El manuscrito de Wake: Capítulo IX

Capítulo IX

La caída de la luz

 

Alejandro Masadelo

 

Sarah estaba preparada. Podía resultar paranoica, incluso habría dado un peor diagnóstico sobre su salud mental, pero después de lo vivido hacía años ya no cuestionaría ningún aspecto de la realidad tangible.

Empuñaba la escopeta y había acoplado una linterna de caza al arma, agarrada con varias tiras de cinta adhesiva hasta comprobar que su estabilidad no se ladeaba. Aparte, llevaba una pistola de bengalas, una linterna de larga distancia y una pequeña bandolera verde oliva de nylon llena de pilas y baterías.

Aguardó sentada a la mesa del salón, observando el exterior a través de los visillos beige. Presenciaba el arrebol reflejado en el asfalto, la penumbra arremolinándose en su casa conforme el sol descendía.

La noche hizo acto de presencia, y con ella la acompañó el silencio mortuorio inherente desde hace casi una década; la inconfundible incertidumbre disfrazada de quietud. El escenario donde todos los sonidos se incrementaban exponencialmente.

Precisamente por esa inusual acústica vino a sus oídos un grito desgarrador seguido de una rotura sorda, como si los huesos se rompiesen al unísono. Esta posibilidad cayó sobre ella como si le arrebatasen el alma, creando un vacío insondable.

Se levantó, cargando el arma, y salió rápidamente al exterior.

Una niebla oscura y tentacular cubría la calle. Miró al cielo y no pudo ver más que la sábana nebulosa, que parecía una cúpula envolviendo Bright Falls.

En la acera de enfrente, las casas eran cajas silueteadas. En algunas de ellas resaltaban tenues puntos lumínicos y, más allá, figuras borrosas de personas incrédulas que estarían a punto de acostarse y miraban curiosos la niebla levantada, o quizá ellos mismos comprendiesen la naturaleza real de ese fenómeno y se resignasen a esperar el final.

La sheriff caminó pegada a la hilera de casas, pero estas cada vez se alejaban más de ella, como si repugnasen su presencia o se negasen a ayudarla para no enfrentarse a consecuencias devastadoras.

Examinaba alrededor, intentando intuir la procedencia del sonido oído en su casa. Sin embargo, era inútil guiarse por su visión. Encendió la linterna acoplada a la escopeta y enfocó el halo de luz en todas direcciones. Comprobó, sorprendida, que las casas volvían al lugar original si las iluminaba.

Sus pasos resonaban en el cemento. La niebla ululaba entonando una desconocida melodía interpretada por un coro disonante, como si muchas personas estuviesen echándole el aliento.

Delante de ella vio un festival de serrín. Se acercó y examinó con la linterna el banco polvoriento. Manchas bituminosas y oleosas se posaban sobre el montón, como moho adherido a una rebanada de pan. Las enfocó con la linterna y estas empezaron a disgregarse, casi chillaban con el calor que irradiaba. Como espuma dorada, el cuerpo se desintegró y sus partículas se perdieron en el aire.

Miró a la derecha y descubrió el epicentro del caos: era la casa de Rose Marigold. Negó sacudiendo la cabeza y exclamando «joder» en un susurro, y se acercó al porche. Estudió a través de las láminas vítreas de los laterales de la puerta buscando algún indicio de movimiento. Luego, lo intentó mirando por las ventanas, pero las cortinas solo le permitían ver a través de una ligera línea, como una grieta.

Acució su estúpido proceder al nerviosismo agobiante que la situación le provocaba: Rose podía estar en peligro…, o peor.

Decidida, pateó con fuerza la puerta de la entrada. El marco casi se desencajó de las bisagras, y una lluvia de astillas cayó en el suelo y salpicó su cabello.

Avanzaba lateralmente, a paso rápido. Se giraba a izquierda y derecha, dirigiendo el haz de luz a las sombras. Cuando llegó a mitad del pasillo, gritó:

―¡Rose!, ¿se encuentra bien?

No recibió respuesta. A pesar de que la situación no requiriera formalidades, esa acción protocolaria se formó involuntariamente en su garganta.

El dedo índice de la mano derecha de Sarah se deslizaba dubitativo sobre el gatillo. A través de la puerta entreabierta de una habitación le llegaba un titileo cálido, una danza alborotada de sombras y luces.

Empujó la lámina de madera blanca con el cañón del arma; la puerta cedió lentamente. En el interior de la habitación se encontró con un escenario catastrófico: hileras de luces colgaban de las paredes remedando el cuerpo de un condenado a la horca, tras abrirse la trampilla del cadalso; muebles rotos por la mitad, y lo más importante: la pared lateral donde estaba la ventana, ahora solo era un túnel de vigas de madera colgando, cascotes y un charco de cristal. La agente, procesando aún el destrozo ocasionado, corrió al lado de la joven.

Rose se encontraba enrollada en las sábanas, temblando y llorando.Los ojos, irritados, miraban recelosos y aliviados a Sarah. Las lágrimas bajaban incontrolables por su rostro enrojecido. Los mechones de su cabello revuelto se adherían en la tez húmeda y caliente. Las fracturas de su cuerpo y cerebro eran meridionales. Ese aspecto le confería la humanidad retozona que tenía hace ocho años…, sin embargo, quizá esa fuera una mala señal en lugar de un signo notorio de mejoría.

Revisó la habitación, cada rincón. Entró en la sala con la puerta arrancada de las bisagras. Bajo sus pies crujían los filamentos vítreos de las bombillas caídas. Las que todavía pendían de las cuerdas, la mayoría no brillaban, y las que lo hacían cintilaban moribundas.

Las lámparas, formando una hilera de instrucción militar, apuntaban confusas en muchas direcciones; algunas estaban volcadas, apuntando con su luz potente al techo, y otras estaban rotas por la mitad. Una pequeña mesa auxiliar tenía las patas apuntando a la cabeza, como una experimentada gimnasta rítmica, mientras la tabla partida en dos estaba apoyada en la pared. En el suelo, una caja de zapatos lucía vacía, y Sarah la miró fijamente.

Recuerdos casi inverosímiles la sacudieron, haciéndola retroceder al instante donde la armonía de Bright Falls explotó, y los hechos inexplicables cambiaron abruptamente el comportamiento de sus habitantes.

El accidente del helicóptero. La represa que tuvieron que cruzar huyendo de la Presencia Oscura. El ascensor que los condujeron a un piso inferior, donde se encontraba la puerta de lo que parecía una caja fuerte. La central eléctrica donde Cynthia Weaver construyó una habitación para preservar un anodino artefacto tratado como un ídolo. Las bombillas radiantes, suprimiendo cualquier acercamiento de oscuridad. Y, en el centro, guardado en el interior de una caja de zapatos, un viejo interruptor.

Rose custodiaba ese objeto de la misma forma que la señora Weaver. No debía suceder nada, pero la joven no contaba, al parecer, con un regreso inesperado, cuya fuerza escapa de la física y el conocimiento humano. Esa persona no solo iba a por la chica, y así le hizo llegar sus intenciones.

Sarah giró sobre sus talones y volvió con Rose. Se situó a su lado, de pie, aún vigilante.

―Rose, ¿quién te ha hecho esto? ―conocía la respuesta, pero necesitaba escucharla en la voz de otra persona; sentía la imperiosa necesidad de purgar su cordura.

Gimoteaba e intentaba formar letras en sus labios escoriados, abriendo y cerrándolos. La agente se impacientaba, pero debía ser condescendiente. Al fin y al cabo, una persona normal no sería capaz de resistir un acontecimiento como este. Temía que no le confesara la verdad. Podía hacer como los protagonistas de Desesperación o Posesión: obligados a contar una versión ficticia sobre lo ocurrido, pues, aunque se afanasen por demostrar la veracidad de los hechos, solo conseguirían resultar sospechosos o desacreditados por su condición psíquica, aduciendo estrés postraumático.

Finalmente, un hilo ronco, entrecortado y acuoso de voz brotó de la garganta de Rose:

―Alan…, no. Él no era Alan…, pero sí lo era. Alan y yo… lo hicimos ―dijo ruborizada, y rompió en un llanto aún más lastimero.

Alan…, pronunciaba mentalmente su nombre, incrédula. No. No podía ser él. Entonces, una frase se formó en la neblina de su pensamiento: «El escritor te acompañará mañana, sheriff.» Se lo había dicho Nightingale en el sueño. Entonces, ¿Alan Wake consiguió regresar?

Lo que le ha hecho a Rose…, pensaba impotente. No conocía lo suficiente al escritor para dictaminar su conducta, pero se sentía segura para aseverar su inocencia.

En su confusión, escuchó la voz de Rose:

―Intentó robar el interruptor, pero un hombre lo impidió.

Sacó debajo de la almohada el objeto que intentaron sustraer. Se lo enseñó a ella y lo volvió a guardar. Sarah frunció el ceño, confusa e intrigada.

―¿Sabes quién fue, Rose?

―No, pero sí vi su aspecto físico.

El llanto disminuía levemente, permitiéndole pronunciar con más facilidad las palabras.

―¿Y cómo era?

―La misma altura que… ―tragó saliva― Alan. Vestía completamente de negro, con un sombrero. Alan iba a salir ya con el interruptor. Yo… intenté moverme, pero no pude…, te juro que no pude. ―Las lágrimas brotaron de sus párpados. Enterró su rostro entre sus manos, y el llanto sonó amortiguado.

Sarah se acuclilló y le acarició suavemente el cabello.

―Tranquila, Rose. Ya pasó todo ―la consolaba casi susurrando―. Además, yo te protegeré, ¿vale?

La joven deslizó tímidamente las manos y miró a la agente, que le sonreía compasiva.

―¿De verdad? ―su tono recordaba un niño asustado que se despierta tras una horrible pesadilla, y la posibilidad de que esta regrese sigue persistiendo, aunque otra persona le asegure lo contrario y prometa defenderle.

Sarah asintió lentamente. Esperaba que ella se relajase, pero lo único que su rostro dibujó fue una mueca de horror. Abrió los ojos y se apartó de ella como si su mano le ardiera el cráneo.

―¡Cuidado! ―avisó alarmada.

La sheriff permaneció petrificada en su confusión. Si no fuera por la patada que le dio Rose, empujándola hacia atrás, el cuchillo le hubiese atravesado los omóplatos. En lugar de eso, la hoja impactó en la tibia de la joven. Rose rompió en un grito desgarrador y rodó por la cama, manchando la pulcritud de las sábanas con sangre. Aun siendo una situación de extremo estrés, donde se aferraba al saledizo de la vida, mantenía oculta la desnudez de su cuerpo.

Vio a su agresor. La oscuridad lo imbuía, pero aun así pudo identificarlo. Se trataba del asesino con el que descubrió el terror. Su rostro fantasmal era inconfundible: boca alargada en un grito congelado, ojos hundidos en el vacío sideral, largos y curvados y orificios nasales arqueados. Llevaba el cuerpo cubierto con una túnica negra y vaporosa. A Sarah no le hubiese aterrado si no fuera porque no se trataba de un disfraz.

El atacante se dio la vuelta y buscó a Sarah buscando hundirle el cuchillo. Se apartó tirándose al suelo. La velocidad del ataque le arrancó unos cabellos, que volaban grácilmente y espolvoreaban el suelo. Miró la punta hundida en la pared. El tapizado se llenó de raíces negras que pudrían conforme ganaban terreno. Observó las sombras revoloteando en la hoja, y entre ellas vio su reflejo degollado. Le erizó el vello de la nuca y los brazos, y entonces regresó a la realidad.

Le asestó una patada en la pierna, pero el enemigo se desvaneció en una corriente intermitente negra, semejándose la estática de una televisión antigua sin señal. Apareció de nuevo a su lado, justo en el momento en que la sheriff iba a agarrar la escopeta. El atacante la lanzó hacia el fondo contrario de la habitación, y luego arrojó a Sarah contra la pared. Cayó boca abajo, la espalda le ardía, la cabeza le retumbaba.

Alzó la vista y vio a su oponente en el lado contrario de la cama donde estaba Rose. Alzó el brazo para iniciar el movimiento y luego lo movió hacia abajo, como la hoja de una guillotina al caer sobre el condenado.

Sarah se llevó rápidamente la mano a la trabilla de la cintura. Abrió el cierre metálico del gancho y cogió la linterna. Apretó el botón, alzó el brazo y dirigió el haz de luz al enemigo. Este retrocedió tapándose la cara con una mano, y el cuchillo se deslizó entre los dedos que lo empuñaban, cayendo al lado de la joven.

Sarah continuó enfocándole con la linterna mientras se incorporaba. Buscó la escopeta con la mirada. El cañón apuntaba contra la pared situada al lado de la puerta de la habitación.

―¡Rose, no dejes de apuntarlo!

Sin decir nada más, le lanzó la linterna a la joven. Le rebotó en las manos, pero consiguió agarrarla. La empuñó con ambas manos, sin dejar de iluminar a su agresor, mientras apretaba los dientes; un cerco rojizo estaba formándose en la sábana que usaba como vestido.

Sarah corrió, doblando la cama, entre muescas de dolor. Tenía que hacerse con el arma.

El oponente se liberó exitosamente del círculo luminoso, y Rose no pudo seguir su veloz movimiento con la linterna.

La sherifflo vio de soslayo y se tiró al suelo. El contrario atravesó la pared con el puño, levantando astillas. Se impulsó con las puntas de los pies y agarró la escopeta. Se giró hacia arriba, notando una tirantez inmovilizadora en laespalda. El enemigo corrió hacia ella, imitando al asesino serial ficticio.

Sobreponiéndose al dolor y mordiéndose el labio inferior, lo apuntó con el arma. La intensidad de la luz lo hizo trastabillar hacia delante y, antes de que pudiera taparse y su cuerpo la aplastara, apretó el gatillo. Deslizó el guardamanos hacia atrás y luego adelante varias veces, escupiendo vainas que rebotaban con un sonido embotado en el suelo.

El cuerpo se desintegró en una cortina luminosa, bañándola en oro. Un pitido persistente, seguido del bloqueo del resto de sonidos, resonaba en sus oídos. Solo su corazón conseguía colarse en el silencio, desbocado como un tren sin maquinista.

El pecho se alzaba y bajaba como si saltasen sobre él. El arma oscilaba en sus manos temblorosas. Cuando todo por fin acabó, la bajó. Utilizó el cañón como bastón y se reincorporó maldiciendo con palabras que no escuchaba. Empuñó la escopeta y se acercó ligeramente encorvada a la cama.

El embotamiento se desvaneció, y pudo escuchar la sencilla pregunta, protocolaria, estúpida e irritante, que le formuló a Rose:

―¿Te encuentras bien?

El cuchillo desapareció de su lado, pero la herida, desafortunadamente, seguía en su pierna. Se sentó a su lado. Le retiró la linterna, que aún sostenía entre sus manos débiles y la apagó, anclándola otra vez al gancho de su pantalón.

―Tenemos que irnos ―ordenó apremiante.

La joven asintió mecánicamente. Sarah la cogió de la mano y la ayudó a levantarse, pero se detuvo cuando le vio el rostro demudado en una mueca de dolor. Miró la mancha enrojecida en la sábana.

―¿Puedo echarle un vistazo? ―pidió.

Se encogió de hombros. El pudor por ocultar su desnudez le importaba más que una herida por arma blanca.

Le retiró la sábana de la pierna y examinó la herida. Una línea se abría perpendicularmente, aproximadamente seis centímetros, formando un óvalo. Los bordes segregaban una especie de líquido negro que regeneraba el tejido dañado, aunque la piel se teñía de gris. Observó el proceso asombrada. La joven miró con repulsa la grieta de su pierna, y luego buscó los ojos de la sheriff en busca de una noticia tranquilizadora.

―Se está curando, Rose ―respondió su pregunta silenciosa―. Pero no podemos estar aquí mucho más. ―Miró de soslayo detrás de ella, en el arco abierto en la pared―. ¿Has disparado alguna vez? ―la miró a los ojos, dibujando una línea delgada en sus labios, un atisbo de sonrisa.

―No… ―respondió asustada.

Volvió a entregarle la linterna que le había quitado.

―Con esto podrás ahuyentarlos, pero mantenla firme ―le apretó con contundencia la mano―. Son muy rápidos, y con esto no podrás matarlos, pero…

Un motor bramó en la oscuridad exterior. Sarah giró velozmente la cabeza como un animal oyendo el crujido de una rama. A continuación, un segundo vehículo apareció en escena vehementemente. Sarah imaginó qué ocurriría e hizo un amago de salir antes de que un topetazo amortiguado enmudeciese el corazón del vehículo.

Se imbuyó en un impetuoso atrevimiento, un sentimiento renacido de la ira y del miedo delimitantes de su parálisis.

―Rose, no sueltes la linterna ni el interruptor ―ordenó urgente―. Quédate aquí, ¿vale?

―¿Dónde vas? ―preguntó anhelante de protección, de la compañía de una persona que le hiciese recordar que aún se encontraba en el mundo real.

―Tengo que resolver un asunto. No te muevas.

Fue lo último que dijo antes de lanzarse, como un depredador que avista a su presa desprotegida e indefensa, por el agujero de la pared. Apretaba las mandíbulas y sostenía con firmeza la escopeta.

Cruzó deslizándose la avenida entre las sombras. Vio peces caminando como humanos por las aceras. Tiburones se lanzaban a por ella, sin éxito; no se detenía a matarlos, sino a aumentar la velocidad con la que sus pies recorrían el camino que la separaba del lugar donde ocurrió el accidente.

No es un accidente. Es él. Tiene que serlo, aseguraba firmemente para ella.

Delante vio dos cuerpos: uno, tumbado al lado de un coche; el otro, erguido con firmeza frente a él. Su corpulencia contorneada no podía ser de otra persona.

Corrió desesperada. Solo cuando estuvo a escasos metros pudo ver que sostenía un revólver y apretaba el cañón en medio de los ojos del otro hombre. Estaba dispuesta a dispararle, después de vociferar para reclamar su atención, cuando distinguió la inconfundible figura de una persona con intenciones perniciosas sobre una inocente.

―¡Nightingale! ―le reclamó voz en cuello.

Se giró rápidamente y apretó los dientes. Su cuerpo quedó sesgado por líneas oscuras que lo ensombrecieron aún más. Durante unos breves instantes, sus ojos se pasearon por los de Sarah, pero la consideró insignificante, y volvió a fijar la atención en el otro hombre.

―¡Tú otra vez! ―gritó encolerizado.

El halo de luz rasgó las sombras e impactó en Nightingale. Disparos lejanos, aunque su cercanía fuese aterradora, cruzaron el espacio que le separaba del agente. Su cuerpo se desplazó velozmente en un torbellino.

Permaneció quieta, apuntando al suelo con la escopeta. Su cerebro trataba de urdir un método eficaz para quitarse a ambos contrincantes sin interponerse en la disputa. Fue entonces cuando, alejada del mundo exterior, recibió una sacudida violenta.

Avanzando en el aire, fue consciente de la magnitud de la situación. Cayó y rodó por el asfalto. El calor fluyó como una carga eléctrica por su espalda. Un martillo hidráulico se instauró en su cabeza, y los ojos desenfocaban y rotaban las imágenes, moteando la realidad.

Los objetos, los ángulos que la rodeaban, se formaron como las figuras de un caleidoscopio al girar sus espejos. Buscó la escopeta con la mirada, pero no la encontraba. La niebla cada vez era más agobiante, y ni siquiera le permitía ver dónde se encontraba el otro hombre ni los coches.

Alan Wake y Nightingale también desaparecieron, y solo ocasionalmente sus siluetas se veían danzando entre las nubes. Los fogonazos las iluminaban, las hacían tronar como una imparable tormenta.

Sarah se retorcía en el asfalto. Intentaba reincorporarse, pero el esfuerzo la hacía caer de bruces y lamentarse de dolor en un grito nacido de su interior más profundo.

El horror aumentó cuando Nightingale apareció frente a ella. Sonreía triunfante. La agarró del cuello y la alzó. Los dedos se cerraron alrededor de su tráquea, impidiendo rápidamente la entrada de aire a sus pulmones. Las lágrimas corrían por su rostro como la corriente de un arroyo. Tosía roncamente. Le golpeaba el brazo, pero la presión no remitía.

―Pensé que serías más inteligente ―le dijo―. Pero veo que eres la misma joven estúpida que intenta imponer una autoridad de risa.

Él sacó el revolver y hundió el cañón en el estómago. Sarah dejó de hacer fuerza y dejó los brazos colgando.

―Nunca fuiste una agente de verdad.

Amartilló el arma y colocó el dedo índice en el gatillo. Antes de accionarlo, Sarah desenfundó la pistola de bengalas y levantó el brazo. Nightingale la vio, y cuando intentó reaccionar fue demasiado tarde. La sheriff cerró los ojos y disparó contra él. El cartucho dejó una estela vaporosa y roja, iluminando el reducido espacio entre ambos.

Cayó al suelo, y sus pulmones volvieron a inundarse del aire tan necesario que le habían arrebatado. Tosió con fuerza, frotándose la garganta. El dolor de la espalda se le agudizó. Miró al agente, sus movimientos torpes hacia atrás. El humo de la bengala nacía de su boca. Gritaba ferozmente. Tiras de piel muerta y quemada le caían de la cara, dejando al descubierto una masa negra que expulsaba, como cañones, chorros de tinta.

Ya no podía gritar. En lugar de ello, un sonido gutural ocupó su lamento. La mandíbula y la boca desaparecieron saltando en fragmentos, y la lengua, entrecortada, asomaba por debajo. Fluidos negros empapaban su cuerpo, el suelo. La luz comenzaba a disiparse, y Sarah no disponía de tiempo para quejarse de su estado.

La culata del revólver de Nightingale asomaba a dos metros de ella. Reptó desesperada, ayudándose de los codos y los antebrazos, y hundió la mano en el suelo nebuloso. Cuando lo agarró y le apuntó con el arma, la piel del anverso de la mano se desprendió de ella y dejó al descubierto los huesos. Un humo gris subía lentamente por el brazo, devorando el tejido.

¡Dispara, dispara!, se exigió con premura.

El dedo enroscado en la pieza dudó. Sarah observaba con miedo cerval los huesos descubiertos. El humo casi se había extinguido de la boca de Nightingale, y la luz estaba a punto de perecer. Se obligó a apartar la inconmensurable repulsión que sentía, y finalmente empujó el gatillo hacia atrás.

Las balas se lanzaban del cañón rodeadas de un halo oscuro que parecía copiar el proyectil en su trayectoria, como si el tiempo quedase fragmentado. Impactaron en él, arrancándole con violencia las partes del cuerpo dañadas. En el interior no había órganos, músculos ni huesos, sino un fondo insondable, como un pozo.

Nightingale se tambaleaba, y las miradas de ambos se cruzaron en un intercambio de sentimientos airados. Sarah esbozó una media sonrisa exánime y le dijo:

―Adiós, hijo de puta.

Apretó el gatillo y la última bala le atravesó el cuello.

La cabeza saltó como un resorte, y todo su cuerpo explotó en un maremoto de nubes que engulló el escenario y se propagó por el pueblo y alrededores. La onda semejaba a una explosión nuclear. Su silencio destructor era engañoso, y el paisaje idílico de Bright Falls quedó reducido a una ilusión, a un cuadro que recordaba cómo era antaño. Sus habitantes, tanto la gran mayoría que se encontraba durmiendo como los que estaban despiertos, fueron trasladados a una réplica onírica donde las pesadillas saciarían su apetito.

*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

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