El manuscrito de Wake: Capítulo VI

Capítulo VI

Regreso

 

Alejandro Masadelo

 

Fue como despertarme de un estado de duermevela. Volvía a estar frente a la máquina. Me sobresalté confuso y tardé unos segundos en habituarme a esa realidad con visos de verdad.

Busqué la linterna y el revólver en los cajones del escritorio. En esta ocasión, no solo la linterna funcionaba, sino que había dos paquetes de pilas de litio guardados en un macuto.

Dentro también encontré dos cajas de fósforos llenas de balas. Revisé la recámara, cerciorándome de que estaba cargada; tenía una bala. Sentí un estremecedor escalofrío, la saliva bajó por mi garganta como una rueda dentada. Metí los objetos en los bolsillos exteriores de la chaqueta. Corrí la silla hacia atrás, la madera chilló bajo las patas, y me dirigí veloz a la puerta de la habitación.

Salí al pasillo y bajé los escalones de dos en dos, agarrándome al pasamanos. Me tropecé en el último y casi caigo de bruces. Recorrí el recibidor y abrí la puerta principal. En el umbral, fijé la mirada en las montañas, gigantes rocosos bruñidos bajo el foco perlado de la luna.

Me quedé inmóvil. De soslayo advertí una figura oculta en las sombras del sofá de madera del porche. Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta y palpé el revólver. Lo giré con los dedos, apuntando la boca hacia abajo. Bajé lentamente el martillo, aunque el inevitable chasquido que transmite me delató. Hice el ademán de sacar el arma; estaba decidido a disparar contra esa persona (podría denominarse así si aún quedasen remanentes de su humanidad). Sin embargo, su voz diluyó mis intenciones.

—Bienvenido de nuevo, Alan.

Tantas veces la había escuchado…, tantas veces me liberó de la absoluta perdición en que estaba cautivo. Me instruyó en lo que consideré un sueño y no una premonición, quizá la introducción de la hórrida e inverosímil historia que estaba escribiendo inconscientemente; puede ser que mi cuerpo y mente estuviesen divididas en dos claras fronteras: la parte corpórea flotaba en el vacío real de la habitación de la cabaña; mi mente, recluida en un éxtasis creativo cuyo efecto imantado me impedía escapar.

Con su presencia, aquella cuya luz me proporcionaba cobijo, trajo consigo una analogía tan real que me hacía cuestionar el lugar donde me encontraba.

El viento soplaba diferente, los sonidos eran distintos. La oscuridad no era pegajosa y la luz no era una quimera ideada por mi conciencia melancólica. La presión que ejercía sobre mí el Lugar Oscuro desapareció, como un horrible ataque de migrañas. La lucidez acudió a mí, me inundó con su infinita sabiduría y construyó muros para salvaguardar mi raciocinio. Sentí recuperada la cualidad humana que ellos me arrebataron. Los seres humanos desdeñamos la condición de ser libres, pero tras despojarnos de ella apreciamos su inestimable valor.

Se levantó y caminó lentamente hacia mí. Aflojé los dedos y solté el revólver. Saqué el arma del bolsillo y me quedé mirando la persona que se alejaba de la oscuridad y se formaba ante mis ojos. Su rostro era un bosquejo en mi cabeza, una representación aproximada de un Dios de la mitología lovecraftniana para infundir el horror visual que las palabras creaban. La patente disimilitud entre ese mundo de apariencia real y el ficticio donde vivía ―aunque el relieve era el mismo―, también afectaba a mi huésped.

La escafandra ya no lo atenazaba. La chaqueta de tweed marrón, el chaleco y la camisa de color negro, a juego con el pantalón y los zapatos, le devolvían las reminiscencias de un pasado tan fructífero como truculento. El cabello ralo intentaba tapar una incipiente calvicie en la coronilla, mechones negros diseminándose, algunos más largos que otros. El bigote poblado y la mirada de incansable perspicacia le conferían un aspecto desabrido. Pensé, entonces, en la deplorable apariencia que yo tendría, derrengado psíquica y físicamente. El tiempo, por el contrario, parecía un improvisado calendario para normalizar mi cautiverio. Un planeta con leyes físicas y morales distintas dentro de otro.

―Me alegro de verte ―dijo con una voz tan profunda y humana que me sobresaltó.

―¿Eres real? ―dudé frunciendo el ceño, aún preparado para defenderme.

―Tanto como cuando te salvé de ti mismo ―respondió.

―¿Quién es él? ―pensé durante unos segundos, y entonces no necesité respuesta alguna que la formulada por mi propia voz―: ¿Lo creaste?

―Tenía que proteger ambos mundos ―dijo sin intención de excusarse.

―Pudo matar a Alice… ―apreté la mandíbula. Los labios me temblaron. Cerré la mano y la apreté. Un repentino y candente odio se arremolinó en mi interior y sustituyó la confianza ciega, casi paternal, que profesaba por él.

―En realidad, la protegió ―afirmó. No apartaba su mirada impertérrita de mí.

―¿La protegió? ―estallé en una risotada repugnante. Viva, pero horrible―. ¿La protegió? ―repetí, esta vez la risa la sucedió un grito impotente.

―La historia pudo haber sido peor si no…

―¡¿Peor?! ―interrumpí acercándome a él. Casi podíamos rozarnos con la nariz. Mi respiración era brusca y atropellada, mientras que él se mantenía impávido. Sostenía la mirada con una firmeza loable―. Varias personas inocentes han muerto, se han convertido en poseídos o directamente han desaparecido; Barry y la sheriff Breaker pudieron también morir, aparte de Rose, corrompida por la oscuridad…, o Cynthia. ―Me detuve un momento―. Porque ella está así por tu culpa, ¿verdad? Su amor no correspondido la arrojó al mismo vacío donde tú estabas. Con la diferencia de que ella estaría atada a una labor incansable y a un trastorno mental inexistente. Se convirtió en una anciana entrañable que debía ser tratada con condescendencia; incluso yo tomé esa perspectiva sobre ella. Sin embargo, nadie sabe que su estado mental se debía a algo real y propiciado por un escritor y poeta que, en su egoísmo, condenó a una pobre mujer cuyo delito había sido enamorarse de alguien imposible.

―Cynthia comprendió el peligro real de la oscuridad ―empezó a explicar con una circunspección odiosa, sin inflexiones en su voz; parecía la voz metálica y fría de una interlocutora automatizada enumerando las instrucciones a seguir―, y asumió con inteligencia el papel de guardián, aunque ello conllevase una vida solitaria. Protegía Bright Falls con su luz y defendía el interruptor con tesón.

―El Sr. Clic―rectifiqué abstraído durante unos segundos, agachando la mirada. Pestañeé y volví a fijar mis ojos en él―. Robaste mis recuerdos… ―le recriminé― Y el único objeto que tenía de mi padre.

Fue un leve instante, casi imperceptible si no estuviese concentrado en su rostro, pero creí ver dibujada una confesión contenido en su breve temblor de labios. Después, recuperó la serenidad inmutable.

―Sí ―reconoció―. Robé tus recuerdos para utilizarlos como arma frente a la oscuridad. Gracias a ello, muchas personas viven.

―Y también mueren ―completé.

Silencio. Le di la espalda y caminé por el porche, dirigiéndome a la parte posterior de la cabaña.

Observé pensativo el lago. Los rayos lácteos de la luna se proyectaban en la superficie, creando magníficas sendas perladas. Un céfiro me acarició la piel y me insufló una potente dosis de realista humanidad. No paraba de preguntarme en todos los componentes integrados en el extraño escenario donde me encontraba (cuando dejas atrás la luz viva y te internas en la marchita oscuridad, pierdes el criterio con el que te regías en el otro lado).

¿Qué sucedía?, me preguntaba intrigado y asustado. El mundo estaba comportándose de una forma distinta a cualquier página del interminable manuscrito. Algo extraño estaba sucediendo, concluí desilusionado. Un elemento en la tabla faltaba para completarla.

Entonces, una voz me proporcionó la solución a mi incógnita. Parecía provenir de mi fuero interno: era la misma que la mía. No era un susurro débil que se desvanecía tras completar la última frase ni palabras farfulladas; era inteligible y nítida, como si estuviese a mi lado. Comprobé alrededor, comprobando que las únicas personas presentes fuésemos Thomas y yo.

De todos modos, sabía cómo debía actuar, y el cronómetro de mi vida apremiaba.

Regresé junto a Zane y, más sereno, me disculpé con él.

―Tom…, Thomas, quiero pedirte perdón. Ambos hemos creado una historia para salvar a nuestros seres queridos, pero la Presencia Oscura se apropió de ellas y las modeló a su antojo; hemos sido simples…

―Está bien ―interrumpió―. No importa. Sé cómo eres, Alan.

Entreví que se refería, en una especie de sarcasmo, a la impulsividad que me precedía. Obvié su referencia.

—¿Estás preparado? —preguntó Zane.

―¿Para qué? ―pregunté receloso.

―Estaba esperándote para volver a Bright Falls.

―Ah, sí ―admití―. Perdón, no me acordaba.

Lo seguí hasta la entrada principal. Miré por encima de mis hombros sin detenerme y me sentí indefenso y vigilado furtivamente a través de los ojos de pájaro que formaban las ventanas del piso superior.

Recordé la última frase dicha por Thomas: «Estaba esperándote para volver a Bright Falls.» Una revelación, dada por la misma voz que escuché antes (aseveraba sin temor que así era), encajó las piezas diseminadas: vinculé el tono de su voz con el del hombre de Avenida Olvidada, rodeado por su séquito de artistas fracasados.

Además, la impasibilidad que mostraba al hablar era la misma; tenía el mismo tono de voz, y físicamente tenían el mismo aspecto. Cometió el error de volver a repetirme lo mismo, o quizá confiase que la fatiga acumulada y el desconcierto, por encontrarme en un mundo tan distinto del que procedía, fuese a incapacitarme intelectualmente. Creía que no podría establecer una relación entre él y el hombre del otro lugar. De hecho, no estaba equivocado; pero no contaba con la ayuda inesperada de mi propia voz interna.

Tenía que reaccionar antes de que fuera demasiado tarde. Fuera quien fuese, él no era Thomas Zane. Pudo adueñarse de su rostro y su personalidad, incluso invadir sus recuerdos y pensamientos.

Él no es Thomas, me dijo la misma voz.

Claro que no lo era. El verdadero estaba encerrado en el Lugar Oscuro o en una capa aún más profunda de ese tenebroso e ignoto reino. Quizá incluso solo viviese mientras se manifestase la exigua lucidez que restaba en mi ser, y cuando eso sucedía podía resucitarlo en las páginas, aunque tan solo fuese una entelequia a la que recurría para aquietar mis dudas.

No existía otra salida y el tiempo tampoco se mostraba permisivo. Concebimos la moralidad como un precepto inexorable, pero no dudamos en mostrar su debilidad cuando nos vemos obligados a reaccionar en pro de nuestros intereses.

Hazlo, serás libre, me instó la misma persona invisible.

Me detuve, y él lo percibió.

―No eres Thomas ―le dije a sus espaldas. La voz de mi interior repitió la frase a la vez que pronunciaba las palabras.

Iba a girarse, pero fue demasiado tarde. El silencio imperturbable se rompió tras una explosión reverberante, violenta; una efímera nube de humo se levantó para danzar jubilosa. La vulgaridad del sonido vituperó la armonía reinante, sobresaltó a unas aves que iniciaron el vuelo raudas y temerosas, inteligentes y sagaces.

Thomas se desplomó como una ficha de dominó en la maleza ajada. El orificio creado por la bala en la parte posterior de su cráneo arrojó una estela sangrienta y bituminosa, ascendiendo en espiral hacia un imperante cielo tachonado de estrellas rutilantes. Tuve la impresión de que algunas me guiñaban, quizá cómplices, quizá reprobadoras.

Todo había acabado. ¿Pero de verdad era libre?

―¿Esto es el mundo real? ―musité mirando el cadáver de Tom.

Excitado por la aparente liberación conseguida, empecé a reírme tímidamente. Una risa apocada, más una señal respetando la figura inerte del otrora poeta insigne, pero terminé aullando de felicidad en la oscuridad, arrojando hilos de saliva por la boca. Era feliz.

Somos libres, celebró también mi voz.

A mi alrededor, la columna gaseosa nacida de Thomas Zane se evaporaba mientras su cuerpo alcanzaba una rápida descomposición, dejando huesos mondos y mohosos. El hedor que desprendía provenía del fondo del mar.

Caminé sonriendo, incrédulo, dejando su cadáver atrás. Crucé la pasarela, los tablones de madera crujían indignados bajo mis pies. El leve rumor del lago anunciaba mi regreso.

Al fin era libre.

Regresaba a Bright Falls.

*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

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