El manuscrito de Wake: Capítulo VIII

Capítulo VIII

Deseo cumplido

 

Alejandro Masadelo

 

Sabía que acudiría.

Era consabida la admiración férrea, casi enfermiza, que aquella muchacha procesaba por él. Además, también quería divulgar, a través de las personas que cayesen atraídas por el cebo, el regreso de Alan Wake. Con ello, la pusilánime fotógrafa acudiría también allí y, a su vez, gargantas rasgadas e instrumentos feroces blandirían su música en el pueblo, acompañados por su fiel guía.

El sol iniciaba su parsimonioso descenso. Su rostro bisecado reflejaba el letargo diurno y el resurgimiento preponderante de la noche. La oscuridad presagiaba, para personas medrosas, la inminente corrupción de sus almas límpidas; sin embargo, ¿acaso no ofrecen las sombras cobijo a nuestra naturaleza verdadera? Su incorporeidad desenmascara a los impostores y enaltecen a los sinceros. Una insincera comprensión curvó sus labios hasta formar una dilatada sonrisa y formar una risa silenciosa en su garganta.

Se detuvo frente al escaparate de un ultramarinos cerrado. Debía reconocer que el recipiente tomado tenía un aspecto físico soberbio. En la superficie vio humo tentacular saliendo de su espalda. Formaban remolinos densos, danzantes como medusas. Su rostro se sombreó hasta casi confundirse con la masa vaporosa.

A través de sus ojos se atisbaba el mundo del que provenía: seres humanos absorbidos por la esencia de la oscuridad, liberados de la inocua vida terrenal, vagabundeaban por el erial del mundo al que habían sido desterrados. Aguardaban ansiosos su oportunidad para ser libres, pero se encontraban exánimes. Todos esperaban que él ejecutase diligente su función. Hasta entonces, lo estaba logrando.

Detrás de él le llegaba el cielo de arena, pigmentado con un tenue naranja. Torció el cuello para observar la belleza que tan anodina le resultaba.

Los seres humanos rehúyen la oscuridad por encontrarla aterradora; por el contrario, se detienen admirando la puerta que lentamente se abre para permitir su entrada.

La incongruencia de la humanidad le resultaba estúpidamente entrañable; influenciados por burdos e ignorantes oradores transmisores de su unívoca verdad. El error reside en la cerrazón social que fragmenta la invulnerabilidad del raciocinio.

Oyó varios estallidos embotados procedentes de su espalda.

Su reflejo ya no aparecía en el cristal; de hecho, no se dibujaba ningún objeto. En su lugar había una visión del mundo vaporoso y oscuro que había dejado atrás. Una mota rutilante se perfiló en la negrura y disipó la niebla. El halo lumínico se confundió con un fogonazo, y una nueva explosión lo siguió inmediatamente.

Se acercó hasta pegar el rostro en la superficie, y un calor tórrido emanó de ella. Retrocedió instintivamente, y comprobó confuso las espirales de humo que salían del cristal, ascendían divertidas y se quebrantaban en el aire. Se llevó la mano a la mejilla y la friccionó contra su piel algo afilada y áspera por las briznas de vello incipientes. No apartaba la vista del escaparate, el cual seguía rezumando humo. Volvió a acercarse, esta vez precavido, y escrutó el escenario que parecía haberse generado en el escaparate.

Se sobresaltó cuando la luz cónica y el destello explosivo casi lo alcanza. En su lugar, una persona cruzó volando frente a él. Los átomos se disgregaron, formando una estela, hasta convertirse en luciérnagas que cruzaban el cristal y se estrellaban en su rostro y pasaban detrás de él. Siguió la vista su desaparición en el aire, decididas a alcanzar el cielo cada vez más ígneo ―¿tan rápido había pasado el tiempo?― y camuflarse en sus tonalidades.

Un chasquido metálico se activó a su espalda. Se dio la vuelta lentamente, manteniendo una actitud impávida.

Inconscientemente, enarcó las cejas y abrió sorprendido los ojos. Fueron unos breves segundos, suficientes para admitir irritado su derrota. Frunció el ceño y entrecerró los ojos, fijándose en la persona que se encontraba en el otro lado con la boca del revólver apuntando al suelo.

En la otra mano sostenía una linterna. Su luz formaba un cerco tan luminoso que le recordaba un nimbo. Su compostura no albergaba el mínimo bosquejo de terror ni incertidumbre; los hombros relajados, el rostro formando una sonrisa amplia, denotando la suficiencia de alguien cuyo control de la situación es absoluto e indiscutible.

Se cuestionaba la veracidad de su persona: quizá es una ilusión, pensó contrariado. Alan Wake no está aquí físicamente; ahora soy él.

―¡Menuda sorpresa! ―exclamó sorprendido, abriendo los brazos preparados para recibir un cálido abrazo.

Alan Wake, por el contrario, se limitó a apuntarle con la linterna. Quiso taparse la cara con las manos, pero fue demasiado tarde. La piel le ardía bajo la luz; ampollas burbujeaban purulentas. El dolor reptaba por cada centímetro de su cuerpo como si una serpiente estuviese dentro de él y le hubiese inoculado toda su carga venenosa. Raíces sangrientas le recorrían los globos oculares, tan irritados como una irrisoria viñeta de dibujos animados cuando el sol atiza con sus rayos los ojos del protagonista.

Quería huir, pero sus sentidos apenas si seguían funcionando. Creyó dar vueltas sobre sí mismo, caminar brevemente. Oía el zapateo de sus lustrosos y onerosos Oxford lisos en el pavimento; sus pasos sonaban desorientados, atropellados. Por más que intentase huir, la gran bola lumínica que cegaba su visión y abrasaba su cuerpo no lo permitía.

Oyó un chasquido metálico muy cercano a él.

Tras el estallido sordo, comprendió demasiado tarde el verdadero alcance de los punzantes golpes que sintió presionándole los órganos; su cerebro relacionó con retraso el sibilante sonido rasgando el aire en varias ocasiones, y cuando la vida se deslizaba grácil por unos dedos que se aferraban fútilmente a ella, cuando todo su organismo casi había completado el proceso de apagado y su cuerpo caía hacia atrás en una burlesca cámara lenta, la fulminante realidad lo atravesó en forma de orificios distribuidos por su pecho.

El duro tacto del asfalto lo zarandeó apremiante.

Un resuello oprimido y agudo subió por su garganta. Su pecho se hinchó como una esponja, y unos lacerantes pinchazos lo atacaron. Instintivamente, se llevó las manos a las zonas dolientes, palpándolas para cerciorarse de no haber daño real. Todo el cuerpo le escoció brevemente, y contuvo un grito entre sus labios apretados.

Alzó la cabeza y miró el escaparate del ultramarinos cerrado. Se levantó y se sacudió el polvo de su terno impecable. Se acercó precavido. Examinó los objetos mundanos colocados sobre una mesa, cubierta por un mantel verde oliva. Aguardó un par de minutos, quizá más, la aparición del Lado Oscuro y la irrupción asesina e impetuosa del escritor. Sin embargo, no apareció nada ni nadie.

Comprendió que el ataque fue tan solo una advertencia. Sin embargo, ¿qué gravedad debía darle? La imposibilidad de su regreso debía ahuyentar cualquier viso de verdad, pero no era así.

Sacudió la cabeza, negando, y giró sobre sus talones. No podía desviarse del verdadero objetivo, y quizá ese inciso de realidad onírica fuese una medida de distracción para atrasar lo inevitable.

No podía intuir Alan que ella estaría esperándole aun pasada la medianoche, si así conseguía estar a su lado.

La hora del encuentro se acercaba.

Las calles quedaron envueltas en su habitual sopor vespertino. Los coches atravesaban sonámbulos la carretera, e incluso el parpadeo ámbar del semáforo o la transición de rojo a verde se hacían con una lentitud tediosa.

Rose estaba apoyada contra la esquina del local que antes era su trabajo. Las letras rojas del letrero que rezaba «Bright’s Diner» estaban desvaídas, y una capa herrumbrosa arraigaba en él.

Contiguo a la cafetería, un edificio de caravista que otrora era un taller, y que ofrecía unas pequeñas plazas de aparcamiento en la parte posterior, lucía un aspecto aún más desvencijado: los tablones de contrachapado arrancados; las pocas ventanas que quedaban, rotas; pintadas malsonantes y palabras ininteligibles, con letras grandes y fluorescentes, recorriendo la fachada.

Bright Falls era un lugar idílico, pero el tiempo había azotado el lugar con una ferocidad inusual. Las personas seguían siendo cercanas y cordiales ―no todas lo eran con ella, por supuesto―, pero en el interior estaban compungidos y, cuando la noche se asomaba en el horizonte, ese sentimiento se incrementaba hasta lograr el completo confinamiento de los habitantes del pueblo en sus hogares.

El ambiente estaba rodeado, también, de un extraño hermetismo: compartían la misma visión de los hechos, pero no la comentaban nunca. Quizá, los que huyesen despavoridos, temían depender de un análisis psicológico para dictaminar su cordura. Los adultos son previsibles: aducen locura frente a aquello que desconocen solo por no replantearse los aforismos aprendidos a lo largo de su existencia.

En el apogeo de su éxtasis, una fuerte inseguridad resurgió de la pubescencia. Rose, no te engañes: la inseguridad volvió a aparecer cuando te convertiste en lo que eres ahora, le decía una voz cargada de mordaz suficiencia procedente de su fuero interno.

Se sintió ridícula. Debería estar en casa, cumpliendo con su deber. ¿Y si todo fallaba por su culpa? No podría perdonarse a sí misma. Él confió en ella. Pero él ahora va a venir, y quizá no tenga que seguir protegiendo el interruptor. Este pensamiento hizo que sonriera tímidamente.

Contempló ensimismada el reflejo de un ardiente atardecer. Perlas saltaban en las aguas oscuras y azuladas y arreboladas. Los últimos rayos resucitaban la pradera de sus ojos y bruñía su tez.

Miró hacia la derecha y allí estaba. Llega por una calle secundaria que conducía a la gran avenida del pueblo. Cuando la vio, sonrió.

Un hormigueo tembloroso le recorría y sacudía el cuerpo. Las piernas, sostenidas por dos inestables palos; las manos, tan endebles que apenas si podría mantener un vaso de agua sin derramar la mitad de su contenido; los labios, temblorosos, callaban palabras antes pensadas; dirigía la mirada de arriba abajo, deleitándose con la galantería que rezumaba. Se mordía con nerviosismo el labio inferior, arrancándose un pequeño trozo de piel y dejando un leve hilillo de sangre.

Rose se mantuvo quieta, las manos juntas a la altura de su regazo y las piernas juntas. Su pose recordaba sus tiempos como camarera, cuando adoptaba dicha postura para acercarse a un cliente, esbozar su radiante sonrisa, y preguntarle en tono servicial qué deseaba.

Aquellos días llegaban a ella como retazos de la infancia, fugaces recuerdos tan lejanos compuestos por fragmentos unidos momentáneamente, para luego quedar separados durante otro período de tiempo. Sin embargo, ella era consciente de la voracidad del tiempo con los habitantes de Bright Falls. La teoría de una inmensa cúpula cubriendo el pueblo ahora se antojaba terriblemente real. Quizá, mediante pantallas gigantescas, simulaban el ciclo de día y noche.

Eso solo ocurre en las novelas de terror, aseguró ella, convenciéndose de la enormidad que había pensado.

Quizá prefería pensar en esa teoría antes que enfrentarse a su encuentro con el escritor. Cualquier nimiedad que le sirviera para relajarse lo agradecería.

Alan Wake estaba frente a él, a escasos centímetros. La miraba con una sonrisa sesgada, los ojos empequeñecidos y centrados en descender por su serpenteante cuerpo. Rose no podía pensar, pero alguien por ella lo hizo: Fíjate cómo te mira, Rose…

―Hola, Rose. Me alegra verte después de tanto tiempo… ―el tono de su voz descendía lentamente, fundía las palabras en un susurro interminable.

Se encontraba bajo el influjo de su penetrante mirada. Su cuerpo se acercaba sigilosamente hacia ella, mientras sus ojos miraban furtivos la prominencia de su pecho. Rose detectó su acción y, aunque quisiera protestar, algo le impidió abrir los labios y darles voz a sus deseos. Cerró los ojos, y su corazón palpitó desbocado.

Los labios de ambos jugaban en una coreografía lenta, aunque era patente la anhelación de Alan por sentirse humano, por comprender la placentera sensación transmitida por vibraciones salivares que tanto celebraban los seres humanos.

Rose le mesó el cabello, y Alan correspondió con un abrupto hundimiento de los dedos de ambas manos en su cintura. Arrugaba la camiseta de rayas azules y blancas. La joven se separó, abriendo súbitamente los labios.

Lo miró ruborizada, las mejillas teñidas de un intenso rojo. La vergüenza abrumadora pugnaba contra el deseo tórrido inherente a la naturaleza humana. Hablaba a trompicones, con palabras que se enrollaban en su lengua.

―Lo… lo siento…, yo…

Pero Alan hizo caso omiso a su disculpa. Se acercó a su oído y le susurró:

―¿Sientes que estemos en público, Rose?

Su pausada voz, el aire cálido que dejaba las palabras pronunciadas. El vello de su nuca y sus brazos se erizó como si hubiese pasado una corriente electrizante. Sus pensamientos flotaban desnortados en un denso mar de niebla impenetrable, y solo la voz del escritor hacía de faro; su luz era igual de tentadora que la de una sirena, aunque era consabido el peligro que había detrás.

Sin embargo, dejó embaucarse por su melodía libidinosa.

―La calle no es un buen lugar para estar juntos ―susurró sobre sus labios y le dio un pequeño beso. Separando los labios lentamente, como si se librase de un potente pegamento, sugirió―: vamos a tu casa, Rose.

Abstraída de su raciocinio, la joven asintió lentamente.

Alan la cogía por la cintura, y Rose agradecía la calidez de sus dedos, la cercanía corporal entre ambos. Caminaban en silencio, sin pronunciar palabra, sumidos en sus pensamientos. Él sonreía y la miraba a los ojos, y ella correspondía su gesto con otra sonrisa. La escena resultaba bucólicamente romántica, complaciendo los deseos de ambos, aunque fuesen radicalmente opuestos.

Rose pensaba en el inopinado giro obtuso de la vida en los escasos segundos que él tardo en recorrer la distancia que los separaban y pegar los labios a los suyos, sellándolos para ahuyentar toda incertidumbre y dotar de vida a un hermético corazón vacuo.

La experimentación del amor se le antojaba lejana y perdida, pues en su adolescencia los intentos por conseguir una reacción fueron inútiles. Sin embargo, sintió una especie de amor silencioso, una devoción profesada en secreto, cuando descubrió las novelas de un tal Alan Wake, y quedó embelesada por su belleza intrigante y su voz sugerente.

Lo sintió cercano en su tristeza, consolándola y dedicándole en susurros palabras de ánimo o consejos. Sin embargo, odiaba que él dedicase su amor a alguien que no lo amaba como ella; le afligía la falsa correspondencia que existía entre ambos, y estaba convencida que ella era merecedora de sus pensamientos, de sus muestras cariñosas, de los minutos transcurridos a su lado. La odiaba por apropiarse de un sentimiento que a ella no le pertenecía.

En el juicio por el amor de Alan, por fin había llegado la resolución.

Alan veía cómo el plan había resultado más efectivo de lo que había concebido. Supuso que fue suficiente con su aparición en el sueño de la joven. Una parte de él sabía que acudiría a la cita, pero otra dudaba por los posibles inconvenientes creados por terceras personas. No le hizo falta utilizar otros métodos para conseguir ir a su casa. Eso señalaba la desconexión completa con su propia personalidad y la posesión de la Presencia Oscura en ella. Sin embargo, ella intentaba resistirse. Lo supo cuando se apartó en el instante que él la besó. Debía anular cualquier voluntad interna si quería conseguir el artefacto. Luego, le encomendaría una última obligación.

Mientras caminaba, examinaba visualmente y fantaseaba con las posibilidades que su cuerpo curvilíneo podía albergar. Quería experimentar la efímera unión corporal existente entre dos individuos. Si llegaba el momento de comprobarlo, añadiría una férrea confianza entre ambos, lo que facilitaría aún más su colaboración.

Se metieron en la casa con el tejado a dos aguas y la fachada pintada de azul celeste donde vivía, ahora, la joven. Ninguno de los dos advirtió la presencia de Howard King, que se disponía a regresar a casa. El pescador conocía al hombre con el que caminaba la joven Rose Marigold, pero las letras flotaron en la nube de su memoria sin formar ningún nombre.

El interior se encontraba en penumbra, cuarteado por unos rayos de sol sesgados que se filtraban a través de las cortinas. Por las paredes reptaban bombillas unidas con alambre, repartidas de tal forma que atravesaban todas las direcciones.

Cuando llegaron a la habitación, Alan se quedó sorprendido por el mural dedicado íntegramente a él, colgado en la pared del fondo. Observó aparentando interés cada rincón de la estancia. Todo estaba lleno de bombillas apagadas, y la única luz que entraba provenía de las rendijas del estor.

Entonces vio una puerta cerrada. Debajo de ella se colaba una potente franja iluminada. Allí debe estar, pensó. Tenía que acceder a su interior, y debía actuar antes de que la noche se levantara de su letargo. Él no era el único que estaba en Bright Falls.

Rose, jugando nerviosamente con las manos entrelazadas en su vientre, se giró lentamente hacia Alan. Sus ojos se encontraron, y ambos sonrieron como adolescentes en los prolegómenos a su primer contacto en el acto sexual.

―No pude preparar nada ―se disculpó Rose―. Pensé que íbamos…

Alan se acercó y juntó los labios para silbar, señalando que guardara silencio. Colocó el dedo índice en sus labios, deslizándolos con lentitud. Sus ojos se clavaron en los de ella.

―No necesitamos nada, Rose ―señaló―. Creo que ambos sabemos qué no necesitamos ahora ―esbozó una media sonrisa insinuante.

Antes de que la joven preguntara ingenuamente ―a pesar de conocer la respuesta―, el escritor clavó los dedos en su cintura y atrajo su cuerpo hacia él, golpeándolo. Se le cortó momentáneamente la respiración cuando sintió sus labios deslizándose apetentes por su cuello desnudo.

Alan se acercó a su oído, con la voz entrecortada, y le susurró:

―La oscuridad es solitaria, Rose…

 Le mordió el lóbulo de la oreja y continuó recorriéndole el cuello, esta vez turnando mordiscos y besos rápidos. Rose, intrigada por la frase que acababa de escuchar, quiso saber a qué se refería, pero de entre sus labios escapó un leve y vergonzoso gemido. El tacto que tanto había anhelado, la oportunidad ansiada, eclipsaban todo tipo de cuestiones, en ese momento, anodinas.

Hundió los dedos en su cabello peinado, y la otra mano se aferró a la chaqueta del traje.

Alan sintió el contacto de sus pechos mientras, inconscientemente, los cuerpos friccionaban apretados. Un fogonazo de sofocante pasión encendió los ojos de ambos. Respiraban atropelladamente, pero cayó carente de relevancia cuando los labios húmedos se juntaron, sus lenguas danzaban agitadas y descoordinadas en la más vibrante y sensorial coreografía.

Rose retrocedió y llevó consigo a Alan, tirándose en la cama. Le quitó con torpeza la chaqueta, y él contribuyó quitándose el chaleco. La joven enderezó la espalda y le arrancó la camisa, haciendo saltar varios botones. Pegó los labios en el pecho del escritor y empezó a besarlo y morderlo con desesperación mientras comenzaba a descender lentamente, dejándole en la piel un eléctrico escalofrío.

Mientras lo hacía, Alan no apartaba la mirada de la puerta cerrada, en el brillo seductor y mortal que nacía bajo ella. Cuando volvió a dirigirle la mirada, comprobó que el pantalón estaba a la altura de las rodillas. Las prendas de la joven desaparecieron.

El cabello rubio golpeaba en sus hombros y continuaba bajando por su espalda. El color rosa de su ropa interior contrastaba con la calidez de su tez clara. La candidez de su rostro aniñado unida a la voluptuosidad de sus gestos. Vaga, pero intensamente, recordó el rostro de Alice Wake, incluso la vertiginosidad de su cuerpo. Quizá el verdadero Alan también disfrutase este acto.

Rose oía su propia voz, alertándola entre gritos. ¡Algo va mal! Ella respondía con un gemido grave. El colchón rechinaba, Alan bufaba en cada empellón, en cada movimiento realizado carente de tacto.

¡Rose, detenlo!, le suplicaba su propia voz.

Otro gemido. Sus dedos se hundían en la carne de Alan, sus piernas entrelazadas asidas con fuerza a su lumbar. Sus cuerpos empapados y resbaladizos. Los pensamientos cruzaban supersónicos, los recuerdos se agolpaban deliberadamente sin ningún motivo más que apartar las reflexiones y permitir la expiación del alma cohibida.

La joven empujó sus caderas contra el escritor, y este reaccionó de la misma forma. El sudor, primigenio y diáfano, salado en sus labios y cegador en sus ojos, bañaba la sinuosidad de su cuerpo con una pegajosidad placentera y deseable.

Sin embargo, la temperatura corporal contrastó con el gélido tacto de los dedos de Alan. Estos presionaron su piel, y Rose arqueó la espalda, sus dedos se soltaron de su espalda y se hundieron entre las sábanas arremolinadas. Sintió un placer inefable, pero también una descarga eléctrica que le fundía internamente. Sus ojos se pusieron en blanco, la tráquea se le cerró momentáneamente, y su boca arrojaba bocanadas violentas y espasmódicas de dolor camufladas de placer.

Entonces, cuando las campanas del clímax repicaron, los fuegos artificiales iluminaron con sus variopintos colores y estallaron en el manto oscuro etéreo, Rose recibió una andanada de aterradora lucidez.

Viajó a través de mundos oscuros, donde la luz era solo una leyenda. En esos mundos, las personas vagaban idas de un lado a otro, lamentándose de oportunidades desaprovechadas y sueños demasiado grandes para personas con escasa determinación. El cielo, tras atravesar los tentáculos nebulosos y oscuros que lo surcaban, terminaba en un techo acuoso y vítreo. Más allá llegaba una mota ridícula brillante; parecía ser la luna en un mundo intangible, como si mirase a través de un supertelescopio a un planeta situado a millones de años luz: una prueba de insignificante importancia e ilusoria cercanía.

Y, dentro de ese nuevo mundo, se encontraba él. Entendió, a su vez, la responsabilidad de la empresa asignada. Él lo había escrito. Todo estaba detallado en las páginas, en la sucesión veloz de palabras salteadas. Alan Wake estaba atrapado en su propia creatividad corrompida por la oscuridad. La creación de ese mundo podía sustentarse en una explosión divina, y él ejercía la función de Dios: la desolación, la vida, la muerte; el rol ejercido por las personas, el pasado, el presente y el futuro. La creación se originaba en su imaginación exhausta; se plasmaba sobre la hoja, y se traducía vívidamente con palabras.

Vio las dos versiones de Alan Wake, pero cuando fue consciente del terrible error cometido, su cuerpo ya no podía reaccionar. Los dedos de los pies se pinzaron, las uñas se clavaron en las sábanas. Su cuerpo vibró en sacudidas bruscas y rápidas hasta quedar petrificado. Su voz gemía débilmente hasta que las cuerdas vocales entonaron un horrísono y gutural gemido profundo. Cuando abrió los ojos, habían perdido todo color, y en su lugar dos piedras ónices los sustituyeron. La boca formó un túnel congelado, y el resto del cuerpo palideció, como si estuviesen absorbiéndole la tonalidad de su piel.

Alan Wake, o al menos esa copia, sonreía y resollaba, mirándola con unos ojos ávidos de energía. Se acercó a ella y le susurró con voz entrecortada, masticando las palabras:

―Necesito que me hagas un favor, Rose…

 

alan-wake-walkthrough-screenshot

*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

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