El Manuscrito de Wake: Capítulo I

Capítulo I

ENCERRADO

Alejandro Masadelo

 

Tengo miedo.

Miedo de mí mismo. Su virulencia es contagiosa, me inspira para plasmar sus ideas. En un primer momento me siento jubiloso, extasiado por la voracidad con la que mis dedos golpean las teclas de la máquina de escribir. Mi creatividad se endulza con los acontecimientos macabros que la Presencia Oscura me transmite mediante susurros reverberantes en la infinidad. Figuras danzan mortuorias en la oscuridad, cantan con sus voces guturales o metálicas y prorrumpen en una risotada. Celebran su libertad, se regocijan en mi cautiverio.

La oscuridad me está consumiendo lentamente, y me veo incapaz de afrontarla. Su poder es inconmensurable, como una fuente eterna de maldad, y contribuyo a fortalecerla. Intento negarme, y cuando lo hago me siento libre para explorar la infinidad del mundo donde me encuentro cautivo.

Mi libertad son borradores que desaparecen y son sustituidos por la historia que ellos quieren que escriba. Lucho contra ellos, pero siempre consiguen vencerme: de una forma u otra, me hacen regresar a la cabaña y hacerme cumplir con mi obligación; necesitan comer y no pueden hacerlo sin alguien que les suministre el alimento.

La Presencia Oscura me acecha, se divierte jugando conmigo. Intento luchar contra aquel que se encuentra en el exterior del Lugar Oscuro, observándome y alimentándose de mi estado endeble; se apodera de mi historia, ¡se apropia de mi identidad! Cuando lo vi por segunda vez, comprendí sus intenciones. Y no está solo.

Apenas si conservo poder para trazar la ruta de mi destino; él se encarga de dibujar las líneas del camino, de colocar los escollos y preparar los desafíos con presencias ilusorias de personas que un día fueron cuerpos sólidos y no simples cortinas de recuerdos. Desconozco cuán inmenso y desconocido es el poder que alberga, y también cuánta vida, si pudiera denominarse así, me resta. Si acaso ese término siguiese siendo correcto para referirse a la expiación del alma mundanal.

No sé cuántos días, semanas, meses o incluso años llevo recluido en esta prisión creativa. He perdido la noción del tiempo. Sí he experimentado la adaptación física y mental dentro de este mundo: mi cuerpo, al principio, necesitaba alimentarse y beber; conforme transcurrieron los días, esa necesidad perentoria fue perdiendo su significado, como la vida y la muerte mismas.

Ahora solo necesito escribir para mantenerme… ¿vivo?, ¿o para colaborar en mi lenta y aparentemente inocua muerte? Solo sé que si dejo de escribir noto el dolor de mis personas queridas, percibo su inquietud confundida y la imperecedera esperanza con mi regreso.

Recibo también recuerdos con Alice, nuestros últimos momentos; recreo los hechos con Barry y la sheriff Sarah…, e incluso la voz de aquella camarera de actitud jovial y la efervescente admiración que experimentó al verme entrar por el Oh Deer Diner.

En ocasiones alzo la vista de mi máquina de escribir y denoto que el mundo ha vuelto a cambiar, a transformarse en una antítesis física que desafía el raciocinio.

Recuerdo un día, tras aparecer una pantalla negra frente a mis ojos, y sobresaltarme de la silla, encontrarme en mitad de un sendero boscoso cubierto por un denso manto de nieve; atrás, la cabaña.Una luna gibosa, en su majestuoso plenilunio, coronaba una noche devorada por una negrura inexorable.

Anduve desorientado siguiendo una línea infinita. Los árboles estaban cubiertos con un abrigo níveo, y el silencio asfixiaba la noche.Desee sentir el frío gélido de esa estampa, que mi boca arrojase torbellinos vaporosos. La inocuidad del ambiente era como una cúpula para repeler cualquier sensación.

No conseguía atisbar el final, pero tampoco podía regresar. Avanzaba mecánicamente, como si alguien me controlase. Miré detrás de mí, pero no distinguí la cabaña, ni siquiera su silueta. En su lugar, un fondo oscuro con las siluetas de los árboles se dibujó.

Entonces, cuando tenía la esperanza de que solo era un sueño (ni siquiera sabía que pudiera llegar a experimentarlos), una pesadilla sin sentido, oí susurros por entre los árboles, ocultándose tras las sombras. Esas voces fueron acompañadas por pasos agresivos y violentos que me rodeaban. Miré alrededor, pero no había nadie. Pisaban el suelo, veía las marcas de sus pies hundidos y, junto a ellas, una capa de ceniza teñía la blancura de la nieve.

De pronto, sus voces comenzaron a vomitar exabruptos. No, no solo eso. Gritaban, me incitaban a cometer actos libidinosos; oía gemidos y risas difusas, graves, inhumanas; disfrutaban de la debilidad de mi instinto más primitivo, aquel que creía olvidado. Querían acabar conmigo.

Comencé a correr. Un ejército invisible me seguía, marcando las huellas como un hierro candente en la nieve. No conseguía verlos, o no quería. Pero estaban detrás de mí, acercándose rápidamente.La Presencia Oscura parecía haber encontrado nuevas formas para manifestarse, más temibles de lo que pensaba. El miedo ante lo desconocido, aquello que escapa a nuestros ojos, es mayor al que percibimos visualmente.

Me encontraba exhausto y mis piernas me imploraban rendirme. Quería poner fin a una existencia anodina, entregar mi cuerpo a la Presencia Oscura, pero entonces divisé una luz rutilante en lontananza. Era la cabaña. Vomitaba rayos cegadores por cada ventana, incluso parecía filtrarse a través de la madera. El fulgor que emitía solo lo había visto cuando me encontré por primera vez con Thomas Zane.

Sentía el aliento árido en mi nuca y sus manos frías intentando desgarrarme la ropa; el ejército invisible casi me había atrapado. Debía llegar cuanto antes o la oscuridad me absorbería. Apoyé ambas manos sobre la barandilla del porche y me impulsé, pero trastabillé y caí sobre la madera.

Un dolor punzante me recorrió toda la espalda, me adormecía las extremidades.

Me recompuse rápidamente y extendí mi brazo derecho hasta que las yemas de mis dedos acariciaron el pomo de la puerta y se cerraron alrededor, girándolo. Mi hombro chocó con violencia contra la hoja de madera, y se abrió de forma estruendosa. Antes de que la oscuridad se adentrase en los que parecían resquicios intactos de mi vida, cerré la puerta, deteniéndola.Era consciente de que eso solo sería una medida temporal para contenerlos.

Subí a la planta superior, creyendo que volver al lugar donde debía estar sería la única forma de hacer desaparecer a los que me seguían. Tenía que modificar la historia, plantear un nuevo enfoque que consiguiese abatirlos.¡Qué paradójico! No existe una alternativa sino afligirme silenciosamente, como un gas tóxico. Antes creía tener atrapada a la Presencia Oscura, pero me di cuenta de que solo era un esclavo al que le permitieron crear una entelequia heroica. La realidad, por el contrario, era opuesta.

Me dirigí hacia las escaleras, cubierto por una oscuridad densa, inquebrantable. Me encontraba inerme frente a un poder desconocido, o al menos que pretendía camuflarse como tal. La falta de sonidos era inquietante y me mantenía alerta. Prefería estar invadido por sonidos estridentes, ensordecer por sus voces horrísonas. Sin embargo, solo mis pasos resquebrajaban el completo silencio.

Por entre el quicio de la puerta de la habitación donde debía estar escribiendo se asomaba una ráfaga de luz. Tenue, cálida, pero luz. Me acerqué cauteloso, intentando examinar el interior. Lentamente mi mano hacía ceder la puerta, y esta emitía un sonido quejumbroso, rechinante.

Un torrente de saliva árido bajaba por mi garganta; tenía los labios secos como un páramo. La mano me temblaba incesantemente.Los ecos de mi corazón se expandían en la oscuridad. No entendía por qué estaba así, aunque mi cerebro parecía tener la respuesta a mi incontrolable nerviosismo. Cuando estaba frente a la puerta, oí unos estrepitosos rasguños inundando la casa, procedentes de todos los rincones y a la vez de ninguno.

Entré en la habitación y la visión sobrecogedora de Alice mirando por la ventana me desconcertó.Fue como si la fortaleza mental que tenía se rompiese con la facilidad de una copa de cristal al caer al suelo.

«¿Alice?» pregunté incrédulo. ¿Sería posible que ella estuviese aquí? ¿Pudo haberla atrapado la Presencia Oscura, como lo hizo con Bárbara Jagger? Thomas Zane fue en su búsqueda y terminó reuniéndose con ella; ahora, los papeles parecieron invertirse.

Se giró. Cuando lo hizo, los rasguños que antes oía se esfumaron.

Su pelo caía por los hombros. La luz tenue de un flexo sobre el escritorio realzaba su piel de porcelana, su belleza imperecedera espolvoreada sobre sus facciones.Se acercaba lentamente, el movimiento voluptuoso de sus caderas cimbreantes me hacía recorrer visualmente cada centímetro de la curvatura perfecta de su cintura, como si estuviese bajo un extraño influjo del que no (quería) podía escapar.Su mirada tórrida de ojos grises se clavaba en mi rostro pálido. Sonreía pícaramente mientras susurraba mi nombre en tono dulce y seductor.

Me rodeó el cuello con sus brazos. Su aliento se juntaba con el mío, jadeante, mientras sus dedos se enlazaban en mi cabello. Cerré los ojos y sus labios rozaron los míos lentamente, hasta que ambos se fundieron en un beso anhelante. Un encuentro íntimo, donde la proximidad de nuestros cuerpos nos hacía recordar un tiempo donde todo era distinto (o eso creía).

La calidez de su piel, la suavidad con la que sus manos me recorrían el rostro para cerciorarse de la quimérica realidad tangible que estaba viviendo. Ella y yo en un mundo extraño; ella y yo comunicándonos con besos y declarándonos nuestro amor eterno. Nosotros navegando por un meandro de recuerdos. No sabía si todo sería real, pero presentaba visos de serlo: el sabor de sus besos, el tacto de sus siempre cuidadas y pequeñas manos; la fragancia que ella utilizaba y que, allí dentro, arrojaba humanidad a la inmundicia.

Nuestros ojos imploraban liberar una pasión encerrada durante mucho tiempo, una consumación de nuestros deseos sinceros: una conexión íntima e inquebrantable, inherente a nuestra naturaleza humana; una naturaleza humana que estaban a punto de expoliarme.

Para transmitir un mensaje no es necesario el habla; cuando las palabras vacilan, nuestro cerebro engrasa el complejo mecanismo de nuestro cuerpo y lo utiliza como método comunicativo. Y el mensaje que Alice tenía para mí distaba sobremanera de la sobriedad y la sutileza con la que demostraba su ambición carnal: su actitud insolente y sus actos toscos resultaban vulgares en su cuerpo.

Entonces recibí una descarga de sorprendente lucidez. Abrí los ojos y aparté su cuerpo esbelto de mí. Retrocedí espantado, la respiración agitada. Ella me miraba con una incredulidad destrozada, repitiendo con voz rota, acuosa y temblorosa la misma frase: «¿Por qué, Alan?, ¿por qué?».

Vacilé al acercarme a ella, pero me detuve y volví a la posición inicial. De pronto, su semblante mudó drásticamente: ya no sollozaba, sino que se reía espasmódicamente; las lágrimas no eran de tristeza, sino jocosas; los labios se abrieron tanto que parecían estar sujetos con anzuelos, curvados en una sonrisa socarrona.

La suavidad de su voz se convirtió en una grotesca cacofonía. Su cuerpo empezó a vibrar, atravesado transversalmente por una estática oscura. Sus facciones se desfiguraban, su corporalidad se hacía endeble y moldeable. Ondas sinuosas que transformaban rasgos femeninos en masculinos.

Me quedé petrificado ante la imagen que tenía frente a mí.

—Hola, Alan. Cuánto tiempo —saludó con una impasibilidad insultante.

Se erguía frente a mí con aires petulantes. Su sonrisa sesgada era inmutable, dibujando una fina línea en sus labios.

No se movía, tan solo se quedaba mirándome fijamente, los ojos rasgados. Su quietud era intrigante, y en su rostro se reflejaba una perspicacia sublime, un control absoluto sobre el entorno.

Aun siendo mi propia proyección, su inteligencia me ridiculizaba. Su actitud impertérrita, siempre esbozando una sonrisa ladina, desesperaría a la persona más tranquila. Su vestimenta impoluta era el contrapunto a la oscuridad enfermiza que envolvía la habitación: un terno negro con la chaqueta desabrochada y mocasines del mismo color. Llevaba el pelo abultado peinado hacia atrás, los mechones brillando como la cera. Lucía una barba incipiente, donde los cabellos parecían púas.

—¿Te sorprendes de ti mismo? —preguntó extrañado—. Entonces significa que no te conoces lo suficiente, Alan.

—Cállate —le espeté airado. Ni siquiera se inmutó—. No sabes nada de mí. ¡Nada!

Se reía mientras daba pequeños pasos de un lado hacia otro. Se detuvo en la posición inicial y me miró con la cabeza ladeada.

—Te equivocas, Alan: lo sé todo. Sin embargo, no conoces nada de mí. Qué extraño es decirlo, ¿no?

—¿Quién eres? —estaba impacientándome. Aunque quisiera defenderme, no tenía ningún arma a mi alcance.

—Soy tú —dijo lacónico.

Los arañazos reaparecieron. Cientos de uñas se arrastraban por la madera, hacían chirriar los cristales. Pero no había nada. Me tapé los oídos y me tambaleé, confuso, de un lado a otro. Reboté contra la puerta, me golpeé la espalda. Lo miraba fijamente, pero seguía inmutable en la misma posición. Fuera, los cristales empezaron a temblar.

En el interior, la casa cobró vida: la madera crujía y se encogía y estiraba como pulmones; los tablones del suelo brincaban, soltando una nube densa de polvo, cuyas partículas se metían en mi nariz y boca, dificultándome respirar; la puerta de la habitación se desencajó de las bisagras y empezó a levitar, absorbida por una nube negra.

En ese momento, mis piernas temblaron y caí al suelo, justo cuando la plancha de madera rasgó el aire para estrellarse contra mí. Al chocar contra la pared, descargó una andanada de astillas y serrín voladores; me protegí el rostro con los brazos.

Un coro de voces distorsionadas, de tonos variables, acompañó los rasguños.Hombres y mujeres encerrados en el Lugar Oscuro, despojados de sus rasgos vitales y subyugados por la Presencia Oscura. No pueden conocer la magnitud de su poder ni los riesgos si no tienen conciencia; la tinta negra de este lugar ha escrito que así sea, y sigue haciéndolo.

Trastabillé hacia el hueco donde antes estaba la puerta. Me agarré al faldón y caí. Sentía las piernas endebles, extremidades gelatinosas que con la mínima vibración se descomponían. Miré el interior de la habitación, y un asfixiante desasosiego me cerró las vías respiratorias durante unos efímeros, aunque eternos, segundos.

Un monstruoso tornado llenó con su oscuridad devastadora la sala. La estructura de madera y los objetos que había eran devorados con una voracidad sorprendente; su tamaño incrementaba a la vez que su destrucción avanzaba, adquiriendo sus nutrientes.

Mi réplica se encontraba en el centro de la sala, presenciando la indefectible consumación del deseo hambriento de la Presencia Oscura. Apenas si avanzaba unos pasos, pero tan solo para dirigirse a mí en un tono sombrío. No fue su forma de hablar lo que me arredró, sino la impasibilidad arrogante con la que lo hacía; la férrea certitud que tenía para cumplir con su designio.

—Tus amigos van a conocerme, Alan. Y cuando lo hagan, volveremos para acabar contigo.

Tras decir esto, su cuerpo se desvaneció en la negrura insondable. Intenté huir, pero subestimé la inteligencia y velocidad del tornado, y mi conjetura sobre la existencia de pneuma en ese fenómeno aparentemente natural cobraba fuerza.

Me engulleron las sombras, los látigos nacían de ella como cadenas con ganchos en sus extremos: atacaban como serpientes, se enrollaban en mis extremidades. Pronto, me vi colgando inmóvil en la oscuridad brumosa. Brazos, rostros, soplos de cuerpos que se desvanecen apenas se manifiestan. Todos ellos vivían en el interior del tornado.

Me estaba asfixiando. Me negaba a creerlo, pero los hechos eran incuestionables. «¡No! No puedo morir. Dijo que vendría a por mí. No puede dejarme morir. Tiene que volver», gritaba la voz de mis pensamientos, aferrándose a una vana esperanza. Intentaba concienciarme buscando auxilio en mi enemigo. Deseaba volver a enfrentarme a él, pues eso significaría una segunda (si no tercera o cuarta o quinta)… oportunidad para cambiar el transcurso de la historia.

Me retorcía y sacudía, pero no conseguía sino acelerar mi muerte.Los tentáculos nebulosos eran capaces de emanar frío y calor; su aspereza recordaba a una lima, pero luego quedé envuelto por una sábana de satén.

La realidad, por el contrario, la conformaban más elementos: el aroma pútrido de la muerte; la cacofonía que llegaría a mis oídos como los últimos sonidos; la pantalla negra que me haría hacer una retrospección tardía a mis recuerdos antes de su desvanecimiento; la mudez de mi voz, la ausencia de palabras que jamás podría pronunciar; la desconexión de mi cerebro con el resto de mi cuerpo, ordenando el cese de toda actividad; y, por último, el inevitable desenlace infausto.

Entonces, una voz comenzó a recitar, suave como el rumor de las olas y lejana como el agua de un arroyo filtrándose por entre los árboles:

—Oscuridad cernida tras la caída del véspero,/ un mar de negrura insondable rasgado por la luz del farero/ las sombras se guarecen en el fondo del océano,/ intentan alzarse, mas es en vano./ El faro y su temible y silencioso canto imperecedero/ permiten liberarte de su tormento.

Puntos de luz rutilantes atravesaban granulados la cortina oscura y vaporosa. La oscuridad se atenuó paulatinamente, y un destello me cegó. Volví a oír su voz, procedente del fondo luminoso como una aparición etérea.Percibí cierto tono atropellado, pero conservaba su imperturbable sosiego:

—Huye de la cabaña, Alan. Lucha contra ella y escribe tu partida. Anticípate a ella. Cambia el orden de la historia, pero no dejes de huir. El lago casi te ha consumido, y terminarás recluido aquí si no te das prisa.

Intenté hablar, pero las palabras solo brotaban en mi cabeza.

—Nos veremos pronto. Recuerda: luchas contra ti mismo. Lo siento.

Después, la luz se apagó. Me sentí ingrávido en el espacio, perdido en su inmensidad.

Caí al suelo. Apreté los dientes y examiné inquieto los rincones del lugar donde me encontraba. Era mi habitación. Me había caído de la silla. Todo estaba igual que cuando lo dejé (si acaso hubiese abandonado mi cubículo). El corazón batallaba en mi pecho, me golpeaba certeramente. Por la garganta descendía un torrente acre. Tenía los labios excoriados y secos.

Me levanté, las piernas me temblaban. Me acerqué al escritorio y revisé las hojas amontonadas en un lado. Se titulaba Perdido. En ellos, supuestamente había escrito los acontecimientos que me sucedieron.

En el rodillo había una página, a mitad de escribir. Allí había puesto mi encuentro con Thomas Zane. Recordé, entonces, la similitud que tenía ese encuentro con el primero de todos, antes de que Alice y yo viniéramos a Bright Falls.

Las palabras de Zane cobraron sentido. Sabía qué debía hacer.

Y apenas me quedaba tiempo.

Estas son las primeras páginas antes de salir de Cauldron Lake.

 

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*NOTA: Alan Wake© Microsoft Corporation. El manuscrito de Wake se creó bajo las “Reglas de uso de contenido de juego” de Microsoft usando recursos de Alan Wake y Microsoft no lo patrocina ni está afiliado con él.  

**También disponible en: Alejandro Masadelo (Wattpad)

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