíos que morían en los campos de concentración nazis? ¿De algo ayudan los rezos por quienes sufren de hambre o sed en África? ¿Dónde estaba Dios, quien sus padres aseguraban su existencia sin dudar? ¿Aparecería para, de pronto, meter a cuatro soldados armados con lanzacohetes que fulminarían a esos hijos de puta que iban a matarla? Querido Dios, ¿dónde fuiste?, comenzó a sonar en su mente la voz del vocalista de Confetti. La música la acompañaría hasta que la vida escapara de su cuerpo.

DENTRO DE LA OSCURIDAD

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*NOTA: DEAD BY DAYLIGHT©  El presente fanfic se ha creado bajo las “Reglas de uso de contenido de juego”  y la solicitud expresa y manifiesta de utilizar dicha marca

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