El manuscrito de Wake: Capítulo XIV

Capítulo XIV

El escritor y su musa

 

Alejandro Masadelo

―Sabes cuál es la única forma de honrar su muerte, Alan ―dijo Thomas Zane con frialdad. Era el único cuya expresión facial se mantenía inmutable.

El escritor afirmó con determinación. Alice y él permanecían abrazados, apoyados en una pared.

―¿Cómo podéis ser tan fríos? ―dijo Tor, compungido e indignado.

―Tor, no podemos hacer ya nada por él ―respondió Zane.

El anciano alzó la cabeza. Los labios le temblaban, y las manos apretaban titubeantes las de su hermano.

―No tendríamos que haber venido ―dijo con ira arrepentida.

―No podemos pelearnos unos con otros ―terció Alan―. Solo existe un culpable, y está en la casa del lago. Si queremos que su muerte no sea en vano, debemos…

El cuerpo de Odín se contrajo. Una tos ronca sacudió su pecho. Tor apretó con más fuerza la mano de su hermano y la sacudió.

―¡Odín, Odín!

El resto se puso en pie, expectante. Masticaban la tensión y contenían la respiración. El anciano detuvo el ataque de tos, y comenzó a respirar con normalidad. Lentamente abrió el ojo y saltó de rostro en rostro.

―Aún no tengo que gobernar el gran salón ―dijo con un hilo débil de voz.

Respiraron aliviados. Barry abrazó a Sarah, y esta le envolvió la nuca entre sus manos. El rostro del agente se ruborizó con una rapidez pubescente. Alice y Alan se besaron. Fue un beso largo, los labios pegados sin intención de separarse, recordando los dulces momentos indelebles vividos juntos, cuando la realidad tenía una tenebrosidad mundana. Alan le acarició el rostro con el dorso de la mano, y ambos se miraron pegando la frente, sonriendo.

―¡Nadie puede con un dios! ―festejó Tor, abrazando a su hermano.

El anciano gruñó entre dientes. Tor se apartó para dejar descansar a su hermano.

―Me alegra verte como siempre, Odín ―dijo Zane, mirándolo alejado de los demás. Sonrió levemente―. Tenemos que irnos, Alan ―ordenó dirigiéndole la mirada.

―Los Anderson deben quedarse aquí ―decidió el escritor.

El poeta negó lentamente con la cabeza.

―Los necesitamos. Debemos sellar el portal ―arguyó Zane.

―Podemos hacerlo tú y yo; ellos deben descansar y luchar aquí.

―No hay nada más que hablar ―sentenció Zane―. Los Anderson nos acompañarán. Todos debemos pagar un precio.

―Queremos ir, Tom ―dijo Odín.

―Te lo debemos ―añadió Tor―. Además, tengo que recuperar a Pensamiento y Memoria y echarles una buena bronca.

Alan se mostró firmemente contrario.

―No. Vendrán si les hacemos la señal. Si no, se deben quedar aquí junto a los demás.

―Ah, ¡no, no, no! ―se negó Barry, moviendo la cabeza. Se acercó a él―. Esta vez no voy a quedarme arrinconado, Al. Además, soy el agente de ambos, y no puedo permitir que os pase nada.

―Y yo soy la máxima autoridad del pueblo, señor Wake ―intervino Sarah―. Es mi deber proteger Bright Falls.

―Cariño, ya te has arriesgado por mí una vez. Ahora es mi turno ―dijo Alice, cogiéndole la mano.

―¿Y la oscuridad? Alice, sabes…

―La misma oscuridad que me enfrenté viniendo aquí ―interrumpió ella―. No puedo seguir viviendo así, Alan. Quiero luchar a tu lado ―sonrió mirándole.

Alan recorrió con la mirada a todos. Sopesó el extremado riesgo al que los sometería, pero por dicho motivo los había reunido en Bright Falls.

―Está bien. Supongo que cuanto más seamos, mejor. Vamos a prepararnos.

Alan y Thomas trajeron varias mochilas cargadas con equipamiento: armas, munición, linternas, pilas, bengalas y cadenas de luces de navidad. Sarah cogió la escopeta y acopló una linterna de alta potencia a ella.

Aparte, llevó una pequeña bolsa de tela; Barry enredó las luces de navidad por su cuerpo, se colocó una linterna frontal y ajustó las tiras y guardó dos pistolas de bengalas; Tor agarró su querido martillo, con bombillas añadidas en la cabeza y en el mango; Odín cogió una lanza, también adornada con bombillas; Thomas Zane se valió tan solo de una Glock 26 9mm Parabellum; Alan enfundó una pistola de bengalas y se guardó munición en los bolsillos, y Alice cogió un revólver idéntico al de Alan.

Además, dijo que usaría la cámara de fotos para cegarlos con el flash. Cuando el escritor le preguntó por qué se la trajo, ella respondió sucintamente con un: «Siempre hay que salir con ella.» Todos ellos se equiparon con al menos una linterna y pilas suficientes.

―¡Gloria a los dioses! ―loó Tor, alzando el martillo.

―¡Por Asgard! ―mencionó Odín. Levantó la lanza y oprimió un grito de dolor entre sus labios.

―¿De verdad te encuentras bien, Odín? ―se preocupó Alan.

―No vuelvas a preguntarlo si no quieres probar la fuerza del Gungnir ―amenazó Odín.

Alan miró a los demás, buscando su asentimiento.

―El objetivo es el siguiente: debo llegar hasta la máquina de escribir para terminar el final. Zane, ¿tienes el manuscrito?

El poeta asintió y sacó un bloque de páginas del interior de su gabardina, sujetas con una goma elástica gruesa.

―Él y los Anderson me acompañarán hasta la habitación de arriba, y Zane me entregará la historia. La última página está incompleta, y debo escribirla. Mientras lo hago, Zane y los Anderson deberán protegerme. Cuando finalmente tecleé la última letra, Tom recitará un poema mientras enfoco el manuscrito con la linterna. Tras pronunciar la palabra decisiva, las páginas se empañarán con tinta. Es entonces cuando debemos agarrar a Hartman si queremos arrojarnos al lago. No os preocupéis, no sufriremos daño; estaremos en una especie de éxtasis.

»Una vez en el Lugar Oscuro, los cuatro estaremos en peligro. Si no logramos derrotarlo antes de que las páginas desaparezcan, todos nos quedaremos atrapados allí, y la Presencia Oscura vencerá ―dijo con tono lúgubre.

―¿Y los demás qué haremos? ―preguntó Barry.

―Contener a los Poseídos y a Hartman ―indicó Alan―. Necesitamos no solo que los alejéis de nosotros, sino conseguir enfurecerlos para que vayan a por vosotros.

Barry tragó saliva con dificultad, y la tez palideció. Los ojos reflejaban una incertidumbre terrorífica.

―Una tarea fácil, Al, por supuesto. Gracias por confiarnos esta labor, sí, señor.

―Barry, ¿no debías cuidar de tus representados? ―recordó irónicamente Alice.

El agente abrió y cerró los labios varias veces, pero finalmente no dijo nada.

―Tenemos que irnos ―anunció Zane―. Cuanto más tiempo perdamos, más perdida estará la humanidad.

Llegaron al exterior del edificio. Anexo a él, una camioneta roja desvaída estaba estacionada. Luces de navidad recorrían el vehículo como vegetación alimentándose del abandono.

―Gracias, Zane ―dijo Alan.

Barry, sorprendido y aliviado, comentó:

―¡¿Pero vosotros habéis ido a un centro comercial?! Tenemos de todo.

―Un plan requiere preparación, Barry ―dijo Alan, riendo.

Alice tomó el volante, con Sarah de copiloto; detrás, volvían a sentarse los hermanos Anderson y Barry Wheeler, y en la caja se encontraban Thomas Zane y Alan Wake. Cuando las luces y los faros se encendieron, el vehículo semejaba una bola rutilante multicolor.

La camioneta avanzaba velozmente, serpenteando por las curvas sospechosamente tranquilas. La niebla se retiró parcialmente, descubriendo el camino. El suspense cargaba con la tensión. El silencio impregnaba el ambiente con pesadez. Alan y Zane miraban alrededor, buscando un mínimo movimiento delator, pero no había nada. Sabían dónde encontrarían al ejército de Poseídos, y esa respuesta denotaba miedo por parte del enemigo.

Antes de iniciar el descenso por las últimas curvas, Alan golpeó varias veces el techo de la camioneta para indicar que se detuviese. Se apeó dando un salto, precedido por Zane. Se acercó al saledizo y oteó la cabaña, y la imagen que obtuvo lo desconcertó.

Nadie lo estaba esperando.

―Zane, ¿qué está pasando?

―Es muy extraño ―contempló con seriedad, sin apartar la vista de la cabaña.

Un fallo permitió que el ataque de la Presencia Oscura fuese descubierto. El crujido de las hojas de los árboles rompió con la tensa incertidumbre armoniosa. Alan y Zane se giraron a la vez y, empuñando las armas, apuntaron en dirección del sonido.

―¡Agachaos! ―ordenó Alan.

Justo cuando todos se agacharon, dos hachas atravesaron las ventanillas de la parte delantera y trasera. Dos hoces silbaron cerca de Alan y Thomas. El escritor se parapetó tras la caja, y el poeta lo hizo tras el capó.

―¡Salid, ahora! ―dijo Alan.

Los hermanos Anderson y Barry salieron por la puerta inmediata a la posición de Alan, y Alice y Sarah escaparon por el sitio del copiloto.

―¡Sarah, lánzales una bengala! ―ordenó Alan.

Alan y Zane comenzaron a disparar. Los Poseídos saltaban entre los árboles, se arrojaban ansiosos a la carretera. Los disparos sonaban amortiguados, y un intenso olor a pólvora envolvió la acción. Los casquillos rebotaban con un sonido seco y metálico en el asfalto. Alan perdió unos segundos en recargar el tambor, y una sombra se alzó encima de él, cubriéndole como la silueta de un eclipse solar. Una extremidad larga y dentada sobresalía de ella. Tor levantó el martillo y le asestó un golpe certero a la figura, desintegrándola en el aire.

―¡Bien hecho, Tor! ―premió Alan.

Sarah se levantó y lanzó una bengala. La cortina roja vaporosa ascendió rápida y trémula al cielo. Las sombras bailaban en su resplandor, pantallas de luz estallaban en ella.

―¡Sarah, Barry, contenedlos mientras nos metemos en el coche! ―pidió Alan.

―¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! ―se quejó Barry.

―¡Vamos, Barry! ¡Ilumíname mientras disparo! ―ordenó Sarah.

La sheriff le agarró del brazo y lo arrastró por el asfalto unos centímetros, hasta que él se levantó. Sarah le lanzó la bolsita de tela donde guardaba las bengalas. La abrió con torpeza y sacó dos, encendiéndolas. Barry alzó, creando una circunferencia alrededor de ambos cuerpos, mientras blandía con la otra para hacer retroceder a los enemigos. La escopeta escupía los proyectiles, rezumando humo su boca mortífera. El sudor les empapaba la nuca y salpicaba la frente. El humo era casi irrespirable, y los pulmones respondían con ataques raudos de tos.

―¡Hermanos Anderson, con nosotros! ―señaló Alan mientras Zane y él los ayudaban a subir a la caja―. ¡Barry, Sarah, entrad!

Retrocedieron sin apartar la mirada. Zane y Alan los cubrían disparando.  Barry se lanzó en los asientos traseros y cerró la puerta. Sarah relevó a Alan para escoltarla al interior del coche. La agente subió a su asiento, cerrando la portezuela con un golpe seco.

―¡Arráncalo ya, cielo! ―ordenó Alan mientras disparaba, iluminaba y esquivaba a los Poseídos.

Las ruedas chirriaron y el motor soltó un estertor. Alan se apoyó con ambas manos en el borde de la caja y subió. El acelerón impetuoso lo tumbó.

Detrás, los enemigos corrían tras ellos. El coche derrapaba al tomar las curvas, la carrocería chispeaba en el guardarraíl. Llegaron al final del camino y atravesaron la cancela de madera, haciendo saltar varios tablones y convirtiéndolos en una lluvia de serrín.

La camioneta frenó en seco, levantando una nube de tierra cuyas partículas quedaron suspendidas durante un tiempo. Todos se apearon con rapidez, excepto Alice, que recogió un objeto pequeño de la guantera, se lo metió en el bolsillo delantero de la cazadora, y se concentraron formando un círculo estrecho.

―Los Anderson, Zane y yo iremos primero; los demás, nos cubriréis. No sabemos qué criaturas podemos encontrarnos, así que debemos…

―¡Alan! ―gritó Alice.

La hoja brillante de un machete cortó el aire y descendió sobre el rostro de Alan. Antes de que impactase, Odín estiró los brazos y desvió el ataque con la lanza, produciéndose una onda expansiva que desplazó al atacante y tumbó a Anderson.

El atacante, de gran corpulencia, tenía la carne del rostro calcinada. Una oquedad ampollada formaba un ojo, mientras que el otro lo ocupaba un globo ocular ictérico y un iris verdoso fantasmal. En los orificios quemados vivían larvas. Un telón carnoso separaba la boca: en un lado, la escasa dentadura llena de estaba curvada, y en el otro presentaba un aspecto cánido. Una cadena ensangrentada de hierro herrumbroso rodeaba su cuello. Algunos jirones de su vestimenta mostraban los huesos fosilizados.

―¡Corred y disparad! ―ordenó Alan.

Ayudó a levantarse a Odín. Los demás los precedieron. Barry, con las manos temblorosas, disparó la pistola de bengalas; el proyectil impactó tras el enorme ser, desintegrando algunos Poseídos. Su enemigo avanzaba lenta y firmemente, con líneas traspasando su cuerpo oblicuamente.

Sarah disparaba continuamente al cuerpo, sin conseguir más efecto que una leve sacudida en el contrario. Este llegó a la altura de Barry y movió el machete horizontalmente. Alice, entonces, accionó el disparador de la cámara. El flash externo escupió un potente resplandor que detuvo en seco el golpe. Barry apuntó de nuevo y disparó. El proyectil impactó en el hueco del ojo izquierdo. La bestia profirió gritos desesperados y guturales, pero continuó avanzando torpemente.

Alzó de nuevo el brazo y lo bajó, pero la agente saltó hacia atrás. Empuñando la escopeta, disparó un cartucho en el ojo rezumante de la estela vaporosa. La parte saltó con un sonido acuoso, salpicando carne putrefacta y carbonizada. Se tambaleó y asestó golpes con el arma indiscriminadamente, en el espacio vacío alrededor de él; logró acabar incluso con algunos poseídos. Barry, con las manos sudorosas y el arma resbalando entre sus dedos, apretó el gatillo. La bengala le atravesó el estómago, y la nube alcanzó la horda tras él.

Los pasos hacían crujir la pasarela de madera; algunos tablones caían al agua tras pisarlos. Una bandada de cuervos se arrojó hacia ellos. Alan y los demás los iluminaron, consiguiendo su evaporación en una estela luminosa. Sin embargo, muchos de ellos consiguieron atacarles. Se protegieron con los brazos, pero sus garras conseguían desgarrarles la ropa y arañarles el rostro. Graznaban en torno a ellos, anunciaban victoriosos la efectividad de sus ataques. Los Anderson balanceaban sus armas como un péndulo; Alan Wake hacía rebotar el haz de luz de su linterna; la cámara de Alice tosía láminas de luz; Sarah se encargaba de controlar la turba belicosa.

Ondulaciones se formaron en el agua, y de ella se elevó, con su característico salto cuando avista una presa, un enorme tiburón. La masa líquida cayó sobre ellos como una cascada.

El escualo cayó con pesadez en la entrada a la isla y, en lugar de sacudirse desorientado, se lanzó a por Zane y Alan, impulsándose como si se moviese en una tirolina. Girándose en el aire, les golpeó con la cola antes de que pudiesen defenderse. El poeta se golpeó la boca en la barandilla, y el escritor cayó bocabajo. El arma cayó secamente a pocos centímetros de él. El animal arremetió contra Odín Anderson, tirándolo. Detrás de ellos los demás cayeron en un inoportuno efecto dominó. En el suelo, sus fauces buscaron cerrarse en la cabeza de Odín, pero este interpuso la lanza horizontalmente entre sus dientes y él. Su fiereza buscaba pertinaz partir el objeto. La luz de las bombillas conseguía hacer saltar partículas negras y brillantes, como pavesas de una hoguera. La languidez de sus brazos, acuciada por la insoslayable vejez, comenzaba a ceder lentamente terreno.

La hediondez húmeda de su aliento lo mareó vertiginosamente, reproduciendo copias de horrorosa exactitud en su visión. Alice se acercó al animal y, haciendo reflejar el cristal iridiscente de la cámara en su ojo mientras colocaba a la misma distancia el revólver, tomó una fotografía y apretó el gatillo.

Un fogonazo deslumbrante, como un foco encendiéndose en una habitación oscura, envolvió al animal; la bala le atravesó el ojo, desintegrándole el resto del cuerpo. La lanza del anciano cayó a un lado, y este respiró atropelladamente mientras volvía a componer la realidad a través de sus ojos. Alice lo ayudó a levantar y alentó a los demás a continuar.

Llegaron resollando a la roca, y subieron pesadamente el sendero terroso de entrada. El aire les quemaba en la garganta; calambres les paralizaban las piernas; el sudor adhería los cabellos, salaba los labios y bañaba la piel en su transcurso.

El portal abierto en el cielo seguía vomitando bestias en su espectáculo luminoso. La luna lucía famélica en su envoltura ocre. Alan observó la flora circundante: la oscuridad se alimentaba de su verdor intrínseco, derrengaba las hojas hasta convertirlas en una mueca entristecida; los cárices imitaban el mismo gesto. La maleza se rompía en polvo al pisarla. Todos los elementos pertenecientes a la Presencia Oscura comenzaban a marchitarse, a fenecer para fortalecerla.

Alan se miró la palma de las manos y el antebrazo. Raíces negras reptaban por su piel gris y cuarteada. Alzó la vista y se encontró con los ojos sorprendidos de Zane: él también estaba haciendo lo mismo.

―¡Vamos, tenemos que hacerlo! ―llamó Alan.

Los Anderson se pusieron en medio de los dos artistas. Alan miró con semblante tétrico a Alice. La mirada de ambos hablaba sin palabras, se comunicaban con un mínimo contacto visual en la insuficiencia de un instante.

―Por favor, vuelve ―pidió ella circunspecta. Era la única persona girada hacia él.

―¡Al, hazle caso, colega! ―apoyó Barry―. ¡Y no tardéis, por favor!

―¡Acabad con el maldito… ―empezó a decir Sarah, interrumpida.

―Insigne psiquiatra Emil Hartman ―completó una voz presuntuosa.

Alice apretó los labios y respiró dejando escapar el aire cargado de ira. Sarah distinguió enseguida esa voz. La confusión y el miedo formaron un dúo peligroso en Barry. Los hermanos Anderson, Zane y Alan lo miraron inmutables.

―¡Bienvenidos de nuevo! ―dijo en tono distendido, festivo.

Emil Hartman caminó con rectitud, las manos tras su espalda. Vestía con camisa beige, una impoluta chaqueta de lana abotonada, pantalones crema y zapatos marrones. Seguía conservando la presencia de hacía años. No tenía sentido seguir la procesión de la vida ni sentir la pesadez monótona de su transcurso.

―He observado sus progresos, desde luego ―dijo con voz calmada, esta vez cruzando los dedos frente a su pecho―, y les debo dar la enhorabuena: es loable el esfuerzo realizado para recuperar los rescoldos de los artistas que un día fueron.

―¡Cállate de una vez! ―bramó Alice, disparando dos veces a Hartman.

Las balas levantaron astillas en las vigas del porche. El doctor únicamente inspeccionó los impactos. Cruzándose de hombros, prosiguió, acercándose más a ellos.

―Señora Wake, aún le debo agradecer haberme traído a un paciente tan desafiante como su marido. Desde nuestro primer y lamentable encuentro en la comisaría, su irreverencia violenta desbocaba de su personalidad. ¿De verdad nunca les afectó físicamente su temperamento? Me extraña.

Sarah y Barry continuaban defendiéndose de los Poseídos. De vez en cuando miraban de soslayo a Hartman.

―Vamos a pasar, Hartman ―avisó Zane―. Todo esto va a terminar.

Emil sonreía negando con la cabeza. Chasqueó la lengua, emitió un sonido seseante con la garganta mientras apretaba los labios.

―¿Qué le aporta ayudarle? Vino aquí a cambio de nada, dejando un lugar que le servía para proyectarse con la última imagen que la vida pudo tener de usted. Piense en la posibilidad de lograr vencerme: ¿dónde irá después?

Zane apretó el puño mientras jugaba con los dedos en el gatillo del arma.

―¿Y usted, Wake? Está haciendo peligrar a sus amigos para satisfacer sus intereses. ¿No es eso, acaso, la esencia pura del egoísmo? Aquí peligran de igual o mayor manera que en sus hogares, ¡y sin embargo los ha reunido aquí! ―dijo riéndose con desdén―. Se ha aprovechado de los lazos íntimos que les unen, pero tan solo les está sirviendo como escudos protectores para intentar cumplir con su objetivo.

―¡Al, mata ya a ese tío! ―sugirió Barry.

―Oh. Menosprecia el intelecto con tal ignorancia ―dijo en un tono de fingida ofensa―. ¿Puede morir lo que es inmortal?

―Comprobémoslo ―desafió Barry.

Se giró y apretó el gatillo de la pistola de bengalas. El proyectil debería haber atravesado el cuerpo de Hartman, si es que aún hubiese estado ahí.

Una sombra se irguió tras el agente y le susurró con sorna:

―Intente comprobar la próxima vez si mi cuerpo sigue estando en el mismo sitio.

Cuando Barry se giró, apuntándole con el arma, Hartman le propinó un puñetazo en la mejilla, desplazándolo unos metros. Sarah lo enfocó con la linterna y descargó el cañón; el doctor no se inmutó y le arrebató el arma, arrojándola al mar. Le golpeó en el estómago con una mano y, seguidamente, le golpeó la cara con el puñetazo.

―Ahora ―le susurró Zane a Alan.

El poeta le entregó el manuscrito, y Alan salió corriendo

Hartman advirtió la huida del escritor, y enseguida se desplazó para seguirlo. Zane se desplazó entre sombras sesgadas, placando al doctor.

―Recuerda que vengo del mismo sitio que tú ―dijo Zane―. Subid, Anderson ―ordenó.

Los hermanos asintieron y siguieron a Alan, que ya se encontraba en el interior de la cabaña. Hartman intentó alcanzarlos, pero el poeta lo embistió en el aire. Ambos rodaron por la maleza, hasta que los cuerpos quedaron separados.

―No permitiré que vuelva a suceder ―dijo Zane.

―Es y siempre ha sido un artista mediocre obsesionado únicamente con su obra ―replicó Hartman.

Alice sacudió a Sarah. Cogió sus dedos y los asió obligatoriamente al revólver. La sheriff tenía los labios ensangrentados y el gesto facial convertido en una maraña de confusión y dolor. Barry se colocó de costado, aún dolorido, y lanzó una bengala a la horda de Poseídos que casi había alcanzado a Sarah y Alice. Desde el suelo, la agente disparó contra ellos. Escupiendo sangre, Sarah se levantó agarrándose del brazo de Alice. Barry se reincorporó, frotándose la zona dolorida de la cara con la mano.

―¡¿Qué hacemos?! ―consultó con ellas.

Los tres miraron a la horda acumulada en el puente, y luego rebotaron en el combate entre Thomas Zane y Emil Hartman. Entretanto, se defendían de los adversarios.

―¡Resistir! ―dijo Alice.

En el interior de la cabaña, los muebles se desplazaban de sus sitios y se arrojaban vehementes contra ellos. Los hermanos se deshacían de ellos asestándoles golpes certeros con sus armas. Alan disparaba a los enemigos que se interponían en su ascenso por las escaleras.

Llegaron a la habitación y se sentó en la silla. Dejó todas las hojas, excepto la última, en la esquina superior derecha de la mesa. Colocó la página en la cinta y empezó a teclear, pero la pared frente a la máquina desapareció con un boquete enorme, expulsando astillas, serrín, tablones de madera y esquirlas de cristal de los ojos que formaban la mirada del pájaro.

El escritorio empujó a Alan hasta el extremo opuesto de la habitación. La máquina de escribir dio varias vueltas en el aire hasta estrellarse con sequedad en la pared contraria, al lado de la puerta de acceso; algunas piezas mecánicas saltaron, y el armazón se agrietó en varias zonas. El nombre Royal, fabricante del objeto, grabado en la parte frontal, quedó agrietado sesgadamente. Las hojas volaron confusas en círculos, se mantuvieron con suspense en el aire hasta posarse grácilmente en el suelo.

Zane, tumbado, lo sepultaban unos cuantos tablones. Tenía el rostro magullado y la gabardina colgando en grandes jirones. Escupía sangre bituminosa. Miraba a Alan con gran vergüenza, como una persona ignominiosa volviendo al lugar de origen.

―Lo siento, Alan… ―se disculpó. Tosió y arrojó una masa gelatinosa negra―. No pude contenerlo más.

El escritor, con la espalda ardiéndole y llena de calambres paralizantes, intentó reincorporarse deslizándose y apoyando las manos en la pared. Su rostro revuelto en una mueca de punzante dolor, la parte posterior de la cabeza le amartillaba con insistencia, y el discernimiento espacial estaba obnubilado por la traumática confusión.

Logró levantarse y acercarse al poeta, que se apretaba el vientre con la mano y gruñía entre los labios apretados. Tor cerró la puerta y la vigiló, mientras que Odín se acercó a ellos para interesarse sobre Zane.

―¿Estáis bien? ―preguntó confuso Alan, que se tambaleaba caminando.

Los hermanos asintieron. Alan sintió una bala impactando en su espalda, quemándole la zona, paralizándola y durmiéndola. Hincó una rodilla en el suelo, mientras la otra parecía haberse quedado sedada, estirada inerte. Le costó mantener el equilibrio.

―Tenemos que hacerlo ya, Alan ―apremió con nerviosismo.

―¿Y los demás? ―preguntó apretando los dientes en una mueca aguda de dolor.

―Escribe, Alan, por favor ―le pidió.

Wake comprobó el estado de la máquina de escribir. Las partes importantes sobrevivieron, pero dudaba que el tabulador y la tecla de retroceso funcionasen. Alternaba la gravedad con que sus ojos se fijaban en Zane con la preocupación pulsátil imaginándose la tragedia representada en el exterior.

―¿Qué ha pasado? ―repitió impaciente, subrayando cada palabra en la pronunciación.

―Alan… céntrate en lo primordial.

El escritor se levantó vacilante y se dirigió con pesadez al túnel abierto en la pared. Se apoyó en el marco con ambas manos, y cayó resbalando por la pared.

―Señor Wake, creo que debemos negociar ―sugirió Hartman. En su rostro también se apreciaban las marcas de la batalla, aunque su patente victoria indicaba la participación de un lacayo.

Dos poseídos retenían a Barry, agarrándolo de los brazos, mientras otro de aspecto intimidante y rostro enmascarado, con restos de piel humanos, hacía ronronear la motosierra de hoja ensangrentada, a la suficiente distancia para no degollarlo.

Le habían arrancado la cadena de luces de navidad. Encontró a Sarah Breaker tumbada bocabajo. Un Poseído estaba sentado encima de ella, encañándola en la sien con su propia escopeta. Y, en el borde de la roca, Alice levitaba sobre el lago, sujeta con firmeza por una mujer oronda de pecho voluminoso, cabello negro untuoso y atuendo raído, con una chaqueta gris que intentaba disminuir la visión de su aspecto dejado.

A Alan Wake le recordó cierta mujer obsesionada con un escritor, y no se refería a él y la difunta Rose Marigold, sino a una extraída de un libro de terror cuyo autor y título no preponderaban sus recuerdos.

―¡Suéltelos, Hartman! ―bramó Alan.

Exclamó un grito desgarrador y cayó al suelo. La mano derecha pendía en el borde del piso. La mano pareció gangrenársele, y arañó la madera con los dedos, absorbiendo su color.

―Veo que no les ha comentado a sus amigos la verdad, ¿no? ―preguntó maliciosamente.

Alan se tocó el labio con dos dedos y se los empapó con un líquido pegajoso y negro. Alzó la cabeza. El sudor regaba su rostro, las gotas saladas escocían en sus ojos.

―Me lo imaginaba ―comentó Hartman, cruzándose de hombros.

La ira le crispó cada rasgo de su rostro extenuado y herido. Pero el origen de este sentimiento no se debía a la profunda repugnancia que esa persona altanera le provocaba, sino a la profanación del secreto, cuya confesión le correspondía únicamente a su portador.

―Pensarán en el señor Wake como su Mesías, pero la realidad dista de la idolatría ciega depositada en él.

Hartman caminaba recorriendo un pequeño espacio, con pasos lentos y las manos juntas.

―No les ha contado que se está muriendo, ¿verdad? Oh… veo que no. Les diré a ustedes algo más: si tiene tanta urgencia no es por detenernos, no; es casi imposible sellar definitivamente algo que se nutre del alma de los artistas, y cuyos portales se extienden más allá de este lago. Tampoco lo sabían, ¿verdad? Imaginaba.

Lo miraban aturdidos y sorprendidos. Los globos oculares de Alan pugnaban para no dejarse arrastrar hacia la oscuridad que estiraba sus demacrados dedos. El dolor dejaba los músculos de su cuerpo en una extrema rigidez vibrante, como si estuviese haciendo equilibrio en una plataforma situada a veinte metros sobre el mar.

―Él y el señor Zane están muriéndose; suena redundante ―dijo soltando una risa sardónica―, valorando que la muerte no puede doblegarse ante su propia naturaleza.

Un reflejo del propio rostro de Zane se salía de su piel, como la infamia vigilada por el carcelero moral. El preso, sin embargo, estaba a punto de escaparse. Luchaba contra la corrupción renegrida que avanzaba vertiginosa por su cuerpo. Su mirada trémula se cruzó con la de Alan, y en ambas se advertía una incertidumbre terrorífica.

―Negociemos, Hartman ―propuso Alan, mirándolo con firmeza.

Se agarró con ambas manos al borde del suelo, arrastró con un dolor latoso las piernas. Las venas de su cuello reptaban por su tez cenicienta como ramas cadavéricas.

Hartman arqueó las cejas y lo miró.

―Le escucho.

Alan miró a Alice. Su estupefacción se mezclaba con una inseguridad horrorosa. Barry y Sarah depositaban enteramente su atención, más concentrados en liberarse que en cuestionarse la veracidad de las palabras; el rasgo distintivo de estas es la volubilidad que las aleja de todo criterio unívoco. Tras él, los Anderson se encontraban preparados para reaccionar cuando él o Zane les ordenasen; esta situación les resultaba muy familiar.

―Escribiré el final del manuscrito siguiendo tus órdenes, pero a cambio deberás dejar marchar a mis amigos. Es la única condición. Podemos hacerlo mediante esa vía, o puedo demostrarte que no me importa morir por salvar más vidas.

El doctor sonrió. No tuvo necesidad de considerar la propuesta, pero aun así quiso retener la exasperación ostensible en sus enemigos.

―Está bien. Tenemos un trato ―decidió finalmente.

Hartman se desplazó en una estela negra en movimiento, como un automóvil de competición al pasar por una recta. Se posicionó al lado del escritor. Los hermanos se pusieron en posición defensiva, empuñando las armas.

―Tranquilos, Anderson ―calmó Alan. Caminó unos pasos y quedó inmóvil. Su cuerpo se dividió en dos copias casi transparentes y oscuras, hasta volver a juntarse. El escritor jadeó profundamente y continuó andando.

―Recoja todas las páginas, Wake ―ordenó Hartman.

―Algunas no estarán aquí ―señaló Alan.

―La última es suficiente. Cuando la escriba, las demás volverán. Debería saberlo, Wake.

―No lo hagas, Alan… Sabes que hay otra opción ―pidió Zane con voz voluble, atiplando desde la sima donde provenía la ronca voz.

―Señor Zane, no le haga perder más el tiempo. Piense que, cuanto antes acabemos, antes podrán regresar al lugar del que no deberían haber salido.

―Anderson, bajad con los demás ―ordenó Alan―. Si este cabrón incumple su promesa, ya sabéis qué hacer.

―No te fallaremos, Tom ―respondió Tor, alternando la mirada entre Zane y Alan.

Antes de que abandonaran la estancia, Alan les dijo:

―Odín, los pequeños regresarán a casa.

El anciano pareció no escucharlo, y continuó caminando junto a su hermano.

Alan rebuscó entre las hojas desparramadas hasta encontrar la página que le interesaba.

―Repare la mesa y la máquina. Si no, no podré escribir ―ordenó Alan.

Hartman obedeció gruñendo y reconstruyó el escritorio y arregló la máquina de escribir.

Alan se sentó en la silla y la arrastró hacia delante. Preparó la página y empezó a teclear. Las barras de tipo golpeaban el papel con una furia resignada, y el sonido mecánico imitaba las ráfagas vehementes de un arma automática. Las palabras se enlazaban unas con otras, como una cadena solidaria transportando letras para formar una historia.

Alrededor del escritor, el mundo es una cercanía lejana, un zumbido constante embotado. Las propias palabras se forman en su cabeza y las reproduce instintivamente, sin valorar fallos o aciertos, tan solo transcribiéndolas. El sonido vibrátil de la máquina es la melodía que acompaña el silencio inspirador.

El futuro no siempre está ligado a una planificación previa. Intentamos cambiar su aleatoriedad inherente para organizar nuestra vida, cuando es él quien la decide. Alan, antes de pulsar la última tecla que firmaría la condena de la humanidad, ordenó en voz queda:

―Ahora, Zane… ―susurró mientras el dedo casi acariciaba el tacto metálico de la pieza.

El poeta iba a levantarse cuando un simple grito femenino y distorsionado bifurcó el futuro. Oyeron, seguidamente, los gritos de guerra de los hermanos Anderson, y con ellos un clamor tronó el ambiente.

Lo que ellos no vieron, prestando más su atención en retener al doctor Hartman, fue a Alice llevándose sutilmente la mano al bolsillo de su chaqueta, aprovechando las descalificaciones constantes de la mujer que la vigilaba y la escudriñaba con repugnancia y envidia extremas, y sacando una pequeña linterna roja y enfocándole directamente a los ojos con una deslumbrante luz pálida. La corpulenta mujer retrocedió herida, y soltó su presa. Alice consiguió hundir las uñas en la tierra, sujetándose en el borde de la roca. La linterna rodó cerca de ella.

Cuando eso sucedió, la valentía pasó por los eslabones de la cadena del terror que los retenía. Odín arrojó con fuerza la lanza al enemigo que encañonaba a Sarah Breaker. Una onda sacudió a los Poseídos, librando a Barry de sus contrarios. Los cuerpos volaban, rodaban, y algunos terminaron cayendo a las pútridas aguas. La sheriff empuñó el arma, encendió la linterna acoplada y comenzó a descargar indiscriminadamente una lluvia de proyectiles sobre los rivales.

Barry corrió hacia Alice, cuyos dedos manchados de sangre se escurrían en la tierra. La mujer alzó el pie para hundirlo sobre su mano, pero Barry consiguió que centrase su atención en él. Se giró y lo miró, y sus ojos focalizaron en el foso negro de la pistola roja.

El cartucho saltó de su interior y voló arrastrando una estela blanca. El esplendor del cilindro segmentó abruptamente la noche en luces y sombras establecidas con rotundez. La carne flácida bamboleó en el aire, y antes de alcanzar el suelo la mujer se evaporó en estrellas. Fue hasta Alice y le agarró firmemente los brazos, estirando de ellos. Ella se ayudó de sus piernas, para subir. Rodó por el suelo, la respiración jadeante e incontrolable.

―Gracias, Barry ―le dijo.

―¡Chicos, necesitamos ayuda! ―pidió Sarah.

Entretanto ellos peleaban contra la legión iracunda de Poseídos, Thomas Zane brincó del suelo y se abalanzó sobre Hartman, empujándolo contra la pared. El poeta se lamentó en el suelo, retorcido.

―¡Hazlo, Alan! ―urgió Zane.

Tecleó la última letra, cerrando una historia que ofrecía un abanico de finales completamente distintos entre sí. Todo estaba escrito, y ya no se abría a él la posibilidad de retroceder para cambiar las palabras y moldearlas para crear un desenlace diferente.

Las hojas silbaron en el aire, se revolvieron como una huracanada corriente. Entre ellas se ordenaron, formando un único montón. Como si hubiese completado la conjura de un hechizo, un resplandor dorado y negro emanó de las páginas.

La hoja colocada en la máquina de escribir se soltó, celebrando por fin haberse liberado de las barreras creativas del escritor. Cuando se juntaron, cayeron con pesadez sobre la mesa. Alan sacó la linterna, cogió la resma con la otra mano y arrojó la luz cónica sobre las palabras, grabadas como un tatuaje recién hecho.

Las letras comenzaban a emborronarse, y la tinta ardía en la piel de Alan. Casi todo su cuerpo estaba lleno de raíces negras. Sopesó atropelladamente, con el apremio angustioso condicionándole el raciocinio, las exiguas posibilidades que tenía.  Zane casi se había transformado; sus amigos apenas si podían contener por más tiempo a los Poseídos, y terminarían feneciendo ante la obnubilación primigenia de su instinto; Hartman lograría someter la Tierra, y él estaba a punto de claudicar ante él.

Solo existía una solución, aunque incluyese un sacrificio.

Arrojó la linterna al rincón donde estaban Hartman y Zane. Rápidamente desenfundó la pistola de bengalas y apretó el cañón contra el montón de páginas.

―¡No! ―gritó Hartman, horrorizado.

Alan desvió sutilmente el arma y apuntó al doctor cuando su sombra avanzaba hacia él girando sobre sí misma. Apretó el gatillo y el proyectil lo desvió hacia la derecha de su trayectoria. El cuerpo rezumaba humo, y en los segundos que Hartman necesitó para recomponerse, Alan se guardó la pistola, agarró la historia y se levantó apresuradamente. Dejó que la oscuridad floreciese de su interior, y saltó por la abertura arrojando una niebla serpenteante.

Cuando llegó al suelo, agarró el revólver y empezó a disparar balas grises que desintegraban los Poseídos en una cortina gris y vaporosa. Los casquillos salían despedidos convertidos en granos de acero. Los enemigos cortaban el aire con las armas, pero no conseguían alcanzarle; el revólver continuaba vomitando balas sin necesidad de recargar.

Se detuvo frente a sus amigos y la horda encolerizada. Guardó el revólver y sacó la pistola de bengalas. Presionó el cañón contra la primera página y disparó. Un alarido rajó sus cuerdas vocales. El manuscrito entró en una ignición de tinta negra que envolvió a Alan. De su cuerpo saltaban, como rescoldos crepitando de una chimenea, partículas negras. Girándose hacia sus amigos, les dijo:

―¡Tenéis que iros ya! ―su voz apenas era un resquicio del verdadero Alan Wake, aunque su interior aún cobijaba su alma.

Un peligroso recelo se instauró en sus rostros. ¿Qué deberían pensar cuando miraban el rostro corrompido y en plena deformación del que otrora fuera un reputado escritor de misterio? Ahora solo era un cuerpo aceptando su inapelable destrucción.

―¡Ya! ―reiteró embravecido.

Se lanzó a por ellos, pero ni siquiera intentaron defenderse. Los dedos se agarrotaron sobre los gatillos, y una instantánea petrificación capturó toda reacción posible. Un cuerpo se deslizó sobre el césped, girando varias veces. Hartman se limpió la sangre negra en el labio, escupiéndola. La oscuridad, mezclada con luz, seguía escapando de su cuerpo como una materia orgánica incendiándose.

―¡No hay salida, Wake! ―bramó el doctor.

Una sombra saltó sobre todos ellos y aterrizó frente a la línea de enemigos. Thomas Zane, de espaldas, ordenó:

―Me encargó de ellos, Alan.

Las páginas seguían descomponiéndose y abrasándole la piel, destruyendo el germen que había infestado su ser, aunque solo consiguiese acelerar el proceso de la muerte.

―¡Marchaos! ―ordenó dándoles la espalda.

La tierra tembló, y el agua bulló emanando una cortina opaca de gases como una fumarola. Todos perdieron el equilibrio y cayeron al suelo. Los Poseídos se echaban unos a otros de la roca como una alocada pelea en un ring.

―Va a entrar en erupción ―murmuró Sarah Breaker. La tez palideció bajando un telón cadavérico―. ¡Va a entrar en erupción! ―anunció finalmente.

―No sabe qué hace ―comentó Hartman.

―¡Rápido! ―apremió Zane, retorciéndose de pie por el dolor.

Zane lideró la marcha, continuada por Sarah, los Anderson y cerrada por Barry. Alice, estupefacta y negando constantemente con la cabeza, permaneció inmóvil a muy pocos metros de Hartman y Alan. Barry la impelió agarrándola por la cintura. Avanzaron atropelladamente por la pasarela de madera. El cielo tonante padecía el mismo dolor que Alan. Los árboles se sacudían, las hojas muertas se separaban de las ramas y formaban corrientes de partículas.

A mitad de camino, Alice le propinó una patada en la entrepierna a Barry y le asestó un codazo en el vientre. Estiró los dedos, pero tan solo consiguió acariciarle la manga de la cazadora. Se zafó de él y corrió de vuelta a la isla.

Desapareció en el mar vaporoso, convirtiéndose en una silueta adentrándose en un territorio incognoscible, como Harry Mason buscando a su hija Cheryl. A pesar de las reiteradas peticiones de regresar a por ella, Zane continuó guiando al grupo lejos del lago, apartando a los Poseídos como si estuviese atravesando un camino repleto de cañaverales.

Su figura sobrepuesta a la niebla fue un error sorpresivo y evidente. La voz de su mujer llegó tras él demasiado tarde.

―¡Alan!

El arrostro condena a las personas en un intento vano de vencer al miedo. Él lo sabía.

El escritor se desplazó hacia ella, y buscó tardíamente el amparo de sus brazos. Estiró la mano y alcanzó sus dedos. Después, ambos cuerpos se fundieron en un último y desgarrador contacto corporal que tanto reconfortaba. Los labios sellaron la vida en un desesperado y necesario beso. Las lágrimas manaron de sus rostros. En los ojos de Alice, el mar calinoso enrojeció como el crepúsculo vespertino; las piedras ónices de él brillaron expuestos a un sol encumbrado en el horizonte.

―Lo siento, Alice… ―se disculpó él.

Hartman intentó separarlos, pero una cascada de luz emergió del lago, tragando la isla. El día explotó en la noche mundial.

Barry fue el primero en abrir los ojos.

La luna lucía orgullosa recortada en el cénit tachonado. Una quietud diáfana se instauró en la noche. Los árboles volvían a sacudirse aletargados siguiendo el arrullo del viento. Una velada normalidad resurgió de sus ruinas.

Se levantó y miró a sus amigos. Sarah y los Anderson se desperezaban de lo que parecía haber sido un increíble y agónico sueño. Sin embargo, no había rastro de Zane. Se acercó corriendo a la entrada que indicaba el nombre de la isla, con el cartel desvaído y torcido balanceándose en el endeble dintel de madera.

En el lago no había nada, y un sendero ondulado, donde la luna arrojaba perlas saltarinas, recuperaba la belleza del lugar, mancillada por la vileza del agua, como los seres vivos finados que se encuentran nadando en el radio de alcance de una mancha de petróleo. Pero ahora, volvía a ser límpida.

La crudeza de la realidad lo abofeteó. Se sentía culpable por haber permitido escaparse a Alice, aunque gran parte también rebotaba en Zane, que se opuso tajantemente a salvarla. Podría haberlo logrado en unos segundos, y ahora ella estaría con ellos.

El agua saltó, y Barry brincó sobresaltado. Dos brazos surgieron de ella, y seguidamente apareció el rostro sorprendentemente humano de Alan Wake. Tosió, escupió el agua y dejó entrar bocanadas frescas y profundas de aire. Se agarró a la escasa maleza crecida entre las rocas, sobresaliendo como flores en un jarrón.

Se arrastró por el suelo de esquisto y se arrodilló, alzando la cabeza. Barry lo miraba con tristeza, sorpresa e insatisfacción. La saliva subió y bajó por su garganta. Las palabras, temerosas de formular la pregunta, se atascaban en sus labios.

―Al, ¿dónde está Alice?

A su lado se colocó Sarah, y junto a esta lo hicieron los Anderson.

―Tom, ¿por qué? ―preguntó Odín.

―Eso, Tom, ¿por qué ella? ―aventuró Tor.

Sarah y Barry los miraron confundidos, y una oscura cábala cruzó su visión.

―Allí abajo no pude hacer nada ―se defendió Alan―. Zane y yo intentamos defenderla, pero se nos acababa el tiempo. Hartman logró retenerla, y uno de nosotros debía volver a la superficie.

Lo escucharon en silencio. Los hermanos negaban con amargura la cabeza; Sarah tenía los brazos en jarra, y su rostro reflejaba la auténtica extenuación, y Barry no se inmutaba.

―Pero sé que volverá ―reconoció con certitud.

―¿Cómo estás tan seguro, Al? ―preguntó con tono adusto.

Alan abrió la mano izquierda. En ella tenía su anillo de casada.

―Y cuando vuelva, la estaré esperando en casa.

*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

Un comentario en “El manuscrito de Wake: Capítulo XIV”

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