El manuscrito de Wake: Capítulo XII

Capítulo XII

Lázaro

 

Alejandro Masadelo

 

El caótico silencio es el más infausto de los sonidos.

Los gritos representan la desesperación, la confusión más tenebrosa, pero también señalan la vida. Cuando este estrépito cesa, también suspende la vida, manteniéndola oscilante en un sarcástico y cruel hilo de seda cuyo tejido se deshilacha, mostrando su languidez.

La incertidumbre desfila acompañada de la vida y la muerte en un concurso donde el silencio ejerce de ecuánime juez. Cuando la música se acaba, los participantes se detienen. La incertidumbre queda eliminada, dejando como finalistas a la vida y la muerte, pero solo el que más resista bailando sin música puede ganar. Y, en esta modalidad, la muerte aventaja a su rival.

El cerebro actúa torpe y velozmente cuando se ve expuesto a situaciones mortales. Su desesperación es patente y se manifiesta enviando señales tumultuosas: sueños incumplidos, otros realizados; recuerdos de tu infancia entremezclados con la efervescente adolescencia; terrores disipados en momentos de infinita alegría; frustraciones adultas transformadas en la despreocupación intrínseca de la niñez; y, por último, los últimos instantes antes del aprisionamiento de la oscuridad y su cadena perpetua. Se suceden en fotogramas rápidos y continuos en los segundos previos al fallecimiento.

Una bocanada profunda de aire inspirado hinchió los pulmones de uno de los cuerpos tendidos en el suelo. Inhalaba y expiraba la pesadez del ambiente con dificultad, casi un siseo hiperventilado. Palpaba su cuerpo en busca de los orificios creados por el impacto de las balas. La distribución de los agujeros era tal y como pensaba. Los proyectiles atravesaron el chaleco antibalas, pero no lograron dañarle ningún órgano vital.

Miró con indiferencia sus manos teñidas de sangre; el impacto de los proyectiles consiguieron herirla superficialmente. Sabía que eso solo le dejaría una desagradable mancha de sangre traspasando la camisa blanca, secándose hasta formar cercos rosados y secos.

Sarah se recostó y miró aterrorizada a Alan Wake, que empuñaba la escopeta que ella había perdido. Él advirtió su reacción defensiva, y se apresuró a bajar el arma. El cono de luz procedente de la linterna acoplada a la escopeta era la única iluminación disponible, y la apuntaba directamente a ella. Su figura, tras la luz, era difusa y negra.

―Tranquila, Breaker ―con las dos manos, bajó lentamente el arma, dejándola en el suelo.

―¿Qué haces aquí? ―se apresuró a preguntar.

Echó ojeadas rápidas al arma. Estaba cerca, pero lo suficientemente lejos para no poderla agarrar. Además, el escritor sabía defenderse. Si Sarah intentara hacerse con el arma, este podría apartarla de su lado y asestarle una patada en la cara. El desenlace era fácil de escribirlo.

―Deja que me explique, ¿vale?

―¿Y los demás? ―dijo atropelladamente.

Se giró y vio a Barry tumbado de bruces, inmóvil.

―¡Barry! ―exclamó horrorizada. Se deslizó por el suelo y empezó a zarandearle los hombros, buscando alguna respuesta.

El cuerpo, hasta entonces carente de movimiento, se sacudió espasmódicamente.

―¡Barry! ―afirmó viendo su reacción.

Exclamó un grito ahogado, y presionó el suelo con la palma de sus manos, como si intentase hundirlo.

―¿Estoy vivo? ―preguntó alterado. Se dio la vuelta y comprobó cada parte de su cuerpo―. ¡Sarah! ¿Estás bien? ―la miró preocupado, pronunciaba las palabras con agitación.

―Tranquilo, estás bien ―observó el desgarro en su muslo izquierdo―. Solo te ha rozado, por fortuna.

Se giró circunspecta y observó con extremo recelo a Alan Wake.

―Has eliminado las pruebas, ¿verdad? ―insinuó con dureza.

Alan sacudió la cabeza, negando taxativamente, incrédulo por esas palabras.

Sheriff, no sé qué habrá experimentado, pero le aseguro…

―Te aprovechaste de Rose ―sentenció apretando los dientes.

Alan frunció el ceño y se rio irónicamente, negando con la cabeza.

―Creyó verme con ella, ¿no? ―dijo casi en un susurro.

―Lo creyó porque fue verdad ―repuso ella.

Barry se levantó, apoyándose en el borde de la barra.

―Hermanos Anderson, ¿se encuentran bien? ―preguntó él.

―No nos ha tocado, Bar ―respondió enérgico Odín.

―Creo que ni nos ha visto ―añadió Tor.

Los hermanos se apoyaron en el respaldo de los asientos de vinilo y se levantaron, gruñendo por el esfuerzo.

―¿Dónde está Alice? ―quiso saber Sarah. Se había incorporado. Buscó visualmente, y encontró una pierna escondida tras la esquina de la barra.

Quiso avanzar hacia él, pero recapacitó tras dirigir sus ojos a la escopeta.

―Al, ¿de verdad lo has hecho? ―dijo Barry dudando.

―Barry, me conoces tanto como Alice. ¿Crees que me iría con otra persona que no fuera ella?

―Hiciste algo más que eso, Wake ―reprobó Sarah. Seguía mirando la extremidad que sobresalía inmóvil.

Alan dejó escapar un suspiro exasperado de entre sus labios.

―Si no me creéis, adelante. Pero, lo siento, voy a ayudar a mi mujer.

Se alejó de la escopeta y cruzó al otro lado de la cafetería. Sarah, rápidamente, corrió y se hizo con el arma. Le apuntó a la cabeza, enfocándolo con la linterna de la misma forma que un foco de una prisión descubre el intento de fuga de su preso.

―Un paso más y te mato, Wake ―amenazó con firmeza, sin gritar.

Sarah descubrió con repugnancia y tristeza el cuerpo de Rose Marigold. Tenía el cuello torcido, viéndosele el hueso. Los ojos, abiertos y carentes sin vida, miraban el extremo del local que conducía a los baños. Los brazos pasaban tras su cabeza, y las piernas estaban estiradas en completa rigidez. Los intestinos asomaban en el agujero creado por el impacto de los proyectiles de escopeta. Alrededor de la sangre, la zona lucía consumida en grises y negros, que reptaban por su cuerpo como gusanos alimentándose de la materia orgánica de un cadáver.

Detrás de la joven, estaba Alice. Se retorcía en el suelo, encogida sobre sus rodillas. Se tocaba la cabeza.

Alan se giró, mirando a la sheriff.

―Baje el arma, Breaker ―sugirió sin intención imperativa.

―Apártate de ella ―ordenó Sarah.

―Es mi mujer.

―No lo sería cuando te metiste en la cama de Rose ―reprendió.

Curvó ligeramente los labios y protestó en una especie de risa.

―No has dejado siquiera…

―¿Alan? ―preguntó Alice, aturdida. Las líneas del mundo iban uniéndose hasta crear formas definidas.

Sarah vio que la fotógrafa tenía una herida en la sien. Los cabellos rubios estaban adheridos a su tez, formando mechones teñidos de sangre.

―Alice, tranquila… ―dijo Alan, y se acercó a ella.

Instintivamente, Sarah disparó el arma. Esperó que el cañón escupiera un cartucho que fulminara la vida del escritor. La respuesta recibida fue un chasquido sordo que se propagó en ondas maliciosas, recordándole burlonas el fallo tan elemental cometido, por la cafetería.

Alan sonrió satisfecho tras comprobar la predecible reacción de Sarah.

―Sabía que me dispararía ―afirmó―. Por eso tomé medidas. ―Introdujo la mano en el bolsillo delantero de la chaqueta y le mostró tres cartuchos de escopeta―. De todas formas, quedaba poca munición.

La derrota desoló el orgullo de la agente. Para enterrarla aún más, Alan dijo:

―Si quiere un arma con munición, aquí tiene ―le enseñó su revolver y abrió el tambor, mostrando el contenido lleno con seis balas. Luego lo cerró y volvió a guardarse el arma.

Se agachó al lado de Alice e hizo el amago de acariciarla.

―¡No me toques! ―respondió espantada, y retrocedió como si le hubiese caído una lluvia de agua caliente.

Aún procesando la aversión sentida por su mujer, Alan distinguió lejana la orden dada en tono apremiante de Barry.

―¡Sarah, detente!

La luz que lo enfocaba sin descanso se apartó, y cuando giró la cabeza sus ojos se encontraron la culata de la escopeta. La cantonera impactó en el pómulo izquierdo, y le hizo caer de lado. La sangre explotó en la cara y en la boca. Antes de poder reaccionar, Sarah saltó encima de él, buscando el arma.

Pelearon en el suelo, rodando sobre ellos mismos. Alan bloqueaba con los brazos algunos golpes de Sarah. La mujer se levantó, tropezando, y agarró un taburete. Arremetió contra el escritor, golpeándolo en el vientre con la base circular. Escupió sangre y se dobló sobre sí mismo, cayendo de rodillas. La agente le arrebató el arma, colgando de una trabilla en la cintura del pantalón.

Le apuntó con decisión, alejándose con seguridad de él.

―¿Cuál es el truco ahora, Wake? ―dijo jadeando, sonriendo triunfante.

Alice había llegado al otro extremo de la cafetería. Se dejó caer en uno de los asientos, tocándose la zona de la herida. Los Anderson observaban con atención la escena. Barry se encontraba justo detrás de Sarah. Alan tosía con sangre y se lamentaba del dolor. Respiraba con dificultad.

―Sarah, baja el arma, por favor ―pidió Barry.

―Barry, esto no va contigo ―respondió ella.

―¡Rose nos atacó! ―observó Barry―. Quiso matarnos, Sarah, y Alan nos salvó.

―Solo quiso limpiar su conciencia y evitar que ella hablase más ―argumentó sin girarse, fijando completamente su atención en el escritor. Sus ojos arrojaban látigos de poder iracundo extrínsecos en ella.

―Yo también quiero castigarle por lo que ha hecho ―declaró Barry―, pero primero quiero oír de su boca los hechos.

―Es culpable, Barry ―dictaminó Sarah.

―Como agente de policía, deberías saber que primero se interroga al acusado y se elaboran diligencias previas ―argumentó Barry―. Baja el arma, por favor ―reiteró calmado.

Se acercó lentamente a ella con la intención de arrebatarle el arma. Alguien se le adelantó con una voz profunda provenida de algún lugar del local.

―Dice la verdad ―afirmó rotundo.

El abotagamiento de Alice desapareció tras reconocer esa inconfundible voz. Sarah examinó visualmente cada rincón, sin dejar de apuntar a Alan. Barry giró sobre sí mismo, y los hermanos Anderson parecieron sonreír emocionados en las sombras.

―¿Quién eres? ―preguntó agresivamente Sarah.

―Soy el mismo hombre que evitó que la réplica de Alan Wake robase el artefacto ―se presentó con sobriedad y decisión en su voz.

Sarah frunció el ceño, pero sacudió inmediatamente la cabeza.

―O quizá seas su cómplice ―sugirió segura.

―Agente Breaker, estoy convencido que en la versión ofrecida por Rose Marigold me mencionó.

Tenía razón. Sarah no podía replicarle, aunque desease fervientemente hacerlo.

―Eso no demuestra nada ―respondió ella, casi en un berrinche.

―Si quiere saber la verdad y salvar el mundo, baje el arma. Si no, condenará a los seres humanos a su absoluta e inexorable esclavitud; la aniquilación mental y física de todos.

Los dedos se deslizaban dubitativos por el arma, empapados de sudor. El índice vacilaba en el gatillo. Sus ojos rebotaban de la cara de Alan a los extremos del bar, e incluso a Barry. Pero, en ese fugaz movimiento de cabeza, una sombra se alzó tras ella.

Se giró y observó impactada la figura delante de ella. Instintivamente, presa del sobresalto, con el corazón martilleándola incesante, hundió el gatillo hacia atrás. Antes de que la bala iniciase su trayectoria, el extraño levantó pasivamente el brazo y condujo el disparo al techo, justo encima de su cabeza. El proyectil se clavó en el cielo raso. Aún estaba soplando humo el cañón del arma cuando el desconocido se la arrebató tranquilamente, sin hacer ningún movimiento brusco ni violento. Después, se la entregó a Alan Wake.

―Tal y como estaba previsto ―le dijo con la suficiencia de un ajedrecista que ve cómo el contrincante acude, en un ataque carroñero, al falso despiste, y luego contraataca con una brutalidad desconcertante.

El escritor asintió, tomó el revólver y se lo guardó. El desconocido le ofreció la mano, y Alan se la agarró para poder reincorporarse, a modo de bastón.

Barry agarró por los hombros a Sarah, y se la llevó consigo. Esta no reaccionó, quizá paralizada por la ígnea ira contenida en su interior, a punto de estallar como una tubería sibilante de gas.

―Al, más te vale decir la verdad ―dijo desafiante a la vez que pedía con urgencia una respuesta para placar a una Sarah tan desconocida como peligrosa.

Alan asintió, pero no miró a la agente en ninguna ocasión. Su mirada, afligida y hundida, se clavó en los ojos de Alice, que le había demostrado una inesperada y punzante desconfianza.

Entretanto, Tor exclamó:

―¡Tom, por fin has vuelto!

Tras pronunciar su nombre, las luces del local se encendieron, como si las bombillas no hubiesen estallado en fragmentos grandes y cortantes. La oscuridad batió sus alas y escapó del local. El primer fogonazo lumínico cegó al grupo entero, teniéndose que adaptar bruscamente a la fría calidez que partía sus rostros en una danza de luces y sombras.

―¿Ulalume? ―preguntó confusa. En su rostro se trazó un pánico inesperado.

La persona seguía situada al lado de Alan. Ambos se miraron cómplices, y el escritor asintió con firmeza. El desconocido se quitó el sombrero el sombrero panamá y lo sostuvo entre sus manos, presionado contra el pecho.

―Hermanos Anderson, me alegra veros.

El cabello disperso era la sabana de una calvicie que ganaba lentamente terreno. Un halo de herméticos sentimientos envolvía sus ojos oscuros, y una metódica inteligencia le confería un aspecto respetable, quizá de lejanía insultante.

Un bigote espeso casi ocultaba sus finos labios. Vestía sobriamente con una holgada y larga gabardina, ocultando su esbelta figura. Las mangas ocultaban parcialmente las manos, enguantadas en cuero negro. Lucía un chaleco y camisa negros, junto a pantalón y zapatos elegantes a juego.

El hombre que tenían delante era el alter ego de Alan Wake, y Alan Wake lo era para él. Perdió a su musa por el lago, y sus aguas lo ahogaron hasta convertirlo en un hombre atrapado en su última vestimenta, pero cuya poesía trascendía los límites del otro lado. Siempre ejerciendo de guía para Alan Wake, urdiendo maniobras atrevidas e inteligentes para hacerle regresar.

Ambos habían resucitado tras tejer las palabras en el papel, y su resurrección semejaba la de Lázaro.

―Hay ciertos asuntos que zanjar ―dijo Thomas Zane, mirando a Alice Wake y recorriendo con la mirada a cada persona.

Explicaron diseccionando cada hecho narrado, procurando su entendimiento. Observaron nerviosos los rostros de los demás, su volubilidad conforme la historia seguía. También apreciaron su férreo recelo.

Les contaron el plan escrito en las páginas del manuscrito que haría regresar a la Presencia Oscura, y con él la esclavitud física y mental de los seres humanos. Alan les narró, fijando los ojos en un punto incierto de la mesa que los separaba, la experiencia con esos monstruos espaciales, ¿o quizá se trataban de las deidades mencionadas en libros antediluvianos, y luego pasadas a la ficción o usando como mensaje a Howard Phillips Lovecraft?

Fuera como fuese, las imágenes pasaban delante de él con claridad, sin obviar ningún detalle por anodino que pareciese. Lo más extraño fue que ese paréntesis dimensional no aparecía escrito en ninguna página del manuscrito.

Les contó el encuentro mantenido con Thomas Zane antes de ser liberado de la oscuridad a la que él se sometió voluntariamente, antes de que el doppelgängerse apoderase de su personalidad y la revirtiese para convertirla en un ser maligno y un apetito voraz de ambición.

Temieron por el éxito de la misión, pues Alan Wake creyó una capa inferior del Lugar Oscuro, donde terminaban los despojos artísticos que no podían alimentar ese extraño mundo; mentes exánimes creativamente que solo servían para restregarse en su miseria.

―Para no hacerle sospechar a mi otro yo que estaba escribiendo nuestro regreso ―continuaba Alan―, tuve que dejar escrito lo que iba a pasar…, y finalmente la Presencia Oscura tuvo suficiente poder para replantear la historia ―se le ensombreció el rostro―. Lo siento.

»Nunca puse a ninguno de vosotros en peligro. Cuando confié a Rose como la Dama de la Luz fue porque confiaba en ella, en su compromiso, y quizá me aproveché de su admiración, lo reconozco; pero no podía designarle esa labor tan importante a otra persona.

Alan adivinó los pensamientos de los demás. Pensarían en el desmesurado egoísmo y la injusticia demostrados para arruinarle la vida a una joven. Simplemente la descartó entre sus seres queridos y los hermanos Anderson, incapaces de proteger un artefacto de tanta importancia, aunque ya se hubieran enfrentado a la Presencia Oscura con antelación. ¿Acaso esas palabras les pertenecerían a ellos, o se trataría de la confesión de su remordimiento?

»Lo que sucedió después escapó a mi control. ―Reanudó. Miró tragando saliva a Sarah, que lo observaba con el rostro algo retorcido de lástima. Aunque apenas se relacionase con la joven excamarera, su carácter afable y cercano le provocaba ternura. No merecía morir aún ni de esa forma―. Por eso aparecimos él y yo para evitar el desastre, pero llegamos demasiado tarde.

»Si os reunimos aquí fue porque es el único lugar donde podéis estar seguros. El mundo va a resquebrajarse, y la Presencia Oscura se manifestará de miles formas con tal de asediar la Tierra. Pero, sobre todo, necesitamos vuestra ayuda para cerrar la brecha de una vez por todas.

―Una brecha que abrimos el siglo pasado, ¿verdad, hermanos Anderson? ―buscó la comprobación de ellos.

―Vamos a acabar con todo, Tom ―afirmó Tor.

―Estos viejos tienen una última canción que cantar ―añadió Odín.

Hubo un instante de complicidad entre Thomas Zane y los hermanos. Alan prosiguió con urgencia.

―Alice, créeme, por favor ―pidió, inclinándose sobre la mesa, alargando los brazos―. Sigo siendo el mismo que conociste, cariño. En todo este tiempo solo deseaba amanecer a tu lado, ser nuevamente feliz contigo. ―Hizo una pausa y añadió sonriendo―: Además, aún no decidimos la foto de la solapa de mi próximo libro.

Alice se rio tímidamente. Alan Wake le acariciaba los nudillos de las manos. Le reconfortó su tacto suave, la frialdad tan humana que tenía su piel en esa noche gélida y llena de sobresaltos. Percibía la lucha interna contra sus sentimientos que Alice estaba librando. Igual que Barry y los hermanos formaron parte de los prosélitos necesarios para enfrentarse a la Presencia Oscura, Sarah y Alice se mostraban aún recelosas, aunque algo más predispuestas a unirse a la causa.

―Si no nos creéis ahora, nos creeréis cuando nos enfrentemos al otro Alan.

―Su otra versión debería haberle sustituido en la Tierra mientras lograba vencer a la Presencia Oscura ―explicó Zane―, pero la terrible influencia de ella sobre Alan consiguió empobrecer su alma, convirtiéndose en lo que ella quería.

―Pero no está solo, como podéis imaginar. Robert Nightingale vino con él, aunque su intención era matarme, sin imaginar que yo no había regresado aún. Alan…, el Sr. Chirridos, se ha vuelto terriblemente poderoso, y en parte fue a mi lentitud para escribir la historia. Él se alimenta de mi debilidad, aunque pude alterarle cuando vino a Bright Falls con un pequeño truco de ilusión óptica. Tiene miedo, sí, pero solo a mí. Lo tiene porque soy su creador, en realidad, y conozco sus debilidades.

―Pero Nightingale está muerto, ¿verdad? ―preguntó Sarah, recelosa―. Lo maté yo, lo recuerdo.

―Él creyó convertirse en el nuevo rostro de la oscuridad, pero en realidad solo era un lacayo más del verdadero líder.

―¿Y quién es, Al?

―Es la única persona que conoce perfectamente los efectos del lago y la dimensión abierta en el fondo. Podía haber usado ese poder para favorecer el poder creativo de los artistas bloqueados, pero en lugar de eso decidió lucrarse con el problema y emplear los fogonazos de inspiración de sus pacientes para corromper la Luz, convirtiéndola en una Oscuridad atroz.

»Quiso destruir su creación, pues ya no podía hacer nada más, pero unos pocos conseguimos escapar. ¿Se acuerdan, Anderson? ―alzó la vista y se dirigió a los hermanos.

Asintieron gravemente.

―Mientras la Presencia Oscura esté con él, será inmortal. Por eso debemos destruirla a ella primero para acabar, por fin, con el creador de todo el mal que ha arraigado en Bright Falls y que amenaza con destruir el mundo. Debemos matar a Emil Hartman ―sentenció Alan.

Alice sintió un sabor acre bajando por su garganta, como hierro y sangre, seguida de una corriente eléctrica espeluznante, como un traspaso incorpóreo de energía gélida. Confiando en la locuacidad técnica y emocional de un insigne doctor en psiquiatría, abalado por un controvertido libro publicado en el que hablaba sobre el bloqueo creativo que sometía a un artista, arrojó a su marido inerme a una trampa bien planteada, como las que preparaba el célebre John Kramer. En realidad, la motivación era la misma: conceder una oportunidad para cambiar. Sin embargo, Emil Hartman semejaba Amanda Young.

La culpabilidad de Alice pesaba demasiado, y rompió a llorar.

―Lo siento, Alan ―dijo mientras enterraba la cara en la mano de Alan y se la agarraba.

―No tuviste culpa de nada, Alice ―disculpó indulgente, entrelazando los dedos de la mano libre en su cabello.

―¿Cómo destruimos a Hartman? ―preguntó Sarah, impaciente.

―Primero deberemos acabar con el Sr. Chirridos ―respondió Zane.

―¿Y los demás qué haremos? ―quiso saber Tor.

―Los Anderson tienen una cuenta pendiente con la locura ―añadió Odín.

Thomas Zane miró a los hermanos y luego saltó a Alan.

―El doctor Emil Hartman acabó conmigo; aunque esté aquí, solo soy un reflejo de lo que era antes. Mi verdadero yo está en la oscuridad. Sin embargo, vosotros ―miró a los Anderson― y Alan habéis sobrevivido a su «tratamiento», y no descansará hasta destruiros. Por eso deberéis enfrentaros a él en el Lugar Oscuro.

―¿Y si no lo consiguen? ―planteó Sarah.

―Entonces la Oscuridad habrá vencido ―respondió gravemente, el rostro ensombrecido.

―No puedo poner en riesgo a los Anderson, Thomas ―replicó Alan, mirándolo.

―Fue lo que acordamos ―se mantuvo firme en su decisión.

―Necesitamos más gente para contener a los poseídos.

―Pero no lograremos vencerle si no…

―¡Cuidado! ―ordenó Alan.

Una pala excavadora irrumpió con brutalidad en la cafetería, reduciendo a una lluvia cortante de cristales y tablones aglomerados de madera. El vehículo estaba envuelto en una sombra gigantesca y partida en líneas intermitentes. Avanzaba directamente hacia ellos, arremetiendo contra todo lo que se le oponía en el camino.

Los taburetes volaron, rompieron algunas ventanas; la barra metálica imitaba el movimiento de un bumerán furioso, estrellándose contra las paredes. El cadáver de Rose desapareció bajo las ruedas de la monstruosa máquina.Las luces del techo explotaban, los paneles caían dejando al descubierto el falso techo. El establecimiento temblaba, amenazando con derruirse.

Corrían en dirección a la salida, mientras Alan permaneció inmóvil. La pala estaba iniciando el movimiento hacia arriba, dispuesta para golpearle, cuando desenfundó una pistola de bengalas. La empuñó con firmeza y disparó. La estela vaporosa se estrelló en la cabina donde debía ir el piloto pero que ahora estaba vacía. El vehículo se evaporó en una marea lumínica que lo cegó.

Oyó un chillido agudo tras él, y cuando se giró, retrocediendo rápidamente y levantando el arma en dirección al sonido, una especie de mano-araña con largas patas se abrazó a su rostro. Erró el disparo, rompiendo el proyectil un cristal y ocultándose en la densa niebla negra; su estela se intuía tenuemente en ella. Cayó al suelo.

Una máscara negra le estaba obstruyendo la visión, y sentía alrededor de su garganta una cuerda que lo asfixiaba cuanto más intentaba liberarse. Hundió los dedos en el artrópodo y ejerció fuerza hacia arriba, pero no conseguía zafarse de él. La probóscide del arácnido estaba consiguiendo dejarle sin conocimiento, y las manos de Alan se aflojaron. En la penumbra de su semiinconsciencia bosquejó una ráfaga de luz. Al instante, la oscuridad sucumbió al fulgor abrasivo.

La araña soltó a su presa y saltó al suelo, gritando en un chillido porcino. Alan resolló y echó mano a su revólver. Apuntó a la criatura y disparó varias veces, hasta lanzar hacia atrás el cuerpo y disolverlo en el aire con una corriente luminosa.

A su lado estaba la agente Breaker, usando la linterna de la escopeta descargada. Alan agarró de nuevo la pistola de bengalas. Sin decir nada, le ayudó a levantarse y salieron corriendo. Sarah apuntaba el haz de luz a la masa arácnida que había invadido el establecimiento.

―¡Vamos, sheriff! ―apremió Alan.

Rodearon el cadáver de Rose ―o lo que aún quedaba―. Se le revolvió el estómago a Sarah contemplando el amasijo gelatinoso de intestinos bañados en líquido cefalorraquídeo y sangre. El rostro tenía un acentuado desnivel en la zona central, heñida como una masa de pizza.

El tren inferior seguía unido endeblemente por hilos viscerales al superior. Sarah ahogó una arcada y continuó sin mirar atrás. Se sentía ruin por no darle la despedida merecida, pero si no huía, ella y los demás la acompañarían en la pesadilla de su descanso. Saltaron el montón de cascotes formados en la entrada, y caminaron hacia el coche aparcado de Alice.

―¡Todos dentro, vamos! ―ordenó Alan.

Alice abrió el coche y se puso en el asiento de conductor. Los demás fueron sentándose. Antes de que Sarah tomara asiento, Alan le entregó la pistola de bengalas.

―Por si tenéis que defenderos. En la estación de radio hay un pequeño cobertizo anexo al edificio. Entrad y coged todo lo que podáis; lo necesitaremos. ¿Entendido? ―miró buscando la comprobación de la sheriff.

Ella asintió. Se sentó y cerró la puerta de copiloto. Alan y Thomas se apretaron a los demás en los asientos traseros. Justo cuando todas las puertas estaban cerradas, las arañas de ocho patas se estrellaron contra las ventanillas.

―¡Acelera, Alice! ―dijo Alan.

El coche se sacudió bruscamente. Giró varias veces el volante para deshacerse de los molestos animales. Los faros quemaban los numerosos, casi infinitos, insectos agrupados en toda la avenida. Alguien arrojó un hacha a la luna delantera. Se incrustó formando una molesta telaraña.

Los ocupantes se sobrecogieron. El coche atravesó velozmente la avenida, dirigiéndose al puente de hierro. Las luces rasgaban la espesura de la niebla. Distinguían los cuerpos de personas resistiéndose a la posesión, otros tumbados en la acera como prueba de su sublevación, y la mayoría convertidos en siervos despojados de intelecto y voluntad, comprometidos con su función demencial.

Mientras dejaban atrás el pueblo, Alan y Sarah pensaron en las vidas que abandonaban. Todos sucumbirían, desconcertados y envueltos en un terror inefable, a la voluntad de la Oscuridad. Personas inocentes que serían utilizadas para el único propósito de sembrar caos y destrucción. El egoísmo de la guerra no entendía de aliados, tan solo buscaba la realización del objetivo. Y ahora, el mundo entero se enfrentaría a una guerra que solo la Luz podría combatir.

Alan fijó su mirada en el cielo, advirtiendo una enorme formación helicoidal y dentada de unos siete kilómetros de diámetro. En su interior se reflejaban fucilazos de colores variopintos, tan brillantes que iluminaban los seres salidos de su interior. Sus figuras viscosas, grotescas, algunas tan grandes como el Comcast Building o incluso como el Empire State, emprendían vuelos vertiginosos.

Alan sabía que puertas a ilimitadas dimensiones estaban rasgando el cielo en distintos puntos geográficos. Para corroborar su teoría, el sonido de una flauta le llegó lejanamente, y entonces comprendió que la extinción de la humanidad había comenzado.

 

*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

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