El ascensor (Relato I)

Alejandro Masadelo

Allí se encontraba.

Encerrado en una caja iluminada como una nave espacial. Rodeado de espejos, se sentía observado como si se encontrase en una sala de interrogatorio. «¡Eh, Alex! ¿Es cierto que vas a hacer una estupidez infantil como esta?».«¡Inspector, será un bombazo para mis suscriptores!».

Se rió negando con la cabeza. ¿Qué demonios hacía? Estaba solo en un ascensor, en mitad de la noche. Para hacer ¿qué?

Ah, sí, intentar demostrarles que el juego del ascensor era real. Acostumbraba usar trucos manidos y sobreexplotados en la industria del terror para generar una atmósfera tensa y terrorífica en sus vídeos: golpes secos, voces argentinas e infantiles, objetos arrojados con violencia por las escaleras, sonsonetes en la lámina de madera que separaba una habitación del pasillo… Si bien los casticistas o puristas del género encuentran en su contenido una experiencia soporífera, vacua e insultante, el público amante del terror anodino sienten una tremenda delectación consumiéndolo.

Y él, creador de un canal que disfrutaba de cierta reputación en internet, empleaba la sinergia de tantas obras cinematográficas y literarias. ¿Acaso resta mérito reciclar métodos que triunfaban en otros ámbitos? El consumidor dicta las reglas, y muchos creadores se adhieren a ellas por desidia. Solo el tiempo podrá loar o no un trabajo.

Propuso, tanto a sus suscriptores como a las personas que solamente visualizaban sus vídeos, que escogieran un nuevo reto para realizar durante la noche de Halloween. Sería algo especial.

Leyó durante horas las ideas de la gente, escritas en el recuadro de los comentarios publicados en su último vídeo. De entre ellos, uno captó su atención: «el reto del ascensor».

Las instrucciones eran sencillas, y el lugar donde realizarlo no le supondría ningún peligro para su salud: ni cortes con fragmentos vítreos ni la posibilidad de caer al piso inferior porque hubiese un boquete en el suelo. El conjunto era factible.

Así que allí estaba, complaciendo la voluntad de los espectadores como un gladiador. En la mano izquierda sostenía una hoja cuadriculada, en la que había anotado las instrucciones del juego. Con la otra agarraba la videocámara. Leyó de nuevo la nota para sí mismo, memorizando cada paso.

Juego del ascensor
  1. Toma el ascensor en el primer piso.
  2. Después, pulsa el botón del cuarto.
  3. Cuando esté allí, debo ir al segundo.
  4. Ir hasta el sexto.
  5. Volver —de nuevo— al segundo piso.
  6. Una vez allí, subir hasta el sexto.
  7. Volver —joder— hasta el segundo.
  8. Después, nos vamos al décimo.
  9. De allí, al quinto.
  10. Desde ese piso, nos dirigimos al primero.

Si todo esto funciona—por supuesto que debe funcionar—, el ascensor nos llevará, como si estuviese poseído, hasta el décimo piso. Por si acaso tuviese que regresar, debo repetir todos los pasos. Me dejará en el primer piso y todos seremos felices. Más likes y visitas.

*NOTA: Si veo a una mujer de aspecto misterioso que me acompaña en el recorrido, no debo hacerle ni caso; igual que cuando regrese.

*NOTA 2: SOLO hay un ascensor para volver: el que tomé inicialmente.

—Vale, bien. Todo perfecto —se convenció en voz alta. Plegó la hoja y la guardó en el bolsillo delantero del pantalón.

Lo tenía todo. El guión contaba con una parte estructurada y otra improvisada. Tenía suficiente batería en la cámara de grabación y en el móvil, y llevaba anotadas las instrucciones para el reto/juego. ¿Qué podía salir mal? Nada, no va a salir nada mal porque es todo mentira, se decía a sí mismo, forzándose a creer en su propio embuste. ¿Pero por qué? Él propugnaba, evidentemente en su círculo de amistad más íntimo, por el abandono completo del alma tras la muerte, y presumía de su férreo escepticismo con orgullo; en tanto que con sus suscriptores exponía los conceptos más esotéricos.

Atribuía los fantasmas, monstruos y niñas que se presentan con los labios cosidos a las tres y treinta y tres de la madrugada a una maniobra para tejer el argumento burdo de una obra de terror: leyendas urbanas transformadas en cine o literatura.

Sin embargo, existía un atisbo de recelo ante lo desconocido, una perentoria e ineludible duda asomada en todo ser humano. Se repetía que debía confiar en las leyes físicas y no en especulaciones anodinas de lunáticos amantes de lo esotérico; se instaba a creer en la mundanalidad tangible y a renegar de la inventiva de pseudopsicólogos y semejantes.

Suspiró profundamente, dibujó en su rostro la más insincera incertidumbre y comenzó a grabar.

—¡Hola a todos, paranorm-alex! —saludó con un vigor contenido—. Feliz Halloween a todos. Os envidio, en realidad —mintió—: seguramente estaréis disfrutando con vuestros disfraces mientras yo vuelvo a enfrentarme a lo desconocido.

»En esta ocasión, y como os comenté en el anterior vídeo, acepté un reto que vosotros me propusierais. Con ayuda de un programa, introduje las ideas más sugerentes e hice un sorteo —volvió a mentir—. La ganadora fue «El juego del ascensor».

Explicó la dinámica del reto y las reglas e hizo la ridícula «prueba de credibilidad» (consistía, simplemente, en mostrar que no había escenarios preparados ni otros participantes). Finalmente, se despidió en tono trágico y heroico de sus suscriptores:

—Bueno, gente… es hora de empezar esto. Ya sabéis que siempre digo lo mismo: «no subestiméis el poder de lo desconocido». Y ahora más que nunca. No sé qué dimensiones me encontraré ni la gente que habrá. Tampoco sé si funcionará a la primera, tendré que intentarlo más veces o directamente no irá.

»Sin más…que empiece el juego —pronunció remedando patéticamente la voz de Billy antes de que su rostro desapareciese del televisor.

Apretó la combinación de botones. El mecanismo del ascensor gruñía, y la luz mortecina de los tubos del techo rompían abruptamente la oscuridad del pasillo. A través de la tronera vítrea de la puerta verde metalizada le llegaba el resplandor lima de las luces de emergencia. Las puertas metálicas se abrían y cerraban renqueantes. Pulsó el botón del primer piso. Cuando estuviese allí, apagaría la cámara y comenzaría con el montaje. Todos los elementos estaban hilvanados, y nada podía fallar.

Exceptuando que la mentira quedase sepultada por la contundente e incognoscible realidad.

El peso que sostenía Atlas cayó sobre él cuando, en el recuadro negro del panel de botones, se dibujó en caracteres rojos el número seis. Aporreaba con impotencia e incredulidad los botones, buscando descender. Por primera vez, un miedo cerval se apoderó de él, y la impotencia y agonía caminaron de la mano a su lado. Su tez atezada se volvió repentinamente lívida, y su cuerpo segregó un pegajoso sudor, bajando como un arroyo furioso por su cuerpo. A los pocos segundos, la ropa formó una simbiosis con su piel. Los ojos le escocían y nublaban su visión. Jadeante, se dirigió a quienes pudiera ver después el vídeo:

—Joder, joder, joder… Si me pasa algo, por favor, ¡guardad el vídeo! ¿Vale? Guardad el puto vídeo…

El motor del ascensor ya no gruñía; en su lugar surgió una estridencia de lamentos de naturaleza distinta, solapados entre ellos como si intentasen pasar por el umbral de una puerta. Se ovilló en una esquina, tapándose los oídos para alejar el sonido ensordecedor y demencial. Sin embargo, su intensidad era capaz de traspasar cualquier cuerpo que obstaculizase su paso.

—¡Esto es una puta locura! ¡Joder, joder, joder! —gritó enloquecido. Las lágrimas brotaron rabiosas de su rostro enrojecido y perlado de sudor, con los cabellos disgregados por su frente. Los globos oculares se llenaron de raíces rojas, y la blancura gelatinosa adquirió una tonalidad coral.

Los tubos estallaron al unísono, y una lluvia de esquirlas cayó por entre las rendijas ferrosas del panel. Rasgó sus cuerdas vocales profiriendo un grito, y se le cayó la videocámara de las manos, rebotando en el suelo de granito. Tanteó a ciegas, temeroso de encontrarse con la extremidad de alguien más o de palpar la viscosidad de la sangre. Aferró el cordón de la cámara y estiró de él. La levantó con manos temblorosas y se enfocó.

—¿Qué coño está pasando? —dijo sollozando, sorbiendo los mocos.

Entre sacudidas vibrantes, dirigió la cámara al contador del ascensor. Buscaba, en los escasos segundos que tarda en indicar un nuevo piso en el panel, que se detuviese en la penúltima planta. Juraba, aunque sus rezos eran más bien intentos impíos y desesperados por confiar su suerte en una figura divina, aseverar delante de cualquier persona la existencia de un mundo erigido sobre su propia arquitectura, gobernado bajo sus propias leyes físicas y morales.

Comprendería por fin que burlarse de lo desconocido era la muestra de la ignorancia más pura,y abrazaría conceptos metafísicos. Estaba dispuesto, además, a realizar un trabajo profesional en el que buscaría evidencias de la existencia del desconocido Más Allá. Pero no promovería el espectáculo, no. No volvería a caer en la ignorancia que lo había condenado al castigo más justo.

Con labios temblorosos, dibujó una sonrisa lánguida, y en la abertura entre ellos apareció tímidamente el brillo marfil de sus dientes.

La exigua esperanza nacida de la matriz del miedo y las tardías promesas hechas para solicitar el propio renacimiento moral no sirvieron ante la justicia más rigurosa. Todo alegato quedó rechazado cuando dos cifras rojas se formaron azarosamente en el pequeño fondo negro.

El ascensor se sacudió repentinamente, como un avión después de que el tren de aterrizaje toque el asfalto. Cayó de bruces. Las puertas automáticas se abrieron, y una aparente normalidad podía observarse entre ellas. Todo parecía una copia de los pisos anteriores. Los gritos cesaron, y el silencio imbuyó sus sentidos, dejando privacidad entre el miedo y él.

Jadeaba sollozando. La saliva, tragada con dificultad, bajaba cortante y árida por la garganta. A gatas y mirando a través de la malla de vidrio traslúcido, se acercó a la puerta verde. La empujó con los dedos. Pensó en el estremecedor chirrido que haría la estructura, pero incluso el silencio impregnó ese movimiento.

Acercó el rostro y miró por la pequeña abertura durante unos segundos. Antes de que el pasillo se formase en sus ojos, retrocedió espantado y presionó la espalda contra el espejo.

―Se acabó el reto ―anunció crispado―. Me da igual el reto y me da igual todo. ¡Voy a salir de aquí!

Golpeó con una mezcla furibunda y hórrida todos los botones. El ascensor, como anteriormente sucedió, no mostró cambio alguno. A medida que el pánico le infestaba cada centímetro de su cuerpo, la embriaguez iracunda crecía.

―¡Joder! ―gritó y dio un último puñetazo al panel.

Aguardó unos minutos, aguzando el oído en busca del menor signo de vida. Parecía encontrarse en una habitación insonorizada, aislado por completo de toda actividad. Incluso los latidos de su corazón reverberaban en el silencio. Se mordía desesperadamente las pieles de los dedos. Comprendió que terminaría volviéndose loco si seguía más tiempo en esa caja inútil.

Tenía que jugar.

―Voy a salir. No tengo otra opción ―dijo mirando al visor del dispositivo.

Avanzó lateralmente con cautela. Abrió ligeramente la puerta y extendió el brazo, colocando la videocámara. Miró a través de la pantalla. Identificó la primera diferencia notable en la escena: las paredes se abrían en un angosto corredor en el inicio, dilatándose después como un embudo invertido. La longitud era interminable, pero distinguió en el extremo un resplandor frío: otro ascensor.

Su descubrimiento esperanzó sus posibilidades, pasando de ser nimias e ilusorias a grandes y agibles. También hubo otro detalle que le supondría una mayor ventaja: no había nadie.

―Solo tengo que correr hasta el otro lado, tomar el ascensor y repetir los pasos iniciales ―dijo susurrando―. Bien. Allá voy.

Pensó con la apetencia de un creador de contenido que descubre posible nuevo material. El terror y la notoriedad centelleaban presumiblemente tupidas y en realidad alejadas, como un conjunto de estrellas coronando el manto celeste. Huiría motivado por la agonía, pero a la vez guardaría su experiencia en la tarjeta de memoria.

Decidido, se enfrentó a la situación más estresante jamás vivida. Salió del ascensor y dejó que la puerta se cerrase sola. El golpe sonó metálico y contundente tras él. Petrificado y con los ojos abiertos como túneles, una descarga eléctrica erizó el vello de su cuerpo. Unos dedos incorpóreos y gélidos reptaban como raso por su columna y se deslizaban por su cuello desnudo. Por un instante desconfió de su propia percepción; temió que su cerebro hubiese urdido un macabro plan para distanciarlo de la realidad y acercarlo a una entelequia pavorosa. Zanjó la confusión cuando las cerdas de su barba incipiente sonaron rasgadas, como el silbido de una hoja de papel rompiéndose por la mitad.

El grito se diluyó en sus labios con un gemido ahogado. Giró sobre sus talones, confiando erróneamente en tomar el ascensor que lo condujo hasta esa planta.

Frente a él se erguía una hilera de seres antropomorfos y andróginos de distintas alturas que compartían un rasgo común: el papel formando sus cuerpos. Los rostros reflejaban emociones distintas: odio, alegría, tristeza o indiferencia. Algunos eran estrechos en la mandíbula y anchos en la frente, con dos botones ónices sin párpados como ojos, y otros parecían los descendientes del protagonista de El grito.

Raíces negras, como venas de tinta líquida, les recorrían los brazos. Sus formas irregulares semejaban dibujos realizados con apremio y sin destreza: algunas presentaban un aspecto más curvo, mientras que otras tenían una oriundez asimétrica en el tronco o en sus extremidades. Trazos dentados los contorneaban.

Los seres de papel caminaron al lado de él con una actitud sorprendentemente pacífica; incluso algunos de ellos ladeaban la cabeza en un ademán cortés. La espalda garabateada y borrosa se doblaba en pliegues cuando caminaban. La marcha se hizo en silencio, y cada uno de ellos entraba a sus domicilios en puertas dibujadas con intensas rayas longitudinales. Los seres evitaban el mínimo contacto con él, como si repudiasen un simple roce. Pero, entonces, ¿quién narices me ha tocado?, se preguntó confundido.

El ascensor se había convertido en un dibujo medio destartalado en forma de ocho. Maldijo en voz baja y se dio la vuelta. Esbozando una sonrisa sagaz, fruto de una tranquilidad inmensa, enrolló y ajustó la correa en su muñeca, alzó la cámara y continuó grabando.

―Gente… esto es impresionante ―comentó, y exclamó la risa típica de haber superado un momento de extrema angustia—. Son… ¿personas? de papel… —dijo en voz queda mientras los examinaba.

Continuó caminando con lentitud, recogiendo cada ángulo. Los seres parecían mostrarse algo desorientados. Sudaban tinta, formando charcos. Tiemblan de miedo, pensó él. En tal caso, eso le beneficiaría temporalmente. El ascensor lo tenía a unos veinte metros. Deificó su luz, y por primera vez en su vida sintió el fervor que experimentan los creyentes en la iglesia cuando dedican sus rezos a Dios.

Entonces chocó con el hombro a una de esas figuras. Profirió un grito desgarrador, una extraña mezcla femenina y masculina con un timbre metálico y reverberante. El cuerpo se descompuso en virutas de papel.

Sus compañeros se giraron abruptamente, irrumpiendo en un griterío disonante, como el aviso dado a las tropas antes de atacar. Los ojos se transformaron en radiantes espinelas. Los labios desaparecieron, sustituidos por un círculo ovalado compuesto de dientes distribuidos helicoidalmente. Las manos se estrecharon y afilaron hasta convertirse en el grafito de un lápiz. La punta se le clavó en el brazo izquierdo como el aguijón de un escorpión, echándolo con violencia hacia atrás. Una hoja blanca devoraba su tez pálida, e inmediatamente sintió un dolor punzante, tanto que el mundo se separó y juntó en su visión turbia. Era como si le estuviesen desollando con las manos.

Corrió horrorizado, empujando a las criaturas. Los lápices seguían atacándole. El ruido le cortaba la respiración, embotaba sus sentidos. Conmocionado, un pitido sustituyó el sonido, y este quedó reducido a un zumbido lejano, como la estático de un televisor antiguo sin señal. La sordera no podía ser peor que quedar enmudecido tras romperse las cuerdas vocales expulsando la mitad del dolor que sufría. ¿Qué importaba? Solo quería salir vivo de allí. Lo iba a conseguir. El brillo procedente del interior del ascensor, filtrado por entre los paneles grises, le cegaba los ojos. Alargó los brazos y extendió los dedos, tocando la lámina fría con las yemas.

Las piernas se le retorcieron como raíces. Trastabilló y cayó al suelo, golpeándose con el travesaño de la puerta metálica verde. Amortiguó el impacto con los antebrazos, pero estos se le arrugaron. Las manos se doblaron hasta alcanzar la altura de las muñecas. Imaginó el crujido sordo de sus huesos, como ramas secas después de pisarlas, y su rostro se distorsionó en una mueca desgarrada de dolor. Miró por encima de sus hombros y vio el tropel de figuras acercándose a él. Las piernas, convertidas en papel, se arrugaron. La tinta que sudaban con su presencia se volvió borgoña y espesa.

Se arrastró con la ayuda del torso y la parte interior de las muñecas. Tenía medio cuerpo en el interior cuando alguien le aferró por el tobillo derecho. Luchó y logró zafarse, pero la pierna se le rasgó hasta la altura de la rodilla. No oyó su grito ni tampoco el sonido quebrado de su extremidad, ni la acuosidad espesa de la tinta manando de ella como una fuente. Se arrastró hasta el fondo del ascensor, dejando un reguero bituminoso. Se recostó contra la pared. A través del velo borroso de sus ojos le llegaban motas grises que iban uniéndose hasta formar una simbiosis.

Recuperó paulatinamente el oído. El ronroneo del ascensor hizo brotar de sus labios una risotada demencial y radiante. Se acabó.

―Se acabó… ―musitó sin parar de reír. La cabeza oscilaba como si estuviese apoyada en un resorte. Intentaba mantenerla firme, pero apenas si lo conseguía.

La cámara estaba a escasos centímetros de él. Tenía la pantalla rota, pero seguía funcional. Con el material grabado podría demostrar la existencia verídica de otras dimensiones dentro de la nuestra.

El fondo blanco de su cuerpo estaba coloreándose. Poco a poco recuperó su tonalidad y la pierna intacta, con un insignificante dolor de tobillo comparado con la extremidad arrancada y las manos dobladas, recuperó cierta movilidad. Confiaba en recuperar su cuerpo, y tenía el convencimiento de lograrlo cuando finalizase el juego; sería como despertarse después de una horrenda pesadilla. La certitud sobre la realidad ahuyentaría toda amenaza…

―¿A qué piso vas? No es hora de jugar en un ascensor; la gente duerme…, excepto yo ―dijo una voz femenina. Parecía ser una mujer alrededor de los cuarenta años.

Ignorando la reprensión, Alex contestó en tono embriagado:

―Voy al primer piso.

Fue consciente, cuando la lucidez llegó sombríamente a él en los segundos transcurridos entre la respuesta y su posterior mirada, en las notas escritas en los pasos del juego: «Si veo a una mujer de aspecto misterioso que me acompaña en el recorrido, no debo hacerle ni caso; igual que cuando regrese». Y: «Solo hay un ascensor para volver: el que tomé inicialmente».

Fue demasiado tarde para bajar el rostro y borrar las palabras pronunciadas.

Los rasgos faciales de la mujer desaparecieron en un abismo insondable. De él surgieron cinco dedos aguileños que se cerraron en su cara. Estiró de ella y la cabeza y el resto del cuerpo se perdieron en el agujero. Unas gotas de sangre cayeron encima de la cámara.

Horas después, el conserje de la comunidad, llegó al edificio. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, retrocedió espantado. Se puso un guante de látex, se acercó precavidamente a la cabina y recogió la cámara, manchada de sangre. Alguien parecía haberla golpeado con rabia, como si quisiera borrar algún rastro. Buscó en la galería y encontró una grabación de dos horas, quince minutos y dieciséis segundos. Al principio salía un joven presentando un vídeo para subir a internet. Después, no hubo ninguna imagen.

Lo que de verdad le horripiló fueron los sonidos y la descripción hecha por el chico de los vecinos de ese piso. En el final de la cinta, la voz profunda, grave y vibrante de una mujer, seguida por lo que parecía el rugido de un oso cuando descubre a su presa, lo perturbó considerablemente.

Iba a guardarse el dispositivo cuando el rostro del chaval ocupó todo el plano. Ya no era él, sino una masa viscosa y deforme cuyos rasgos faciales estaban divididos en diferentes extremos. Fue su comentario lo que le hizo arrojar la cámara lejos de él y salir corriendo:

Fin del juego para mí. ¿Quieres intentarlo tú ahora? Nos vemos esta noche.

2 comentarios en “El ascensor (Relato I)”

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