El manuscrito de Wake: Capítulo XI

Capítulo XI

Reunidos

 

Alejandro Masadelo

 

Sarah Breaker se despertó abotagada y dolorida. Lo último que recordaba era haber disparado a Robert Nightingale, y luego una especie de tsunami la engulló.

El dolor de la espalda parecía haberse desvanecido como por ensalmo. Los objetos que integraban el nuevo escenario eran esqueletos de su forma anterior. Las casas, medio destruidas; el asfalto, socavado en ciertos tramos; coches volcados con la carrocería herrumbrosa, como si hubiese estado por décadas sumergido en el fondo del mar. Aunque, a juzgar por el agua que había alrededor, así era.

Se reincorporó jadeando roncamente. Buscó el cadáver de Nightingale o el de Alan Wake, pero ninguno de los dos estaba. Examinó el suelo, buscando la escopeta, pero no la encontró. Al menos, seguía conservando la pistola de bengalas.

Se dirigió rápidamente al lugar donde ocurrió la colisión entre ambos vehículos, pero allí ya no había nada. ¿Por qué todo había desaparecido, pero ella seguía en el mismo lugar?

Golpeándose la frente, se percató de la patente obviedad: no tenía ninguna referencia visual que le asegurase encontrarse en el mismo sitio donde sucedió la disputa.

Ordenó sus pensamientos y trazó la ruta de acción. Primero debía ir a la casa de Rose y comprobar su estado. Había decidido, si aún seguía allí, llevársela consigo a un lugar seguro. Quizá no existiera nada ya resguardado de la oscuridad, pero al menos podría defenderla hasta que…

¿Hasta qué?, se preguntó desnortada.

Podía sobrevivir durante cierto tiempo, quizá incluso coger un coche y escapar del pueblo, ¿pero acaso sería una solución?, ¿o probablemente solo retrasase la fatalidad? Podías burlar la muerte, pero ésta finalmente termina cumpliendo el pacto sellado en el inicio de nuestra vida.

Anduvo buscando referencias indicativas del camino a seguir hacia la casa de la joven. Su memoria trabaja laboriosamente en asociar elementos, como edificios, tiendas o intersecciones. Sin embargo, la tarea era ardua. Los edificios no ofrecían más que su desnudez, y Sarah no pudo evitar preguntarse si habría cadáveres bajo los escombros. Quiso acercarse para comprobarlo, pero tenía otros objetivos pendientes.

Una parte de ella pensaba en la fría crueldad que demostraba por abandonar a los que entonces habían sido sus vecinos; la opuesta, la racional, aplaudía su decisión: debía terminar cuanto antes con la locura desplegada en Bright Falls. Si cuatro personas debían morir para salvar la vida de diez, el sacrificio será justificado.

Entonces encontró el lugar indicado.

La casa de Rose se encontraba a una distancia relativamente cerca de la tienda de aparejos de pesca del señor King. Los instrumentos estaban desperdigados en todas direcciones. El letrero del local estaba partido por la mitad. Sarah llegó desde la zona meridional del pueblo, es decir, desde la carretera que conducía a la salida de Bright Falls.

La casa estaba derruida, exceptuando la pared donde tenía el mural dedicado a Alan Wake. Empuñando la pistola de bengalas, caminó entre los cascotes.

―¡Rose!, ¡Rose! ―gritaba. Ladeaba la cabeza, esperanzada con encontrar rastro suyo―. Maldita sea, Rose, responde ―murmuraba.

No supo cuánto estuvo llamándola, revisando entre los escombros o rastreando una pequeña área donde pudo ir arrojada por la ola ―el diámetro era más extenso, pero no podía perder tanto tiempo explorando―. La joven no apareció.

Sin rastro de ella, la esperanza residía en el artefacto que custodiaba: el Sr. Click. Si se hacía con él era muy probable que pudiera detener la amenaza. Pero, encontrar un objeto de aquel tamaño entre tanta ruina, y contando el factor de haberse alejado considerablemente ―quizá fuera del pueblo― tras la catástrofe, iniciar una búsqueda exhaustiva resultaría infructífera.

Sarah se dejó caer en un montón de escombros. De sus párpados brotaron lágrimas decepcionadas, conscientes de la deshonra ocasionada a su familia y, en concreto, a su padre.

Nunca fui ni seré como él, aseguró para sí misma. ¿La prueba definitiva? No tengo la constancia suya. No tengo nada suyo como policía.

―No tengo nada… ―musitó con palabras acuosas, entre lágrimas.

Oyó un siseo. Instantáneamente, la noche se iluminó con un destello rojo, y la casa quedó bisecada en una franja rosada y otra envuelta en una oscuridad tenue.

Se levantó rápidamente, empuñando de nuevo la única arma que tenía. Corrió siguiendo la estela lumínica, deseando que no se extinguiera. Para su alivio, un nuevo silbido sonó sorprendentemente cerca. Comprobó que era un torbellino vaporoso ascendente, y enseguida cayó en la cuenta que se trataba de una bengala.

La agente corrió con todas sus fuerzas. Los pasos chapoteaban en los charcos de aguas negras. Las sombras de un grupo de personas se proyectaban en la pared de una casa medio derruida, aún superviviente de la tragedia. Algunas de ellas iniciaban una parábola hacia atrás.

Cuando llegó a la escena, un hacha pasó sibilante por su cabeza. Su agresor se desplazó velozmente en una cortina oscura. Sarah, rápidamente, disparó el arma. El proyectil le perforó la garganta y desintegró momentáneamente su cuerpo. La columna de humo duró unos segundos más, pero terminó apagándose en el agua.

Frente a ella se encontró con la mirada de Barry Wheeler. A su lado se encontraban los hermanos Anderson tocando la guitarra. Los instrumentos tenían una modificación: bombillas que se activaban cuando los dedos hacían vibrar una cuerda.

Sin mediar palabra, Sarah se colocó al lado del representante y, los cuatro juntos, formando un pequeño círculo, se enfrentaban a la horda de enemigos.

―¡Tenemos que salir de aquí! ―ordenó Barry.

―¡Necesitamos a Rose! ―respondió Sarah.

Retrocedían tímidamente, pero los enemigos no paraban de aparecer. Algunos eran humanos, mientras que otros eran animales o una mezcla de ambos. Incluso objetos se arrojaban con violencia hacia ellos. Todo lo que tenían alrededor cobró vida.

―¡Ella tiene el interruptor!

Barry por un momento dudó, pero enseguida recordó lo imprescindible que era un estúpido objeto en apariencia roto e inservible.

―¡Tom también está aquí! ―gritó Tor.

―¡Barry, Alan Wake no es como te imaginas! ―le dijo Sarah.

―¡¿A qué te refieres?! ―preguntó confundido.

La pistola de Barry chasqueó metálicamente. Antes de poderse defender, un cubo de basura lo golpeó en el pecho, lanzándolo unos metros hacia atrás. El impacto también afectó a los hermanos Anderson, tirándolos de bruces al suelo. Se golpearon el mentón en la base de la guitarra, y permanecieron aturdidos. Sarah se tambaleó y a punto estuvo de escurrírsele la pistola. El arma de Barry rebotó como un guijarro en el agua.

La agente levantó el brazo y disparó el último proyectil al cielo. Su estela pudo terminar con unos cuantos enemigos, pero no fue suficiente. La Presencia Oscura se estrechó aún más alrededor de ellos. Quedaron inermes ante el peligro. En los últimos segundos de vida, Sarah se lamentó por no haber sido mejor policía. No pudo defender a nadie, y la muerte era un justo desenlace a su negligencia laboral.

Cerró los ojos y esperó que todo se acabara. Aguardó que aquella especie de gruñidos quedase silenciada por la desaparición encadenada de sentidos.

La oscuridad vertió toda su tinta sobre el grupo, pero esa ausencia completa de luz fue efímera, como la estrella rutilante que eclipsó el fondo negro de sus ojos. Recordó la teoría tan divulgada sobre el recipiente contenedor del alma una vez se desenrosca la tapa. Ella ahora atravesaba, desde la perspectiva de una mota de polvo, un corredor infinito cuyo fulgor parecía irradiado directamente por el sol. Aunque las explosiones del astro no se parecían al pitido insistente de un claxon aporreado con insistencia en un atasco.

Los sonidos se aclararon, y la voz de Barry fue el brazo que la agarró del tobillo para evitar su ascenso al supuesto mundo etéreo oculto y solo accesible tras la expiración física.

―¡Vamos, Sarah, sube!

La agarró del brazo y tiró de ella. La agente abrió sobrecogida los ojos y apenas tuvo unos instantes para comprender la situación. Un sedán estaba aparcado frente a ellos con las luces delanteras y posteriores puestas. Los hermanos Anderson ocupaban los asientos traseros, uniéndose a ellos Barry después de ayudar a entrar a la sheriff en la parte del copiloto. Cuando el representante se montó, el conductor aceleró marcha atrás.

Sarah mantenía fija la vista en la interminable sucesión de enemigos, regenerándose como en una película de zombis. El coche viró con brusquedad, apuntando en dirección opuesta a la que venía.

―El Oh Deer Diner aún sigue en pie; es una de las pocas o la única construcción intacta.

Esa voz femenina la había escuchado en televisión. Entonces, el tono no era decidido, sino apocado y sumido en una inescrutable tristeza incomprensible para los periodistas carroñeros dedicados a crear artículos sensacionalistas. La miró y corroboró su identidad: era Alice Wake.

―¿Os encontráis bien? ―preguntó sin girarse hacia los pasajeros de su coche.

―Creo que sí ―respondió Barry.

―Los viejos dioses tenemos mucha guerra para dar ―se enorgulleció Tor.

―¡Es cierto, Tor! ―ratificó Odín.

―Nos ha salvado la vida, señora Wake ―agradeció Sarah.

Frunció el ceño y negó con la cabeza.

―Tutéame, o tendré que tratarte como la sheriff Breaker ―bromeó Alice.

Sarah sonrió y se relajó en el asiento del copiloto. Se miró en el retrovisor, examinando su deplorable aspecto físico. El cabello, siempre recogido, ahora tenía mechones diseminados cubiertos de sudor o agua, o probablemente de ambos. La ropa se le adhería al cuerpo. Se soltó el nudo de la corbata y se la quitó, enrollándosela en la mano.

―Alice, ¿por qué estás aquí? ―preguntó Barry.

―Por el mismo motivo que estáis vosotros ―justificó―: por Alan.

Oír su nombre era una punzada en la impotencia que sentía Sarah. Ninguno de ellos sabía el acto deleznable cometido a Rose. Se aprovechó de su profusa admiración para no solo tener sexo con ella, sino para robarle el interruptor. Pero ¿por qué?

Él era el verdadero poseedor del objeto; Rose lo guardaba en custodia. ¿Puede servir el confinamiento al que estuvo sometido, derrengando y transfigurando sus facultades mentales, como atenuante para entender su comportamiento? Es posible la fragmentación moral conseguida por la Presencia Oscura. Pero, aun así, ¿no era él quien decidía qué sucedía y no en Bright Falls?

―¿De verdad no te has encontrado a tu marido? ―receló Sarah con sequedad.

―Llegué hace poco ―respondió decidida, algo ofendida por la brusquedad de la pregunta―. En el camino, Alan se puso en contacto conmigo por la radio…, o eso creo.

Los hermanos Anderson y Barry se miraron cómplices.

―A nosotros nos pasó algo similar ayer por la noche.

―Tom salió por la televisión, ¿verdad, Odín? ―dijo Tor.

―Verdad, Tor ―aseguró Odín.

―Nos dijo que Sarah corría peligro ―continuó algo ruborizado―. Bueno… Ella y todos ―rectificó nervioso―. Sí, dijo que… ―pensó cerrando los ojos y chasqueando los dedos―. ¡Ya! ―exclamó―. Dijo que la Presencia Oscura tomaría la Tierra, o algo así. Y también que nos estuvo protegiendo mientras estaba en el otro lado, pero que ya no podría hacerlo una vez volviese a la realidad. ¡Una paranoia que alucinas!, pero yo le creo ―sentenció.

―Y nosotros ―respondieron al unísono los hermanos Anderson.

―Yo también ―aseguró Alice―. Es mi marido, y gracias a él estoy viva.

―Gracias a él todos lo estamos ―corrigió Barry.

Todos asintieron. Una lágrima brotó con oposición en el rostro de Alice. Se negó a emocionarse apretando los labios.

Él también me salvó, pronunció Sarah para sí misma. Contrariada por la actitud primigenia de Alan Wake con Rose, era inequívoca la realidad: si no fuera por él, ella estaría muerta o, peor, poseída por la Presencia Oscura. Por el contrario, se guardaba de la confianza férrea que ellos tenían depositada en él; se mantendría alerta si volvía a encontrárselo.

No tengo nada para defenderme de él; no tenemos nada, pensó amargamente. Si Alan Wake no resultaba ser el mismo, la muerte de todos estaría asegurada.

Aparcaron frente a la cafetería. Alice tuvo un intenso déjàvu, aunque el presente difería considerablemente de un pasado de sorprendente lejanía. Los ocupantes se apearon del coche. Caminaron rápidamente al interior. El cristal de la puerta estaba roto.

―Tenía que entrar de alguna forma ―repuso Alice.

Una vez dentro, Alice fue al cuadro eléctrico y subió las pestañas. Los recuadros del techo se encendieron uno a uno. Sarah distinguió una silueta delgada sentada a la mesa en el fondo de la cafetería. Cuando la luz logró finalmente consumir todo rastro de oscuridad ―exceptuando el pasillo que dirigía a los baños―, el rostro lívido de Rose alivió a Sarah. Parecía ida, mirando con interés y fijeza la taza de café que tenía enfrente. Tenía el cabello desparramado sobre sus hombros, ensortijado. Un corte le atravesaba sesgadamente la mejilla, y los nudillos de las manos estaban enrojecidos, con sangre seca.

―La encontré deambulando por la calle ―explicó Alice―. Ella me dijo que estaba contigo ―miró a Sarah―, así que le puse un café caliente y me fui corriendo.

―¿Por qué las luces estaban apagadas? ―interrumpió Sarah.

―Me encontraba mejor a oscuras… y quería volver a verle ―respondió Rose lentamente, como si hubiese experimentado un suceso traumático.

Sarah sabía a quien se refería, pero necesitaba escucharlo.

―¿Para ver a quién, Rose?

―A Alan ―dijo esbozando una sonrisa perdida. Los ojos se le empequeñecieron, y su rostro se convirtió en una mueca desagradable de amor demencial.

La expresión facial de Alice cambió drásticamente, transformándose en el reflejo de la confusión. La ira crepitaba en su interior. Para apaciguarla, pensó en las frecuentes muestras de amor por parte de los admiradores más acérrimos de Alan Wake. Era evidente que todo personaje público tiene su legión de seguidores.

―Nosotros también queremos verlo, Rose ―respondió la fotógrafa.

Giró sobre sus talones y agarró la linterna que había en la encimera. Caminaba hacia la entrada del establecimiento cuando las palabras de la excamarera la hicieron detenerse:

―Quiero volver a hacer el amor con él.

Barry y los demás enmudecieron. El representante inspiró profundamente.

―¿Qué? ―dijo Alice, mirando de soslayo por encima de sus hombros.

―Rose, eso es mentira, ¿verdad? ―preguntó Barry incrédulo, aunque era más bien una orden.

―¡Por fin Tom se fijó en Cynthia! ―comentó Odín.

―¿Rose? ―preguntó irritada Alice, girada por completo para mirarla a los ojos.

La joven soltó la taza y escondió las manos bajo la mesa. Levantó la cabeza y la miró con una dilatada sonrisa placentera.

―Quedamos hoy, y luego fuimos a mi casa. Él fue muy directo. Pensé que no me gustaría, pero luego… Dios, fue la mejor sensación posible. Lo pienso y me entra un cosquilleo por todo el cuerpo.

Alice caminó hacia la barra alargada y apoyó la linterna con fuerza. Le temblaban las manos y apretaba la mandíbula. Sarah se acercó a ella con intención de tranquilizarla.

―Alice, cálmate. Ella… ―empezó a decir.

―¿Dónde estabas tú, Alice? ―preguntó Rose maliciosamente―. Necesitaba a una persona a su lado… y yo era la única que siempre lo estuvo.

Alice intentó zafarse de la sheriff, pero esta la agarró de los brazos y estiró de ella.

―¡Es imposible! ¡Mientes! ¡Mientes! ―gritó Alice enfurecida, llorando. El rostro se le enrojeció instantáneamente.

Barry se levantó y se puso en medio de Alice, alargando los brazos.

―Eh, eh, Alice, cálmate, ¿vale? No nos conviene estar así.

―¡Se ha acostado con mi marido, Barry! ―reprendió ella.

―Aún tengo dolor, ¿sabes? ―comentó Rose riéndose pícaramente.

Sarah apoyó a Alice en la encimera, y le hizo un gesto a Barry para que la sujetara.

―Alice, atiéndeme, ¿vale? ―pedía Sarah. La mujer se retorcía entre insultos despectivos y comparativos con animales, profesiones, aparte de cuestionar su pulcritud física―. Rose no tuvo la culpa, fue…

Las luces del local explotaron al unísono, cayendo una lluvia de fragmentos cortantes.

―Siempre has sido una frígida, Alice ―achacó Rose en tono profundo y masculino.

Sarah lo comprendió todo en la fracción de segundo anterior al caos. La irreverente actitud de Rose, los comentarios provocativos haciendo únicamente alusión a Alan Wake y menospreciando a Alice. La oscuridad con la que se sentía cómoda y el último apagón producido. El abrupto y preternatural cambio vocal. Las piezas se formaron hasta formar la evidencia: la Presencia Oscura había poseído su cuerpo.

Una explosión sorda irrumpió en el efímero silencio. Un fogonazo iluminó la negrura del local, y Barry se desplomó de bruces en el suelo. Sarah alargó el brazo, buscando la linterna, pero una ráfaga de tres disparos le agujereó el pecho. El tiroteo continuaba mientras su cuerpo caía derribando unos cuantos taburetes. El estrépito de cristales rotos y proyectiles rebotados en chapas metálicas se entremezclaba con los gritos, hasta que un desgarrador alarido seguido de un golpe seco cesó todo sonido, preponderando un silencio luctuoso y mortal.

*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

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