El manuscrito de Wake: Capítulo XIII

Capítulo XIII

Las dos personas del artista

 

Alejandro Masadelo

 

El coche serpenteaba entre la niebla.

Su contorno voluminoso se perfilaba en la oscuridad como una enorme embarcación acercándose a la orilla, fantasmal e imponente. A mitad del camino de la radio, Alan ordenó:

―Para aquí, Alice.

Pareció dudar, pero continuó conduciendo, haciendo caso omiso.

―Alice, para, por favor ―reiteró con calma.

―Alice, hágale caso ―dijo Zane.

La fotógrafa apretó los labios y aferró el volante con rabia.

―No, Alan ―respondió con la voz ronca, producto de la negación. Sabía qué pasaría si detenía el vehículo.

―Si no lo haces, nos condenarás a todos ―advirtió Alan con dureza.

Apretó más el acelerador. El motor bramó fiero e indómito. Por las ventanas, la niebla se partía en líneas onduladas que parecían girar incontrolables, como un cuadro de Van Gogh. Alice rechinaba los dientes y contenía unas lágrimas que estaban comenzando a perlar su tez.

―¡Alice, detente! ―ordenó Alan.

―¡No!, ¡No!, ¡No! ¡No pienso perderte de nuevo! ―se negó con voz acuosa, resquebrajada.

―Ten cuidado, Alice ―aconsejó Sarah, algo asustada.

―No voy a parar, no voy a parar… ―repitió negando con la cabeza, sorbiendo los mocos―. Vamos a ir todos a la radio y…

Un segundo motor rugió tras ellos. Los ojos brillantes aparecieron en los retrovisores. Su figura alargada avanzaba sorprendentemente veloz, casi los había alcanzado. Alan se giró y pudo intuir quién se encontraba conduciendo ese coche.

―¡Sarah, dame la pistola de bengalas! ―ordenó.

La sheriff vaciló unos segundos y, cuando tenía la pistola en la mano, fue demasiado tarde.

Una boca se abrió en el parachoques delantero, ocupando toda la anchura. Clavó los dientes en el maletero y movió a su presa hacia la derecha, haciendo que el coche virase. Las ruedas chillaron como cientos de cuchillos deslizándose por un plato de cerámica. Los ocupantes del sedán se bamboleaban en sus asientos, y el coche se levantó sobre las dos ruedas traseras.

La secuencia estaba claramente definida en una sucesión rápida de fotogramas: el vehículo cayó sobre el costado derecho, convirtiendo el vidrio de las ventanas en una compleja red granulada antes de explotar en una lluvia de esquirlas. Los cuerpos, en una danza ingrávida, chocaban en el aire mientras el coche realizaba dos vueltas más. Los ruidos eran sordos, amortiguados por la lejanía de la que provenían. El dolor apaleaba sus cuerpos como un boxeador practicando sus golpes en un saco. Finalmente, el coche giró sobre sí mismo, derrapando, hasta el arcén.

En el camino había trozos grandes de carrocería, un camino de vidrio parecido a migajas de pan y un reguero de aceite. En mitad de la carretera, el coche gruñía con insistencia. Se abrió la puerta del conductor y alguien salió de ella.

―¡Admiro vuestra valentía, de verdad! ―exclamó con ironía, riéndose―. Pero me temo que el viaje ha terminado.

Alan se retorcía confuso y abotagado en el asiento. Tenía el cuerpo de Tor encima, inerte y con la respiración apenas apreciable. Lo apartó y buscó con desesperación la pistola de bengalas. Debía estar ahí.

―Podría mataros de varias formas, pero creo que es más romántico compartir la muerte entre todos, ¿no crees, Alan?

Se arrastraba entre el vidrio, oprimiendo el dolor entre sus labios. Mientras buscaba el arma, examinaba el estado del resto de ocupantes. Barry movía las cuatro extremidades, como si dibujara un patético ángel en la nieve; Alice movía temblorosamente los dedos, semejando una garra; Sarah aún estaba sentada bocabajo, con las piernas y los brazos colgando flácidos, y fruncía el ceño mientras los ojos le palpitaban, como si estuviese atrapada en una pesadilla de la que deseaba escapar; Thomas Zane yacía semiinconsciente, el pecho inflando y desinflándose con lentitud, y Odín Anderson había atravesado la ventana. Tenía mitad del cuerpo posado en el asfalto, rodeado de un charco vítreo. Alan esperaba que la ventana ya estuviese rota.

―Podría ordenarle a Christine que os comiera. Sería divertido ―comentó riéndose con desdén y regocijo―. ¿Alguna vez os ha comido un coche? No. Creo que no.

Una pieza ligeramente doblada y negra asomó bajo el cuerpo de Odín.

―Pero voy a hacer algo mejor: sacaros de la carretera. Os voy a dar el empujón que necesitáis. ―Volvió al interior del coche y, antes de cerrar la puerta, se asomó agarrando el marco y dijo―: Muchas gracias por convertirme en quien soy, Alan.

Cerró la portezuela y dio marcha atrás.

Alan levantó el cuerpo y encontró la pistola de bengalas. La empuñó rápidamente y se impulsó con sus piernas, rasgándose la ropa y la piel con los filamentos.

El Plymouth Fury del 58 aceleró iracundo. El motor bufó gravemente, las ruedas levantaron un denso humo negro y grabó rodadas en el asfalto, fundiéndolo como metal. En cuestión de un segundo y medio, el sedán y el Plymouth solo estaban separados por dos metros. Desde el asiento de conductor, el Sr. Chirridos comprobó, aterrado, el proyectil rojo dirigido hacia la luna delantera. El parachoques golpeó el maletero y desplazó el vehículo hasta el guardarraíl.

Antes de que Christine rompiese la barrera protectora y se arrojase irremediablemente al vacío, el conductor saltó del asiento, rodando por la gravilla. Cuando el vehículo impactó, una nube de luciérnagas se alzó del fondo, disipando las nubes momentáneamente y mojando con luz la oscuridad.

Alan Wake se encaminó decidido, furioso, hacia el Sr. Chirridos. Este se levantó tranquilamente y dijo con despreciable engreimiento:

―¿De verdad piensas que así vas a matarme? ―señaló la pistola de bengalas que sostenía en la mano izquierda.

Alan se detuvo y sonrió astutamente. Alzó la pistola y la arrojó tras él, cerca del coche. El rebote sobre el asfalto recordaba un lanzamiento de guijarros en el mar. El sonido se expandió con un eco sordo, como el repicar de las campanas.

―No la voy a necesitar.

―¿Y cómo intentarás, al menos, hacerme daño? ―sonrió con altanería.

―Combatiendo con tu mismo truco en mi mundo.

Tras esto, Alan se lanzó a por él. Extendió los brazos y le tocó los suyos. Después, una enredadera negra y vaporosa trepó por ellos, convirtiéndolos en estatuas devoradas por el tiempo.

El Sr. Chirridos apareció de pie en una sala cubierta de espejos, incluso en el techo y suelo. Giro sobre sí mismo, y comprobó invadido por un miedo cerval que su imagen no se reflejaba en el cristal. Respiraba de manera entrecortada, y una sudoración fría le bañó las axilas y perló su frente.

―Eisoptrofobia ―anunció Alan desde una posición anónima―. Este miedo formó parte de mi vida en la adolescencia. Qué irónico, ¿verdad? Nos asustamos de los monstruos ocultos en el otro lado del espejo, pero en realidad la única imagen visible en la nuestra. Comprobemos si existe otra dimensión o no.

Un licántropo de dos caras pegadas y tentáculos nacidos de su vientrese chocó contra el cristal del espejo de pie que tenía enfrente, sobrecogiendo al Sr. Chirridos y haciéndole retroceder unos pasos. Sonreía lascivamente y gemía impregnando la superficie con un vaho. Entretanto, reía con placer. El hombre rio de forma entrecortada y negó tranquilamente con la cabeza.

―¿Esto es con lo que vas a matarme, Alan? ―gritó buscándole con la mirada.

―Te equivocas. Solo acabo de empezar.

En el espejo de al lado apareció una medusa gigante, llena de bocas compuestas por cuchillas distribuidas en caracol. Las extremidades golpeaban el cristal, haciendo aparecer grietas sesgadas. El sonido de los golpes que producía era el de interminables lamentos y gritos lastimeros. El doppelgänger, irritado, le asestó una patada al cristal. Imaginó los fragmentos volando alrededor, pero en su lugar el animal quedó liberado, abalanzándose sobre él.

En el suelo, los tentáculos gelatinosos se cerraban en torno a sus extremidades y a su cuello, provocando su asfixia. Pataleaba con desesperación. Rodó y hundió los pies en el cuerpo viscoso de su presa, liberándose. El animal no quería dejarlo escapar, y se levantó sobre sus doce patas.

―Creo que ahora debes correr ―sugirió Alan en tono burlón―. Observa.

El hombre lobo del otro espejo se agarró al marco y salió por el cristal como si entrara por una ventana. Alrededor, el resto de espejos estalló en un coro disonante y estruendoso de cristales rotos, de rugidos guturales y gritos placenteros y salvajes. Los intérpretes, irrisorias bestias procedentes del báratro, se atropellaban unos a otros e incluso iniciaban disputas donde la sangre brotaba en una mescolanza artísticas de colores.

El catálogo informe de criaturas era amplio: esbozos infrahumanos pintados por artistas demenciales, donde la fisonomía cambiaba de lugar, se retorcía o formaba una mezcla anómala; insectos antropomorfos, bípedos o cuadrúpedos, con troncos formados únicamente por un corazón bombeando tinta; otros semejaban obras de H. R. Giger, e incluso el Necronom IV reptaba con ansia voraz.

El Sr. Chirridos comenzó a huir. No intentó siquiera defenderse, tan solo estaba centrado en recorrer el laberíntico camino de espejos horrendos que lo sorprendían con semblantes sardónicos.

Lo rozaban con sus extremidades gelatinosas y seccionadas. Le expectoraban cubriéndole con una bolsa hedionda y pútrida el rostro. Las esquirlas de cristal tocaban su piel como una racha afilada de viento, inofensiva y violenta. Creyó tener líneas sangrientas, pero la ausencia de dolor camufló el daño real.

Tras cruzar un recodo, vislumbró al final del corredor una puerta de madera blanca. No sentía cansancio, al menos exteriorizado, pero se encontraba terriblemente exhausto. Por más que corría, sin embargo, no lograba alcanzar el otro extremo del pasillo; era como si por un momento mirase a través de una lupa y examinase su cercanía, y luego en un pestañeo la distancia volvía a ser inalcanzable. No. No podía ser eso. Para ratificar su sospecha, la irritante y suficiente voz de Alan le habló:

―Muy lejos, ¿verdad? Si quieres puedo darte un pequeño empujón.

Alan Wake saltó a su lado desde el interior de un espejo sin cristal. Antes de poder reaccionar, le propinó un puñetazo en la nariz. La fuerza del impacto hizo que saltase hacia atrás, recorriese volando el corto espacio que lo separaba del espejo situado tras él. Su cuerpo atravesó el cristal y se sumió en un vacío inescrutable, donde las bestias siquiera vivían.

Mientras se deslizaba grácilmente por la pista etérea, vio a Alan inclinándose por el marco, mirándolo sonriente. La circunferencia lumínica iba estrechándose, como una cuerda ciñéndola alrededor. Su resplandor era como adentrarse en las profundidades marinas, comprobando angustiado la transformación en una mota insignificante, hasta convertirse en un recuerdo anhelante.

El Sr. Chirridos vivía reconfortado en la oscuridad, pero la actual oscuridad le parecía desagradable e irresoluta, como si esta se hubiese sublevado y ahora estuviese vengándose de un ser interiormente pusilánime. Ahora, las fauces de la bestia que había creado lo estaban masticando, preparando su ingesta.

Se golpeó la espalda en el suelo. Retrocedió valiéndose de sus pies y manos. Se observó en un espejo de pie, incrédulo por la imagen distorsionada que reflejaba. Esta vez, no había ninguna bestia; se encontraba solo en una habitación que conocía perfectamente a través de los recuerdos de su «creador».

No era capaz de entender el daño pintado en su cuerpo; se sentía escarnecido y débil, como los patéticos seres humanos que debía sojuzgar. El efecto de sus bravatas resultó insignificante con el resto, y ahora uno de ellos, el condenado a una servidumbre creativa hasta que sus huesos se convirtieran en polvo, hasta realizar la labor encomendada, demostró una valentía loable influenciada por el pundonor característico de todo ser humano. Es un ejercicio de efectiva fatuidad, aunque las personas lo nieguen para presumir, redundantemente, de una humildad somera y espuria.

Liberando un grito de rabia contenida, se levantó y se acercó veloz al espejo, pateándolo hasta hundir el pie entre los cristales caídos como una sucesión de fichas de dominó.

―¿Rompes el espejo porque no soportas ver la realidad, o porque no eres capaz de enfrentarte a tu fobia? ―preguntó en tono divertido.

―No tengo ningún miedo ―dijo sin convicción, con una determinación que, en lugar de afianzar su declaración, logró debilitarla todavía más.

―Es paradójico que la oscuridad, tu eterna aliada, ahora sea tu mayor enemiga. ―Hizo una breve pausa, esperando respuesta. Al no obtener ninguna, continuó―: Te piensas superior a los demás, una especie de semidiós pero cuya existencia está ligada a un creador. Olvidas, sin embargo, que de la misma forma has logrado transferir a tu consciencia mis recuerdos, también lo has hecho con mis temores. Solo hay una diferencia: tú te has criado entre ellos, han sido tus compañeros, pero ahora te han traicionado; y yo crecí en la luz, obligado a enfrentarme a ellos.

Una figura enjuta, con los brazos laxos a ambos lados del cuerpo, formado por un tonel hueco en el centro, y un cráneo en forma de diamante, se acercó arrastrándose lánguidamente. Un brillo ágata gris, como un mar teñido por nubes plomizas, centelleó en el cuádruple prisma de sus ojos, como diamantes.

El Sr. Chirridos observó, aguzando la vista, las figuras reflejadas en su superficie. Formaban una media luna a ambos lados de él, y distinguió una lengua bífida reptando sensualmente por su cuello, provocándole un escalofrío placentero. Ordenó girarse a su cuerpo, pero este desobedeció obcecado, petrificado por el miedo cerval inoculado en él como un veneno.

El terror es, probablemente, la sustancia más nociva jamás conocida, y las vías de acceso al organismo las proporcionan los sentidos, lo que lo convierte en un peligro constante y sorpresivo. Te acecha en lo que ves u oyes, en las palabras que escuchas mientras tu cuerpo tiembla o en los sonidos que percibes.

―No sientes terror, ¿verdad? El gobernador de la oscuridad no puede sentirse presionado por sus súbditos ―dijo con diarismo.

El Sr. Chirridos no paraba de contemplarse en los diamantes mientras las bestias se divertían con su aterrada figura. Sombras difusas bailaban en torno a él, como trazos de acuarela; cabalgaban alborozados como niños en un parque tras finalizar la jornada escolar.

Descargas estremecedoras le zarandeaban el cuerpo como pliegues de una hoja de papel. Los ojos se activaban en la habitación como balas de plomo mientras las figuras avanzaban, reptaban o volaban hacia él. Pronto vio un ejército de criaturas sin fisonomía a su espalda.

La criatura aún seguía arrastrándose. Las manos le temblaron dudosas, llenas de una indeterminación horripilante. Abría y cerraba las palmas, y se mordía el labio inferior hasta hacer brotar una gota de sangre, deslizándose por la carne gélida y excoriada de nerviosismo y cayendo al suelo como el rocío renuente a abandonar la hoja donde se posó. Cuando impactó en el suelo, el anonimato desplegó sus sombras, y todas las bestias se manifestaron alrededor de él con rostros casi pegados al suyo, inmóviles y perturbadoras.

Descubrió murciélagos gigantes cuyos colmillos semejaban un Smilodon; cabezas de peces abisales en cuerpos antropomorfos; seres sin piel con una incomprensible y holgada sonrisa, y el pequeño ser, de color granate opalescente y un fondo negro insondable en el centro del torso, prismas por ojos y una fisura vertical partiendo desde un extremo de la cabeza hasta el centro de ambos ojos.

Su rostro se torció en un mohín y esperó, paralizado y con el corazón aporreando desesperado una batería, al irremediable final prorrogado. Para su sorpresa, nada ocurrió. La habitación aún estaba asfixiada en la oscuridad, exceptuando la luminiscencia emanante de las criaturas, como luciérnagas en la noche.

La puerta de la habitación se abrió con un sonido arrebatador. Las bisagras no chirriaron, sino que silbaron como el céfiro deslizándose filtrado entre las hojas de una arboleda en la noche.

―Adelante ―indicó Alan―, puedes escapar.

―Voy a matarte ―gruño entre dientes―. ¡Voy a matarte! ―bramó enfurecido, mirando el techo.

―Aquí estoy, entonces ―señaló.

Dirigió la mirada hacia la puerta y vio su figura erguida con altanería. Tenía los brazos abiertos, indicándole que se acercase. Sonreía sesgadamente. El Sr. Chirridos se abalanzó hacia allí, chocando con una de las criaturas petrificadas. El cuerpo, en lugar de caer y fragmentarse como una escultura de yeso, se descompuso en una oleada de oscuridad. Fue una reacción secuencial: cuando la primera bestia se despertó, el resto lo hizo, como si hiciesen guardia y esperasen avistar movimiento enemigo.

Atravesó los límites tangibles de la consciencia; la realidad se convirtió en una masa dúctil que se alagaba y contraía, formaba figuras geométricas y se dividía como células para, finalmente, volver a juntarse.

Un tornado de locura oscura lo vapuleó inclemente. En el interior, su figura se multiplicaba en gradación hasta un infinito incognoscible. Cada una de sus réplicas reía espasmódica y sardónicamente en un tono tan agudo como un centenar estridente de sirenas.

Conforme pasaban los segundos, la voz transmutaba en una gravedad reverberante y subterránea. Las líneas definidas de su rostro comenzaban a exudar tinta, saliendo de los ojos, de la nariz, de la boca, de los oídos… Hasta que esas caras lo miraron sonriendo, ensanchando los labios y surcando las comisuras, entrecerrando los ojos y tensando los párpados hasta dejar traslúcidos los huesos tras la fina piel. Todos ellos empezaron a girar en una espiral demencial, y él se unió al movimiento.

Como si fuese un espectador, observó la locura que lo oprimía: hundía las uñas en la carne de su cara mientras se rasgaba las cuerdas vocales profiriendo un grito roto. Hilos de sangre se deslizaban por su piel, manchaban los alambres de su barba y se escurrían por sus dedos frágiles. Entonces vio a Alan Wake apoyándose en sus hombros con ambas manos y susurrándole:

―¿Sientes ahora el significado de la locura?

Un temblor sacudió esa imagen, desintegrándola. Ya no quedaba nada más que la eterna oscuridad. Su cuerpo no se materializaba, aunque su conciencia seguía en funcionamiento: energía flotando desnortada, buscando un recipiente físico para moldear su personalidad.

Se encontró corriendo en un sendero atestado de pastillas. Oía las cápsulas abrirse bajo sus pies con un crujido óseo, espolvoreando indiscriminadamente su contenido. En el final del camino había una puerta cerrada. Un temblor hizo que se girase. Un alud de olor intenso y embriagador, tentador y a la vez prohibido, bajaba vertiginosamente por una ladera acristalada.

Corría, pero mentalmente se encontraba débil. Quería detenerse, y sus piernas vacilaron cuestionando tal voluntad. Pero no podía. Conocía los motivos, pero no los sentía propios. Percibía el pasado a través de imágenes y palabras salteadas en el espacio, manifestándose vívidamente los recuerdos, pero sin realmente comprender su naturaleza. Entonces, el deseo como individuo creado a raíz de un prototipo pugnaba fútilmente contra la férrea determinación de su creador.

Pero ¿por qué ahora no era capaz de experimentar el placer humano? Se encaprichó del líquido bajando presuroso, y el deseo enardecía en su interior mientras miraba de vez en cuando de soslayo, humedeciéndose los labios y deleitándose el olfato con la ebriedad acre de su aroma.

Su mano se cerró en el pomo de la puerta y la empujó. En el otro lado estaba Alan. En esta ocasión, el Sr. Chirridos reaccionó rápidamente y cruzó la escasa distancia que los separaba con su puño. El escritor frustró su inútil ataque con un ágil movimiento de cabeza. Después, le agarró el brazo y pegó su frente. Ambos hombres tenían la mirada fijada en el otro. Le aconsejó burlándose:

―¿Por qué no te tomas un trago?

Lo empujó y cerró la puerta. Trastabilló y se giró con calma, permaneciendo inmóvil. Abrió los brazos, cerró los ojos e inspiró profundamente, esperando la llegada del alud. Lo que hubiera supuesto un deseo cumplido para el Sr. Chirridos, se convirtió en la recaída en el problema de Alan Wake.

Inopinadamente sintió un terror indescriptible; el miedo no se manifiesta siempre con bestias horrendas, sino con la vergüenza de un enemigo aún más mortífero: la nocividad del placer. Corrió torpemente hasta la lámina roja de madera. La golpeó con pies y manos, pero no cedió. Buscó encaramarse al dintel, pero se encontró con que estaba enterrado en el techo.

Echó un vistazo a los laterales de la puerta, pero una pared hecha de botellas de vidrio, de distintos colores y formas, y botes y blísteres de fármacos, se alzó majestuosa ante él. Estiró del cuello de una botella, buscando la caída en cadena del resto de objetos, pero era como intentar desprender un ladrillo colocado con argamasa.

Lo último que pudo hacer fue contener la respiración y dejarse golpear por la marea líquida.

Zambullido en el agua oscura, descubrió los cuerpos flotando de personas que conocía perfectamente: Alice Wake y Barry Wheeler, y otros muchos desconocidos con libros escritos por él, o agarrando micrófonos o cámaras. Después, un torbellino los engulló, pero él, abatido por una profunda humillación y seguida del inmediato placer con el que el pecado te premia, se mantenía indiferente a lo que sucedía. El alma queda libre tras desprenderse de preceptos morales inquebrantables que solo buscan la aprobación social y el repudio espiritual.

Despertó abotagado y confundido. El cuerpo le dolía y sentía los golpes ininterrumpidos de un luchador furioso en la cabeza. Se colocó boca abajo. Los párpados le pesaban, el aliento infestaba el aire. A su alrededor había charcos oscuros y botellas de vidrio rotas y blísteres de pastillas amontonados uno encima de otro.

Frente a él había un escritorio de madera y varias hojas desperdigadas, algunas rotas por la mitad y otras con grandes palabras escritas yuxtapuestas sobre otras más pequeñas; casi todas decían lo mismo: «¡NO!» o «VULGAR».

Reconocía el mobiliario moderno de la habitación, los grandes edificios tapiando las vistas de una ciudad insomne, de rostros agrios y severos, competitivos y agresivos, taciturnos y frustrados. Alan disfrutó de muy buenos años en ese apartamento…, hasta quedar enclaustrado en su fracaso creativo.

Se levantó agarrándose a la silla. Las piernas le fallaban, y reía y lloraba cuando se quedaba arrodillado. Finalmente, logró ocupar el asiento.

Ahogando arcadas, empezó a teclear decaído. El sonido armonioso y propicio del traqueteo mecánico era ahora una disonancia indignante. Rellenaba los huecos con palabras soeces que intentaban construir una historia de decencia deplorable. El embotamiento denigraba su creatividad y fortalecía la ira. Se recreaba en ella para escribir y no al contrario.

Pasaron los minutos, y vomitó la furia encima de las letras de la máquina de escribir. Arrancaba las hojas, las arrojaba o las rompía en fragmentos que surcaban el aire cargado de desesperanza. Mientras sus infructíferos intentos por escribir se acumulaban, el escenario se descomponía a su alrededor como virutas calcinadas de papel.

Gritaba abatido casi sin voz, y golpeaba con ambas manos las teclas; algunas piezas saltaron, rebotando en la mesa. El cansancio entorpecía sus dedos. El insomnio bloqueaba su mente. Y la ebriedad nublaba su exigua imaginación.

En mitad del nuevo y conocido escenario abierto, Alan Wake permaneció inmóvil, contemplando su frustración pasada.

―Ahora comprendes mi dolor ―dijo con seriedad y lentitud―. La Presencia Oscura se alimenta del miedo de las personas, y entonces las convierte en sus esclavos.

El Sr. Chirridos levantó con pesadez la cabeza. Tenía el rostro magullado, con líneas ensangrentadas desde las mejillas hasta la barbilla y la nariz manchada de sangre seca. El cabello, oleoso, caía desparramado por su frente.

Los ojos, embriagados y somnolientos, lo miraban haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantenerse despiertos; parecía no enfocar con claridad el objetivo que tenía enfrente. Se levantó y se tambaleó. Se agarró a la esquina de la mesa y se mantuvo inestablemente de pie.

―Voy a matarte… ―dijo arrastrando y masticando las palabras.

Dio cuatro pasos decididos, manteniendo una postura erguida. En su rostro apareció el deseo ardiente de la venganza, pero este se consumió cuando su cuerpo perdió el equilibrio y cayó de bruces al suelo.

Alan Wake se acercó a él, negando con la cabeza. Se puso de cuclillas y examinó compasivamente su estado:

―No siento lástima por ti, sino por los miedos que me invadieron.

El Sr. Chirridos levantó la cabeza, y alzó el brazo con la intención de alcanzarlo. Sin embargo, le pesaba demasiado cualquier extremidad como para intentar hacer nada.

―Comprendí que no lograría nada enfrentándome a ti de la misma forma que con los demás ―continuó sin apartar la vista―, así que solo podía derrotarte haciéndote caer en los demonios que me persiguieron durante mi vida.

»La diferencia entre tú y yo es que yo sí logré sobrevivir al miedo. La última prueba fue la de volver a escribir, y solo pude lograrlo estando aquí encerrado ―le señaló el vacío vaporoso donde la niebla tentacular impedía ver más allá de ella―. Sin embargo, y aunque te haya creado como una copia mía, no te doté con el poder que confiere haber superado dificultades. No; lo hice con la intención de no fustigarte y de hacer feliz a Alice, al menos el tiempo que yo tardara en regresar.

El Sr. Chirridos se colocó de rodillas y le propinó un puñetazo al aire, ni siquiera acercándose al rostro de Alan. Cayó de costado, humillado y derrengado. El escritor lo miraba indiferente, de la misma forma que él miraba al resto de seres humanos desde una posición privilegiada en la vida, inalcanzable para almas mortales.

―Pero la Oscuridad y Hartman son mucho más fuertes ―aseveró―, e hice mal subestimándolos. Te convertiste en la otra persona del artista: una vorágine de fracaso que desencadena en el daño moral hacia los demás. La frustración por las palabras que no brotan. La indignación por ver cómo tus lectores más acérrimos recelan de comprarse tu próxima novela porque la anterior tuvo un nivel pésimo. La solución fácil a estos problemas, que a su vez desencadena en peores conflictos que agravan tu situación. Entonces, te conviertes en la sombra de quien un día fuiste.

―No puedes acabar conmigo… ―dijo casi suplicando patéticamente.

Alan lo miró sorprendido, arqueando las cejas. Entonces, el Sr. Chirridos metió la mano en el bolsillo y sacó el interruptor, el artefacto mágico que debía haber protegido Rose. Sonrió con labios temblorosos y apretó el botón.

No sucedió nada.

Confuso y alarmado, repitió la acción.

Nuevamente, no surtió ningún efecto.

―No puede ser… ―dijo incrédulo, pulsando ininterrumpidamente el botón.

Alan se alejó un poco y sacó del bolsillo exterior de la chaqueta un interruptor igual. Lo sacudió saboreando la victoria.

―¿Pensabas que el artefacto estaría en casa de Rose? Iluso.

El Sr. Chirridos lanzó lejos el interruptor y gritó rabioso. Se mesó el cabello con ambas manos y miró a Alan Wake con el rostro rosado del alcohol y el llanto, arrodillado.

―Cuando Thomas Zane entró en su casa y os descubrió, Rose estaba dándote el objeto bajo tu influencia. Peleasteis, lo sé. Y, en uno de los despistes, te intercambió el artefacto verdadero por una réplica falsa. En caso de haberlo utilizado, estábamos seguros; hubieras venido a por nosotros con tal de arrebatarnos el verdadero. Sin embargo, tu motivación fue destruirnos…, pero has fracasado.

»Podría utilizarlo ahora mismo, pero lo necesitaré más adelante, y no pienso desperdiciar la única oportunidad que tengo en ti. De la misma forma que te creé voy a destruirte.

Se guardó el objeto y caminó hacia el escritorio. Antes de rodearlo, el Sr. Chirridos le agarró la pierna con intención de tirarle, pero fue un intento lamentable. Recordaba un niño aferrado a su madre o a su padre, mirándolos con semblante compungido, antes de ir a vacunarse. Alan Wake lo miró de perfil y le asestó una patada en la mandíbula, tumbándolo bocarriba. La sangré manó de su boca mientras el individuo se retorcía entre gritos de dolor.

Se sentó a la mesa y se acomodó. Del bolsillo interior de la camisa sacó una hoja doblada en cuatro mitades. La abrió y la plisó. La cargó en el rodillo de la maquina y la ajustó. El título del capítulo decía: «La destrucción de la obra»

Los dedos danzaron gráciles en el teclado.

«…Debía destruir todo rastro de su abominable personalidad fraguada en la inmundicia de la oscuridad.

Es mi culpa el caos propagado delante de inocentes. La arrogancia del éxitoimaginado me condujo a tomar una decisión fatal para todos, por eso debo enmendar inmediatamente mi error.

El artista lamenta despedirse de su obra, pues ha depositado en ella parte de su alma y todo su esfuerzo. El apremio por darle a conocer al mundo el fruto del exhausto trabajo durante horas imperecederas provoca que no existan borradores, sino creaciones inconclusas.

Es una decisión fría, pero necesaria. Te creé con la única intención de cuidar a las personas que amo, pero casi has conseguido destruirlas. Has matado a una joven inocente de la cual te aprovechaste no solo para intentar robarle el artefacto que, como sabrás, se llama Sr. Click, sino para intentar matarnos. Su muerte será honrada de la mejor forma: enterrando a su azuzador.

Has sido mi mayor fracaso, pero ya logré sobreponerme a muchos otros.

Hasta nunca, Sr. Chirridos…»

 En un desesperado intento de conmiseración, el Sr. Chirridos exclamó:

―¡No, no, no! ¡Por favor!

Un último golpe mecánico firmó su ejecución, de la misma forma que el verdugo procede a separar la cabeza del tronco del condenado: un golpe seco para cerciorar la vida, ajeno a las desgarradoras últimas palabras de súplica.

El cuerpo del Sr. Chirridos se retorció. Las extremidades giraron, el pecho se abultó, como un globo lleno de helio a punto de explotar. Se sacudía convulsivamente. Orificios de luz le perforaron las piernas, el pecho, los brazos. Los ojos se volvieron dos focos rutilantes. Seguía gritando, y Alan contemplaba la escena impasible.

Caminó hacia una puerta de madera y la abrió. Antes de entrar, miró de soslayo la destrucción definitiva de su creación. El tren inferior ya había desaparecido, al igual que los brazos y mitad de la cabeza. Motas luminosas ascendían con movimientos helicoidales al cielo, perdiéndose entre las nubes.

Cerciorándose de su evaporación, entreabrió los labios para decir unas palabras que, finalmente, no fueron pronunciadas. Se dio la vuelta y atravesó el umbral, cerrando la puerta tras él.

Abrió los ojos, respirando una bocanada profunda de aire enrarecido. La luz le quemaba las retinas, pero logró acostumbrarse. Se incorporó impulsado por un resorte. Miró alrededor y examinó los rostros abatidos y enrojecidos de los demás. Todos habían llorado.

Advirtieron su presencia, y Alice se abalanzó sobre él, estrechándolo entre sus brazos. Sintió su rostro cálido y mojado por el llanto. Alan se fijó en Odín Anderson, tumbado en el suelo sobre la chaqueta que siempre llevaba puesta. A su lado, Tor le agarraba la mano con impotencia y esperanza.

Imaginó la peor noticia posible, y entonces Alice se la confirmó:

―Alan…, no respira…, ¡no respira! ―repitió Alice hundiendo los labios en su cuello, amortiguando el grito.

La cercanía de un abrazo desaparece cuando la desgracia se inmiscuye. Alan no podía apartar la mirada del anciano. Las lágrimas saltaron de sus párpados como respuesta a una tristeza incendiada por la furia.

*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

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