El manuscrito de Wake: Capítulo X

Capítulo X

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Alejandro Masadelo

 

Los faros del sedán arrojaban conos lumínicos, quebrando la oscuridad de la noche, descubriendo las hojas frondosas y desvaídas de los árboles. El motor reinaba en el silencio, las ruedas gemían cuando giraban bruscamente en la sinuosidad de una curva cerrada.

En el interior, la radio pugnaba por formular palabras entre las interferencias, que Alice supuso eran por la lejanía de una torre de antena. Esa creencia desapareció cuando una voz masculina irrumpió con nitidez los crujidos del aparato.

―Cariño, soy yo.

Abrió los ojos y sus labios se entreabrieron, dudosos de entonar o no un grito sorprendido.

El cuerpo se volvió una figura pétrea, inquebrantable en el desconcierto. Una amalgama de sentimientos se alzó en su interior, como dos bandos antagónicos delimitados por una línea imaginaria, preparados para batallar en el borde de un terraplén.

Fisuras aparecieron en la represa de la ira, amenazantes con desbordar su contenido irrefrenable. Sentimiento influenciado por ningún motivo y a la vez por todos. La incertidumbre del tiempo la consumía lentamente como el filtro de un cigarrillo. Acostumbró pasar los días asimilando la realidad infalible: su marido estaba muerto. Las inflexiones de su voz, los trazos de cada parcela de su cuerpo; los instantes congelados de felicidad y tristeza.

Todos los detalles relacionados con él desaparecían de sus recuerdos como las huellas marcadas en la arena mojada tras ser engullidas por la espuma marina. Con un simple saludo, la ira convivía con la felicidad. Emoción surgida por el reencuentro anhelado y vaticinado por una esperanza imperecedera. La tristeza se asomó entre ambos sentimientos, luciendo el desperdicio de los años anteriores. El incumplimiento de los deseos pactados en besos y risas.

La culpabilidad planeaba sobre ella con amenazante sutileza, recordándole la vida que, sin su sacrificio, no hubiese podido disfrutar. «En definitiva, usted eligió este lugar.» pronunció mental y amargamente las palabras de Ulalume, el desconocido que la llamó por teléfono; las garras del depredador se cerraron en sus hombros, y, alzando la vista, comprobó la identidad del remordimiento graznando repetitivamente con mordacidad su error, como el cuervo posado sobre el busto de Palas de Atenea en el poema de Edgar Allan Poe.

Gritó iracunda y golpeó con ambas manos el volante. Alzó la vista aterrorizada y comprobó el angustioso vacío bajo ella. Usó el freno de mano. Las ruedas chirriaron y el coche se sacudió violentamente, inclinando el cuerpo de Alice. El cinturón se le hundió en la clavícula, pero agradeció no salir despedida. El parachoques golpeó el guardarraíl, y un por un momento fugaz de horror se imaginó congelando el tiempo mientras el vehículo volaba. Por fortuna, aún seguía en la carretera.

El corazón le empujaba el pecho, ansioso por salir de su presidio. Respiraba en bocanadas bruscas, tragaba saliva cortante. Apoyó la frente, exhausta, en el volante.

En la radio, Alan Wake continuaba hablando:

―… Por eso, necesito que vengas. Corres peligro en Nueva York; en realidad, en cualquier sitio.

Después, la emisión volvió a su usual crepitación. Alice miró la radio negando repetidamente con la cabeza.

―No…, ¡no, no, no!

Intentó sintonizar otra frecuencia, pero la respuesta era unívoca. La golpeó con rabia y se retrepó en el asiento. Lloraba impotente. En lugar de escuchar la llamada de su marido, decidió abstraerse en los mismos pensamientos que tenía durante estos años. Deseó retroceder unos segundos, quizá minutos, y haber recibido con claridad su mensaje.

Apretó los labios y se secó las lágrimas con el dorso de las manos. Dio marcha atrás y se reincorporó. No pudo atender el resto de palabras, pero Alice sabía dónde debía reunirse con él. Tan solo debía continuar con la ruta establecida.

Mientras Alice se dirigía a Bright Falls, Barry Wheeler y los hermanos Anderson llegaron a la habitación de un motel de Arizona, tras haber tenido un concierto en Portland, en un pub de rock.

Los asistentes y los hermanos se movían en sintonía, y Barry admiró confundido la vigorosidad y la lucidez que mostraban los cantantes cuando estaban poseídos por la música. Cuando tocaban los acordes y las cuerdas vocales se organizaban para entonar con gravedad y profundidad las letras compuestas, y el público se unía a ellos, un influjo mágico los rociaba. Era encomiable la labor que hacían, pues desde la separación del grupo en 1978 por la muerte del bajista «Fat» Bob Balderno habían vuelto a tocar.

Pero ese paréntesis en la demencia senil de los cantantes desaparecía cuando ya no eran los Old Gods of Asgard y volvían a ser los hermanos Anderson.

Una vez Barry dejó sus pertenencias en el suelo, Tor comentó:

―¡Eh, Barry!, ¿qué tal si nos pones al día? Enciende el televisor.

Agachado y esbozando una línea sonriente en sus labios, Barry le contestó:

―¿De verdad no tenéis sueño? ¡Habéis dado mucha caña!

―¡Y que lo digas! ―asintió Odín.

―¡Hemos dejado el capitolio de Washington destruido! ―dijo Tor.

―Portland, Tor. En un pub de Portland ―corrigió bromista Barry.

―Eso mismo, eso mismo ―dio la razón Tor.

Un ataque bronco de tos asedió a Tor, que estuvo unos cuantos segundos peleándose con su pecho. Cuando remitió, Barry preguntó:

―¿Todo bien? ―se acercó pasando el brazo por sus hombros.

―Sí, sí ―restó importancia―. Y ahora, por favor, ponnos la tele.

―¡Necesitamos inspiración! ―dijo Odín, y tosió. Entretanto, añadió―: las guerras del mundo nos la darán.

Barry negó con la cabeza y se acercó, arrastrando los pies por el suelo del linóleo, a la mesa donde estaba el mando para encender el televisor. Presionó el botón rojo y, en un segundo, la imagen de un hombre ocupó todo el ancho de la pantalla.

Barry retrocedió asustado, atónito. La tos de Odín desapareció, y los hermanos permanecieron atentos. Tor exclamó:

―¡Tom, cuánto tiempo!

Barry, dejándose caer en el borde de la cama, dijo:

―¿Al?…

La imagen mostraba la habitación de la cabaña donde Alan Wake se encontraba recluido. El escritor había envejecido, aunque menos de lo esperado, y el cabello estaba llenándosele de canas. Lucía una barba de hace unos días, y aún vestía el mismo atuendo que hacía casi una década.

Caminaba nervioso por la habitación, en silencio. Finalmente, se detuvo y se acercó a la cámara.

―Barry, hermanos Anderson, sé que veréis esto. Necesito que prestéis mucha atención en lo que voy a deciros.

Su presencia semejaba un holograma empleado para resucitar un cantante y ofrecer un concierto atemporal y de ensueño. Los recuerdos vívidos que tenía sobre él residían en Bright Falls, como si la vida anterior, desde el forjamiento de su amistad en la infancia, hasta convertirse en su agente literario tras comprobar el potencial creativo de Alan, fueran reminiscencias inanes: recipientes temporales etiquetados sin albergar contenido.

Los hermanos se trasladaron a una etapa pretérita y fructífera de sus vidas. En la granja donde vivían, recibieron la visita de un poeta llamado Thomas Zane. Les pide ayuda para dilatar su creatividad y enfrentarse a la oscuridad que apresó a su musa.

Quería, aun quedando expuesto, adentrarse en la dimensión ignota oculta en el lago Cauldron. Ellos, algo reticentes al principio, accedieron a entregarle un pequeño tarro de cristal. El color del líquido era oscuro y de apariencia viscosa. Cambiaba de color a un tono verdoso cuando le daba la luz solar.

En la noche de aquel día, oyen una explosión que sacude la casa y la granja enteras. Se despiertan asustados y se asoman a la ventana de la habitación. Observan el agua bullendo encolerizada, envuelta en un manto oscuro. La onda se propaga hasta la linde de la granja y, misteriosamente, no logra causar daño en el perímetro. La erupción se alza hasta las nubes, eclipsándolas y tiñéndolas de oscuridad.

Días siguientes, periódicos locales informan sobre las inundaciones producidas en varios túneles profundos de minería de la zona. Los primeros registros datan la muerte de treinta y dos personas, aunque no pudieron identificar la identidad de veinte mineros más.

La culpabilidad los derrengó interiormente. En un esfuerzo vano por expiar su yerro, decidieron descender a las profundidades donde Barbara Jagger y Thomas Zane se encontraban.

Minusvaloraron su poder, y no consiguieron sino fisurar la puerta que el poeta logró sellar. La Presencia Oscura, entonces, quedó libre para mostrar su inconmensurable poder. Ellos, aunque lograron sobrevivir, quedarían dañados por siempre. Su efecto solo desaparecería cuando la música despertase su creatividad.

Barry despertó del trance retrospectivo cuando escuchó un nombre:

―Sarah corre peligro, Barry. Todos lo estamos…, y más lejos de Bright Falls.

Barry sacudió la cabeza.

―Os necesitamos, colega. Todo va a derrumbarse, y solo desde aquí podemos enterrar la oscuridad.

Barry se acercó al televisor y se arrodilló.

―¡Al!, ¡Al!, ¿qué le pasa a Sarah?

―… La historia está escrita, y ya estoy listo para mi regreso a la superficie.

»Una vez esté allí, ya no podré ayudaros escribiendo. Os estuve protegiendo todo lo que pude, pero una vez deje este lugar ya no podré hacerlo más. En la realidad que vivís, tan distinta de la mía, deberemos unir fuerzas para evitar el gobierno de la Presencia Oscura en la Tierra.

Hubo unos segundos de silencio, hasta que Alan volvió a hablar.

―Nos vemos en Bright Falls ―dijo esbozando una sonrisa dubitativa.

Después, el televisor se apagó, volviendo la imagen en negro. En el cristal se reflejaban los hermanos Anderson y Barry. Los ancianos, presumiblemente ajenos a lo acontecido, hablaron para sorpresa del agente:

―Tenemos que acabar lo que empezamos, Tor ―comentó Odín.

―Por Tom, Odín ―ratificó Tor.

Barry se levantó y, con el semblante decidido, dijo:

―Hermanos Anderson, haced que tiemble Washington.

 

 

*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

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