El terror, un perfume de aroma distinto en cada piel

 

Alejandro Masadelo

@AMasadelo

 

Pienso en los analistas de obras de terror, independientemente de su forma expresiva, y no puedo sino compadecerme de ellos. Me explico: puedes considerarte un masoquista supremo, algo así como Pinhead, en lo concerniente a este género ―admitamos que, aunque pasemos un mal rato, disfrutamos con la sensación transmitida―, pero quizá no para detenernos y diseccionar cada parte que la compone. Y es ahí donde quiero focalizar este artículo.

Hay muchas formas de sentir terror, sin inventariar cada una ―también es una clasificación subjetiva, pero eso es un tema aparte―: podemos sobrecogernos, saltar de la butaca, del sillón o del sitio donde decidamos consumir un producto de este extenso bazar, tan solo con la aparición repentina de un rostro hórrido, y quizá acompañado de una nota sostenida de, por ejemplo, unos violines estridentes; otras personas quizá reaccionen con indiferencia ante esta situación.

Una técnica distinta consiste en crear una atmósfera tensa y opresiva que te obliga a centrar todos tus sentidos en lo que lees o ves. Por lo general, los jumpscares o «sustos baratos», como yo los denomino―proliferantes por antonomasia en películas o videojuegos, por ejemplo―, se nutren del ejemplo arriba mencionado; la tensión puede generarse con una persecución acompañada de vertiginosos cambios de plano, una banda sonora sublime y un enemigo incansable o incluso invisible ―me decanto por el segundo caso―.

Soy partidario de este tipo de terror, pero a otra persona puede parecerle soporífero; a mí me encanta. Y luego está el grupo de personas que se asusta incluso diciéndole «» y tocándole el hombro, aunque estés a su lado. Aun teniendo nuestra preferencia por un tipo de terror, por el cual nos sentimos endebles e inermes, desnudados ante nuestras emociones y sorprendidos visualmente, todos nos hemos asustado en cualquier tipo de escena por previsible que sea.

He agrupado unos cuantos ejemplos de cómo sentir terror ―o pasar miedo, asustarnos, como prefiráis―. Por supuesto, hay muchos métodos para lograrlo, pero ahora sería irrelevante mencionar demasiados.

Las discrepancias de los análisis van a seguir existiendo: no podemos compartir siempre la misma opinión. Pongo un ejemplo: La monja. Fue la última película de terror que vi ―sin contar La noche de Halloween―. He leído críticas positivas y negativas, algunas realizadas con la educación correspondiente, aplicando un buen criterio, y otras simplemente alegando, cito textualmente, «me gusta porque da miedo» o «qué asco de película, no me dio miedo».

No voy a analizarla, puesto que no corresponde a esta sección. Me limitaré, entonces, a decir que esperaba mucho más de una historia prometedora y que, bien dirigida, podía haberse convertido en una cinta aceptable, pero me pareció que se diluía lentamente, tanto la historia como los elementos para generar terror. Dentro de la sala, la opinión fue unánime, a juzgar por los gritos repartidos por cada fila, seguidos por una risa nerviosa que solo indicaba una paz prestada, una tensión aliviada efímeramente.

Quiero acabar haciendo referencia al nombre elegido para este artículo. Como habréis experimentado cuando os probáis un perfume, comparáis el aroma impregnado en la piel del acompañante y vuestra, incluso en la propia dependienta. Puede oler distinto, pero eso no significa que un perfume sea bueno o malo; simplemente, está concebido para agradar determinados gustos.

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