El manuscrito de Wake: Capítulo IV

Capítulo IV

Ulalume

Alejandro Masadelo

 

Ulalume. Una aliteración funesta. Una brisa fría en una noche invernal. Establece imperante las leyes de este lugar, se encarga de su cumplimiento con férreo rigor. Su inconmensurable poder se extiende por todo este reino, mas su presencia se oculta en las sombras más insondables. El anonimato es su morada, y aquellos que la conocen son sus invitados más suculentos.

Estuve a punto de pertenecer a su demencial comunidad. Me encontraba capacitado para afrontar mi designio, marcado por las palabras de Thomas Zane. En contraposición a esa desmesurada suficiencia, el Lugar Oscuro despertó de su efímero reposo. Tuve que haberlo imaginado.

Mientras escribía, las palabras bailaban en el papel y se diluían como la acuarela sobre el lienzo. Entonces, la tinta cubrió en su totalidad la hoja. Observé irritado (era imposible estar atónito en ese lugar) la formación de un espacio rectangular en medio de la página, apartando el líquido.

Ahí se formó una palabra: Ulalume.

Su familiaridad escapaba a mis recuerdos. Pronuncié su nombre (un fogonazo reminiscente me indicó su naturaleza) varias veces, con más o menos lentitud, buscando el enlace que lo relacionaba con una antigua obra de… ¿quién era?

El aislamiento al que me sometí fue tan absorbente que no fui consciente de la metamorfosis producida en el exterior, ni de la espesa niebla reptante que transformó el suelo en un vacío nuboso.

Pestañeé y arrastré la silla hacia atrás, haciendo rechinar las patas en la madera. Me levanté y miré la máquina de escribir: cubierta por una gran mancha bituminosa y cartilaginosa. La primera vez que la vi fue en el centro de visitantes del parque nacional de Elderwood, después del ataque de la Presencia Oscura. Ojalá hubiese podido hacer algo por Rusty y su perro Max; no merecían morir así. Nadie debería despedirse de la vida de tal forma.

Agarré el revólver, provisto de una bala en el tambor, al lado del flexo. Miré en todos los cajones del escritorio, en busca de la linterna o algún objeto luminoso, pero estaban vacíos. La Presencia Oscura no iba a facilitar mi regreso, pero quería conducirme hacia el exterior.

Me encontraba en mitad de una carretera con el pavimento levantado y grandes manchas negras rellenando los baches. Avancé lentamente, empuñando el revólver con ambas manos y mirando en cada dirección. Dudaba si la espesura de la niebla envolvía el escenario o si en los flancos del camino se extendía un abismo infinito. Fuera como fuese, preferí no comprobarlo. Me limité a caminar en línea recta, sin explorar otros caminos.

La cabaña se desdibujaba cada vez más en el paisaje, convirtiéndose en una sombra ancha y alargada, cuyos ojos de pájaro de la parte posterior no se apartaban de mí; parecían asegurarse del cumplimiento de mi misión, en lugar de defenderme. Llegué a creer, en los días donde vi mermada mi cordura, que la casa me guarecía del mal, y entonces no comprendí que el mal residía allí.

En una cuneta encontré un sedán parecido al mío. Tenía las dos puertas abiertas y una telaraña de grietas en la luna frontal.Parecía estar en buen estado, sin golpes ni el capó levantado o las ruedas pinchadas. Miré dentro. Palpé el salpicadero y revisé el interior de la guantera del conductor y del copiloto. Vacías. Inspeccioné bajo los asientos y entre ellos. Nada. Por último, abrí el maletero, pero ni siquiera tenía chalecos reflectantes, triángulos de emergencia, una rueda de repuesto u otros objetos imprescindibles.

Mi esperanza se aferraba a una nimia circunstancia: el motor. Fui corriendo y levanté la tapa. Grité y golpeé la carrocería al comprobar que estaba vacío también. Todo el coche no era más que un objeto colocado a propósito para desesperarme y hacerme perder el tiempo, creyendo que dentro encontraría algo que me ayudaría a combatir a la Presencia Oscura.

Me di la vuelta y distinguí un objeto alto y rectangular, sujeto por lo que parecían dos piernas enjutas. Flotaba en la niebla, o quizá la longitud de sus extremidades le permitiese alcanzar el suelo sin dificultad. Comoquiera que fuese, cualquier posibilidad resultaba igual de aterradora.

Permanecí inmóvil unos instantes, aguardando el mínimo movimiento. Sin embargo, no sucedió nada. Probablemente aprovechase mientras pestañeaba, como aquel juego infantil que consistía en acercarse a la pared mientras una persona contaba hacia cierta cifra y pronunciaba unas palabras como el conjuro de un taumaturgo. En cuanto terminase, debías permanecer petrificado. Si te movías, perdías. Por el contrario, cuando se giraba, podías moverte.

¿Qué hago con una bala?, me pregunté. Sin luz ni munición era imposible enfrentarme a aquella bestia cuya identidad ni siquiera conocía. El silencio imperante me permitiría oír cualquier sonido. Pero incluso en el paisaje más infecundo, donde ni siquiera la fauna florece, exudas tus miedos ante lo desconocido. Es como encerrarse en una habitación a oscuras desamueblada. Tarde o temprano, empiezas a oír pasos, arañazos a tu espalda, e incluso sientes caricias erizando tu piel.

Entonces distinguí algo que ahuyentó mi miedo momentáneamente. Una letra se sobrepuso a la niebla. Agucé la vista y vi la formación de una palabra. Bajo ella apareció una línea más. Me acerqué corriendo, olvidándome de empuñar el arma. Llegué a una distancia prudencial del objeto y suspiré aliviado tras comprobar qué era: un cartel indicando la entrada a un lugar.

Sobre un fondo que parecía imitar una chapa metálica herrumbrosa, unas letras azules empalidecidas rezaban lo siguiente: BIENVENIDO A AVENIDA OLVIDADA. Ladeé la cabeza y observé el largo camino perdido donde mis ojos no alcanzan ver. Casas emergieron de la niebla como pilotes flotando en el mar. Juro haberlas visto brotar de la tierra como plantas. Una hilera de edificios medio derruidos, algunos tomados por enredaderas y otros revestidos por una densa y muerta vegetación artrítica.

La ciudad o pueblo, si acaso pudiesen recibir ese nombre, me invitaba a entrar en ella. ¿Qué opción tenía, si no?

La vida estaba extinta en aquella gran avenida. El viento no soplaba, los murmullos lejanos no llegaban. Los esqueléticos edificios, desconchados, agrietados y comidos por la humedad, desnudaban el interior de cada habitación. Las únicas ventanas que aún se conservaban estaban empañadas por una especie de vapor y atravesadas sesgadamente por un intrincado laberinto agrietado. Diría que con posar el dedo sobre la superficie el cristal se rompería en una lluvia de esquirlas como granos de arroz.

De la fachada de caravista de un edificio colgaba un cartel con el fondo oscuro. Verticalmente anunciaba el nombre, supuestamente, del propietario: NATHAN. En la línea de abajo, horizontalmente, especificaba el tipo de comercio: DRUGS. Unos matorrales protegían la entrada, y los cristales opacos resguardaban la oscuridad del interior.

En otras circunstancias hubiese gritado pidiendo ayuda; ahora, estudioso del mecanismo macabro del juego de la Presencia Oscura, me limitaba a inventariar los elementos que componían el paisaje.

Esperaba encontrar el ambiente imbuido en putrefacción o en el congestivo olor calcinado de los cuerpos. Sin embargo, la inocuidad amenazante del lugar me privaba de la tranquilidad que, paradójicamente, la muerte me confería.

Entonces, una cortina de hollín y almizcle transfiguró la niebla. El viento traía consigo un sabor ferroso y acre. Contuve una arcada.

Frente a mí, aparecidos como traídos por el aire, un grupo de personas caminaban erráticos. Algunos rompían el silencio con risotadas enloquecidas; otros musitaban, idos, el mismo nombre: Ulalume.

Alcé la viste y observé un par de ojos amarillos enfermizos en la oscuridad interior de los pisos. Las palmas de sus manos, apoyadas sobre la superficie opaca acristalada, tenían dibujadas en la piel dos rostros exactos.

Uno de ellos lucía un rostro afable detrás de la tristeza, y el otro mostraba una sonrisa canina, y el pelo lacio y peinado con raya que el opuesto tenía, había desaparecido mostrando una maraña hirsuta y rala.

El olor a sangre era cada vez más intenso. Las caras de las personas deambulantes mostraban un aspecto famélico: las ropas holgadas ocultando una complexión enjuta, los pómulos agostados como una flor, los huesos marcados en las manos, siendo la piel un elemento adherido con obstinación. Los ojos grandes e intermitentes, de un tono ictérico. Hombres y mujeres perdidos, aprovechando el resquicio de sus fuerzas para ordenar el movimiento a su cuerpo. Resistían por pura tozudez. Quizá la porción racional de su derrengado cerebro les instaba a agarrarse a una falsa vida; quizá la muerte no era la mayor tortura, sino la imperecedera existencia.

Dirigí mi atención ―o mi cordura― hacia un sonido muy familiar, reconfortante pero fustigador. Eran golpes ininterrumpidos, vulgares y desesperados. Las teclas de una máquina de escribir, aporreadas con frustración. No danzaba creativamente, lo sabía; podía distinguir perfectamente los sentimientos prestando atención a la forma con que escriben las personas. Yo había experimentado cada cambio emocional.

Caminé lentamente, girando la cabeza a cada lado. Me detuve al oír un bisbiseo a mi izquierda: Alan…, decía. A continuación, se unieron risas infantiles y adultas, estridentes chillidos y grotescos vozarrones.

―Entrégate a la oscuridad, Alan… ―susurró una voz masculina, arrastrando las palabras.

Apunté con el revólver aquel espacio angosto de paredes mohosas. Hice el ademán de dirigir el haz de luz de la linterna, pero me sentí avergonzado y tremendamente estúpido cuando una nueva voz señaló:

―¿Luchar contra la oscuridad sin luz? Inténtalo.

Después, rieron a carcajadas.

Apreté los dientes. Tomé una decisión impulsiva, sin reparar en las consecuencias. Caminé con pasos firmes y rápidos, el arma empuñada, hacia el callejón. Antes de adentrarme en él, varios brazos me agarraron y me empujaron hacia el interior.

Me encontré en un espacio de aparente infinidad. Tentáculos gaseosos se arrastraban… ¿por el cielo?, ¿por la tierra? ¿Acaso la gravedad allí era inversa? Fuera como fuese, parecía ser la morada de una bestia cefalópoda marina gigante.

― ¿De verdad crees que el Lugar Oscuro es llano? ― dijo alguien. La voz se apagaba lentamente, reverberando en todas direcciones.

― ¡¿Quiénes sois?! ―grité girando sobre mí mismo, caminando de un lado a otro. Por un momento, la imagen de aquellas personas desnortadas por la avenida fue un presagio oscuro. Lo aparté rápidamente.

Un estallido de graznidos bombardeó mi cabeza, se introdujeron en ella. Fueron los segundos más agónicos de mi vida, pero el misterioso silencio volvió a instaurarse. Después, un coro estridente y torpe de voces me respondió:

― Somos los fundadores de lo que llamáis vida. Nacimos hace eones, cuando el universo aún estaba expandiéndose y los primeros planetas florecían; cuando vuestro planeta era un simple bosquejo. Somos los Primigenios y los Dioses Exteriores. Nuestra liberación se acerca. El lugar donde estamos cautivos se extiende más allá donde el conocimiento humano es capaz de comprender.

Sus palabras correspondían a los hechos narrados en los Mitos de Cthulhu, pero no podía ser cierto. La ficción literaria no se proyecta en el mundo exterior. Me sentí un estúpido tras pensar esa teoría endeble; yo era uno de los artífices de insuflar vida a personajes atrapados en páginas.

Asimilé no cuestionarme la veracidad de lo que mis sentidos presenciasen, pues mi raciocinio había cruzado tiempo atrás el umbral de lo desconocido, de lo impensable e inverosímil; la humanidad, por el contrario, al menos un alto porcentaje de la población, no estaba capacitada para procesar tanta información.

Si la epidemia llamada conocimiento se expandía, la gente los vería como simples alienados afectados por sus inanes teorías esotéricas o su ingente inventiva. Aunque la humanidad aparentemente evolucione, ciertas percepciones perduran inexorables.

― ¿Qué queréis? ― repetí, esta vez más afligido. Sentía un tremendo cansancio, sentía las sienes y la frente aún palpitantes, y el espacio donde estaba giraba intermitente.

― Queremos enseñarte vuestra minúscula importancia en el universo. Vuestro engreimiento es insultante y nocivo, y esa actitud supondrá vuestra inminente extinción. Si no lo hace la propia naturaleza, ofendida por vuestras continuas vejaciones, lo haremos nosotros. Las razas inferiores deben desaparecer; las más fuertes deben disputarse el dominio del universo…

― ¿Sois una especie de admiradores acérrimos de Lovecraft? ―interrumpí irritado―. Una perorata magnífica, quizá un fragmento extraído de alguno de sus relatos o una mezcla de varios. En todo caso, os felicito. ―Guardé silencio un segundo y continué, esta vez a voz en cuello―: Ya me enfrenté a todo tipo de locos. Si queréis asustarme, estoy inmunizado.

Empecé a oír un suave sonido de flauta, y después otros instrumentos se unieron a la melodía: tambores, acordeones, liras, violines… En el fondo infinito negro comenzó a formarse un universo demencial: planetas de formas triangulares y cuadradas; cumbres montañosas descollando de su atmósfera; asteroides con forma de calavera. Flotaba en el vacío infernal donde me encontraba.

Aparecieron sombras gigantescas y deformes surcando el espacio. Esas formas adquirieron cuerpo. Advertí una masa informe llena de tentáculos, ojos y dientes, distribuidas en un completo desorden caótico, colosal como cuatro veces Júpiter ―y su aproximación es muy imprecisa―; bestias cuyo cuerpo lo formaba únicamente un desorbitado cerebro de arterias electrificadas y palpitantes y grandes fauces; lampreas de cuerpos decagonales repletas de fauces en cada cara. De pronto, todo cuanto alcanzaban mis ojos se llenó de criaturas grotescas, creaciones ominosas cuya existencia nadie querría conocer.

La música se despojó de su armonía y se convirtió en el ensayo de una banda del báratro. Su estridencia abominable despertaba mi instinto primitivo, mis deseos más sangrientos y mis sueños más carnales. Tenía un apetito voraz, y me encontraba sorprendentemente vigorizado.

Recibí muchas palabras en mi cabeza, todas ellas aportándome un conocimiento que haría enloquecer a un simple humano. Sin embargo, yo ya no era uno de ellos. Algo o alguien me había tocado, y me había escogido para hacerme llegar una realidad distinta a la adquirida con el paso de los años; la expresión pura del empirismo.

Relataban mientras me enseñaban imágenes reveladoras: civilizaciones exterminadas para apoderarse de los planetas infecundos, y dichos planetas destruidos por diversión; deidades innominadas e innominables cuyo poder escapa a la propia creación del universo; universos cuyos mundos empequeñecen el sistema solar, y planetas ocultos dentro de este último, pasando inadvertidos para los seres humanos y haciendo las veces de observadores; planes para someter la Tierra y cuándo los realizarían. Ojalá hubiese seguido viviendo en la ignorancia segura que nos sometían.

En la dimensión donde estaba, las criaturas pronunciaban nombres impronunciables para el aparato vocal humano. En el centro del universo donde me encontraba ―deseé nunca conocerlo―, apareció una gran masa amorfa de burbujas iridiscentes de ojos inyectados en sangre.

Mi cordura estaba derritiéndose como la cera de una vela. Si la gente supiera la verdad, habría que reescribir nuestra propia historia y provocaría la destrucción de toda religión existente. La vulnerabilidad que podría crear nos haría agradecer cada segundo de vida, en lugar de desperdiciarlo. Aquellos que denominaban despectivamente locos serían cuerdos, y los cuerdos terminarían enloquecidos. Algunos, sobre todo los mayores dirigentes de cada país, tratarían silenciar los hechos con violencia, dinero o utilizando un pastor que controlase las reses. Otros se retraerían en su mundo de felicidad artificiosa y frágil hasta enloquecer.

Mi muerte estaría provocada no por daño físico, pues el tejido es capaz de regenerarse dependiendo el alcance de la herida, sino por una locura incurable. Sin embargo, una voz del infinito me habló. Quizá fuera una de esas criaturas, alzadas imponentes frente a mí.

―Nos temerás cada minuto de tu insustancial vida. Escribirás nuestro regreso, y recibiré tu señal para concebirlo. Serás el encargado de transmitir nuestro poder, de asolar la raza humana, tal y como nosotros hicimos con los Primordiales. Te convertirás en otro siervo del Gran Cthulhu y venerarás a Azathoth y a mí, El Oculto, El Todo en Uno y Uno en Todo, Yog-Sothoth

Alguien, desde una lejanía desconocida, me susurró una palabra: Ulalume. La misma que aparecía en la página que estaba escribiendo. La voz volvió a repetirla, y la locura que me había invadido se retiraba lentamente de mi cuerpo. Cerré los ojos y no oía nada más que esa voz, ocupando todos mis pensamientos. Me evadí todo aquel enjambre monstruoso, y no quise abrir los ojos. Si debía morir, no quería mirar esas repugnantes formas amorfas y abultadas.

La primera imagen que recibí fue la de un cielo algodonado, de tonos purpúreos. Las nubes se encendieron, arrojando látigos de fuego e iluminando el paisaje; rugían coléricas.

Rodé y hundí los codos en la tierra seca. El revólver estaba a mi lado. Lo cogí y me levanté. Miré detrás de mí, el callejón aún envuelto en una negrura insondable. La frontera que separaba la locura y el conocimiento del oscurantismo la cordura. Preferí no preguntarme cómo había sobrevivido, y aunque volvía a sentirme sano mentalmente ―dentro de lo que cabe―, nunca olvidaría la terrible experiencia vivida.

No plantearía el aspecto onírico de eso; era imposible siquiera formular esa teoría. Aun así, preferí pensar que era un sueño. La ignorancia es reconfortante la mayor parte del tiempo.

Volví a oír las teclas pulsadas con frustración de lo que parecía una máquina de escribir. Comencé a seguirlo de nuevo, caminando por medio de la avenida para disuadir el mal oculto en las sombras.

La procedencia del sonido me guió hasta un hombre de aspecto demencial, colérico y desquiciado; no distaba de la apariencia de las demás personas. Estaba sentado en una banqueta y apoyaba la máquina en un barril. Se situaba bajo el porche de un establecimiento a mi izquierda, apenas unos cinco metros. Su risa no eran carcajadas, sino aullidos. Su dentadura canina y sus ojos grandes solo hicieron confirmar mi apreciación. Me miraba fijamente, las uñas ennegrecidas apoyadas sobre las teclas que aún sobrevivían sin ser arrancadas. Entre aullidos, me habló:

—¿Me ayudas a terminar el capítulo? Solo necesito una frase más. ¡Solo una!

Me acerqué un poco, precavido. Sus ojos destellaban. Entre los labios mordidos bajaba un hilillo salivoso. El cabello negro, ensortijado y despeinado le rodeaba el cráneo calvo.

Hojeé el contenido de la hoja: un baile de palabras inexistentes, faltas ortográficas y frases sin terminar.

– ¿Me ayudas? Eh, dime, ¿me ayudas? —insistió desesperado.

– Lo siento —dije—. No soy escritor —mentí.

Giré sobre mis talones y aceleré el paso. Detrás de mí, su voz prorrumpió en una retahíla de insultos.

— ¡Cabrón!, me has mentido. ¡Eres Alan Wake! ¡Sí!

Sorprendentemente, su voz sonaba firme y no dubitativa, como antes.

— ¡Hijo de puta! Vas a acabar aquí como todos nosotros. Y cuando te quedes sin ideas vas a acudir a tu mujercita, esa rubia maciza. ¡Quién estuviera entre sus piernas! —Rompió en una risotada libidinosa.

Apreté los puños. Guiado por la instintiva violencia residente pero oculta en la naturaleza humana, me encaminé decidido hacia él.

Cuando mi puño ya cortaba el aire, comprendió mis intenciones. Cayó de costado, exclamando un grito de dolor ahogado entre sus labios.

— ¡Retíralo! —bramé frente a él.

Me miró sonriendo y me escupió en la cara. Después, añadió:

— Ojalá Ulalume consiga traerla aquí. ¡Todos disfrutaremos! —Rompió en una risotada libidinosa.

Apreté las mandíbulas y agarré aquel mamotreto inútil, suplicando su despiece. Lo levanté con ambas manos y lo estampé contra su rostro con todas mis fuerzas. Casi todas las piezas del teclado volaron. El rodillo saltó de su lugar, y la palanca de retorno, la tapa y el resto de piezas del armazón se descompusieron. Los gránulos se colaban entre mis dedos como arena.

El lado izquierdo del rostro del escritor fracasado (pensé en la semejanza compartida con él, en su indignación creativa) se llenó de tinta desparramándose, ennegreciendo aún más su cabello. Entre mis dedos escurría aquella sustancia oleosa y ónice.

La mandíbula pendía gelatinosa, desprendiéndose partículas que caían al suelo emitiendo un sonido acuoso y repugnante.

—Vas a acabar aquí. Lo sabes en realidad, pero te resistes a asimilar la verdad, escritorzuelo —rió como un hiénido desenfrenado.

Hice una mueca repulsiva y retrocedí espantado.

Me choqué con algo en la espalda, y una sombra se proyectó por encima de mí como una estatua. Me giré rápidamente y contemplé la corpulencia del hombre parado frente a mí, mirándome fijamente sin pestañear. Entre sus manos sostenía lánguidamente una guitarra eléctrica con casi todas las cuerdas rotas. La herrumbre del cuerpo ganaba terreno al rojo desvaído. El clavijero estaba a medio componer, incluso algunos tornillos de plástico sustituían las clavijas.

Su rostro aún rezumaba una juventud velada por una prematura vejez, tan acelerada como la trayectoria de una bala. Las arrugas formaban surcos en su piel. Los labios escoriados estaban parcialmente enterrados por la espesura encrespada de su barba. Sus ojos azules tenían un aspecto fantasmal, tan claros que casi se confundían con la esclerótica. En tono alicaído, arrastrando las palabras, me dijo:

— Tío, no me salen las notas. Por más que lo intento…, mira. —Hizo una penosa demostración, tocando unos acordes estridentes, tan intensos que me vi obligado a taparme los oídos—. Eh, ¿has visto? No consigo…

— Para, por favor —le pedí.

— ¡Imbécil, no toco mal! Es solo una racha —dijo.

Alcé las manos, enseñándole las palmas en gesto de disculpa. Me retiré lateralmente, en pasos cortos. Estaba sobre aviso. Conseguí dejarlo atrás sin ningún altercado, exceptuando algunos insultos como «Gilipollas», «ignorante», «idiota».

Continué caminando por aquella especie de psiquiátrico al aire libre de artistas frustrados. De mientras, encontré a cantautores desafinando, malabaristas que apenas si conseguía intercambiar de una mano a otra dos pelotas de tenis despeluzadas y mugrientas, escultores cuyas obras parecían nefastos bocetos infantiles…, y un pintor que me arrojó varios de sus lienzos junto a los caballetes, mientras soltaba sin cesar exabruptos.

Llegué a una intersección, y me quedé paralizado en medio. En los caminos se había congregado una turbamulta de artistas. Busqué por todos los lados una linterna, un objeto que irradiase luz. Sin embargo, de nada me hubiera servido. Esas personas no tenían cuerpo gaseoso ni sus voces englobaban todo el registro vocal. Sus movimientos eran igual de torpes que un ser humano. No pude evitar acordarme del primer loco que encontré, al que aporreé con esa estúpida máquina de escribir. Su rostro era tinta…

Eché una ojeada al revólver (conservaba la esperanza de poder defenderme con una mísera bala) cuando una persona abrió un camino entre la multitud. Estos se apartaron diligentes y sumisos. Su presencia esbelta era el contrapunto a toda aquella pestilencia concentrada en una avenida interminable. Llevaba ropa negra: una gabardina típica de un detective en una novela policíaca en la etapa más oscura de Estados Unidos, las manos enguantadas en cuero y un sombrero Panamá.

Agarré con firmeza el arma, instintivamente, pero entonces aquel desconocido me habló:

— La muerte no puede morir. —Su voz grave causó un extraño influjo en mí, como si perdiese mi conciencia y se la entregase voluntariamente—. Sería un oxímoron en caso contrario. ¿No crees, Alan?

Entonces el cielo se iluminó, arrogando sus rayos ígneos sobre la tierra. Quedé estupefacto tras comprobar la verdadera identidad oculta tras la piel humana de esos artistas: cadáveres andantes ataviados con sus antiguas vestimentas. Tras un trueno ensordecedor, recuperaron la piel que tenían en esta porción del Lugar Oscuro ―si acaso perteneciese a ese reino y no a otro cósmico―.

Relajé la mano y lo miré con el ceño fruncido. No me atrevía a acercarme, y él se sentía cómodo desde su posición. Observé que mantenía la cabeza gacha, evitando que descubriese su rostro. Parecía estar velando a un ser querido.

—¿Quién eres? —pregunté sin dilación. El tiempo no me sobraba y debía aprovecharlo.

— Si estás aquí es porque tu tiempo como artista ha cesado.

Miré alrededor. No podía ser uno de ellos. Era imposible. Tenía una misión y debía cumplirla.

— Mientes —dije rotundo—. La Presencia Oscura me eligió, soy…

— Si te eligió fue porque prorrogué tu creatividad —confesó—. Acabaste en este reino por tu debilidad, y has entrado en este cementerio de artistas por tu agotada imaginación.

Me negaba a creer esa afirmación. Pensé que podía tratarse de otro juego creado por la Presencia Oscura, con tal de enloquecerme y tenerme todavía más subyugado.

Sin vacilar, me acerqué con pasos largos, empuñando con firmeza el arma. El ejército de mentes creativas trastornadas se preparó para atacarme, pero él los frenó con un firme movimiento de mano.

— Voy a salir de aquí, me lo permitas o no —dije apretando los dientes.

— Saldrás si yo lo permito. —Se aproximó lentamente, y su séquito lo siguió manso—. No comprendes que yo dirijo el destino de todos los artistas en este lago. Bueno, más bien en este océano.

«No es un lago, es un océano…»

— El tiempo terminó, Wake —anunció. Seguía con la cabeza gacha.

Entre la miríada de sombras distinguí al escritor frustrado y rijoso, todavía con el lado izquierdo del rostro convertido en gelatina oscura, deformando sus facciones. La agresividad efervescente en su mirada vacía y obscena y su sonrisa canina, como Cujo, denotaban su intención vindicativa.

Dirigí el revólver hacia todos los lados, saltando de rostro en rostro sin pararme en ninguno. Busqué alrededor, pero no encontré nada que pudiese ayudarme. No había un callejón para despistar a la turba ni una tapa de alcantarilla que me permitiese huir por un sistema complejo de galerías en las cloacas.

Ni siquiera podía apuntar a una bombona de gas y hacerla estallar como en una película de acción; el héroe no se salvaría ni aparecería caminando con harto engreimiento mientras, detrás de él, las llamas se alzan formando una nube densa de muerte y fuego.

— No te resistas —dijo—. Al principio a todos les cuesta aceptar la terrible realidad: su creatividad feneció, y con ellos lo hizo su desmesurado ego. —Hizo una breve pausa, caminando con el mismo ritmo lento pero ininterrumpido—. En general, los artistas que rozaron la inmortalidad y estaban a punto de entrar en el olimpo de los intelectuales, niegan que su don, aquel con el que se pensaban dotados, los haya abandonado tan inopinada y cruelmente.

— Cállate —le ordené, apuntándole con el arma. Esta vez no me arredré, sino que caminé audaz hacia él.

No se detuvo. No le sorprendió siquiera mi atrevimiento. Parecía mantenerse impertérrito, y por un breve instante lo relacioné con la actitud estoica de mi doppelgänger. Su voz, por el contrario, no era la suya. Esta reflejaba una intelectualidad poética, y se mostraba inusualmente circunspecto.

— No te va a doler. De hecho, ya nunca nada te hará daño.

Como un fogonazo salvador, transmití oralmente una hipótesis recibida en mi cerebro.

— Quiero que me aclares algo, antes de formar parte de vosotros —dije.

Se detuvo. Estaba a unos veinte metros.

— Dices que tú gobiernas todo esto, ¿verdad? —No respondió—. Sin embargo, todo esto depende de mi imaginación. Igual que estuvisteis sujetos a la creatividad de Thomas Zane.

Pareció reírse, pero era más bien un gruñido.

— Eres inteligente cuando te lo propones, Alan —señaló—. Sin embargo, tú mismo estás escribiendo tu propia muerte, aunque no te des cuenta. Cuando esto fue creado, cuando lo mejoraste, me diste suficiente poder para rechazar la simbiosis existente en los primeros borradores de este lugar. ―Calló unos segundos y añadió―: Tanto como para liberarte del centro del universo.

El círculo se estrechó, y antes de que Ulalume estuviese a dos metros de mí, llevé el revólver a mi sien.

— Si muero, vosotros moriréis. Y ese no es vuestro plan, no; vuestro objetivo es enloquecerme para escribir conforme vosotros queráis, pero ahora me encuentro mejor que nunca, y estáis sufriendo.

— No puedes morir —dijo sin inflexión en la voz.

— Soy vuestro creador, aunque cada vez pertenezca más a este maldito lugar que al exterior. Por eso nunca intentasteis matarme, tan solo conducirme hasta aquí…, y para eso secuestrasteis a Alice.

Apreté los labios. La mano con la que sostenía el arma me temblaba, y temía quedarme desarmado en un movimiento rápido de mis adversarios.

—Dejadme marchar y seguiré escribiendo.

—Este reino crecerá, Alan. El método empleado para expresar arte transgrede la pintura, la música o la escritura. Una fotografía atrapa una escena detenida en el tiempo y explica de manera legible los sentimientos que esta transmite: felicidad, tristeza, ira… Sin embargo, no siempre se encuentra la motivación necesaria para realizar una toma expresiva. Entonces, es en ese momento cuando me presento.

Alice. Iría a por ella. Probablemente se encontrase demasiado apesadumbrada, derrengada por un dolor terminal. Tendría la cámara de fotos, la primera que pudo comprarse mientras compaginaba estudios y trabajo, guardada en una caja de zapatos vieja y polvorienta.

— No te atrevas —lo amenacé, avanzando con paso firme.

— El amor verdadero es imperecedero, aun cuando la vida se comporta injustamente infausta; los escollos del arduo camino no podrán confundir la ruta planeada. Dicho esto, la muerte es indulgente y reúne a una pareja de enamorados para mitigar el sufrimiento por la separación.

Justo en el momento que apreté el gatillo, él pronunció unas últimas palabras a modo de evaporación, pero no de despedida:

— Nos vemos en Bright Falls.

 

 

*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

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