El manuscrito de Wake: Capítulo III

Capítulo III

RETORNADO

Alejandro Masadelo

 

Notaba el aire enrarecido, vomitivo.

¿Qué era aquel extraño aroma rociando los bosques? Los chirridos de los pájaros eran insoportables. Pronto cantarán otra melodía, aseguraba mentalmente. No era la primera vez que visitaba la inmundicia terrenal, pero sí estaba experimentando nuevas y vacuas sensaciones: la perfecta y aborrecible armonía de olores y sonidos, el soporífero sosiego de un mundo lleno de matices coloridos y vibrantes.

Por el contrario, no había perdido la esperanza: el lago. Aquel maravilloso e ignoto mundo abierto en las profundidades, de poder mayúsculo y cautivo. Su libertad era casi tangible, lo sabía. Solo debía esperar. Después de tantos años, el lago se convertiría por fin en un océano.

Pensaba cómo desarrollaría su plan. Debía unir las piezas de un rompecabezas fácil. Tan solo dejaría verse. Simple. Atravesaría arboledas disimulando su repulsión por la humanidad, por su prosaica existencia y desmesurada ignorancia.

Provocaría el desconcierto en aquellos ociosos pueblerinos que tanto detestaba. Por vez primera, compartía la misma opinión que su creador.

Llegaría a Bright Falls y caminaría por la larga avenida. Pararía en el Oh Deer Diner y comprobaría qué haría su querida admiradora Rose Marigold (o, como él la llamaba para sí mismo, Annie Wilkes). Oh, era una joven de belleza anodina, pero deslumbrante entre los seres humanos.

Posiblemente se acercaría a ella y desafiaría sus deseos primigenios. Se preguntaba si sentiría lo que los humanos, sobre todo su creador, llamaba placer. Es igual. Satisfaría su curiosidad.

Quería encontrarse con aquella sheriff entrometida. ¿Era Sarah? Sí, recordaba que él la llamaba así. Y también se refería a otra persona, un tal Barry. Lo estimaba demasiado. Sí. Sería una buena idea visitarlo también. Total… ¿cómo no iba a conocer a cada uno de las personas que formaban su vida?

¡Todo le pertenecía! Desde su primer llanto hasta el último. Incluso sabía (cómo no) quiénes eran los dementes hermanos Anderson. Les debe la vida, en cierto sentido. Y, sobre todo, recordaba a su querida y pusilánime mujer: Alice.

Intentaría que se reuniese con él. ¿Acaso no sería una gran acción altruista? Como Bárbara y Thomas. Musa y artista unidos para siempre (o eso creía).

El mundo no estaba aún capacitado para conocer la otra dimensión oculta dentro de su querido planeta. Notorio es el desdén con el que lo tratan, conduciéndolo hacia una muerte lenta e inevitable. Sin embargo, cuando las sombras se alcen y el sol se apague, creyentes rezarán y ateos se lamentarán por su desidia.

Los habitantes de la Tierra se verán doblegados ante un poder inconmensurable que escapa a su cerrado raciocinio. Porque, cuando comprendan que son seres oscuros y la luz es su debilidad, será demasiado tarde; su creador habrá terminado de escribir el final. La Presencia Oscura triunfará, aunque haya que lamentar incontables pérdidas. Sin embargo, su expansión alcanzará también el mundo animal: desde intimidantes escualos a inofensivas hormigas.

Resucitará animales escondidos en las profundidades, de cuya existencia también renegaban invadidos por el terror descomunal hacia lo desconocido, lo superior a ellos.

Mientras caminaba por la cuneta, varios coches blandieron el aire. Ninguno de sus conductores decidió pararse; a la velocidad que iban, solo distinguirían una figura solitaria en la carretera.

Quizá lo tomasen como un loco. Puede que alguno de ellos pensara detenerse y preguntarle si quería que lo llevasen a algún lugar, pero su férrea desconfianza, tan arraigada en los últimos años, impediría tal acto.

Tras varias horas caminando, el sol comenzaba lentamente su descenso. El crepúsculo vespertino alargaba las sombras de los árboles, de la flora. Los rayos arrebolados se extinguían con la voracidad de la oscuridad, deseosa por dominar la escena. Llegó a un desvío en el que había un cenador solitario. Las vistas daban a un desfiladero por el que discurría un arroyo.

Frunció el ceño y corrió sigilosamente para esconderse tras un árbol. Se inclinó disimuladamente y examinó el escenario.

Frente a una mesa con bancos de madera, había una cabina telefónica. Eso no fue lo que lo inquietó, sino la persona que estaba utilizándola. Vestía completamente de negro, una holgada y larga gabardina disimulaba su esbelta figura. Las manos, enguantadas en negro, casi desaparecían en las mangas. Llevaba un sombrero Panamá. Miraba hacia la carretera, dándole la espalda. Aguzó el oído e interceptó sus palabras.

—¿Es usted Alice Wake? —preguntó el extraño. Identificó que se trataba de un hombre.

Aguardó varios segundos. No mostraba impaciencia. Tenía tiempo suficiente. Después, respondió:

—He visto a su marido en Bright Falls. Corre peligro. Dese prisa.

Un momento de silencio.

—Compruébelo usted misma —dijo entonces—. Pero, si tarda mucho, leerá su obituario. Recuerde que, si su marido no se hubiese sacrificado, usted seguiría en el fondo del lago. No querrá sentirse más culpable, ¿verdad? En definitiva, usted eligió este lugar.

¿Quién era y por qué quería que ella fuese a Bright Falls? De todos modos, parecía estar facilitándole el trabajo.

—Controle su ira, señora. Venga cuanto antes, o no solo su marido perecerá.

Se preparaba para cortar la llamada, pero entonces se detuvo y dijo:

Ulalume.

Después, colgó el auricular. Sin girarse, continuó caminando hacia delante. Pensó en abordarlo, pero no quería arriesgarse. Debía ceñirse a su plan, sin perder la calma.

Quedó desconcertado, quizá la primera vez en su existencia. Pudo quedarse ensimismado valorando las alternativas para cumplir su plan, pero juraba para sí mismo no haber apartado la vista del camino.

El desconocido desapareció ante sus ojos; se desvaneció como una cortina de humo.

Se preguntó si había subestimado, entonces, a su creador. Eso solo podía ser obra suya. Sonrió saboreando su victoria. Si su poder creativo aumentaba, el suyo lo acompañaría.

Oh, Bright Falls, obra inconclusa a través de los eones, por fin preparada para su deseado desenlace.

 

 

*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

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