Opinión: LA LISTA DE SCHINDLER (por P. Artola)

Perfecto Artola Fernández

@OdaAlFrikismo

 

Hace unos meses llegó el D23, el evento de Disney anual por excelencia, y me pareció uno de los más gigantes de los últimos años.

Disney está acaparándolo todo: la fase 4 de Marvel no solo existirá con películas, también poseerá series que se ramificarán con estas; por otro lado tenemos Star Wars y más tandas de series junto con el regreso de Ewan McGregor como Obi – Wan Kenobi, más live action… ¿Por qué saco todo esto en este artículo? Porque es un claro ejemplo, y reciente, de que estamos sobreestimulados.

Vivimos en la era de las tecnologías, de la escasez de inocencia y de la carencia de sorpresas, ya nada es apenas excitante porque nos lo dan todo en bandeja, y por otro lado no paran de traernos secuelas y remakes para mover nuestra nostalgia porque sabemos que el tiempo pasado era mejor, cuando no existía toda esta sobreinformación.

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El tener a cantidades desorbitadas tanto de todo hace que le quitemos su valor y que olvidemos su origen y su auténtica importancia y/o relevancia. Ocurre con todo, desde las escenas más dramáticas de Final Fantasy VII, a sucesos trágicamente reales, como la guerra.

La II Guerra Mundial es un tremendo caramelo para la industria del cine y de los videojuegos, parece que esa época y que matar nazis jamás pasa de moda: sagas como Call Of Duty la han exprimido hasta la saciedad (incluso tiene un nivel por ahí sobre matar Nazis Zombies), y de películas tenemos de todo, desde el humor negro de Tarantino en Malditos Bastardos, hasta otras menos bruscas como La vida es bella o Salvar al Soldado Ryan.

La primera tenía la guerra como trasfondo que afectaba a unos personajes con sus propias vicisitudes; Ryan, por su parte, funcionaba más como panfleto patriótico (esa bandera americana al final, ondeando, fundiéndose a negro, me dejó un sabor agridulce), lo cual me sorprendió, ya que antes su director nos había entregado La lista de Schindler.

Steven Spielberg era mundialmente conocido por su cine puramente comercial y palomitero, y cuando de repente ves que entre tanto E.T. y Jurassic Park va a mostrar una cinta sobre la sangrienta II Guerra Mundial, lo primero que puedes llegar a pensar es si es posible que esté a la altura.

Y demostró que podía: también supo alejarse del cine para las grandes masas por un momento y traer algo relevante, algo superior. Porque La lista de Schindler no solo es su mejor trabajo sino que, perfectamente, estamos hablando de la mejor película bélica de la historia.

 

Más que una película, una ventana

Hay dos cosas principales que hacen que La lista de Schindler, contando lo mismo que todas las películas sobre la IIGM , sea diferente: lo primero es la cámara en blanco y negro y lo segundo, el silencio.

El blanco y negro nos transporta de un modo más cercano a la realidad de aquel momento; estamos acostumbrados a la presencia de color, la música y unos protagonistas como ombligo de la narración, mientras que aquí  todo lo tiñen de un blanco y negro sucio, como si pareciese un documental antiguo (que también podría funcionar como tal) regido por el silencio.

Podríamos coger una cámara lenta y ver a un tipo metiendo balazos mientras suena una música dramática … Sí, esto nos saca por completo , haciéndonos pensar “vaya, que épico y que visual todo”; pero, si cambias eso a un simple plano, cámara a ritmo normal y donde los únicos ruidos que hay son los de las víctimas corriendo y el asesino disparándoles hasta que todos mueren y ya no queda nada … La cosa cambia, y eso lo hace esta película.

Da paso a los silencios incómodos, a que la única música que escuchas son los niños escondiéndose para no ser llevados, o cuando ponen música en megáfonos mientras eligen qué judíos sirven y cuáles no para seguir haciendo el trabajo; o ver cómo las madres corren a por sus hijos mientras estos son llevados en camiones para no volver, pensando que se van de excursión…

Todo esto, con una música intencionada, perdería toda la fuerza. Spielberg permite que las escenas respiren y se dejen hacer a sí mismas y me repito, si suena algo sólo es el propio lugar o la música ambiental, metiéndonos más de lleno en la cinta, convirtiéndola en una ventana y no en una pantalla.

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Las pocas ocasiones con música intencionada es para, por unos momentos, sacar al espectador y hacerle ver lo cruel que era la guerra; más que sacar, me corrijo, funciona como voz en off, las imágenes lo dicen todo, esta música ensalza lo que está ocurriendo y es sutil y no cansa. Porque es selecta y surge en los momentos adecuados.

Sin ella, puedes ver cómo el comandante da órdenes sobre destruir un gueto (sin duda, la mejor escena de la cinta, increíblemente recreada) como el que manda a ir al supermercado, mientras ves de fondo ventanas tener chispazos de luz como señal de balazos a los judíos que estaban escondidos …

La lista de Schindler no realza nada porque no tiene necesidad, sencillamente sabe cuándo callarse y dejar que la cámara haga su trabajo, recrea maravillosamente bien todo lo que ocurre y funciona más como un documental que como una cinta al uso, aunque también exponga a sus personajes.

 

Neeson VS Fiennes

Sé que hay más gente en el reparto pero sin duda los que se llevan el pastel grande son ellos dos. La cinta trasciende a la guerra en sí, tan bien recreada por todo lo dicho y posee más relevancia que los momentos narrativos; pero eso no desmerece a estos dos actores y a los personajes que encarnan.

El comandante al que interpreta Ralph Fiennes es el reflejo del nazi descontrolado, el niño pequeño con poder y soberbio que confunde la piedad con crueldad y la justicia con sus propias reglas; en un momento de la película intenta ser “benévolo” y no le sale bien, prefiere seguir jugando a ser Dios y solo piensa en su esclava de sangre judía de la que quiere abusar sexualmente y se excusa en cosas inventadas por él para justificar que lo  que hace es correcto o que es ella quien le tienta y no él el tentado: un auténtico sociópata.

Por su parte, Liam Neeson hace un papel bueno pero menor: cuando comienza la película y hasta que acaba siempre se conserva como un hombre elegante pero la diferencia radica en que en un comienzo ve a los judíos como herramienta para negocios, para posteriormente querer salvarlos.

Eso nos lleva a la escena final cuando se despide de todos, cuando llora porque querría haber salvado más vidas y cuando se le regala el anillo con la frase “quien salva una vida, salva el mundo entero” conmueve profundamente porque te das cuenta que has asistido a un relato sin personajes edulcorados ni recursos fáciles para la emoción.

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Últimas reflexiones

Se habrán dicho muchas cosas sobre la niña de rojo, un icono de la película y tema de la portada de este artículo, pero yo tengo mi propio punto de vista sobre ello: Schindler se fija en ella y no creo que sea por el abrigo rojo en sí, sino sencillamente porque la ve, como a una más, pero ella le llama la atención tal vez porque va sola, tal vez porque va con cara de que todo le es indiferente porque no comprende qué está pasando…

Puede que seamos nosotros y no él quien ve el color rojo y sea algo con lo que Spielberg quiere hacernos reflexionar; la vemos y pensamos que, al poseer un color y solo ella y nada más de la cinta, significa algo, que puede que tenga cierta relevancia…

Nos fijamos en ella, pero al final acaba transportada en un carro junto con más cadáveres y con la cara desfigurada y ¿qué significa eso? Seguramente signifique que en la guerra no hay ganadores, solo perdedores, donde millones de vidas son acribilladas sin importar quién sea ni qué hizo esa persona y la niña del traje rojo no tiene más valor que eso, tal vez ese sea el mensaje…, que ella no importa, y que es igual que los demás.

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En esta sociedad tan saturada de todo, de redes sociales y obsesión por Instagram, donde convertimos todo en un show… Quizá deberíamos bajarnos un poco el ego en esos momentos en los que nos creemos mejor que unos o al contrario, esos momentos donde nos creemos por debajo de los demás y ver películas como La lista de Schindler, porque es una cinta documental, una ventana para mirar tiempos realmente duros y difíciles, donde la máxima aspiración al final del día era vivir un día más para vivir otro más y así en bucle solo con la esperanza de que algún día todo cambiase.

Porque a pesar de las dificultades del día a día, no sabemos nada de la guerra.

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