El manuscrito de Wake: Capítulo VII

Capítulo VII

La dama de la luz, su obsesión y la autoridad

 

Alejandro Masadelo

 

Se despertó bañada por una capa pegajosa de sudor. Tenía la boca y los labios secos, grietas con finos hilos rojos se formaban en algunas zonas.

Los pulmones y el corazón parecían latir acompasados en una marcha taquicárdica. Por primera vez en sus veintinueve años ―el cambio de década se asomaba furtivamente― creyó en la posibilidad tangente de una prematura muerte.

Su corazón, hastiado por una existencia sumisa dentro de un estúpido cuerpo, se insubordinaría y dejaría de trabajar. Ella, que se había guardado de cualquier sustancia nociva para su organismo, moriría a causa de una pesadilla tan tangible como inverosímil. Está bien: inusualmente daba cuenta de un cigarrillo, pero solo en situaciones que la abrumaban sobremanera.

Como en esta ocasión.

La noche había llegado a su apogeo, y el silencio mortajaba Bright Falls. Una opaca luz mortecina, procedente del exterior, se camuflaba en la habitación inundada de luz: las bombillas colgaban de enredaderas en las paredes, serpenteando entre fotografías y cartulinas con manifiestos de amor, acompañando a imágenes del mismo hombre. En definitiva, un santuario dedicado a Alan Wake. 

Rose se deslizó hasta el borde de la cama. Puso un pie en el suelo y un suspiro frío la alcanzó; se sobrecogió levemente. Se acercó a la ventana de su habitación y dio vueltas a la varilla metálica para enrollar el estor.

Contempló la noche a través del cristal, examinó con nerviosismo y recelo ambos lados de la avenida principal. Aguardaba la aparición de una persona. Al menos, su materialización física; sentía su presencia, pulsátil en cada músculo de su cuerpo.

Coronando el cielo, una luna menguante y famélica se recortaba entre las sábanas nebulosas. Permaneció ensimismada unos instantes, pensando en el sueño que la había hecho despertar en una mezcla de excitación y terror incomprensible.

Su apariencia acicalada albergaba intenciones sibilinas. La inducía a desconfiar, a pesar de encontrarse frente a una mejoría patente del hombre cuyo amor pertinaz era, para ella, una penitencia grosera y burlona.

Recodando su voz templada, un escalofrío le erizó el vello de los brazos y la nuca, y se encogió de hombros. Se mordió instintivamente el labio inferior. Pronunció susurrando sus mismas palabras:

―Mañana al atardecer nos encontraremos en el lugar donde nos conocimos…, y luego me conducirás a tu casa y me enseñarás todo lo que has construido en mi honor. ―Se detuvo unos segundos. Esbozó una sonrisa temblorosa, la mirada perdida y la boca laxa, como acostumbraba a tener cuando hablaba, y dijo―: Te quiero, Rose… Te quiero, Rose ―repitió emocionada.

Bajó el estor y se encaminó hacia la habitación reservada como vestidor, dentro de su dormitorio. Una vez dentro, una explosión lumínica la obligó a entornar los ojos. Entre la ropa colgaban bombillas de alta potencia; por las paredes y el techo reptaban las mismas enredaderas que en la habitación; lámparas de pie formaban una hilera, las tulipas apuntando a una caja de zapatos, apoyada en una pequeña mesa auxiliar.

La visión del lugar, ferozmente iluminado y protegido para ahuyentar las sombras, le recordaba un altar que reconocía la omnipotencia de un estúpido objeto. Aunque, de igual manera sucede con un crucifijo a la hora de realizar un exorcismo ―al menos, así lo representan en algunos cuadros y en la cultura popular―, este puede tener un efecto preternatural contra un sujeto específico. Ella experimentó la distorsión del plano de la realidad y el surgimiento de una división sobrenatural, ajena a aforismos físicos. Aún sufre sus consecuencias.

Se acercó y revisó el estado del interruptor. Suspiró aliviada tras saber que no lo habían robado.

Me enseñarás todo lo que has construido en mi honor…

Por alguna extraña razón, la excitación que sentía se debilitó exponencialmente, y en su lugar, la reticencia se fortaleció. Una inopinada incomodidad se vertió sobre su cuerpo, y un aviso silencioso, más una petición de alerta apremiante, le hizo cuestionarse si debería acudir al encuentro con Alan.

Sopesó las probabilidades de que su fuero interno hubiese poseído sus sueños, transformando su deseo en una ilusión onírica. No se detuvo a analizar su aspecto gallardo, tan distinto de cuando estuvo en Bright Falls; como su admiradora número uno, tenía fotos suyas vistiendo elegante.

Sin embargo, tenía la corazonada de escapársele un nimio detalle discordante de su faz. No sabía explicarlo, quizá no lo identificaría nunca, o probablemente fuera una estupidez propia de una joven estólida ―al menos, eso era lo que acertaba a escuchar de sus vecinos cuando rara vez se atrevía a salir a la calle―, extasiada por tener una cita con Alan Wake.

Y su forma de sonreírme…

Sus labios se curvaron hasta formar una sonrisa crapulosa, y aunque ambos se encontraban solos frente a una cafetería con el letrero herrumbroso y ennegrecido, el encuentro le pareció íntimo y excitante.

Aunque ahora, mientras miraba el viejo interruptor inútil ―debía protegerlo, era una tarea impuesta que cumplía mecánicamente, aún sin saber por qué se la habían encomendado a ella― pensaba en el sueño como una sórdida emboscada y un inconcluso cumplimiento carnal, mermando su emoción exaltada y estableciendo una inseguridad férrea y desazonadora.

– Quizá se haya enamorado también de mí – fantaseó esbozando una holgada y demencial sonrisa.

Recordaba una de esas caras pubescentes cuando el supuesto amor de su vida, una persona popular con aires fatuos, cuya inteligencia y manera de expresarse denuesta la evolución humana, le da un me gusta en una fotografía suya.

Él está casado con la señora Wake… -Recordó apesadumbrada. Era una triste realidad. Si Alan Wake de verdad había regresado, lo primero que haría sería irse a casa con su mujer.

Quizá las cosas pueden cambiar.

La esperanza sobrealimenta los sueños, creando una dependencia inquebrantable.

Cerró los ojos y suspiró; el interruptor, en su mano cerrada con fuerza, como si pretendiese grabárselo en la palma. Giró sobre sus talones y abandonó la estancia. Cerró la puerta y se acostó de nuevo.

Acudiría al encuentro con Alan Wake, fuera o no verdad. Tendría que soportar los incansables bisbiseos, algunos de ellos realizados con la intencionalidad de ser escuchados: «Pobre chica…, se ha convertido en la nueva Cynthia Weaver.» O «Siempre con ese cacharro; con el quinqué ese, aunque sea de día.»

La mordacidad de esas palabras se incrustaba dentro de ella, pero debía ser más fuerte que ellos. La luz albergaba vida y despojaba al mundo de malicia; la oscuridad formaba combatientes oscuros, más nocivos que cualquier arma nuclear de la actualidad, pero demasiado vulnerables si comprendías sus miedos. La diferencia entre ella y el resto de personas era que no subestimaba lo que desconocía, por ignorancia o por temor a atravesar umbrales prohibidos.

Intentó volver a dormirse, pero se sentía exaltada por reencontrarse con él. La inquietud de cómo comportarse también dificultó conciliar el sueño.

¿Debía mostrarse meliflua? No.

Eso podía significar sutilmente que estaban manteniendo un encuentro de enamorados. Entonces, quizá tendría que mantenerse hierática.

¡No!, se gritó a sí misma.

Provocaría rechazo en el escritor, incluso incomodidad, y eso podía llevarlo a distanciarse de ella. Si eso sucedía, habría perdido una estupenda oportunidad para estar con él. Además, debía asegurar sus dudas, ora aterradoras y firmes, ora endebles e increíble.

Debo dormir…, tengo que tener buena cara para Alan.

¿Y si… algo malo sucede?

Sacudía la cabeza y se mordía los labios. Su cerebro fluctuaba incesantemente, dudarndo entre confesarle su amor a la persona que quería desde hacía tiempo, o callarse y asegurarse de no hacer el ridículo. En realidad, la situación se acercaba a tal dilema.

Si Rose hubiera tenido los ojos abiertos, podía haber visto la silueta de una persona pegada a la ventana de su habitación, acechándola en el silencio tenso de la noche.

Mientras la excamarera del Oh Deer Diner, era la espectadora de la confrontación existente dentro de ella, la sheriff Breaker daba cuenta de un reconfortante baño. La espuma cubría cada centímetro de su cuerpo, y el cabello caía por sus hombros celebrando la libertad cohibida durante su jornada laboral.

No estaba obligada a llevarlo recogido, simplemente se había convertido en un acto mecánico. También se sentía como Clark Kent cuando se ponía y quitaba las gafas.

Paseando por el pueblo que la había visto crecer hasta convertirse en lo que es hoy, despojada de la indumentaria obligatoria, los vecinos se quedaban observándola confusos y con una extraña familiaridad. Ella se reía para dentro y esperaba el momento en el que la asaltasen diciendo: «Vaya, sheriff Breaker, ¡qué rara está!».

Alzaba una ceja y pensaba: «¿Acaso me he hecho una cirugía estética?», aunque finalmente respondía: «Conozco esa sensación ―respondía sonriendo―. Me pasaba cuando veía a un profesor fuera del colegio: era incapaz de relacionarla con una vida alejada de la docencia, como si seres extraños se apoderasen de sus recipientes. Era extraño, sí.».

El agua caliente la sumió en un sopor revitalizador. La visión se le emborronaba, convirtiendo en motas flotantes los halógenos cálidos del techo. Cuando volvió a abrir los ojos, apareció en otro lugar.

Se encontraba en el asiento de conductor, dentro del coche de policía. Estaba trajeada con el uniforme reglamentario. Una telaraña agrietada atravesaba sesgadamente la luna delantera. La puerta de su lado oscilaba lentamente, y un agujero estrellado se perfilaba con los fragmentos rotos de la ventanilla. Un extraño vaho empañaba la superficie vítrea, pero en el exterior no había variación térmica.

Examinó sus manos, se tocó cada parte del cuerpo en busca de daño. Nada. Estaba intacta. Tampoco había rastro de su arma. Dirigió la vista al asiento del copiloto, y afortunadamente ahí estaba. Agarró la escopeta de bombeo. Recargó la recámara y una vaina cayó sobre su muslo izquierdo, arrojado por la ventana de eyección.

Lo cogió y leyó la frase escrita en él, con letra negra y alargada: «Obedece a tus superiores.» Se rió gruñendo y luego se lo metió en el bolsillo de la chaqueta. Salió al exterior empuñando con firmeza el arma.

Por el asfalto agrietado discurrían hileras de candelillas muertas, como un río seco, cuyas hojas tenían el aspecto de ramas a punto de quebrarse. Sarah miró en derredor.

Látigos nebulosos y negros danzaban en la atmósfera inocua, engullendo las casas unifamiliares de dos plantas de fachada desvencijada. La avenida principal de Bright Falls se revelaba conforme Sarah avanzaba, como si la niebla fuese desbloqueándole el camino y, a su vez, ocultando lo que dejaba atrás; las líneas del coche de policía se desdibujaron, convirtiéndose en una silueta alargada y destartalada. Finalmente, desapareció.

Instintivamente, y sobresaltándose, empuñó la escopeta y enroscó el dedo índice en el disparador. Apuntó más allá donde las sombras abrigaban la noche, siguiendo la lejana risa espasmódica de tono robótico.

El sonido reverberó como si el emisor pudiese desplazarse velozmente a un lado y otro, amparado por el anonimato de la oscuridad. La sheriff lo persiguió como un espectador en un frenético partido de tenis. La nuca se le empapó de sudor, y los dedos amagaban con resbalar sobre el gatillo.

No tengo munición, recordó apesadumbrada y aterrorizada. Si alguien la atacaba, estaría perdida.

En el pueblo de Bright Falls no sucedían situaciones en las que tuviesen que reaccionar sometidos a un estrés agresivo ―exceptuando la irrupción de Alan Wake―. Estaban acostumbrados, sin embargo, a lidiar con borrachos que amenazaban con tirarse a las aguas del puerto, y muchos de ellos lo hacían. Pero, generalmente, se ceñían a cumplir la ley o vigilar que los adolescentes no festejasen la sublevación efervescente intrínseca en esa etapa. Sarah vio cómo la despojaban de la seguridad que le confería un lugar como aquel cuando tuvo que enfrentarse a la Presencia Oscura.

Aunque supo sobreponerse a la angustiosa y frenética situación vivida tiempo atrás en un pueblo que ella no conocía, ahora la atacó una Sarah bisoña, recién salida de la academia de policía.

Esa Sarah todavía vivía bajo la influencia de su padre, Frank Breaker, un exoficial de policía de Nueva York y reflejo vivo de Alex Casey, según la visión de su hija. El pecho se alzaba y bajaba frenéticamente, y sus movimientos eran torpes y demasiado rápidos, mareantes. Trastabilló en varias ocasiones y apretó deliberadamente el gatillo, sonando únicamente un chasquido sordo y burlesco; la voz cambió el tono de su risa, disfrutando de aquel espectáculo lamentable. Una mano invisible le obstruía y abría la tráquea, permitiendo pasar el aire en intervalos irregulares.

La incertidumbre la abrumaba hasta ofuscar su raciocinio. En otras ocasiones sabría cómo actuar, pero ahora se encontraba desnortada en un mar truculento y amenazante, donde los peores relatos del ignoto y anónimo océano escapaban de la inventiva y se proyectaban en la vida real. Aunque Sarah ya no se atrevía a aseverar la mentira de una leyenda o mito.

Se deslizó hacia un lado, cuando un chasquido metálico sonó tras ella.

Un estallido congeló el tiempo y rasgó el silencio. Una bala siseó cerca de su sien. Hubiera jurado ver la bala pasando junto a ella en cámara lenta y leer lo que ponía en su superficie: «FBI».

Después, el tiempo sufrió un trepidante acelerón, como si fuese un videojuego en el que puedes controlar el tiempo en cámara lenta durante un determinado tiempo.

Se giró rápidamente, empuñando la escopeta ―era una acción instintiva, como si el arma escupiese proyectiles de verdad (quizá era como Eddie Kapsbrak en su niñez, utilizando de arma el placebo que era su inhalador contra el payaso; aunque las reglas que separaban la ficción de la realidad se transgredieron, al menos en Bright Falls, existían ciertos preceptos inquebrantables).

Miró en dirección al disparo. Cada detalle lo percibía como un examen exhaustivo: las volutas del humo nacidas del cráter negro del arma, la mano lívida y sombreada, cuyo dedo índice se cerraba en torno al gatillo, el brillo de la empuñadura; la corpulencia del atacante, la chaqueta negra con las mismas siglas bordeadas que en la bala…, y la inmanente expresión adusta dibujada en el rostro de Robert Nightingale.

El corazón le golpeaba violentamente el pecho, y cada músculo de su cuerpo bailaba torpemente. Observarlo desvencijó por completo su fortaleza mental. Se asomó al inclemente foso negro del revólver, y vio su tempestuosa consecuencia ulterior; la primera bala le atravesaría el ojo, derramando un líquido viscoso y dejando una oquedad sanguinolenta y pegajosa.

Aún podría mantenerse en pie y sentir, con un silencioso, traumático y horroroso dolor, el impacto de una segunda bala atravesándole la frente. Sentiría en una milésima de segundo un dolor tan indescifrable que dormiría su consciencia.

Después, un fondo negro eclipsaría su visión, y lentamente sus sentidos se apagarían como si el último empleado de una fábrica bajase los interruptores del panel eléctrico, uno a uno, haciendo una rápida transición entre la luz y la oscuridad, injiriendo esta última todo el espacio.

Sus aciagos vaticinios se esfumaron de la misma forma que aparecieron. Mantuvo el arma apuntándola, pero Nigthingale habló con un extraño tono metálico, disonante en la pronunciación de las palabras.

Hola, sheriff. ¿Se siente realizada por tener a su cargo un pueblucho como Bright Falls?

Las palabras se anudaron en la garganta de Sarah. Nightingale se desplazó velozmente, dejando una estela oscura tras él. Se colocó frente a ella, la boca del cañón, gélida y mortífera, apretándole la frente. No quedaba resto del calor resultante de apretar el gatillo y expulsar la bala.

―Se inmiscuyó en asuntos que no le concernían ―pronunció con rabia―, como con ese intento fallido de Jo Nesbo y Washington Irving; si no se hubiese metido, nada hubiera pasado. ―Hizo una pausa y la examinó de arriba abajo. Su cuerpo de vez en cuando tomaba consistencia, pero luego volvía a fragmentarse―. Creo que necesitaba la acción que este lugar no le daba, y no pudo evitar lanzarse a por ella cuando tuvo la ocasión, como si le lanzaran un juguete a un chucho.

A Sarah le temblaba la mirada. Los ojos se le desviaban involuntariamente fuera del plano que su presencia ocupaba. Luego, saltaban de la boca del revólver a Nightingale, y por unos segundos se mantenía fijo, pero el ciclo se reanudaba.

Valiéndose de un impulso atrevido, aunque para alguien normal fuese una acción anodina, a ella le sirvió para recordar quién, escupió con brusquedad unas palabras:

―No te tengo miedo ―afiló la mirada y apretó la mandíbula―. No estás vivo, pero yo sí ―esbozó una sonrisa jactanciosa e irritable.

―No estés tan segura ―gruñó, su voz se convirtió en una algarabía horrenda.

El dedo del agente apretó el gatillo, pero antes de que la pieza llegase al final de su movimiento, la sheriff agarró firmemente su escopeta y, girando hábilmente el arma, golpeó con la empuñadura el cañón del revólver. La explosión del disparo sonó embotada, y Sarah dudaba si se debía al pitido de sus oídos o si el sonido se desplazaba por el mar.

El arma voló y aterrizó rebotando en el asfalto agrietado. Se deslizó unos metros hasta detenerse finalmente. Desconcertada, Sarah corrió y se tiró a por el arma con una desesperación ilusionante. Rodó una vez y se hizo con el arma. Se raspó las rodillas y los codos, pero el dolor en ese momento era insignificante. Hincó una rodilla en el suelo y la otra la usó como apoyo. Las manos palidecieron, y el dedo que tenía enroscado en el cañón se le quedó entumecido.

Nightingale miraba sonriente a Sarah mientras avanzaba decidido.

Poniéndose en pie, ella retrocedió. Ordenaba a su cerebro que su dedo índice empujase el disparador. Nada.

La distancia se reducía drásticamente, y Sarah temió que volviera a moverse con la misma rapidez que antes. Si lo hacía, estaría perdida. La desarmaría, cogería el revólver y apretaría indiscriminadamente el gatillo hasta agotar el tambor. Probablemente se recrease en su frenesí violento y cargase más el arma, y continuaría disparando. Así seguiría hasta convertirla en un amasijo de materia viscosa y sangre.

Sobrecogiéndose, una bala despegó de la boca y aterrizó en el pecho del agente federal, en el tórax. En lugar de caer, continuó avanzando. Echó un vistazo al orificio de su pecho y un coro de voces se rio espasmódicamente.

―Veo que sigue sin comprenderlo, sheriff ―pronunció despectivamente la última palabra.

Mientras Sarah seguía descargando las balas sobre su pecho, recibió una respuesta lúcida de su voz interior cuando apretó el gatillo en el último disparo y la bala terminó impactándole en la frente ―semejándose a un tilaka―: la luz.., temen la luz. Y aquí… No hay.

Nightingale volvió a situarse frente a ella en un pestañeo. Cerró los dedos alrededor de su cuello, apretándolos con fuerza. Con la otra mano, le arrebató el arma. Sarah golpeó sus brazos, los pellizcó, pero el agente continuaba riéndose.

El escritor te acompañará mañana, sheriff.

Terminó doblegada, arrodillada frente a él. Empezó a temblar incontroladamente, y el mundo empezaba a oscurecerse lentamente. Una niebla espesa y oscura, de la cual salían extensiones tentaculares, los envolvía hasta quedar los dos recluidos en un claustrofóbico espacio cónico.

El federal le enseñó el tambor, cargado de nuevo, y lo volvió a cerrar. Después amartilló el arma y le pegó la boca ardiente ―esta vez el frío había desaparecido― en medio de los ojos.

En este mundo, yo pongo las reglas.

Apretó el gatillo. El epítome de su vida se asomó a la ventana de sus recuerdos, y una ensordecedora explosión fue lo último que Sarah percibió.

Se despertó atemorizada y confusa, con un pulsátil dolor agujereándole la cabeza. Miró alrededor, examinando cada detalle del sitio donde estaba. Comprobó aliviada que se encontraba aún en la bañera. De hecho, nunca la había abandonado. Sollozó y encogió las piernas. Se echó el cabello hacia atrás, los mechones desperdigados. Estaba segura de la autenticidad de esa experiencia. Parecía tan vívida y premonitoria…

Va a volver. Nightingale va a volver, aseguraba con miedo cerval.

Reforzando su idea, recibió una respuesta. En el mar espumoso flotaba un objeto tubular, cuyo extremo puntiagudo estaba manchado de sangre.

Sarah negaba incrédula con la cabeza. Las primeras lágrimas brotaron obligadas de sus párpados. Extendió el brazo derecho. La mano le temblaba y algunos dedos realizaban movimientos espasmódicos. Agarró el objeto y lo alzó frente a sus ojos. Lo giró y comprobó que la sangre no solamente estaba en la punta, sino en todo el cuerpo de la vaina. Estaba fresca.

No hacían falta frases ni palabras; recibió y entendió el mensaje. Recordó el anuncio intencionado que le hizo Nightingale: «El escritor te acompañará mañana, sheriff.» Quería encontrarse con ella, y sabía cuándo y dónde.

Me quiere retar, y piensa que no aceptaré su reto. Le demostraré que se equivoca.

Las lágrimas se acabaron, y en su rostro se dibujó una expresión decidida y combatiente. Miró estudiosa el casquillo con una actitud que recordaba al estudiante apocado y aparentemente endeble que está decidido a enfrentarse al abusón que le atormenta los días en clase.

―Pero el débil va a aplastar al fuerte ―murmuró apretando los labios.

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*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

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