El manuscrito de Wake: Capítulo V

Capítulo V

Asuntos federales

Alejandro Masadelo

 

Las nubes arreboladas arropaban el descanso del sol. Y este, en su adormecimiento, arrojaba unos últimos bostezos ígneos sobre Bright Falls. Los árboles salpicados de oro; el asfalto encendido; el agua del lago teñida de un verdor extraordinario, casi parecía palpitar como el corazón humano. La ironía mordaz de su prosopopeya no era sino una realidad tenebrosa.

En el pueblo, la vida se desarrollaba con su habitual parsimonia en aquellas últimas horas de luz, donde los habitantes se replegaban diligentes, dirigiendo escuetas palabras de despedida a sus compañeros de trabajo o vecinos, y luego se refugiaban en el candor de sus hogares, alejados del estrés cotidiano… Y de la oscuridad.

La misma que muchos temían y se cuestionaban si la fragmentación de su cordura se debía a una hórrida pesadilla prolongada, quizá una concatenación de ellas, o una realidad plausible pero no creíble. Cualquiera de las dos posibilidades resultaba igual de aterradora y desconcertante.

Pero las gentes del lugar decidieron, casi como de tácito acuerdo, reaccionar de igual manera cuando la noche se aproximaba a su despertar. Eran como niños durmiéndose antes de que El hombre del saco (o El Cuco, El Coco, Bogeyman…) irrumpiese en la habitación para llevarse a aquellos que no descansasen en la noche: primero se obligan a cometer la acción por un miedo cerval, pero luego la terminan automatizando sin cuestionarse factores externos como sentimientos.

Howard King, un pescador septuagenario, daba cuenta de su cigarrillo Camel. Exhalaba bocanadas densas de humo que ascendían helicoidalmente hasta el cielo. El céfiro vespertino acariciaba los cabellos canos escapados de la coleta que llevaba. Según decía, se negaba a cortarse mucho el pelo por si se quedaba calvo: «a mi edad es todo un desafío ―decía―. No sabes si después de cortártelo volverá a crecerte o si se te caerá todo. Prefiero no comprobarlo».

Observaba erguido ambos lados de la carretera y de la intersección, allá donde sus ojos alcanzaban ver. Veía los rostros conocidos de sus vecinos, y quedó sorprendido al ver a aquella ex-camarera del Oh deer dinner de cabellos áureos paseando con un hombre algo mayor que ella, de aspecto esbelto con su traje negro y cabello peinado hacia atrás.

Rodeaba su cintura con un brazo, y los dedos se deslizaban astutamente hasta su trasero. No pudo verle la cara, pero un recuerdo quiso activarse en su cerebro; un nombre cuyas letras danzaban alrededor de un espacio vacío sin poder formarse. La pareja, ella mirando de perfil hacia la posición de Howard ―aunque probablemente ella no denotase su presencia―, y él haciendo lo mismo hacia el lado contrario, entraron en una vivienda unifamiliar. Según tenía entendido, la joven vivía en otro sitio, pero no recordaba dónde. ¿En un aparcamiento de caravanas?

Fuera como fuese, ahora su vida parecía haber cambiado. Se alegraba sinceramente por la muchacha, más después de la profunda depresión que vivió tras desaparecer su escritor favorito y amor platónico Alan Wake; su jefe, además de padre, le dio la baja por dicho motivo.

Una paz soporífera velaba la perpetua incertidumbre imbuida en Bright Falls. Las calles estaban más silenciosas, sea por falta de personas o por el tono bajo en el que solían hablar en el exterior, como si temiesen una intromisión maligna en sus conversaciones. Con todo, Bright Falls había experimentado ―si no se encontraba aún en ella― una extraña metamorfosis preternatural: los vecinos precavidos decidieron abandonar el lugar donde toda una estirpe creció y feneció, en pro de su propia integridad. Sin embargo, había una parte anclada a su pasado, la que no podía renegar de sus orígenes ni de toda una vida desarrollada en el mismo lugar, que quisieran formar parte de dicho cambio.

El último grupo fueron los valientes, o los estúpidos, dependiendo la perspectiva tomada, que deseaban archivar aquellas imágenes fluctuosas e irreales y seguir avanzando en su día a día. Aun así, ambos concordaban en un punto: omisión de los hechos acaecidos. Nadie hablaría de sus experiencias personales ni compartiría sus opiniones; solo contribuiría a fomentar una locura que quizá era la esencia pura de la cordura. Para guardarse de posibles internamientos en centros psiquiátricos, cada uno entendió a su manera lo que vivió.

Mientras apuraba el cigarrillo, pensó en la extraña coincidencia de este con el inopinado descenso de la población de Bright Falls: primero la ceniza es inofensiva, pero va consumiendo lentamente el terreno del papel hasta llegar al filtro. Entonces, tiras el cigarrillo porque ya no puedes fumar más y luego lo pisoteas. Algo parecido estaba sucediendo con el pueblo, y el apetito voraz con el que lo estaba consumiendo era aterrador.

Pero este cigarrillo no lo va a pisar nadie, dijo para sí mismo.

Cuando terminó de fumar, retorció contra la pared de su establecimiento el extremo contrario al filtro del cigarrillo. Recogió el dinero de la caja registradora y apagó todas las luces del local de aparejos. Cerró las puertas con llave y bajó la persiana metálica con un movimiento veloz. El estrépito formado era un vulgar sonido en la mudez de la calle, como una ofensa. Se rió en un gruñido y negó con la cabeza, considerando ridícula la situación. Pero ¿qué no lo era? Y aunque fuese una frase sobreexplotada y consustancial a las personas que habían experimentado fuertes cambios sociales, las cosas habían cambiado mucho.

Recorrió caminando el trecho de trescientos metros que lo separaban de su casa, las manos metidas en su chaleco beige con bolsillos. Cuando llegó, miró las nubes desde el umbral, quedando sobrecogido por la cantidad tupida que había. Su tono, tan negro como el hollín, presagiaba una tormenta inminente. Prefirió no pensar en nada más.

Se puso el pijama y, antes de tumbarse en el sofá de terciopelo borgoña del salón, corrió las cortinas de la ventana que daba al exterior. Puso la televisión. Buscó un canal de películas y se quedó viendo la El último hombre sobre la Tierra. La consideraba peor que Soy leyenda, pero de vez en cuando le gustaba recordar cintas del pasado, de su infancia.

Al menos, el Dr. Robert Morgan sigue siendo blanco.

La noche avanzó sin novedad. Tras las cortinas opacas, las luces de las farolas de sodio parecían luciérnagas flotando moribundas en el aire. El reflejo lechoso lunar se filtraba tenuemente entre la columna de una niebla incipientemente densa. Pronto, las viviendas de la acera opuesta siluetearon la noche.

Howard se despertó aturdido, recorriendo visualmente la amplitud del salón. Fue como si algo hubiera requerido su inmediata atención, como si tuviese que ver la aurora boreal antes de su desaparición.

Observó el exterior desde su sofá, examinaba con un extraño desasosiego la negrura de las nubes. Su proximidad lo indujo a pensar en la inminente colisión, como si un enorme meteorito amenazase la vida humana. No era descabellado pensar en esa posibilidad, menos después de tantos desenlaces fatídicos vaticinados por pseudocientíficos, los cuales terminaron utilizados como argumentos de películas, videojuegos o libros.

Sin embargo, desdeñó esa hipótesis. No porque fuera ignaro en la ciencia, al menos en los asuntos más básicos, pues se consideraba un gran amante de la astronomía, sino porque la muerte dejó de tener significado para él. Por fin, el crucero atracaría en el último puerto, y el viaje habría terminado. Una travesía emprendida desde el nacimiento, donde él decidió exprimir cada metro de los lugares visitados.

Sin embargo, la noche se oscureció cada vez más. Látigos negros y vaporosos cortaban el aire en silencio, formando tirabuzones y otros giros vertiginosos insólitos. Pensó, dentro del reducido espacio que la somnolencia dejaba, que solo era un efecto provocado por el cansancio acumulado durante la semana.

Debe estar a punto de caer una tormenta, How. Duérmete.

Tras aducir para sí mismo, no tan seguro como en otras ocasiones ―ya nunca lo estaba en ningún asunto―, cerró los ojos y se repantingó en el sofá, cruzando las manos en el vientre delgado. Ahora estaban echando El efecto mariposa, y las conversaciones de sus protagonistas se convirtieron en murmullos apagándose decrecientemente.

El leve instante que Howard estuvo en el umbral entre el sueño y la realidad fue interrumpido con violencia.

Algo se estrelló contra el cristal de la ventana, a la par que las luces del hogar se apagaron simultáneamente. Sobresaltado, botó en el sofá, y estuvo a punto de caerse si no hubiese sido porque se aferró con los dedos al cojín que tenía en su cabeza.

Con una pierna y un brazo en el suelo y las otras extremidades en el sofá, el cuerpo ladeando y pendiendo del borde como si estuviese a punto de caer por un precipicio, observó la mancha oleosa y negra adherida a la superficie cristalina.

También denotó el cambio brusco en la atmósfera: la noche no había sido tan oscura como esa, ni la niebla podía desplazarse con vida propia como brazos membranosos, ni mucho menos a la velocidad que lo hacía. En el otro lado, lo que antes eran luces flotando como fuegos fatuos, ahora había una completa oscuridad; las siluetas de las casas apenas si podían filtrarse en la densa niebla oscura.

Las voces de los actores (unos jovencitos llamados Ashton Kutcher y Amy Smart) se volvieron robóticas hasta no solo paralizarse ellas, sino la imagen. La expresión facial en la que se habían quedado (con la boca abierta formando un túnel, uno frente al otro) podía resultar cómica para una incipiente etapa pubescente, pero el bueno de Howard aún conservaba una brisa de una enterrada pero no olvidada adolescencia.

Los finos labios se le curvaron titubeantes en un intento de sonrisa nerviosa; tenía miedo.

Además, sabía diferenciar qué tipo de sensación era aquella. Recordar su evidente relación apagó el fogonazo alegre de su rostro, y en su lugar quedó una máscara cenicienta y unos ojos anhelando que los párpados estuviesen cosidos. Prefería escuchar qué sucedía, pero su raciocinio no soportaría verlo.

En el segundo ataque a su ventana, rodó hasta caerse sobre la macota del suelo, exclamando un grito largo, digno de un buen tenor. Peces kamikazes se chocaron contra la ventana, hasta convertirla en esquirlas de cristal arrojadizas. Algunas de ellas, junto a los animales, quedaron tendidas frente a los pies de Howard, que se hallaba inmóvil y jadeante en el suelo.

El pecho se hinchaba como el fuelle de un acordeón. Se palpó a la altura del corazón, y por unos agónicos y eternos segundos creyó que iba a morir de un infarto. Comprobó, para su alivio, que tan solo era un movimiento inconsciente, inherente a una brutal sugestión nacida desde que se encontraba cerca de su septuagésimo primer cumpleaños, y a su modo de parecer eso solo podía significar una cosa: las fábricas de órganos que lo montaban como un Lego terminarían cerrando.

La perspectiva tomada en ese momento, con los peces brincando y abriendo y cerrando la boca, y los botones de las cuencas a punto de ser catapultadas, desviaba naderías como un prolapso y planteaba otras formas de cruel lentitud para fenecer.

No hubiera aceptado esa funesta posibilidad si los peces, a juzgar por su ostensible estado expirante, no se hubieran erguido sobre la parte posterior de su cuerpo. Pero ahora ahí estaban: una hilera de zombis de río recriminándole sus acciones como jueces divinos. Los charcos de agua alrededor de ellos parecían manchas burbujeantes de petróleo. Los animales no presentaban sus tonalidades naturales; parecían extraídos de una película en blanco y negro de altos contrastes.

Lo estaban cercando lentamente, en silencio. Howard se levantó, golpeándose la rodilla con la mesa de madera de centro. Apretó los labios y oprimió un grito frustrante. Le ardía la zona. Retrocedió, primero renqueando brevemente, y luego recomponiéndose. Observó con pavor cómo entraban más peces, llenándolo todo de aquel líquido extraño.

Corrió hacia las escaleras, rodeando por detrás el sofá donde tan bien había dormido en otras ocasiones. Alargó el brazo hasta el pasamanos, y cuando pisó el primer peldaño, el aire silbó cerca de él. Hizo un giro rápido de cabeza, y se vio sorprendido por el ataque aéreo de un pez abisal.

Se agachó con unos reflejos felinos y parapetó tras los balaustres. El animal chocó contra un marco colgado en la pared de tablones de madera, abriendo una grieta en forma de Y en el cristal; una mancha oscura tapaba los rostros de su familia. Aquel demonio acuático cayó a unos centímetros de Howard. Se revolvió en el suelo y miró al pescador. El apéndice de su cabeza se bamboleaba como una vieja bombilla pendida en el techo por un débil cable.

Antes de que preparase un segundo ataque, el anciano lo pisoteó con sus botas negras de cordones. Sin embargo, aquella bestia le clavó los dientes en el tobillo. Su grito reverberó por toda la casa, y sintió una enorme presión ejercida por la fuerza de la mordida. Afortunadamente, los zapatos eran rígidos y le cubrían hasta un poco más de los tobillos; si no, estaba seguro de que le hubiera desgarrado la piel. Sacudió el pie, sin éxito; ese cabrón no soltaba su presa.

En algo nos parecemos, pensó disgustado.

Golpeó la pared con la bota izquierda varias veces, intentando zafarse del maldito pez. Mientras, el resto de la tropa se acercaba hacia Howard.

Intentó subir los escalones, pero el dolor era insoportable. Solo esperaba que no le estuviese inoculando un veneno más mortal que el de la serpiente marina de pico. Era estúpido pensar eso, pero tomando como base la ciencia, ¿cómo podía sobrevivir una especie de ese pez fuera de la zona abisal o zona hadal? Más aún, ¿cómo podían volar? Sin hablar de que todos esos condenados animales parecían anfibios.

Dios, el universo o alguna otra deidad ignota, quiso divertirse más con aquel espeluznante y cómico espectáculo. Un escualo atravesó la puerta de la casa, reduciéndola a una lluvia de astillas y serrín; Howard se protegió la cara con el brazo, aunque algunos trozos aterrizaron en él.

El tiburón martillo avanzaba con pequeños saltos, acercándose a los primeros escalones.

Howard agarró su bota con ambas manos e hizo presión hacia fuera. El zapato se resistía, fuertemente acordonado.

Tenía que haberme comprado una talla pequeña, maldita sea.

Su nuevo enemigo llegó a la mitad de la escalera, y asestaba dentelladas al aire, y su compañero fiel, de apenas unos centímetros de tamaño, pero con una fuerza en los dientes filosos inusual en su especie ―e incluso en otras muchas―, lo miraba fijamente con sus ojos espectrales, como humo en un cielo despejado.

Sopló con fuerza. Su tez pálida se encendió con el esfuerzo. El tiburón consiguió alcanzarlo y le asestó un mordisco en la bota. Howard consiguió quitársela a tiempo, y terminó tropezando con el frentín del último escalón, cayendo de espaldas y golpeándose en el trasero.

Respiraba en tandas rápidas e ininterrumpidas, como unos operarios en una dresina de accionamiento manual (o zorra de bomba).

Observó confuso, planteándose si la cordura ya se había extinguido en él o si era un efecto visual propiciado por el terrible estrés que atravesaba, cómo el tiburón y el resto de animales titilaban como una bombilla a punto de fundirse. Las líneas que dibujaban sus cuerpos se separaban como una estática en una televisión con la antena averiada: una nieve visual que aparecía y se iba si llegaba o no la señal.

No se detuvo a responder esa pregunta. Echó a correr todo lo que los huesos le permitían, cojeando por el desequilibrio de un pie calzado y el otro al descubierto con un calcetín de rayas verdes y negras. Según él, la leve elevación del tacón de esas botas lo hacía más alto. No se equivocaba.

Llegó a la habitación del fondo de la casa: el espacio que reservaba para el trastero. Entró dentro y cerró con pestillo. Por un momento se sintió estúpido, pero adujo que el estrés acuciante desnutría la capacidad intelectual. El olor a polvo y falta de ventilación se le antojaba más apetecible que el desprendido por las bestias inmundas e inverosímiles que lo perseguían. Era un intenso hedor a agua y otros animales putrefactos. Tanteó una de las estanterías de madera a su izquierda hasta encontrar la caja de herramientas. Revolvió los objetos y dio con una linterna.

Por Dios, que esté cargada.

Apretó la membrana y un haz radiante de luz iluminó el interior de la caja. Soltó un grito triunfal susurrante y rebuscó hasta hacerse con un martillo.

Mejor será defenderse con algo.

Miró alrededor en busca de algún objeto con el que bloquear la puerta. Enfocó todos los rincones de aquel angosto y largo espacio. Se situó en el fondo de la habitación, pegando el cuerpo a la pared. Debía haber algo con que retrasar la entrada de los animales, más bien del maldito tiburón. Tendría ganas de venganza tras haber sido humillado por un simple humano.

Afortunadamente, y esto podía considerarse un regalo por haber burlado la muerte por primera vez ―sin contar cuando tuvo resucitar a los pocos minutos de nacer―, encontró una cajonera arrinconada entre dos estanterías. La arrastró y la tumbó frente a la puerta.

No aguantará una embestida, pero al menos el ataque saldrá con menos fuerza, y en ese instante debo aprovechar para golpearlo con el martillo en los ojos.

El plan parecía fácil, como siempre se ideaba en la vida. Sin embargo, el factor de los hechos improbables no se contaba. Trazábamos la ruta de nuestras acciones desde una perspectiva lineal, un sendero a través de un claro. No contamos las variables, las reacciones desencadenantes. Un mínimo paso adelante o atrás, por ejemplo, puede destruir nuestros planes. Él era consciente de ello, pero prefería guardar una nimia esperanza en sus posibilidades.

El silencio mortífero se convirtió en la peor arma. La sensación de tranquilidad, de falsa protección creada por la ausencia de sonido, acrecentaba la ansiedad de cualquier persona. Y Howard prefirió oír cualquier cosa antes de estar sepultado por una confianza endeble. No puedes defenderte si no localizas la posición de tu enemigo.

Por otro lado, ese sitio le resultaba claustrofóbico, y se imaginaba cerrándosele las vías respiratorias y arañando desesperando la puerta, golpeándola, pidiendo un auxilio en vano. Intentaría quitar el mueble, que no resultaba tan pesado si estabas consciente y aún conservabas algo de fuerzas, pero resultaría inamovible si la muerte recorría tu piel con sus fríos dedos y te susurraba con su regocijante voz fúnebre. Moriría apoyado en la cajonera, y pasarían días hasta que alguien decidiese entrar en la casa sin puerta ni ventana y decidiese subir al piso superior.

Apartó esa terrible y desapacible premonición. No iba a morir, no…

La parte de arriba de la puerta estalló en pedazos, dejando intacta la inferior y el mueble. Howard se deslizó por la pared hacia la derecha, hasta casi quedar atrapado entre esta y la estantería. El escualo brincó y se dio la vuelta.

Ahora es mi oportunidad. Ahora, ¡joder!

Antes de que el animal se lanzara a por él, el anciano lo iluminó con la linterna ―quizá confiado en cegarlo, aunque él había leído algunos estudios indicando su visión en blanco y negro―, y le asestó fuertes golpes en un ojo con la cara del martillo. Un líquido grasiento y negro manchaba la cabeza, el mango, y saltaba repulsivamente al rostro de Howard.

Para su sorpresa, el animal se quemaba cuando el haz de luz lo enfocó directamente. Irradiaba partículas doradas, como perlas tocadas por el sol. No sabía por qué, pero su cerebro lo instaba a seguir atacándole con el mismo combo. Lo golpeó en el otro ojo, en la nariz. La sangre ―o lo que fuera― saltaba de su cuerpo como uvas machacadas.

¡Muérete, maldito cabrón!

Anonadado, vio desintegrarse el cuerpo del escualo en una estela de luz rutilante; nunca había visto nada igual. Las partículas ascendieron hasta el techo de la habitación y desapareciendo. En ese breve momento, la oscuridad quedó completamente rota. Tenía la garganta y los labios secos, el cuerpo tembloroso y dolorido y el corazón agitado como una caballería al galope. Pero, sobre todo, triunfante. Fue esa fugaz alegría la que le permitió llegar a una conclusión sorprendente.

La luz. Es la luz. Es su debilidad.

No valoró lo disparatado que sonaba, sino el valor pragmático.

Recorrió la distancia que lo separaba hasta el pie de la escalera. Iluminó a los malditos peces con la linterna, y vio a muchos de ellos desvanecerse de la misma forma que el tiburón. Bajó las escaleras y cogió las llaves del coche, colgadas en una pequeña caja de madera verde al lado de la puerta principal. Toda su casa estaba infesta de peces, que iban desde truchas a pulpos. Agradeció no encontrar otro escualo o algo peor.

Salió a la calle, y el aire le propinó una gélida tunda, destrozándole todos los huesos. Howard creyó estar de pronto en la mismísima Antártida. De la niebla procedían alaridos, o quizá tan solo transmitiese el dolor de habitantes de otro mundo. Las viviendas cercanas se veían a una lejanía intimidante, como si estuviese en el mar y vislumbrase el tenue resplandor de un faro. El aire olía a podredumbre, aunque no estaba convencido si era eso el motivo del hedor o era él; aún estaba cubierto del mismo líquido grasiento y asqueroso.

No se entretuvo en ir preguntando puerta por puerta cómo se encontraba la gente. La supervivencia consiste en salvarse a sí mismo, y el compañerismo era un valor moral muy bonito… para un programa televisivo o una película, incluso un libro.

Pulsó el botón central del mando y los faros delanteros de su Ford Crown Victoria guiñaron sus ojos brillantes, algo atenuados por la opresiva oscuridad. Abrió la puerta del conductor y se dejó caer sobre el asiento. La cerró y puso todos los pestillos. Se descalzó con torpeza y arrojó la bota en el lado del copiloto. Se ajustó rápidamente el cinturón. Las lunas del coche estaban cubiertas por una capa de hielo, y rezó por que el motor pudiera encenderse.

Introdujo la llave en el contacto y la giró. El motor ronroneó, pero nada. Volvió a intentarlo, y esta vez tosió afónico.

¡Vamos, joder, vamos! ¡Arranca!

En un tercer intento, el motor rugió como una bestia escondida en el interior de una cueva. Howard no lo celebró, simplemente deseaba salir de aquella pesadilla inhumana. Bajó el freno de mano, pisó el embrague y el acelerador y metió la primera marcha. En cuanto pudo desplazarse unos metros, fue subiendo de marchas. No sabía hacia dónde se dirigía, pero sí podía recrear un plano en su cabeza.

Los faros, aunque potentes, no conseguían más que abrir un cono débil de luz.

Al menos ilumina el camino.

No sucedió nada en los metros recorridos, aunque tuvo la impresión de estar avanzando en una cinta estática; la avenida no terminaba. Para su alivio, llegó a una intersección.

Vale, ahora giro a la izquierda y sigo todo recto. Debería salir fuera del pueblo…

Antes de poder reaccionar, vio de soslayo unas luces estroboscópicas azules y rojas y oyó la estridencia insoportable de una sirena, y sintió la fuerza de una locomotora chocando contra el lateral derecho del coche. El vehículo viró la derecha, derrapando sobre el asfalto y chocando contra una farola. La estructura se combó y cayó sobre el capó, creando una pequeña depresión en la carrocería.

Los cristales se rompieron, los fragmentos afilados cayeron sobre el salpicadero y el cuerpo de Howard. El anciano quedó con la cabeza enterrada en la bolsa de aire del volante; un reguero de sangre le teñía el pelo cano y se deslizaba por la sien.

El coche gritaba, traduciendo lo que Howard era incapaz de pronunciar. El otro vehículo, ya enmudecido, pero con las balizas aún girando, casi se había introducido en el asiento del copiloto. Había hundido esa parte, y el aspecto que adquirió semejaba a un papel de caramelo arrugado.

El anciano se movió, gruñendo, en su asiento. El mundo daba vueltas, las imágenes no lograban volverse nítidas. Dos únicos colores y una silueta erguida frente a estos eran los únicos elementos bosquejados. La visión, sin embargo, se oscureció. Sus ojos, por el contrario, querían seguir trabajando. Los abrió asustados y pudo apreciar más detalles formados: una figura corpulenta, envuelta en sombras; unas letras amarillas sobre un fondo negro, al parecer una prenda de la parte superior de su cuerpo. Sus sentidos seguían trabajando, y gracias a ellos pudo saber que esa forma tenía voz.

―Ha superado usted el límite de velocidad, señor; ¡ha establecido un nuevo récord de imprudencia! Esto es competencia del sheriff, pero su ineptitud me obliga a relevarla.

No podía ser humano. Y si lo era, debía tener un modulador de voz para combinar notas agudas y graves en cada palabra, junto al sonido metálico que producía al pronunciarlas.

―Me veo en la obligación de arrestarle ―dijo en un tono grave, profundo, como si un oso gruñendo hablase.

La figura se desplazó al lado del conductor y arrancó la puerta con las manos, lanzándola unos veinte metros hacia atrás. Agarró al anciano y lo sacó del vehículo. Howard prefirió perder el conocimiento antes de seguir cuestionándose los límites de la realidad.

Las imágenes se aclararon, y pudo construir los rasgos de la persona que lo había tumbado en el suelo: hombre de complexión robusta, rostro alargado y ancho, ojos marrones y cabello corto. Las letras amarillas que había visto correspondían a las siglas de FBI. Y solo había conocido un único agente federal en Bright Falls: Robert Nightingale.

―Amigo, ¿dónde está el maldito Stephen King de pacotilla? Usted lo sabe, ¿verdad?

No sabía con qué fin necesitaba averiguar dónde se encontraba un escritor como él. Y aunque supiera la respuesta, la desconocía: él era más cinéfilo y seriéfilo que lector y no se la diría a ese malnacido.

Desenfundó un revólver y lo colocó en medio de sus ojos. Tenía el dedo enroscado en el guardamonte.

―¡Dime dónde está! ―vociferó con voz gutural y ronca.

Howard cerró los ojos y se preparó para morir. No conocía la respuesta y no tenía fuerzas para salir corriendo. A sus casi setenta y un años, la parca ya estaba harta de concederle prórrogas de vida. El tiempo estaba a punto de terminarse.

Detrás del agente se oyó un grito femenino.

―¡Tú otra vez! ―dijo Nightingale enfurecido.

Una cegadora luz cubrió el espacio negro ante los ojos cerrados de Howard. El sonido atronador de los disparos llegó amortiguado a sus oídos, y cuando las pistolas callaron, el silencio y la oscuridad perpetuos volvieron a imponerse.

 

*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)alanwake_210773b.jpg

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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