El manuscrito de Wake: Capítulo II

Capítulo II

NUEVA YORK

 

Alejandro Masadelo

 

El ancorar del reloj expandía sus ecos monótonos por el silencio del apartamento. La lluvia aguijoneaba los cristales, el agua se desplazaba parsimoniosa por su superficie. Una cortina de niebla espesa engullía los edificios aglomerados, los convertía en balizas de navegación flotando en un mar brumoso. El viento ululante aporreaba las ventanas con apremio, exigiendo entrar.

Una tenue y cálida luz emanaba de una lámpara de tulipa verde y vítrea. Ante su candidez, un rostro de piel de porcelana y facciones suavizadas, quedaba dividido entre sombras y luces. Pensaba, abstraída en una melancolía de recuerdos, en el estrecho parecido, la casi viva representación, de un momento ocurrido hacía años.

Anhelaba el amparo de sus brazos, la seguridad que él le transmitía. Entreveraba los instantes felices con los infaustos, los pacíficos con los torvos; su carácter personificaba la volubilidad.

Intentaba ordenar las imágenes agolpadas en su mente. Algunas eran difusas, apenas una oscuridad inquebrantable más allá donde sus ojos alcanzaban ver. Recordaba las luces apagarse, la cabaña cubierta en una absoluta oscuridad.

Ella estaba paralizada en el centro de la habitación donde su marido y ella discutieron por una maldita máquina de escribir. Una mano gélida se posó sobre su hombro, y empezó a gritar desesperada.

Entonces se movió trastabillando, chocándose contra los muebles. Tenía la sensación de que sus cuerdas vocales se rasgarían ante la fuerza con la que su voz pedía ayuda.

Después apareció en un lugar diferente, en el abismo insondable de Cauldron Lake. Desde allí recibía palabras desesperadas, desgarradas por el desconcierto más aterrador. Risas flotando, desvaneciéndose lentamente.

Oía sus lamentos, su voz resquebrajada. Mientras, ella sentía que su cuerpo flotaba ingrávido, carente de conciencia, en las profundidades de un mar todavía no descubierto.

Quería gritar, pero su cuerpo ya no reaccionaba. A su alrededor solo había algas en constante movimiento, o al menos se parecían a ellas. A veces estaba despierta en ese lugar, pero en otras se trasladaba a una realidad donde las pesadillas transgredían los límites oníricos. Y ahí, la voz de él se oía con imponente fuerza y cercanía.

Lo buscaba, guiada por sus llamadas, pero jamás logró encontrarlo. Indicios señalaban su reencuentro, pero antes de que este sucediese todo se truncaba drásticamente como una desagradable broma.

Solo una vez consiguió tenerlo cerca, aunque fuese visualmente. En ese momento, su cuerpo no reaccionó y quedó petrificado. Su semblante, imaginaba, reflejaría un estupor aterrador. Lo vio, pero acompañado por sí mismo. Parecía haber un espejo delante de él, pero los reflejos no son capaces de tocar.

Después, creyó que se desmayó. Tras despertarse, apareció en la orilla del lago. Tosía roncamente, expulsando el agua. Se arrastró por la gravilla, clavándosela en su cuerpo casi desnudo, cubierto por una camiseta blanca de tirantes y bragas negras.

El cabello rubio caía por su espalda, empapado y adherido a su piel. Sentía su cuerpo cubierto por una capa oleosa y acre, como si la podredumbre de un cementerio de animales acuáticos en descomposición se hubiese pegado a su piel.

Se dejó caer de espaldas, el pecho se alzaba y subía rápidamente como un fuelle. Respiraba en bocanadas profundas y quejumbrosas, como las bisagras de una puerta que claman ser lubricadas. Se apoyó sobre sus codos, enrojecidos, y examinó el entorno que la rodeaba con asombro e incredulidad.

Observó el agua, sus inocuas ondulaciones. Bajo la luz de una luna ictérica, la superficie presentaba unos colores verdosos y amarillos, sin reflejos. Mantuvo fijos sus ojos, escudriñando donde la oscuridad residía. Adentrarse en ellas, dedujo, sería como descender hasta las profundidades de la fosa de las Marianas. Le produjo un estremecedor escalofrío, sacudiendo su cuerpo.

Empezó a titilar, frotándose los brazos con sus propias manos. Miraba el centro del lago, buscando la cabaña donde antes había estado con él. Comenzó a sollozar y no pudo (quiso) esconder sus lágrimas; rompió en un llanto lastimoso. Repitió, gritando con voz acuosa, el mismo nombre: Alan.

Abrió los ojos. No sobrecogida ni asustada, sino triste. Aunque pasaron ocho años desde la última vez que vio a su marido, nunca perdió la esperanza en su regreso.

Se sintió culpable, en gran medida, por ir a Bright Falls.

Alice leyó el libro El dilema del creador. Decidió entonces contactar con su autor, el doctor Emil Hartman. Le comentó el terrible bloqueo creativo que atravesaba su marido Alan. Esa circunstancia afectó a su humor, mostrándose iracundo consigo mismo y descargando su frustración con los muebles que lo rodeaban cuando la imaginación decidía abandonarlo. El doctor conocía el incidente que tuvo el escritor con un periodista, al que terminó agrediendo.

Alice avistó una mota luminosa en la oscuridad momentánea que envolvía a su marido: podían tratarlo en su clínica de Cauldron Lake, en Bright Falls; Hartman era un insigne psiquiatra. Si bien el índice de artistas atormentados por su voracidad y arrogancia creativa que conseguían retomar sus carreras era cuestionable, tampoco existían alternativas seguras.

Sus métodos heterodoxos dividían a compañeros de su profesión: los discordantes de su praxis lo calificaban como un «arrogante que muestra su ineptitud tratando a sus pacientes como medio de experimentación, en lugar de encontrar una solución factible», o «la ignorancia es tan atrevida, que alguien tan solo por tener una carrera puede quebrantar la deontología a la que se compromete como profesional»; por el contrario, otros argumentaban que «Hartman era a la psiquiatría lo que Freud al psicoanálisis», o «es tal la inteligencia del doctor Hartman que le permite transgredir los métodos ortodoxos, aunque ello suponga un aluvión de críticas».

Sin embargo, Alan no era un paciente usual, algo que desconcertó al psiquiatra.

Cerró los ojos con fuerza. Sollozaba en silencio, y las lágrimas brotaron de sus ojos, deslizándose perladas por su piel. Los labios le temblaban. Agarraba con fuerza un cojín, apretándolo contra su pecho. Musitaba el nombre de su marido repetidamente, como si orase para exculpar su pecado.

El llanto recriminatorio caminaba entre la exasperación que le suscitaban los rumores acerca de la desaparición de Alan. Los periódicos sensacionalistas y amarillistas lo tildaban de borracho, bipolar, violento, maltratador, mujeriego…, y una lista interminable de adjetivos para alimentar el inopinado odio creado para con él. Ella estaba convencida —o creía estarlo— del carácter verosímil de los hechos acaecidos en Bright Falls. Pero él no la había abandonado, ni siquiera se había suicidado, como muchos indicaban.

Fueron muchas las semanas siendo acosada por ridículos periodistas que distorsionaban la realidad para convertirla en vulgares preguntas. Luego estaban los paparazzi: si la fotografiaban llorando, las revistas del corazón publicaban en portada el desolador desconsuelo por el abandono de su marido; incluso algunas titulaban, realizando un penoso montaje con Photoshop de él y Alice, «el escritor que cambió de musa». Gilipollas entrometidos, bramaba ella.

El cielo se iluminó electrizante, vivo como nunca antes había estado, y un tonante rugido lo acompañó. Alice se sobresaltó, oprimiendo entre sus labios un grito de espanto. Se quedó mirando el exterior, el corazón acelerado vertiginosamente. Estaba expectante por ver otro nuevo relámpago y oír aquel violento trueno.

Era como anteponerse a la aparición repentina de un rostro horrendo en una película de terror, después de que la estridencia de instrumentos musicales cesase la persecución y se produjera un instante de silenciosa incertidumbre. De todos modos, esa reacción defensiva no evita que nos asustemos.

Los labios se le secaron, la garganta le ardía; los ojos, enrojecidos por el desconsolado llanto, semejaban a los de Carrie White en el baile de graduación. La imagen que contempló, aunque tan solo se dibujase durante unos segundos, la dejó atónita. El rostro de Alan reflejaba una sonrisa libidinosa y ladina. En el lugar de los ojos había dos enormes agujeros negros. Las nubes, sobrecargadas de ceniza, se tiñeron esporádicamente con tonos purpúreos para trazar la cara del escritor.

Después, la tarde ahogada en una noche falsa volvió a imponerse.

La bombilla de la lámpara estalló como un globo. La oscuridad se volvió perpetua, cuarteada únicamente por la plomiza luz del exterior. Exclamó un grito agudo y saltó del sofá.

Jadeaba y lloraba, petrificada en la negrura del apartamento. Distinguía el mobiliario, aunque fuesen siluetas emergiendo de las sombras. Temía, por el contrario, que algo o alguien estuviese acechándola tras ellas, aguardando el momento idóneo para atacarla.

Los sonidos, cuando no hay luz, se intensifican, aunque fuesen casi inaudibles. El viento golpeando con fiereza los cristales, combándolo como una lámina de metal acanalada; sus silbidos exacerbados. La extraña atmósfera de fingido silencio, donde sientes actividad flotando en cada rincón, aunque no haya ninguna fuente de sonido.

Oía puertas abriendo y cerrándose, pasos presurosos de un lado a otro, con más y menos fuerza. Intentaba convencerse de que tenían origen en otros pisos; quizá fuesen vecinos que corriesen a atender a sus hijos porque temiesen una tormenta, o probablemente hubieran saltado los plomos. Sí. A lo mejor ella no era la única que se encontraba a oscuras ni que padeciese nictofobia.

Pero tú estás sola, Alice, se dijo desconsolada.

Vio, de pronto, una figura situarse frente a ella, en el umbral de la puerta. La miraba sin inmutarse. Recordó con estupefacto terror un encuentro similar, ocurrido en la cabaña del lago, cuando el diferencial del cuadro eléctrico saltó.

En su lugar había una anciana vestida de luto, con el rostro tapado por un velo de rejilla negro, que permitía entrever sus facciones. Su sorpresa fue cuando aquella mujer la tocó y dejó su cara al descubierto, mostrando un cráneo repleto del que escapaban tentáculos vaporosos por cada orificio. Uno de ellos se introdujo en la boca de Alice, y todo se cubrió con una pantalla negra.

De pronto, se vio rodeada por una especie de aquelarre sombrío. El círculo se estrechaba lentamente. Intentaba moverse, pero solo conseguía dar inútiles pasos adelante y atrás, regresando a la posición inicial.

Un leve susurro recitaba las mismas palabras, subiendo el volumen gradualmente hasta conseguir silenciar el viento.

Si em, tow en can de lach

Gritó desesperada hasta rasgarse las cuerdas vocales.

—¡¡Alan!!, ¡¡Alan!!

Las voces eran metálicas, graves y agudas, y sonaban como una cinta repetida de un radiocasete. El terror infestaba su cuerpo como un gas tóxico.

Cerró los ojos y se ovilló en el suelo. Se agarró la cabeza con las manos temblorosas. Cada centímetro de su cuerpo danzaba vibrante. Las palabras sonaban cada vez más penetrantes, aterradoramente persuasivas. Terminó repitiendo la frase en su cabeza, pero sus labios claudicaron ante aquel influjo místico.

Se sintió, entonces, partícipe del pandemónium, un elemento más de aquella frase convertida en una especie de canto horrísono y alejado del registro vocal mundanal.

Entonces, cuando desistió y se entregó a la fuerza de la oscuridad, un grito hizo que retornase al mundo real.

—¡Alice, despierta!

Sobresaltada y exclamando un gemido hondo, se recostó en el sofá. Retrocedió con los pies, dándose la vuelta ágilmente y yendo al extremo contrario. La quietud del apartamento la desconcertó: la lámpara seguía iluminando (incluso creía que tenía más intensidad); la tormenta seguía vociferando incesantemente; los cristales temblaban, y tampoco había nadie reunido en torno a ella repitiendo las mismas palabras.

Si em, tow en can de lach —se sorprendió pronunciando, inconscientemente.

Supuso sería un sueño, una pesadilla. Se palpó los lagrimales, humedeciéndoselos. Había estado llorando, pero no recordaba quedarse dormida después. Se encontraba febril y en su cabeza parecía reverberar un martillo hidráulico.

Se tomaría un analgésico y luego se daría una ducha con agua caliente.

En ese instante, el estridente e inesperado tono de su teléfono móvil la estremeció.

Como si estuviese esperando una llamada importante, no se cuestionó a quién pudiera pertenecer la marcación. Descolgó el teléfono y contestó.

—Buenas tardes —saludó—, ¿quién?…

—¿Es usted Alice Wake? —respondió la voz en el otro lado de la línea. Tenía un deje apremiante, pero sobrio y refinado en la voz de hombre.

Se quedó dudando. Era como si se hubiese olvidado de su identidad y estuviese reconstruyendo todos los días de su vida. Finalmente, reaccionó y contestó:

—Sí —dijo aún confusa—…  Sí, soy yo —afirmó.

—He visto a su marido en Bright Falls. Corre peligro. Dese prisa —dijo lacónico.

Las palabras estaban atravesadas en su garganta, y sus labios pronunciaban balbuceos atropellados. Se sosegó y pensó racionalmente.

—Si es una broma, le aseguro que…

—Compruébelo usted misma. Pero, si tarda mucho, leerá su obituario. Recuerde que, si su marido no se hubiese sacrificado, usted seguiría en el fondo del lago. No querrá sentirse más culpable, ¿verdad? En definitiva, usted eligió este lugar.

Alice sintió punzadas iracundas en cada parte de su cuerpo. Apretó los labios y se mordió el inferior, permitiendo que brotase un hilillo de sangre. Los ojos se le anegaron en lágrimas impotentes. Repudiaba la insolencia de esa persona, su mordaz atrevimiento.

—Controle su ira, señora —advirtió el desconocido, impertérrito con su refinada voz—. Venga cuanto antes, o no solo su marido perecerá.

—Espere —interrumpió Alice—. Dígame su nombre. ¡¿Quién coño es?! —exclamó con voz ronca y acuosa.

Ulalume.

Sin añadir nada más, se oyó un crujido en la comunicación. Luego, tres pitidos. La llamada había finalizado.

Alice maldijo en voz alta, gritando encolerizada y arrojando el teléfono contra el sofá. Dio pasos de un lado a otro, sopesando las posibilidades que tenía. Bien podía hablarlo con Barry, quien confiaba ciegamente en su amigo, al igual que ella. Él podría contactar con Sarah, aunque no estaba convencida si mantenían todavía contacto o no.

Pensó que el desconocido (probablemente el secuestrador), hubiese impuesto implícitamente una regla de no decírselo a nadie. Quizá fuese una desagradable broma, como otras tantas: gente anónima que afirmaba haberlo visto en Bright Falls, Arizona o incluso en Nueva York, o falsos secuestradores novatos cuyas risas delatadoras te hacían perder el tiempo. Todos ellos, de una forma u otra, consiguieron su número de teléfono.

Repitió mentalmente una frase que él dijo: «Recuerde que, si su marido no se hubiese sacrificado, usted seguiría en el fondo del lago.»

Nadie conocía ese detalle, ni siquiera Barry ni Sarah. No tenía suficiente fuerza mental ni física para hablar, y conforme pasó el tiempo tampoco trataron ese tema.

En ese momento, una andanada de relámpagos iluminó la noche, rompieron las sombras del apartamento. Creyó ver siluetas de personas acompañando el espectáculo lumínico, desapareciendo tras el tambor de los truenos y regresando con la luz.

Suspiró aliviada al comprobar que el aura fulgurosa de la lámpara era la única fuente de iluminación, la única defensa de las sombras. Al menos, ella no podía invocar.

 

 

 

 

*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

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