Opinión: El final de JUEGO DE TRONOS

La noche es oscura y alberga sicansíos

Sergio Díaz

@Sergio_SSDDCC

 

ATENCION!!! EL SIGUIENTE ARTÍCULO ESTÁ LLENO DE SPOILERS!!!

 

Reconozco que me reí mucho cuando, hace bastantes años, leí a un crítico de un periódico muy conocido su definición de Juego de Tronos: “Es Falcon Crest con dragones”.

¿Cómo? ¿Qué no sabes qué es Falcon Crest? Entonces tenemos dos problemas: uno, que te has perdido uno de los seriales más disfrutables y populares que ha dado la historia de la pequeña pantalla; y otro, que soy muchísimo más viejo que tú.

Falcon Crest fue una telenovela mítica. Ambientada en el ficticio Valle de Tuscany, contaba cómo sus terratenientes pugnaban por los viñedos de la región para obtener el mejor caldo y dominar el mercado. Las conspiraciones, traiciones y alianzas estaban a la orden del día, mezcladas con los vaivenes sentimentales de los protagonistas, cliffhangers apoteósicos (terremotos, asesinatos, accidentes de avión) y disparates argumentales (como el tesoro nazi oculto en la comarca), manteniendo en vilo a la audiencia. Todo ello comandado por la mejor villana que ha visto la televisión, Ángela Channing, cuyas trastadas y marrullerías traían de cabeza al resto de personajes.

Así pues, no le faltaba razón a este famoso columnista. El universo construido por George R. R. Martin en la década de los 90 era la versión bastarda, gore y erótica de los célebres culebrones americanos que triunfaron en televisión dos décadas antes. Puede deducirse que el formato catódico, como el entretenimiento en general, es cíclico y recupera tendencias periódicamente, a sabiendas de que, lo que ha funcionado una vez, puede hacerlo dos. Y hasta tres.

Porque Juego de Tronos puede revestirse de Tolkien, bucear en la Guerra de las Dos Rosas y escrutar los textos de M. Druon, pero el fondo de su relato es una confrontación por el poder, por el ego: el mismo leitmotiv de Dallas, Dinastía o la citada Falcon Crest, cambiando el petróleo o los viñedos por el ya icónico Trono de Hierro.

 

Evidentemente, esto no es –ni muchísimo menos- infravalorar ni restarle mérito al trabajo de Martin. Tan sólo es contextualizar como boom televisivo su Canción de Hielo y Fuego; es decir, que Tywin Lannister, Cersei, Meñique o Joffrey han calado entre la audiencia de la misma forma que hace casi cuarenta años lo hicieron los Carrington y los Channing.

Aunque sus cartas hayan sido más atrevidas. El olfato de los productores D. B. Weiss y David Benioff al fichar para HBO esta guerra de clanes, donde caben el sadismo, la brujería y el incesto, es innegable: la polémica siempre funciona como reclamo publicitario, y a Juego de Tronos la acompañó desde el principio.

Su popularidad se disparaba con el mítico desenlace de la primera temporada (un minuto de silencio por la enésima baja de Sean Bean), dejando a los espectadores que no conocían los libros totalmente desencajados. Lo impredecible de su guión ha sido una de las mejores bazas de la producción, ofreciendo momentos que ya son historia de la televisión: el envenenamiento de Joffrey, la Boda Roja, la batalla de Aguasnegras o el petardazo valyrio con el que Cersei despacha al Gorrión Supremo y a los Tyrell son sólo algunos ejemplos de los clímax que hemos saboreado los espectadores.

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Las escenas de batalla se han combinado magistralmente con densos diálogos que retrataban con esmero las intenciones de sus interlocutores; el talento de Martin, guionista de las primeras temporadas, trasladaba del papel al streaming las dobleces y los matices de sus personajes, esforzándose en huir de perfiles planos que provocasen indiferencia. La evolución física y mental de Arya funcionaba como contrapunto a la que padecía Theon Greyjoy, mientras las pesquisas de Baelish y Lord Varys nos mantenían en un puño con sus consecuencias; en definitiva, los integrantes de Juego de Tronos nos provocaban simpatía, asco o curiosidad, pero nunca desinterés.

Lo cual es, después de todo, lo primordial: si la serie se hubiese quedado sólo en el despampanante tour de forcé técnico que es, se habría desinflado enseguida. La intensidad de las tramas, cediendo protagonismo a la carga bélica en detrimento de las intrigas políticas y palaciegas, equilibró el desarrollo rumbo a su desenlace, convertido en cita generacional.

La calidad de la serie está fuera de toda duda, pero el final es otro cantar. Para ser justos, prácticamente ninguna producción de estas características sobreviviría a su epílogo, ya que su impacto entre el público es de tales dimensiones que nunca resultará del todo satisfactorio.

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La amplitud de arcos narrativos, tramas pendientes y, sobre todo, la expectación han sido los peores enemigos de la octava temporada. Manejar tantísimos factores no es tarea fácil cuando tienes tan alto el listón y, además, la mente que ha construido todo ese universo no ha participado en el cierre. Y ése, a mi juicio, ha sido lo más notable de esta despedida: la sensación de no terminar de reconocer Juego de Tronos; su final ha sido digno, sí, pero más por la fuerza de un conjunto de ocho años que por la resolución en sí misma.

No voy a caer en la tónica de valorar algo porque no se corresponda con mis deseos ni se amolde a mis gustos; es una corriente absurda, la misma que defiende que las películas de superhéroes son mediocres por no ser “serias”, o que videojuegos como Ninja Gaiden son malos por ser muy difíciles (o fáciles, como Yoshi’s Crafted World).

Hay que juzgar por lo ofrecido y Juego de Tronos ha exhibido muchísimas debilidades narrativas. Sinceramente, esperaba más de David Benioff, que se mostró bastante solvente en Tránsito (2005) y especialmente inspirado en La última noche (2002), donde adaptó su propia novela al fabuloso largometraje de Spike Lee (la extraordinaria interpretación de Edward Norton merece mención aparte).

Da la sensación de que los últimos guiones están torpemente sacados de foros con las propuestas de los seguidores, porque el volumen de situaciones fáciles fanservice es desmesurado: no hablamos sólo del abuso de escenas de ejército de un solo hombre de Jon Nieve, la redención de Theon o el encuentro íntimo entre Brienne y Jamie, sino de la caída del Rey de la Noche a manos de Arya, en una resolución sencillamente irrisoria.

Si estas concesiones ya me parecen forzadas, el rumbo de algunos personajes y las disposiciones en torno a ellos no se quedan atrás: obviando el modo en que Sansa y Tyrion sobreviven en la cripta junto a lord Varys (a nadie más se le ocurre esconderse), cuesta creer que, a plena luz del día y teniéndolos encima, Daenerys no vea la armada de Euron Greyjoy y éste se cargue a la primera uno de los dragones… La percepción de tomadura de pelo es tremenda.

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También es penoso que perfiles como el de Sansa queden reducidos a cuatro frases secas y machaconamente pedantes, cargándose toda la empatía que acumulaba entre la audiencia después de temporadas de sufrimientos continuos; igualmente, que Jon se marche de Invernalia sin una mísera caricia a su huargo es, poco menos, que incomprensible –aunque traten de arreglarlo con la penúltima escena del desenlace-.

Los desatinos continúan con todo tipo de detalles, algunos más insignificantes (ver escribir en inglés moderno en un mundo de fantasía medieval como éste –en lugar de en un idioma propio, al estilo tengwar- es, como mínimo, chocante), otros de lo más curioso (la explanada de Desembarco del Rey donde negocia Tyrion no existía en las temporadas previas) y otros, más abultados (la captura de Missandei está impuesta con calzador).

No obstante, podríamos pasar por alto todos estos reproches atendiendo a la falta de previsión de los guionistas, el límite de minutos fijados para la temporada y diversos elementos que se nos escapan y que han obligado a una drástica compresión de los tiempos. Pero quedan más errores demasiado garrafales como para no cuestionar el trabajo argumental; por un lado, la confesión de Jon a Arya y Sansa sobre su verdadera identidad no se nos cuenta a los espectadores, cuando es uno de los puntos álgidos de la trama, cortando bruscamente la escena.

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Tampoco se entiende que la misma armada que destroza a Rhaegal no sea capaz ni de hacer un rasguño a la Rompedora de Cadenas; y, por último, también es difícil de encajar que el Rey de la Noche no liquide a Jon cuando lo tuvo, cara a cara, rodeado de sus walking dead.

Para rematar (aunque esto ya es cuestión de gustos) el final dado a Cersei, titubeante y desnortada junto a Jamie, es impropio del personaje. Su despedida puede decirse que es hasta ñoña, abrazada al amor de su vida y sepultados por los escombros de su propia ambición. La reina merecía una despedida triunfal, manteniendo el porte altivo y déspota que nos ha cautivado temporada tras temporada, en vez de una fuga romántica (frustrada).

El resto de destinos se cierra con más decoro, apoyándose en la eficaz pirotecnia del apartado artístico. La destrucción del Trono a manos del dragón es espectacular y la coronación de Sansa, reina de su propio feudo independiente, es el happy end soñado por los fans del personaje (si bien me parece demasiada forzada esa adjudicación); Nieve mantendrá su estatus de apestado, pasando a ser una especie de “rey” entre los desterrados, lo que también puede calificarse de final feliz.

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Tres cuartos de lo mismo para Tyrion, encorsetado en el rol de Mano del Rey, y para Arya, que se embarca literalmente en la exploración de tierras desconocidas: la misma aventura que emprendieron otros personajes citados de refilón, como Brandon el Navegante, y que apunta más a una excusa para elaborar la secuela de turno.

Sin embargo, de todos los epílogos, el más llamativo es el de Bran: el gobernante de los Seis Reinos se sienta en el Trono siendo uno de los protagonistas con los que más nos ha costado empatizar a los espectadores. Su ausencia durante temporadas enteras y el carácter tan condicionado del personaje, y a la vez enigmático, lo han alejado de las preferencias de la audiencia.

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La incertidumbre en torno a cuándo se escogió quién reinaría Poniente parece desvanecerse atendiendo a los pósters de la primera temporada: sentado en el Trono de Hierro junto a Ned Stark, figuraba el Cuervo de Tres Ojos, o lo que es lo mismo, su segundo hijo.

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Este detalle no parece fruto de la improvisación ni de una decisión artística al azar: más bien, apunta a que la historia tenía un final designado de antemano, pero no el modo de contarlo, y ahí es donde los guionistas y productores han hecho aguas. No han medido bien los tiempos, no han sabido gestionar el material que tenían entre manos y han llegado a ese epílogo a trompicones, entre omisiones y altibajos narrativos.

En general, más sombras que luces y nunca mejor dicho, porque la fotografía ha sido más que discutible, complicando el seguimiento de la acción demasiadas veces, especialmente en el tercer episodio; una entrega en la que también hubo sitio para errores de doblaje. El ya viral “¡Sicansíos!” de Sir Davos al menos ha servido para exponer las surrealistas condiciones en que trabajan los sufridos profesionales del medio.

La puñalada que recibe Daenerys a manos de Jon es un poco la que nos hemos llevado los amantes de la serie: fría, traicionera… Pero, de alguna forma, predecible: Juego de Tronos tenía que acabar en algún momento y cuesta despedirse de un divertimento tan ameno. Podía haber sido mejor, más valiente, menos ramplón y más cuidadoso, pero se marcha con la dignidad de que “quien tuvo, retuvo”.

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La gallina de los huevos de oro tiene que seguir exprimiéndose. Los spin-offs, precuelas y numerosos proyectos derivados de Canción de Hielo y Fuego ya están fraguándose, desprovistos del lastre de partir de una trama prefijada y, a la vez, sin terminar de editarse. Falta por averiguar si el público respaldará las nuevas aventuras de Poniente o le dará la espalda; el revés dado a Nightflyers, la serie basada en Nómadas Nocturnos de George R. R. Martin, indica que no todo lo relacionado con el autor se convierte en oro automáticamente.

Y precisamente esa debe ser la última reflexión sobre el fenómeno de HBO. Convertirse en icono popular, con coletillas ya archiconocidas como “Winter is coming…” y “Valar Morghulis” o hacer perfectamente reconocible la majestuosa sintonía de Ramin Djawadi, no está al alcance de cualquiera ni se consigue sin méritos. La fastuosa producción ha conjugado la provocación, el lujo de su puesta en escena y las bajas pasiones de unos personajes espléndidamente interpretados (no olvidemos que por el reparto han figurado nombres de la talla de Charles Dance, Iain Glen, Carice Van Houten o Jonathan Pryce), por lo que, en definitiva, toca aplaudir mientras cae el telón, pese al regusto agridulce de fallos inconcebibles.

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Aún hay que saber el final que le concederá el verdadero autor, que ya ha precisado que diferirá en numerosos detalles –aunque dudo que lo haga en la esencia-. El de los productores, por desgracia, tiene demasiado margen de mejora y hacen válido lo de zapatero a tus zapatos… En vista del cúmulo de despropósitos. Pero, poniéndolo todo en una balanza, no sería justo reducir una trayectoria impecable a los desaciertos de seis episodios. Porque la mayor prueba de que Game of Thrones es historia del entretenimiento, con mayúsculas, es que tardará en aparecer un heredero al trono televisivo que acaba de dejar vacante.

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